Cumdump

Todo comenzó de la manera más inesperada. Soy Raúl, tengo 35 años, y siempre he sido el «machito» de la familia, el hijo mayor que mi padre Alberto tanto admiraba por ser fuerte, independiente y varonil. Pero lo que él no sabía era que, en secreto, me encantaba someterme en el mundo gay, ofreciéndome como un cumdump total. Publicaba anuncios en apps y grupos, invitando a tops anónimos a venir a mi departamento para llenarme el culo de leche sin condón, uno tras otro, como un vertedero de semen. Me ponía a cuatro patas, con el culo en alto, y dejaba que me usaran como quisieran. Era mi fetiche más oscuro, el que me hacía correrme sin tocarme.
Un día, dejé mi celular descuidado en la casa de mis padres durante una visita familiar. Mi viejo, Alberto, un hombre de 50 años, corpulento, con esa barba gris y un cuerpo que aún conservaba la fuerza de su juventud trabajando en la construcción, lo tomó por curiosidad. No sé cómo, pero abrió la app y vio mi anuncio: «Cumdump disponible este viernes a las 8 PM en mi depa. Bareback only. Ven y descarga en mi culo. No limits. Dirección: [mi dirección]». Incluía fotos mías de espaldas, con el culo abierto y listo, y un mensaje que decía «Quiero ser el depósito de todos ustedes».
Al principio, no supe que lo había visto. Pero esa noche del viernes, mientras yo me preparaba en mi departamento —duchado, lubed up, con poppers a mano y música baja para ambientar—, empecé a recibir a los tipos. Uno por uno, entraban, me montaban, me follaban crudo y se corrían dentro. Sentía el semen caliente acumulándose, goteando un poco por mis muslos, y eso me ponía más cachondo. Ya llevaba como tres loads cuando oí la puerta principal —la había dejado entreabierta para facilitar el acceso, como siempre en estas sesiones.
Los hombres seguían llegando: un moreno fornido que me dio duro, un twink que se corrió rápido, un daddy que me azotó mientras empujaba. Yo gemía como una puta, pidiendo más, sintiendo cómo mi culo se volvía un charco de leche ajena. Para el quinto o sexto, ya estaba en éxtasis, mi polla dura rozando la sábana, pero sin tocarla. No me imaginaba que, entre la multitud que entraba y salía, mi propio padre estaba observando desde la puerta.
Alberto me contó después que, al ver el anuncio, sintió una curiosidad enfermiza. No rabia, no asco… sino un cosquilleo en la entrepierna que no esperaba. Él, que siempre se jactaba de ser hetero al 100%, casado con mi madre por años, decidió venir «solo para confirmar» si era verdad. Aparcó lejos, entró sigiloso al edificio y se asomó por la puerta entreabierta. Me vio allí, a cuatro patas en la cama del salón, con el culo expuesto y un desconocido descargando en mí. En lugar de horrorizarse, se quedó paralizado. Vio cómo el tipo se retiraba, dejando mi agujero abierto y rebosante de semen blanco, y cómo yo, sin darme cuenta, pedía «siguiente» con voz ronca.
Mi padre se calentó. Me lo confesó luego: su polla se endureció al instante, traicionándolo. Se escondió en las sombras del pasillo, mirando cómo otros siete u ocho hombres me usaban. Cada thrust, cada gemido mío, cada «lléname, papi» que yo soltaba sin saberlo, lo ponía más loco. Se quitó la ropa allí mismo, en la oscuridad, y empezó a masturbarse despacio, viendo cómo mi culo se tragaba load tras load. El morbo lo invadió: era su hijo, su primogénito, convertido en una puta cumdump, y eso, en vez de repelerlo, lo excitaba como nunca en su vida. Imaginaba el semen de extraños mezclándose dentro de mí, y su mente se torció hacia lo prohibido.
Después de la octava descarga —un tipo grandote que me dejó temblando, con el culo chorreando—, oí pasos acercándose. Pensé que era el siguiente en la fila, pero cuando sentí unas manos fuertes en mis caderas, algo fue diferente. La polla que entró era gruesa, familiar en algún sentido primitivo, y empujó con una fuerza posesiva. «¡Ah, sí, dame más leche!», gemí, sin voltear. Pero él no dijo nada al principio; solo batía el semen acumulado con su verga, chapoteando dentro de mí como si estuviera removiendo una sopa caliente y espesa. El sonido era obsceno, morboso, y me hacía arquear la espalda de placer.
Follaba con rabia contenida, gruñendo bajo, y yo sentía cómo su tool llegaba profundo, revolviendo todo ese cum ajeno. «Eres una puta, hijo… mi puta», murmuró al fin, y ahí lo reconocí. Era la voz de mi padre. Mi corazón dio un vuelco, pero en vez de parar, el morbo me explotó. «Papá… ¿eres tú? ¡No pares!», supliqué, empujando mi culo contra él. Alberto perdió el control: me agarró del pelo, me montó como un animal, batiendo esa mezcla de semen con cada embestida. «Te vi… te descubrí… y no pude resistirme. Tu culo lleno de leche de otros… me volvió loco». Sus pelotas chocaban contra mí, y sentí su polla palpitar.
No aguantó mucho; el taboo era demasiado. Con un rugido, se corrió dentro, inundándome con su load caliente, más espeso que los demás, mezclándose con el de los ocho anteriores. Sentí chorros potentes, llenándome hasta rebosar, goteando por mis bolas. «Toma la leche de tu padre, cumdump… te estoy breeding como mereces». Yo me corrí al instante, sin tocarme, eyaculando en la sábana mientras mi viejo me marcaba como suyo.
Después, se derrumbó sobre mí, jadeando. Nos quedamos así un rato, su polla aún dentro, suavizándose en esa piscina de semen. Me besó el cuello, confesando todo: el celular, la curiosidad, cómo se calentó viéndome. Desde esa noche, nuestro secreto nos unió en un morbo infinito. Mi padre no pudo resistirse… y yo, menos. 😈
2 Comentarios
Anónimo
marzo 8, 2026 a las 10:54 amY ahora los dos pedios jaja
Anónimo
marzo 9, 2026 a las 9:04 pmLos terminos jaja como que viviera en Miami