El vendedor de zapatos

Soy Karol (sí, como el funao). Tengo 38 años y toda la vida he sido el «homosexual gordo» del grupo. Ya saben cómo es el mundo gay: si no tienes el abdomen marcado, a veces parece que eres invisible o peor aun, el rechazo colectivo. Llevaba años soltero, estancado en una pega mediocre y sintiendo que la vida se me pasaba de largo. Pero al acercarme a los 40, algo hizo click. Me metí al gym, estoy buscando una pega nueva y decidí empezar por renovar el clóset.

Aquí empezó todo. Fui a una zapatería en el centro, buscando algo para mi «nueva versión». Al entrar, un hombre iba saliendo, pero yo estaba concentrado en los estantes. Me probé un zapato, me gustó, y cuando busqué a alguien para que me atendiera, me di cuenta de que estaba solo.

—¡Hola! ¿Me pueden ayudar? —grité al aire.

De la bodega apareció él. Fue como un choque eléctrico. Barba frondosa, ojos color caramelo con una mirada que derretía sin saber porque y una altura imponente. Era delgado, la antítesis de mi cuerpo, pero su sonrisa era de esas que te desarman. Le pedí el otro par y, mientras me lo traía, noté su acento. Definitivamente no era de acá.

Algo pasó cuando me miró. Un nerviosismo que no sentía hace años. Pagué (a otro vendedor, porque Gael estaba en otra cosa), pero antes de irme, él revisó mi boleta con una lentitud sospechosa. Al llegar a casa y abrir la caja, ahí estaba: su número anotado al borde del papel.

Lo agregué inmediatamente y WhatsApp echó humo. Se llamaba Gael, era brasileño y derrochaba esa alegría natural. En un arrebato de valentía me dije (que tanta wea!) y lo invité a un café. Me dijo que sí.

Todos sabemos lo que hace un gay soltero cuando hay posibilidad de «acción»: dejas el departamento mejor que catálogo de Pinterest. Limpié hasta el último rincón; mi pieza parecía casa piloto de inmobiliaria.

Llegó el día. Nos juntamos cerca de su pega. Él andaba con unos jeans, zapatos de vestir y una camisa azul marino. Se veía casual, elegante y exquisito. Yo estaba como gelatina. La conversación fluyó, pero su mirada… su mirada pasaba de una ternura infinita a algo que me intimidaba, algo que decía: «Sé exactamente lo que te quiero hacer».

Al terminar, le ofrecí acercarlo a algún lugar.
—¿Qué tal a tu casa? —me soltó sin anestesia.
Mi cerebro quedó en Mínimo Común Múltiplo. «Ya guatón, tenís que darlo todo», me dije.

Apenas nos subimos al auto, antes de salir del estacionamiento, Gael me agarró la nuca y me dio un beso de esos que te reinician el Windows. Fue intenso, un poco torpe por el espacio, pero con una lengua que sentí hasta la tráquea. Se me paró de una. Manejé como pude hasta la casa, sintiendo que los kilómetros se hacían eternos.

Al cerrar la puerta de mi casa, se acabó la cortesía. Me entregué a ese hombre. Sentir su respiración entrecortada y el sonido de nuestros labios me tenía en éxtasis. Lo abrazaba con fuerza, recorriendo su espalda delgada mientras él me buscaba con una urgencia que me hacía sentir el hombre más deseado del mundo.

Bajé a su entrepierna y ahí estaba: algo grande y húmedo marcando el pantalón. Cuando lo liberé, me encontré con unos 16 centímetros perfectos, más claros que el resto de su piel y con una leve curvatura hacia la izquierda. Le puse harta saliva, decidido a disfrutarlo.

Gael empezó a bufar. Ahí supe que lo estaba haciendo bien. No sé cuánto tiempo estuve en cuclillas devorándolo, pero sus «Umm» y sus «Ahhh» me encendían más que cualquier porno. Pasé la lengua por sus testículos, notando que no se había rebajado el vello. Pero me dio lo mismo: como dice el dicho, en pasto corto rebota mejor la bola.

—Vamos a la cama —le susurré con la poca respiración que tenía.

Lo llevé de la mano y lo desnudé. Su cuerpo era blanco, lampiño, una armonía que solo rompía su vello púbico. Lo dejé boca arriba y seguí besándolo, endemoniado. Jugué en su cuello y en sus tetillas pequeñas que se pusieron erectas al tacto. Bajé de nuevo a su pene y, aunque la falta de práctica me hacía tener un par de arcadas, Gael me tomaba de la cabeza y me hundía en él. Me sentía más caliente que nunca.

Cambiamos al 69. Sentir su boca ardiente en mi pene fue majestuoso. Ese sonido ahogado, el calor de su garganta… era demasiado. Hasta que Gael se detuvo y me ordenó:
—Ponte boca abajo.

Lo hice de inmediato. Sentí su pene durísimo rozando mi entrada, buscando el camino. Saqué el lubricante y el condón del velador. Gael entendió el mensaje, se preparó rápido, pero lo que no vi venir fue la potencia: me la metió de una.

—¡Ohhh conchetumare! ¡AHHH!—el grito se me escapó.

Sentí que me desgarraba, un dolor seco que me hizo apretar las sábanas. Gael me tapó la boca con su mano, dejándola adentro, sin moverse, como una bestia reclamando su territorio. Pero aguanté.

—Dame más —le pedí entre dientes.

Eso fue bencina para él. Empezó a bombear con una fuerza que transformó el dolor en un placer eléctrico. Me ahogaba los quejidos con su mano mientras susurraba cosas en portugués. Solo entendí un «Vem, urso».

—Por favor, no la saques —le supliqué.

Cambiamos a la posición de cucharita, pero el descanso fue más corto que el que me dan en el gimnasio entre series. Gael seguía embistiendo, cada vez más rápido. Yo tenía los ojos enceguecidos de sudor y placer. De pronto, se sacó el preservativo y empezó a jalársela con una urgencia final. Los lechazos saltaron sobre mi cara y mi torso (uno incluso salpicó la pared, la fuerza carioca que le dicen).

Gael cayó rendido a mi lado. Le di un último beso y lo abracé, pegando mi cuerpo sudado al suyo. No me importaba nada, solo quería que se quedara ahí. Nos quedamos dormidos, tapados apenas por el cubrecama.

En medio de la oscuridad, me desperté. No sé qué hora era, pero sentí algo duro presionando de nuevo entre mis nalgas y una respiración agitada en mi cuello…esto no había terminado (y que gusto que asi fuese)

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2 Comentarios

  • Anónimo
    marzo 18, 2026 a las 9:40 pm

    Bien igual ahí no estuvo tan caliente pero me encnata que lo hayas pasado bien y ese cambio de vida venga lleno de muchos gael ⭐️⭐️⭐️⭐️⭐️

  • Anónimo
    marzo 18, 2026 a las 11:25 pm

    Riiico!! Segunda parte 🥵🥵🥵

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