El vendedor de zapatos – Parte III

Muchas gracias a quienes votan y comentan. Haré una advertencia de spoiler: esta parte de la historia no tiene el erotismo de las anteriores, pero para comprender la trama completa es necesario recorrerla. Es un tramo denso, pero trataré de hacerlo lo más liviano posible.

El oso y el fuego. Dos dibujos estúpidos en una pantalla que me dejaron los dedos entumecidos sobre el teclado del computador. Intenté concentrarme en mis tareas con proveedores, pero las celdas de Excel parecían transformarse en los azulejos de mi baño: mojados y calientes.

Esa semana fue un ejercicio de masoquismo. Iba al gimnasio con una furia nueva, cargando más peso del que debía, esperando que el ácido láctico quemara el recuerdo de sus manos en mi cintura. Pero era inútil. Cada vez que pasaba por el espejo del camarín y veía las marcas leves que aún quedaban en mi espalda, la «nueva versión» de Karol se reía de mí.

Me hacía el difícil. Dejaba pasar una, dos, tres horas para contestarle un “Tudo bem” (robándole un poco de su idioma), mientras mi dedo índice tiritaba de ganas de enviarle un “ven a buscarme ahora mismo”. El deseo no era solo físico; era esa barba frondosa que me pinchaba la memoria y esos ojos color caramelo que, incluso a través de una foto de perfil, parecían estar leyéndome el alma.

Llegó el viernes y el silencio de su parte me pesaba más que la mochila del gimnasio. Junté aire, me creí el cuento de mi «nueva versión» y le solté la pregunta: “¿Qué haces hoy?”. La respuesta tardó una eternidad (quince minutos que para mí fueron años): “Estaré ocupado”.

Mi cerebro, ese traidor experto en boicotearme, se echó a volar de inmediato: “Ya se aburrió del oso gordo. Seguro encontró a alguien con el abdomen de catálogo de suplementos”. Sentí ese frío en la guata que no se quita ni con el café más cargado. Me vi de nuevo como el tipo invisible de siempre, estancado en una oficina mientras el mundo pasaba de largo. Pero entonces, el celular vibró de nuevo.

— “Terminando unas reuniones, quiero que nos volvamos a ver” —remató él.

El aire me volvió al cuerpo de golpe. Me sentí un soberano estúpido. “No te está esquivando, tonto; está trabajando como cualquier adulto”, me recriminé frente al espejo del baño de la pega. Me miré fijo: la barba recortada, los hombros un poco más anchos por las pesas de la semana y esa chispa en los ojos que Gael había encendido. La cita estaba pactada. La espera había terminado, pero los nervios… esos apenas estaban empezando.

Ese viernes me bajó la rebeldía. Me miré al espejo y me dije: “¿Qué tanta wea? ¡Si para eso trabajo!”. Directo al barbero. Nada de cortes improvisados; quería la barba perfilada, el pelo impecable y ese olor a loción cara que te hace sentir que caminas un metro sobre el suelo. De ahí, a las tiendas. Elegí una camisa que me entallaba justo donde el gimnasio empezaba a dar frutos y unos jeans que aguantaran el trote. La tarjeta de crédito gritó, pero me dio lo mismo: estaba invirtiendo en mi propia revolución.

Al final de la tarde, el cuerpo me pasaba la cuenta. Venía cansadísimo, con ese dolor rico en los músculos que te recuerda que estás vivo. Me metí a la ducha, dejando que el agua caliente relajara mis hombros masivos. El vapor llenaba el baño, igual que esa mañana con él. No me di cuenta, pero ya pensaba en Gael y me empece a tocar. Mi pecho velludo, mi pezones, mi pene, mis testiculos. Me pasaba la mano por la cara y me masajeaba el cabello. Recordar a Gael en esa ducha era solo olor a placer. Pasaba mi lengua por mis labios recordandolo. Me empece a tocar, el pene paso de su estado flácido a una dureza conocida, el jabon seguia recorriendo mi cuerpo, mis dedos dandome la sensibilidad necesaria. Tenia mas calor, necesitaba liberarme, no sabia como lidiar con esta sensación. Necesitaba a Gael, que me liberara. Esa ducha fue mas larga de lo que debería.
De pronto, una notificación cortó el ruido del agua y mi fantasía . Era un audio de Gael.

— “Oi, Karol… Escuta, acabei de sair da reunião agora, ¿tá? Lamento muito a demora, o dia foi uma loucura. Estoy indo agora pro meu departamento, preciso de uma ducha urgente pra tirar o cansaço… Mas olha, se você não tem planos, eu adoraria sair com você hoje à noche. ¿Qué te parece, urso? Te espero”.

Escuché el audio tres veces. La primera, hipnotizado. La segunda, capté algo de una «ducha» y el vapor del baño se puso más espeso. A la tercera, tuve que rendirme: no entendía ni una jota de su portuñol cerrado, así que copié lo que creí escuchar en el traductor. “Preciso de uma ducha urgente… me gustaría salir con vos”.

Ufff. Mi imaginación se disparó. Me vi de nuevo recorriendo ese cuerpo delgado, ese blanco lampiño que contrastaba con mi volumen. Sentí una punzada de deseo tan fuerte que tuve que abrir la llave de nuevo y meterme bajo el agua fría. Necesitaba apagar el incendio antes de volver a verlo.

— “¡Ya, Karol, compórtate!” —me grité entre los chorros de agua.

Cuando recuperé la compostura, salí y le escribí el “Sí” más contenido que pude. Su respuesta fue corta y al grano, como un desafío: “Manda a localização aí, urso”. El «urso» escrito en mi pantalla me hizo sentir más grande, más hombre, más deseado de lo que jamás me había sentido en mis 38 años. Le envié la ubicación.

Miré mi reflejo una última vez: la camisa nueva me armaba bien, el perfume ya estaba haciendo su magia y los rasguños en mi espalda —mi pequeño secreto bajo la ropa— ardían de pura anticipación.

El sonido de un motor suave me sacó del trance. Me asomé y ahí estaba. Bajé rápido y, al abrir la puerta, el golpe me dio directo en el centro del pecho. No fue el motor, fue su perfume. ¡Concha de tu madre, qué rico olía! Era un aroma amaderado, intenso, con un fondo dulce que se me quedó grabado a fuego. Gael vestía una camisa verde olivo que resaltaba sus ojos color caramelo. Se veía radiante.

— “Oi, urso. Tudo bem?” —me saludó con esa sonrisa que me desarmaba.

Me puse el cinturón y salimos. Durante el camino, los nervios me hicieron hablar de más: le conté de mi semana, del gimnasio, de todo. Él me miraba de una manera tan cariñosa, tan genuinamente feliz de escucharme, que yo no podía más de emoción. Pero a los pocos minutos, me di cuenta de que estábamos saliendo de la ciudad. “¿Donde cresta vamos?”, pensé. El viaje no fue corto, pero entre su perfume y su mirada, ni cuenta me di del tiempo.

Y de pronto llegamos a ese lugar que me volaría la mente.

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1 Comentario

  • Valdo
    marzo 23, 2026 a las 9:42 pm

    Donde fueron!???

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