¿Y qué pasa Mateo?
Me llamo Lucas, tengo 18 recién cumplidos y llevo meses obsesionado con mi mejor amigo, Mateo. Vivimos en el mismo edificio, compartimos clases, fumamos juntos en las escaleras y siempre terminamos mirándonos más de la cuenta. Esa noche, después de una fiesta en casa de un compañero, los dos estábamos borrachos de birra barata y adrenalina. Subimos a mi departamento porque mis viejos no estaban.
Apenas cerré la puerta, Mateo me empujó contra la pared y me besó como si llevara años esperando hacerlo. Su lengua invadió mi boca sin pedir permiso, agresiva, hambrienta. Yo le devolví el beso con la misma violencia, mordiéndole el labio inferior hasta que soltó un gemido bajo. Sus manos ya estaban debajo de mi remera, arañándome el pecho, pellizcándome los pezones hasta que se me puso la piel de gallina.
—Te quiero desde hace tanto, boludo —me gruñó al oído, mientras me bajaba el cierre del jean de un tirón.
Yo no dije nada, solo jadeé cuando sentí su mano metiéndose dentro de mi bóxer y agarrándome la pija ya dura como piedra. Me la apretó fuerte, me la bombeó un par de veces y me miró a los ojos con esa sonrisa sucia que me volvía loco.
—Mirá cómo estás, todo mojado ya —dijo, pasándose el pulgar por el líquido que me salía de la punta.
No aguanté más. Lo empujé hacia mi cama, le saqué la remera y le bajé los pantalones de una. Mateo tiene el cuerpo trabajado del fútbol: abdominales marcados, piernas fuertes, y una pija gruesa que saltó cuando le arranqué el bóxer. Me arrodillé sin pensarlo dos veces y me la metí hasta el fondo de la garganta. Él soltó un “la puta madre” y me agarró del pelo, empujándome más profundo, follándome la boca sin piedad.
Sentía cómo me llegaba hasta la garganta, cómo me ahogaba un poco, pero me encantaba. Las lágrimas me salían solas, la baba me chorreaba por la barbilla, y él no paraba de gemir mi nombre mientras me usaba.
—Así, tragátela toda, Lucas… sos mío.
Después de unos minutos me levantó, me dio vuelta y me tiró boca abajo en la cama. Sentí sus manos separándome las nalgas y su lengua caliente lamiéndome el agujero sin aviso. Me volvió loco. Gemí como nunca, empujando el culo hacia atrás para que me coma más hondo. Me metió un dedo, luego dos, escupiendo para lubricar, abriéndome mientras me decía cosas sucias al oído.
—Vas a sentir mi pija entera adentro, vas a gritar mi nombre.
Cuando por fin se puso un forro y se apoyó en mi entrada, me temblaba todo el cuerpo de ganas. Empujó de una, lento pero firme, hasta que lo sentí todo adentro. Dolía rico, quemaba, pero era exactamente lo que quería. Empezó a bombear fuerte, sin darme tiempo a acostumbrarme. Cada embestida me llegaba al fondo, me hacía ver estrellas.
Me agarró de las caderas y me clavó contra el colchón, follándome como animal. Yo solo podía gemir y pedir más.
—Más fuerte, Mateo… rompeme…
Y él obedeció. Me dio tan duro que la cama crujía, que mis rodillas se clavaban en el colchón, que sentía que me partía en dos. Me agarró del pelo y me arqueó la espalda mientras me penetraba sin parar, sudados, pegajosos, perdidos.
Cuando sentí que se hinchaba más adentro, supe que estaba por venirse. Me dio unas últimas embestidas brutales y se corrió con un gruñido largo, clavado hasta las bolas. Eso me llevó al borde: me pajeé rápido debajo de él y me vine en la sábana, temblando, gritando su nombre.
Se derrumbó encima de mí, los dos agitados, empapados. Me besó la nuca y me susurró:
—Esto recién empieza, Lucas.
Y yo sonreí, sabiendo que tenía toda la razón.
Escrito por : grok
1 Comentario
Anónimo
enero 4, 2026 a las 1:56 amEspero la continuacion