Con el ayudante de Albañil
Es la primera vez que escribo en este blog, pero lo que contaré sucedió hace algún tiempo. Cabe mencionar que soy docente en Guatemala, y para ese entonces me dedicaba a dar clases en diferentes establecimientos educativos de mi ciudad.
Soy casado y soy muy discreto, pero en esta ocasión, cuando salí de mi trabajo —que era en una residencial en construcción—, había muchos predios o lotes baldíos, y otros que estaban en construcción. Me dirigía a tomar el autobús para ir hacia mi casa.
La residencial era muy solitaria, muy silenciosa, sin muchos habitantes por estar, como dije anteriormente, en construcción. Pasé por una construcción donde había un muchacho más o menos de mi misma edad —yo tendría entonces unos 20 años—. Estaba muy guapo: pelo ondulado, atlético, con cuadros marcados, como de 1.80, muy definido… ¡Uffff! Se miraba… delicioso. Estaba cincelando o abriendo agujeros en la pared para empotrar un balcón. Como ya mencioné, soy muy discreto, de closet, pero en esa ocasión me puse muy obvio. No soy tan guapo, pero tampoco soy feo; soy atractivo, mido 1.76, complexión regular, con buen trasero. Entonces, al pasar cerca de la construcción, comenzó la conversación:
—Hola, mi amigo, trabajando duro.
—Claro, si no lo hago no gano para seguir estudiando.
—¿Estudias?
—Sí, estoy por salir de estudiar, es mi último año.
Y así nuestra conversación se dio sin malicia, pero sí insinuante, porque yo estaba embobado viéndole su paquete, que se marcaba delicioso contrastando con su cuerpo.
Y de pronto le digo:
—Cómo que te gusta abrir hoyos.
Me responde:
—¡Simón! ¿Querés que te abra el tuyo?
No sé si lo dijo tentándome o no sé, pero a cómo estaba tan caliente por la excitación de verlo, contesté:
—¿Podés abrírmelo pues?
—Pasá y te lo demuestro.
Entré a la construcción, porque estaba solo él, y cuando se baja el pantalón le voy viendo una verga tan deliciosa, como de 19 cm, a lo que no me resistí y me la metí a la boca. Él se movía delicioso y me la metía hasta el fondo, sus cocos estrellándose en mi mentón, lo que me excitaba más. Estaba depilado y se le marcaba su cuerpo, que recorría con mis manos.
—Date vuelta, que quiero detonarte —me dijo.
Por el tamaño, sentía miedo de que me dañara y me sangrara el orto, porque no soy promiscuo; como dije, soy casado y me reprimía.
Me calenté demasiado, a lo que me bajé el pantalón. Mi sorpresa fue cuando se arrodilló y empezó a hacerme el beso negro, lamiéndome el culito tan delicioso, pero también lo estaba ensalivando para lubricarme. Se puso de pie y me da una embestida de padre y señor mío, a lo que grité, pero como todo estaba en silencio, él no se preocupó porque me escucharan.
—¡Tenés un culo delicioso y apretado!
Yo sentía la gloria, pues era un pito tan delicioso que batió todo su semen en mi interior.
Volvió a decirme que estaba delicioso:
—Espero volver a verte.
No le pedí su número porque decidí que sería la última vez. Días después, lo vi en un vehículo de lujo, con joyas y un uniforme de un colegio de prestigio de mi ciudad. Al verlo, solo traté de ignorarlo y evadirlo porque sentía culpa por haber sido infiel. Él solo me vio, se sonrió y me saludó:
—¡Hola, profe!
Nunca más lo volví a ver.
Espero que les haya gustado mi relato.

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