Mi tío hetero

Bueno, este es mi tercer relato, y a partir de aquí comenzaré a escribir las segundas partes. Este relato es con mi tío, un macho de campo de 1 metro 90, con un pico gordo, jugoso y que me tragué completo.

Era un sábado por la mañana y estaba solo en mi casa. Salí a comprar pan para el desayuno, pero no me esperaba que tomaría otra leche, la que más me gusta, jeje. De camino al negocio me encontré con mi tío Pablo. Él estaba casado con una de mis tías, pero hacía tiempo que se habían separado, por lo que él se quedó con esa casa que estaba a dos cuadras de la mía y en la que más de una vez me había quedado a dormir. Después de su separación, muchas noches iba a acompañarlo: jugábamos Play y después a la cama. Algunas veces me levantaba a buscar sus bóxers usados en el baño para olerlos y lamer ese precum que siempre dejaba. Lo más cerca de verlo era cuando salía en toalla y se le marcaba un bulto rico, además de su vello púbico, que hacía que ese caminito a la felicidad sea muy tentoso.

Pero bueno, ese sábado, mientras pasaba por fuera de su casa, lo veo ahí desde la ventana saludándome sin polera. Me acerco a la puerta y me recibe en bóxer, recién levantado. Puso el hervidor y me ofreció un café. Le dije que me había quedado solo y que mis papás llegaban hasta el lunes, a lo que me dijo que, si quería, me quedara con él, que estaba libre ese finde. A lo que acepté. Tomamos desayuno mientras él seguía en bóxer. Debo admitir que no estaba caliente ni nada, pero él emanaba ese típico olor a macho: entre sudor, olor a cocos y, además, me di cuenta de que su bulto tenía una mancha como de semen seco. Me reí y le dije: “Estuvo piola la noche, parece”, jaja, y le miré el pico sin descaro. Se rio, pero al tiro agarró un cojín para taparse. Nos terminamos el café. Me levanté para lavar las tazas y en eso me dice: “No piense mal, sobrino, si no pasa ná. Hace rato que no pasa nada, puras pajas”. A lo que le digo: “Chucha, tío, ¿anda lenta la cosa entonces?”, jaja. “Sí”, me dice, “lo que daría por aunque sea una boquita, la que fuera”. Ahí caché que esta era mi oportunidad.

La tarde siguió piola. Yo fui a mi casa con la excusa de buscar mi pijama, pero la verdad es que tenía que prepararme: me depilé el culo, me hice lavado y me puse un calzoncillo de esos que tienen el poto sin tela; ese me hace ver el culito paradito y resalta mi paquete. Encima me puse el típico pantalón de pijama suelto que no deja espacio a la imaginación y una polera más corta. En mi familia todos saben que soy gay, así que estaba demás decirle lo que quería. Siento que ambos sabíamos, pero ninguno se atrevía.

Llegué a su casa y nos pusimos a jugar Play. Yo me senté en el piso y él en el sillón al lado mío. En una de esas me dice de cambiar el juego, así que yo, que estaba más cerca, me levanté al mueble, me puse en cuatro mientras cambiaba el juego. Hice como si se me tropezara el juego para demorarme, cuando Pablo me dice: “Buen culo te gastas, sobrino”. Y todas mis sospechas se aclararon. Volví al control y mi tío me dice: “Yapo, juguemos a otra cosa mejor”. Lo quedé mirando y me di cuenta de que su bulto estaba supergordo. Se lo sobó y me lancé: lo toqué sobre su bóxer, el mismo que usaba en la mañana y que tenía más olor a hombre, entre meado y ahora un poco de perfume. Lo miré desde abajo y él me hace un gesto con la cabeza como diciendo que libere su pico. Se lo saqué por el lado y vi como su cabecita morenita babeaba sobre su muslo. Lo miré y con una de sus manos me agarró la cabeza, me hizo chuparle su pico. Era gordo y con un sabor exquisito; su leche estaba dulcecita. Lamía con fuerza solo su cabeza, hasta que él mismo se bajó el bóxer hasta los tobillos, se abrió de piernas, esas largas que estaban fibrosas por jugar a la pelota, y me hizo tragarme su pico completo. Debe medir unos 17 cm, pero era muy grueso, lo que hacía que su pico resalte. Me lo tragué mucho rato, jugaba con mi garganta, la apretaba para sentir su precum salir, lo sacaba y volvía a tragar completo, hasta que comencé a llorar. Tenía la cara y el hoyo caliente de tanto mamar. Después fui por sus cocos: estaban peludos igual que sus piernas, gordos y apretaditos. Traté de meterme los dos a la boca, pero no cabían. Lamía desde sus huevitos hasta la punta de su pichula; era exquisito probar ese pico. De repente se acomoda y deja su culito un poco a la vista. Bajé más mi lengua y pude lamer un poco de su hoyo; estaba limpio, como si se hubiera preparado para eso. Pegó un gemido rico, pero no me dejó seguir. Me paré, me saqué la ropa y él quedó sorprendido de mi calzoncillo. Me paré frente a él mostrando mi culo y con sus manos me tocaba. Me agarró y me sentó sobre él sin metérmela, solo me sobaba sobre su pico. De repente escucho cómo mete su mano a su boca para llenarla de saliva y pasársela por el pico. Lo hizo dos veces, y la tercera me la pasó por mi raja. Sentí cómo tomó su pico y empezó a buscar mi hoyo. No me preparó nada, pero estaba lo suficientemente dilatado para su cabeza. Entró despacio, pero el wn bruto, una vez entrando la puntita, me la metió entera. Yo pegué un grito; nunca me habían metido una pichula tan gruesa y sentí cómo me rompía el hoyo mientras me palpitaba. Me dijo al oído: “Ya, mi amorcito, si te va a gustar”. Lo miré y le di un beso, le dije que se quedara adentro y yo me senté lo más profundo que pude. Me dolía, pero debía aguantar; yo mismo había deseado este pico y ahora lo estaba montando. Comencé a montarlo rico, duro, rápido y hasta que me cansé. En ese momento me saqué su pico y me di vuelta. Nos quedamos cara a cara, me da un beso y lame mis tetillas. Me agarró el culo con fuerza y me hace sentarme de nuevo sobre su pico, pero esta vez él dominaba la situación. Me daba duro, fuerte, con su mano me agarraba la cadera y yo le comía el cuello. En un momento sentí su mano más pesada, como si sus uñas me rompieran, y vi su cara de placer. Ahí me empecé a pajear y, en un minuto, me corrí sobre su guata, para sentir un gemido acompañado de un chorro largo de su leche que me calentó por dentro. Después de eso soltó dos más; me dejó el culo lleno de leche. Sacó su pico de mi hoyo, pero yo seguía caliente. Comencé a lamer mi propio semen que dejé sobre él, me lo tragué todo, y me agarró del pelo, me subió a su boca y me besó. Nos quedamos ahí, yo sobre él, estábamos los dos agitados, sudados y oliendo a sexo duro y pasión.

Cuando nos recuperamos, me saqué mi lencería que estaba llena de líquidos. Me iba a la ducha, pero él se paró y me llevó directo a la cama… pero esa es historia para una segunda parte, de cómo me batió su leche que me dejó dentro.

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