Desaires

Desaires.

Parte 1.

El rancho “San Marcos” estaba lleno de actividad con los preparativos de la boda de Carla, la sobrina de Javier, ambos pertenecientes a una de las familias más respetadas del estado de Hidalgo y de las familias ganaderas más importantes del país, una familia que tenía entre sus amistades a cantantes exitosos, políticos, gente de las más altas esferas de la sociedad mexicana, sin duda una familia muy adinerada y poderosa.

Era un sábado en el que el sol de mediodía quemaba la tierra seca, y levantaba un polvo fino que se pegaba a las botas y las manos de los trabajadores que corrían de un lado a otro. Las mesas se alineaban en el patio bajo la supervisión de Luis, el planeador de bodas ms caro del país, mientras el aroma a carne asada y chiles tostados flotaba desde la cocina al aire libre.

Javier, vestido con una camisa blanca de lino arremangada hasta los codos y unos jeans gastados que marcaban sus piernas fuertes y musculosas, estaba apoyado contra un poste de la estructura que sostenía una lujosa lona que cargaba un candelabro fino, el sombrero inclinado sobre su frente para protegerse del sol. Supervisaba todo con una mezcla de orgullo y hastío, su mente vagaba entre las expectativas de su familia y el vacío que lo perseguía últimamente.

Fue entonces cuando lo vio por primera vez. Daniel, un mesero nuevo, apareció cargando una caja de copas de cristal, sus brazos se tensaban bajo el peso, las mangas de su uniforme negro subidas hasta los codos, dejando ver la piel morena y brillante de sudor que relucía como si estuviera untada en aceite. Javier lo observó desde la distancia con los ojos entrecerrados bajo el borde del sombrero, mientras Daniel dejaba la caja en una mesa con un movimiento ágil, casi elegante, como si el esfuerzo no lo tocara

Había algo en él que lo atrapó, la forma en que su cabello oscuro caía desordenado sobre la frente, el brillo rápido de sus ojos castaños cuando levantó la vista para revisar el patio, la curva sutil de sus labios carnosos que parecían contener una sonrisa traviesa, invitando a ser explorados con la lengua.

Javier sintió un calor subirle por el pecho, un cosquilleo que se extendía directamente a su entrepierna, endureciendo su miembro bajo los jeans ajustados. Se enderezó, ajustándose el sombrero con un movimiento lento, y decidió acercarse, sus botas crujían contra la grava mientras mantenía a Daniel en su línea de visión. El mesero estaba ahora descargando una bandeja de cubiertos, y Javier aprovechó para pasar cerca, fingiendo revisar una de las mesas. Se detuvo a unos pasos, el olor a sudor limpio y jabón barato de Daniel se mezclaba con el polvo del rancho, un aroma que le hacía agua la boca y aceleraba su pulso. Dejó que sus ojos lo recorrieran sin disimulo: los hombros estrechos pero firmes, la cintura delgada que el uniforme abrazaba como una segunda piel, las manos rápidas que movían los platos con una destreza que hablaba de años de trabajo duro, imaginando esas mismas manos envolviendo su erección y acariciándola con lentitud tortuosa.

—Calor intenso hoy, ¿no? —dijo Javier, su voz grave corto el aire como un trueno suave, mientras se apoyaba en la mesa con una postura casual, el brazo flexionado dejando ver los músculos bajo la piel bronceada, y su bulto creciente en los jeans apenas disimulado.

Daniel levantó la vista, sorprendido, y una chispa de nervios cruzó sus ojos antes de que sonriera tímidamente, dejando una cuchara a medio camino. —Sí, señor, parece que el sol quiere cocinarnos vivos —respondió, su voz clara pero con un dejo de cautela, mientras limpiaba el sudor de su frente con el dorso de la mano, un gesto que dejó un rastro húmedo en su piel morena, haciendo que Javier imaginara lamer ese sudor directamente, bajando por su cuello hasta llegar a sus pezones endurecidos.
—Javier, no señor —corrigió él, inclinándose un poco más cerca, el aroma de su colonia flotaba hacia Daniel, mezclado con el olor almizclado de su excitación creciente. —¿Primera vez en el rancho? No te había visto antes—.
Daniel asintió, enderezándose, el uniforme se le pegaba a torso por el sudor, delineando sus pezones endurecidos bajo la tela fina. —Sí, es mi primer día con este equipo. No suelo venir a lugares tan… grandes —dijo, mirando alrededor con una mezcla de asombro y timidez que hizo que Javier sonriera, una curva lenta y peligrosa en sus labios, pensando en lo «grande» que era su propio miembro y cómo lo haría gemir de placer al penetrarlo profundamente.
—Pues te ves como si supieras lo que haces —replicó Javier, dejando que sus ojos bajaran deliberadamente por el cuerpo de Daniel antes de volver a su rostro, deteniéndose en sus labios por un segundo más de lo necesario, imaginando esos labios envolviendo su polla dura. —Me gusta la gente que no le tiene miedo al trabajo duro. ¿Cómo te llamas?—
—Daniel— respondió él, tragando saliva bajo la intensidad de esa mirada, sus dedos apretando la bandeja con un poco más de fuerza, sintiendo un tirón en su propia entrepierna ante la presencia dominante de Javier. —Y sí, me gusta hacer las cosas bien—.
Javier dejó escapar una risa baja, un sonido que vibró en el aire caliente y se instaló directamente en los testículos de Daniel. —Daniel, eh. Me voy a acordar de eso —dijo, dando un paso más cerca, lo suficiente para que el borde de su bota rozara el zapato desgastado de Daniel, y su muslo rozara accidentalmente el de él, enviando una chispa eléctrica. —Si necesitas algo, agua, un descanso, lo que sea… búscame. Este rancho es mío, y me gusta cuidar a los que trabajan aquí—.
Daniel parpadeó, el rubor le subía por el cuello hasta las mejillas, y asintió rápido, sintiendo su verga endurecerse bajo los pantalones. —Gracias, Javier. Lo tendré en cuenta —murmuró, volviendo a los cubiertos, pero sus manos temblaban ligeramente bajo la atención de esos ojos oscuros que no lo soltaban, como si ya lo estuvieran penetrando mentalmente.

Javier se alejó entonces, pero no dejó de observarlo el resto de la tarde. Lo vio cargar cajas bajo el sol abrasador, el sudor corriendo por su nuca y empapando la camisa hasta que se pegaba a su espalda, delineando cada músculo sutil, haciendo que Javier imaginara arrancarle la ropa y lamer cada gota, bajando hasta su entrada apretada. Lo vio inclinarse para ajustar una silla, los jeans marcando sus piernas delgadas pero fuertes, y el contorno de su culo redondo y firme, invitando a ser azotado y penetrado. Lo vio reír con otro mesero, un sonido claro que cortó el bullicio y llegó directo al pecho de Javier, haciendo que su erección palpitara dolorosamente.

Cada movimiento era un imán, cada detalle del modo en que se pasaba la mano por el cabello y cómo sus labios se curvaban cuando hablaba alimentaba un deseo que Javier llevaba años reprimiendo, un hambre por poseer a un joven sumiso como Daniel hasta dejarlo exhausto y lleno de su semen caliente.
Para cuando la boda empezó y los invitados llenaron el patio, Javier había decidido que no podía dejarlo pasar. Lo vio de nuevo, ahora sirviendo copas de tequila con esa misma destreza, y se acercó otra vez, esta vez con un propósito claro.
—Te he estado mirando toda la tarde, Daniel —dijo, su voz baja y cargada de intención mientras tomaba una copa de su bandeja, sus dedos rozaron los de Daniel deliberadamente, el contacto envió una chispa por su piel, y Javier notó cómo la verga de Daniel se endurecía visiblemente bajo los pantalones. —No paras ni un segundo. ¿No te cansas?—
Daniel levantó la vista, el aliento atrapado en la garganta bajo esa mirada que lo desnudaba. —Es el trabajo —respondió, intentando sonar firme, pero su voz tembló un poco, traicionando el calor que subía por su cuerpo y el líquido pre seminal que ya humedecía su ropa interior. —Alguien tiene que mantener la fiesta en marcha—.
Javier sonrió, tenia una mezcla de picardía y hambre en los ojos. —Pues creo que te mereces un descanso. En un ratito te voy a robar, quiero mostrarte algo en la casa grande. Solo nosotros —dijo, inclinándose lo suficiente para que su aliento rozara la oreja de Daniel, el tono prometiendo mucho más que palabras, como explorarlo con la lengua y penetrarlo hasta el éxtasis.

Daniel tragó saliva, el pulso se le acelero, y asintió apenas, atrapado en ese juego de miradas y roces que lo habían cazado desde el primer instante, su ano contrayéndose en anticipación. Javier se alejó con una última mirada, sabiendo que el anzuelo estaba puesto, y que esa noche, Daniel sería suyo, penetrado sin piedad.

Un par de horas después, cuando todos estaban lo suficientemente ocupados bailando y embriagándose para prestar atención, fue el momento justo. Javier iría a cosechar la semilla de deseo que había en Daniel, con un movimiento discreto se acercó a él y le hizo una seña con la mano para que lo siguiera. Pasaron por el patio principal y subieron las escaleras lujosas y alfombradas de la casa grande, entraron a una habitación en el segundo piso, el ruido de la fiesta reducido a un murmullo lejano tras la puerta cerrada. La estancia olía a madera vieja y heno, con una cama enorme cubierta por una colcha bordada y una lámpara que proyectaba sombras suaves sobre las paredes.

Javier se quitó el sombrero, dejándolo caer sobre una silla, y se giró hacia Daniel con una intensidad que lo hizo retroceder un paso, su verga ya dura y visible bajo los pantalones.
—Te he tenido en la cabeza todo el día —dijo Javier, avanzando lentamente, como un depredador acechando. —Esos labios tuyos, cómo se curvan cuando hablas, perfectos para envolver mi erección. Cómo te ves con ese uniforme pegado al cuerpo, marcando tu culo apretado. ¿Sabes lo que me haces? Me pones tan excitado que duele—.
Daniel respiró hondo, atrapado entre el nerviosismo y el deseo, su propia erección latiendo con fuerza. —No sabía que me estaba mirando tanto—.
—Oh, sí —Javier cerró la distancia, su mano subiendo al cuello de Daniel, rozando la piel caliente con las yemas de los dedos, bajando hasta pellizcar un pezón endurecido. —Y ahora que te tengo aquí, no voy a dejar que te escapes. Voy a hacerte mío completamente, pero primero, quiero sentir tu boca alrededor de mí—.

El primer beso fue un incendio. Los labios de Javier se estrellaron contra los de Daniel, duros y exigentes, su lengua abriéndose paso con una mezcla de urgencia y posesión, explorando cada rincón de su boca, saboreando su saliva dulce y caliente. Daniel gimió, sus manos subiendo al pecho de Javier, sintiendo los latidos fuertes bajo la camisa, y bajando para rozar el bulto enorme en su pantalón, masajeándolo con ansias mientras sentía el calor pulsar contra su palma. Javier lo empujó contra la pared, arrancándole la camisa del uniforme con un tirón que hizo saltar varios botones, exponiendo el torso sudoroso y terso del mesero, con pezones oscuros y erectos que Javier chupó con avidez, mordiendo uno hasta hacerlo gemir de dolor y placer, lamiendo en círculos lentos alrededor del areola endurecido, succionando con fuerza para enviar ondas de placer directamente a la entrepierna de Daniel.

Sus manos recorrieron cada centímetro, las uñas rozando los costados de Daniel mientras sus bocas seguían devorándose, lenguas enredadas en un baile húmedo y salivado, con saliva escapando por las comisuras de sus labios y corriendo por sus barbillas. —Tienes un cuerpo hecho para el placer —gruñó Javier, mordiendo el lóbulo de la oreja de Daniel antes de bajar por su cuello, dejando una línea de besos húmedos y mordiscos que lo hicieron jadear, chupando con fuerza para dejar marcas rojas que palpitarían durante días, recordándole el dominio de Javier.

La ropa cayó al suelo en un frenesí: la camisa de Javier, revelando su pecho peludo y musculoso; los pantalones de Daniel, liberando su verga dura y curvada hacia arriba, con venas prominentes y la punta goteando precum en hilos pegajosos que brillaban bajo la luz tenue. Quedaron piel contra piel, sus vergas rozándose en un roce eléctrico que los hizo gemir a ambos, frotándose con movimientos lentos y deliberados, sintiendo el calor y la dureza del otro, el líquido pre seminal mezclándose en una lubricación natural que hacía el contacto resbaladizo y adictivo. Javier lo levantó con facilidad, sus brazos fuertes sosteniéndolo mientras lo llevaba a la cama y lo arrojaba sobre el colchón. Daniel rebotó con un gemido, y antes de que pudiera reaccionar, Javier estaba sobre él, separándole las piernas con las rodillas, exponiendo su ano rosado y pulsante.

Pero antes de avanzar, Javier se paró frente a Daniel, desabrochándose los jeans y liberando su erección gruesa y pesada, con venas hinchadas que latían visiblemente, la cabeza hinchada y roja goteando precum que caía en gotas lentas y calientes. —Ahora, chúpamela putito—ordenó Javier, su voz ronca y dominante, agarrando a Daniel por el cabello y guiándolo hacia abajo con firmeza.

Daniel, con los ojos vidriosos de deseo, se arrodilló en el suelo, su boca a nivel de la verga de Javier. Abrió los labios carnosos y la tomó con la mano, sintiendo el calor pulsante y el grosor que apenas cabía en su palma, las venas abultadas bajo sus dedos como cuerdas tensas. Empezó lamiendo la punta con la lengua plana, saboreando el precum salado y almizclado que brotaba abundantemente, girando la lengua alrededor del glande sensible en círculos lentos y tortuosos, chupando con fuerza para extraer más fluido, haciendo que Javier gruñera de placer mientras sus caderas se movían involuntariamente. Luego, abrió más la boca y la engulló, los labios estirándose alrededor del grosor, bajando centímetro a centímetro hasta que la cabeza tocó el fondo de su garganta, produciendo un sonido húmedo y gargareante que resonaba en la habitación. Javier empujó las caderas para meterla más profundo, cogiéndole la boca con movimientos rítmicos, sintiendo la calidez húmeda y la succión apretada que lo envolvía como un guante de terciopelo caliente. —Así, chúpala toda, siente cómo palpita en tu garganta —jadeó Javier, su mano en la nuca de Daniel guiándolo, haciendo que la verga entrara y saliera con un ritmo creciente, la saliva corriendo por la barbilla de Daniel y goteando sobre su pecho, mientras lágrimas de esfuerzo brotaban de sus ojos, pero sin detenerse, chupando con avidez, lamiendo las venas prominentes y succionando los testículos pesados uno por uno, masajeándolos con la lengua antes de volver a la longitud completa, masturbándola con la mano lubricada por saliva mientras la devoraba con la boca, llevando a Javier al borde del éxtasis con cada succión profunda y húmeda.

Después de minutos de esa mamada intensa y devoradora, donde Daniel tragaba y lamía con una pasión que hacía que la verga de Javier palpitara con fuerza, Javier lo levantó y lo tiró de nuevo a la cama, su propia erección aún más hinchada y goteante por la saliva de Daniel. Sus manos ásperas acariciaron los muslos de Daniel, subiendo hasta su erección palpitante, que ya goteaba de anticipación, el líquido pre seminal formando un hilo pegajoso que Javier recogió con los dedos y esparció por el glande sensible, frotándolo en círculos lentos hasta que Daniel se retorció de placer. —Mírate —susurró Javier, envolviendo el miembro de Daniel con una mano callosa y acariciándolo lentamente, desde la base hasta la punta, extendiendo la humedad con el pulgar, alternando ritmos para torturarlo, apretando justo debajo de la cabeza para intensificar la sensación. —Tan duro por mí, tan mojado y listo—.

Daniel arqueó la espalda, un gemido escapó de su garganta mientras Javier jugaba con él, alternando entre caricias lentas y apretones firmes que lo llevaban al borde del orgasmo, solo para detenerse y prolongar la agonía deliciosa. Luego, Javier escupió en su mano y la llevó a su propia erección, aún babosa por la saliva de Daniel, lubricándola con movimientos deliberados mientras miraba a Daniel a los ojos, masturbándose frente a él para excitarlo más, dejando que viera cómo su polla se hinchaba aún más. —Voy a hacerte mío —prometió, su voz un rugido bajo. —Voy a estirar tu ano hasta llenarte por completo—.

Giró a Daniel boca abajo con un movimiento rápido, levantándole las caderas hasta que quedó expuesto, el ano contrayéndose bajo la mirada hambrienta de Javier. Javier se inclinó, su lengua trazando una línea caliente desde la base de la espalda de Daniel hasta su entrada, provocándolo con lamidas lentas y profundas, introduciendo la lengua dentro del ano apretado, cogiéndoselo con ella mientras sus manos separaban las nalgas ampliamente, saboreando el sabor salado y almizclado, girando la lengua en círculos para relajar y lubricar, haciendo que Daniel temblara y gimiera contra las sábanas, su verga goteando profusamente sobre el colchón, su cuerpo suplicando por la penetración.

Cuando Daniel estaba al borde de la súplica, Javier se enderezó, presionando la punta de su miembro contra él, frotando el glande contra el ano lubricado por saliva, girándolo en círculos para que sintiera su poder antes de empujar. Entró despacio al principio, estirándolo con una quemadura deliciosa que se convertía en placer puro, el ano de Daniel cediendo centímetro a centímetro ante la invasión gruesa, hasta que lo sintió todo: el grosor que lo llenaba por completo, el calor pulsante que latía dentro de él, la presión implacable que rozaba cada nervio sensible. —¡No mames que rico estás bien apretado! —gruñó Javier, hundiendo las uñas en las caderas de Daniel mientras empezaba a moverse, cada embestida más profunda, más rápida, sus testículos chocando contra la piel de Daniel con un sonido húmedo y obsceno, el sudor lubricando el contacto.

Daniel gritó, el placer y el dolor inicial mezclándose en una ola de éxtasis mientras Javier lo llenaba por completo, golpeando su próstata que lo hacía ver estrellas, enviando ondas de placer eléctrico por todo su cuerpo, haciendo que su verga goteara sin control. La cama temblaba bajo ellos, el cabezal chocando contra la pared con cada empujón brutal, el sudor volando de sus cuerpos entrelazados. Javier se inclinó, su pecho sudoroso pegándose a la espalda de Daniel, y mordió su hombro con fuerza, marcándolo mientras sus caderas seguían un ritmo brutal, penetrándolo con fuerza animal. —Dime que te gusta —jadeó Javier, una mano deslizándose bajo el cuerpo de Daniel para agarrar su erección y masturbarlo al compás de sus embestidas, frotando el glande con el pulgar mientras exprimía cada gota de precum, sincronizando los movimientos para maximizar el placer.
—Sí, sí, más duro, papi— gimió Daniel, perdido en la sensación, su cuerpo temblando mientras el placer lo consumía, su ano apretando alrededor de la polla invasora en espasmos involuntarios.
Javier lo volteó de repente sacando su verga aun mas dura del ano de Daniel haciendo que sintiera un vacio provocado por la salida abrupta de los 21cm de erección de Javier, poniéndolo boca arriba, y levantó sus piernas sobre sus hombros, exponiéndolo completamente. Volvió a entrar en él con un empujón salvaje, sus testículos chocando contra el culo de Daniel con cada movimiento, el sonido húmedo de carne contra carne llenando la habitación, mezclado con gemidos ahogados y respiraciones entrecortadas. Los ojos de Javier estaban oscuros de deseo, fijos en el rostro de Daniel mientras lo penetraba sin piedad, su mano trabajando el miembro de Daniel con apretones rápidos y precisos, masturbándolo con furia, frotando la longitud entera con un ritmo que lo llevaba al clímax. —Quiero que te vengas—ordenó Javier, su voz ronca mientras aceleraba, sus embestidas volviéndose erráticas, profundas, desesperadas, golpeando la próstata una y otra vez, sintiendo cómo el cuerpo de Daniel se tensaba.

Daniel no pudo aguantar más. Con un grito ahogado, su cuerpo se convulsionó, sin tocarse su semen se disparo a chorros calientes y espesos sobre su pecho, el estómago y la mano de Javier, salpicando incluso hasta su cara, el olor almizclado llenaba el aire. El apretón de sus músculos internos fue demasiado para Javier; gruñó como un animal, hundiéndose hasta el fondo una última vez, sus testículos contrayéndose mientras explotaba dentro de él, llenándolo con pulsaciones calientes y abundantes de semen, tanto que rebosaba y goteaba por las nalgas de Daniel, caliente y pegajoso, prolongando el éxtasis mutuo.
Colapsaron juntos, sudorosos y jadeantes, el aire denso con el olor a sexo, sudor y semen, la respiración entrecortada. Javier acarició el cabello empapado de Daniel, una sonrisa satisfecha en los labios, sintiendo su semen filtrarse del ano dilatado de Daniel. —¿Qué tal ese descanso? ¿Te gustó sentirme dentro de ti?—
Daniel rio débilmente, girándose para mirarlo, su cuerpo aún temblando. —Creo que voy a pedir turnos extras solo por ti—.
Javier lo atrajo para un beso lento, profundo, sus lenguas danzando mientras sus cuerpos aún temblaban de las réplicas. Era una promesa silenciosa de más noches como esa.

Gracias a todos por el apoyo en el relato anterior, lamentablemente no puedo hacer mucho porque no quiero perder mi trabajo, sin embargo agradezco sus palabras y espero les guste esta historia que les comparto.

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