Desaires: parte 2

La luz del amanecer se filtraba por las rendijas de las persianas, bañando la habitación en tonos dorados suaves que acariciaban la piel desnuda de ambos.
Daniel despertó lentamente, sentía el cuerpo aún pesado y deliciosamente dolorido por el placer intenso de la noche anterior. Cada músculo recordaba las embestidas profundas, los apretones firmes, el modo en que Javier lo había llenado hasta el límite.
El calor de Javier seguía a su lado, su respiración profunda y tranquila mientras dormía, su brazo musculoso y pesado descansando posesivamente sobre el pecho de Daniel, como si incluso en sueños reclamara su propiedad. La cama olía a ellos: sudor salado, semen seco, el aroma almizclado del sexo prolongado y una pizca persistente de la colonia de Javier impregnada en su piel bronceada. Daniel se giró con cuidado, admirando el rostro de Javier relajado por el sueño. Las líneas duras de su mandíbula se suavizaban, el vello oscuro de su barba incipiente parecía más tentador bajo la luz suave, invitando a rozarlo con los labios. Recordó cada momento de la noche, esos besos hambrientos que devoraban su boca, sus manos fuertes marcando su piel con moretones que ahora palpitaban eróticamente, el modo en que Javier lo había poseído con una mezcla de rudeza animal y devoción posesiva, llenándolo con chorros calientes de semen que aún sentía filtrarse ligeramente entre sus nalgas y un calor familiar comenzó a subirle por el estómago, endureciendo su miembro contra el muslo de Javier.
Javier abrió los ojos lentamente, atrapando a Daniel en el acto de observarlo. Una sonrisa perezosa y peligrosa se dibujó en su rostro, sus ojos oscuros brillando con deseo renovado.
—¿Qué? ¿Ya estás planeando escaparte antes de que te ponga a trabajar otra vez? —murmuró, su voz ronca por el sueño y cargada de promesas.
Daniel rio, un sonido suave y entrecortado que llenó la habitación.
—No creo que pueda moverme después de lo de anoche. Me dejaste completamente exhausto… y lleno—.
—Bien —respondió Javier, rodando con lentitud felina para quedar sobre Daniel, apoyándose en los codos para no aplastarlo, pero presionando deliberadamente su erección matutina gruesa y dura contra el abdomen de Daniel —Porque no terminé contigo. Ni de lejos—
El coqueteo empezó así, en la quietud de la mañana. Javier inclinó la cabeza, rozando los labios de Daniel con los suyos en un contacto ligero, casi etéreo, que prometía más. El roce fue eléctrico, enviando chispas directamente a la entrepierna de Daniel.
—¿Sabes cuánto me costó no despertarte hace rato? Verte dormir, todo desordenado, con mi semen aún goteando de tu culo, fue una tortura deliciosa— susurró Javier, el aliento cálido contra la boca de Daniel.
Daniel sintió el pulso acelerarse, sus manos subiendo instintivamente al pecho de Javier, rozando el vello áspero y oscuro que cubría sus pectorales definidos, pellizcando ligeramente un pezón endurecido.
—¿Y por qué no lo hiciste?—
—Quería que descansaras… un poco —dijo Javier, bajando la voz a un susurro ronco mientras su boca rozaba el cuello de Daniel, dejando un rastro de besos húmedos y mordiscos suaves que hicieron que Daniel arqueara la espalda—. Pero ahora que estás despierto, no hay excusa.
Se separó un momento, levantándose de la cama con una gracia felina que desmentía su tamaño imponente. Desnudo, su cuerpo era una tentación absoluta: músculos definidos por años de trabajo en el rancho, piel marcada por el sol, el pecho ancho subiendo y bajando con respiración controlada, y una erección matutina gruesa, venosa y curvada hacia arriba, la cabeza hinchada brillando con una gota de precum que caía lentamente. Javier lo miró desde el borde de la cama, sus ojos oscuros devorándolo.
—¿Qué tal un baño? El agua caliente hace maravillas después de una noche como la nuestra… y prepara el cuerpo para más.
Daniel asintió, incapaz de apartar la vista de esa erección que palpitaba visiblemente. Siguió a Javier al baño contiguo, una habitación rústica pero amplia con una bañera de hierro en el centro ya llena de agua humeante que Javier debía haber preparado en algún momento de la madrugada. El vapor llenaba el aire, cargado de humedad que hacía que la piel se erizara de anticipación. Cuando Javier entró primero, extendiendo una mano para invitarlo, Daniel no pudo resistirse. Se hundieron juntos, el agua caliente abrazándolos como una caricia líquida, sus cuerpos rozándose bajo la superficie en un contacto inmediato y eléctrico.
El coqueteo se intensificó allí. Javier deslizó una mano por la pierna de Daniel, subiendo lentamente por el interior del muslo, sus dedos ásperos rozando la piel sensible con una lentitud tortuosa que hacía que Daniel contuviera el aliento. El agua amplificaba cada sensación, convirtiendo cada roce en una ola de placer.
—¿Sabes lo que pensé cuando te vi ayer? —murmuró Javier, mientras su mano subía más, rozando la base de la erección de Daniel bajo el agua. —Que quería verte así, mojado, jadeando, con tu culo abierto y listo para mí otra vez.
Daniel se estremeció, cuando sintió el dedo medio de Javier entrando en su ano, el agua caliente intensificaba el pulso en su miembro que ya estaba goteando precum mezclado con el agua.
—Estás loco si crees que no lo noté. Me mirabas como si quisieras devorarme vivo—
—Porque quería —admitió Javier, mientras tenía ahora dos dedos dentro del palpitante ano de Daniel bajo el agua, acariciando su esfínter con movimientos lentos y circulares que lo hicieron jadear —Y ahora que te tengo, no pienso parar—
El primer beso en la bañera fue lento, casi perezoso, pero cargado de intención cruda. Sus lenguas se encontraron, danzando con hambre contenida mientras el agua chapoteaba suavemente a su alrededor. Javier lo atrajo más cerca, sentándolo a horcajadas sobre sus muslos poderosos, sus erecciones rozándose bajo la superficie en un contacto resbaladizo y caliente que los hizo gemir al unísono. Las manos de Daniel se aferraron a los hombros de Javier, sintiendo los músculos tensarse bajo sus dedos mientras el ranchero lo devoraba con la boca, mordiendo su labio inferior con fuerza suficiente para doler deliciosamente, antes de bajar por su cuello, chupando la piel húmeda hasta dejar marcas rojas que palpitarían con cada latido.
—Eres tan perfecto cabrón—gruñó Javier, sus manos que arañaban la espalda de Daniel bajaron para agarrar sus nalgas, apretándolas con fuerza mientras las separaba ligeramente, permitiendo que el agua caliente fluyera entre ellas y rozara su entrada sensible —Quiero sentirte otra vez—
Daniel jadeó, el agua intensificaba cada sensación mientras Javier lo provocaba, frotando sus miembros juntos bajo la superficie con movimientos deliberados, el roce resbaladizo por el agua y el precum volviéndolo loco de necesidad.
—¿Qué esperas? —susurró Daniel con voz temblorosa de deseo —Hazlo ya—
Javier sonrió, con una chispa salvaje en los ojos. Lo levantó del agua con un movimiento fluido, el líquido chorreando por sus cuerpos en riachuelos calientes mientras lo llevaba de vuelta a la cama sin molestarse en secarse. Lo arrojó sobre las sábanas húmedas, el colchón crujió bajo su peso combinado, y se posicionó entre sus piernas abiertas. Sus manos separaron los muslos de Daniel con rudeza posesiva, exponiéndolo por completo, y Javier se tomó un momento para admirarlo, esa piel mojada brillando bajo la luz del amanecer, el miembro duro y goteante latiendo contra su abdomen, la entrada rosada y ligeramente hinchada por la noche anterior, aún sensible y contrayéndose en anticipación.
—Voy a comerte entero —prometió Javier, bajando la cabeza para lamer la parte interna del muslo de Daniel, subiendo lentamente hasta su ingle, inhalando el aroma mezclado de agua, jabón y excitación. Daniel se arqueó con un gemido cuando la lengua de Javier rozó su entrada, caliente y húmeda, explorándolo con movimientos lentos y deliberados. Javier lo abrió con los dedos, escupiendo directamente sobre el ano para lubricarlo más, antes de hundir la lengua profundamente, saboreándolo con una intensidad voraz, lamidas largas y planas que recorrían toda la longitud, círculos alrededor del anillo sensible, penetraciones rítmicas con la punta de la lengua que lo hacían temblar y clavar las uñas en las sábanas.
El placer era abrumador, cada lamida enviaba ondas directas a su próstata, haciendo que su verga goteara profusamente sobre su estómago mientras gemía el nombre de Javier una y otra vez.
Cuando Daniel estaba al límite, temblando y suplicando incoherentemente por más, Javier se enderezó, su propia erección gruesa y palpitante brillando con agua, saliva y deseo. Escupió en su mano, lubricándose con movimientos rápidos y firmes, y se inclinó sobre Daniel, apoyando una mano junto a su cabeza mientras lo miraba directamente a los ojos, la otra guiando su miembro hacia la entrada.
—¿Listo para mí otra vez?—
Daniel asintió, apenas capaz de hablar, su cuerpo se arqueó en señal de invitación. Javier lo entendió y lo penetró con un empujón lento pero implacable, llenándolo centímetro a centímetro, el calor y la presión arrancándole un gemido gutural que reverberó en la habitación. El agua en sus cuerpos hacía que cada movimiento fuera resbaladizo y sensual, permitiendo que Javier entrara más profundo con facilidad.
Empezó a embestirlo con un ritmo profundo y controlado al principio, sus caderas chocando contra las de Daniel con un sonido húmedo y obsceno que llenaba el aire, cada embestida rozando su próstata con precisión letal.
—No mames, tienes el culo más apretado y caliente que me he cogido— jadeó Javier, sus manos agarrando los muslos de Daniel para levantarlos más alto, abriéndolo aún más mientras aceleraba, cada empujón más fuerte, más profundo, golpeando ese punto sensible que lo hacía retorcerse y gemir sin control.
Daniel se aferró a los brazos de Javier, las uñas arañaban su piel bronceada mientras el placer lo consumía por completo. Su propio miembro, atrapado entre sus cuerpos sudorosos y mojados, rozaba el abdomen duro y velloso de Javier con cada movimiento, la fricción resbaladiza llevándolo al borde rápidamente.
—Más duro —suplicó, con la voz rota por el deseo —¡Cógeme más duro, papi!—
Javier obedeció, gruñendo mientras lo penetraba con una fuerza brutal, la cama temblaba y crujía bajo ellos, las sábanas empapadas enredándose en sus piernas. Bajó una mano para masturbar a Daniel, sus dedos ásperos envolviéndolo con apretones rápidos y precisos, el pulgar frotando la punta sensible en círculos rápidos, extendiendo el precum por toda la longitud mientras sincronizaba los movimientos con sus embestidas profundas.
Daniel explotó primero con un grito ahogado, su semen derramándose en chorros calientes y espesos sobre su pecho, el estómago y el de Javier, salpicando incluso hasta su barbilla, el apretón rítmico de sus músculos internos alrededor de la verga de Javier fue demasiado, con un rugido animal, Javier se hundió hasta el fondo una última vez, hizo gritar a Daniel de dolor y placer, sus testículos contrayéndose mientras liberaba pulsaciones intensas y calientes dentro de Daniel, llenándolo de nuevo con semen abundante que rebosaba ligeramente por los bordes, goteando caliente por sus nalgas mientras su cuerpo temblaba de éxtasis prolongado.
Colapsaron juntos, jadeantes y sudorosos, el agua y el sudor mezclándose en sus pieles mientras el amanecer los envolvía en su luz dorada. Javier acarició el rostro de Daniel con ternura inesperada, su respiración aún entrecortada, sintiendo cómo su semen se filtraba lentamente del ano dilatado y sensible.
—¿Qué tal empezar todos los días así?—
Daniel rio, agotado pero profundamente satisfecho, y se acurrucó contra su pecho, inhalando su aroma.
—Si me sigues mirando como anoche… y cogiéndome como ahora, no voy a decir que no—
La promesa quedó en el aire, tan tangible como el calor de sus cuerpos entrelazados y el pulso lento de sus miembros aún sensibles.
Continuará…
2 Comentarios
Anónimo
abril 8, 2026 a las 10:23 amQué intensidad…
Alan
abril 8, 2026 a las 7:08 pmNo mames que buen relato, estoy enamorado del ranchero, que cogidones le puso al putito, así quiero cogerme al autor