Desaires: Parte 3

El sol ya estaba alto en el cielo cuando Daniel y Javier finalmente salieron de la habitación. El rancho, que la noche anterior había vibrado con la energía de la boda, ahora permanecía sumido en un silencio perezoso, roto solo por el canto lejano de los gallos y el murmullo de los trabajadores que limpiaban los restos de la fiesta.
Daniel se sentía ligero, todavía envuelto en el calor de la noche y la mañana compartidas con Javier, pero una punzada de ansiedad lo atravesó al recordar que había abandonado su turno sin avisar. Se ajustó el uniforme arrugado, intentando disimular las marcas de la pasión que aún se notaban en la tela. Javier caminaba a su lado, imperturbable, con la camisa blanca abotonada solo hasta la mitad del pecho y el sombrero en la mano.
Al bajar al patio principal, el caos de la noche anterior seguía evidente, mesas desordenadas, copas volcadas y guirnaldas pisoteadas. Fue entonces cuando apareció Luis, el encargado del catering, un hombre de rostro duro y voz cortante que dirigía al equipo con mano firme. Sus ojos se clavaron en Daniel de inmediato y la furia en su expresión hizo que se detuviera en seco.
—¿Dónde chingados estabas anoche? — espetó Luis, avanzando hacia él con pasos pesados —Te largaste en medio del servicio, dejaste las mesas sin atender y tuve que poner a los demás a cubrir tu ausencia. ¿Qué te pasa? ¿Crees que esto es un juego?— Su vista se desvió a Javier pero este solo asintió en forma de saludo y él respondió igual
Daniel sintió el calor subirle al rostro, la vergüenza mezclándose con el miedo. Abrió la boca para responder, pero las palabras se le atoraron en la garganta. Miró a Javier de reojo, suplicando en silencio que interviniera, que lo respaldara. Sin embargo, Javier permaneció inmóvil, con los brazos cruzados y la mirada fija en un punto lejano del horizonte. Su rostro era una máscara de indiferencia total.
—Lo siento, señor Luis, yo…— empezó Daniel.
—No me vengas con disculpas de gente mediocre— lo cortó Luis con un gesto brusco —Esto no es una fonda de pueblo, es un trabajo serio. La familia está pagando más que bien por un servicio impecable, y tú lo arruinaste. Estás despedido. Recoge tus cosas y lárgate antes de que me arrepienta de no descontarte el desastre que dejaste—
El golpe fue como un gancho al higado, Daniel sintió que las piernas le temblaban mientras los demás meseros, que habían estado escuchando desde las mesas cercanas, apartaban la mirada con incomodidad. Volvió a girarse hacia Javier, rogándole en silencio que dijera algo. Pero Javier no lo miró. En cambio, ajustó el sombrero sobre su cabeza y dio un paso atrás, como si quisiera desvincularse por completo de la escena.
—Javier… —susurró Daniel, la voz rota.
Por un instante, los ojos oscuros de Javier se encontraron con los suyos, pero no había calor en ellos, ni rastro de la pasión compartida horas antes. Solo una frialdad cortante.
—No es mi problema— dijo finalmente, con tono plano y casi aburrido —Tú sabías lo que tenías que hacer—
El corazón de Daniel se hundió. Las palabras fueron como un puñal en el pecho. Sin decir nada más, Javier giró sobre sus talones y se alejó hacia la casa grande, donde su familia ya se reunía en el recibidor, vestidos con ropa de domingo. Daniel lo vio unirse a ellos, su madre comenzó a ajustarle el sombrero, una jovencita al parecer otra sobrina riendo mientras lo abrazaba, su hermano palmeándole la espalda. Eran la imagen perfecta de una familia tradicional, y Javier encajaba en ella como si la noche con Daniel nunca hubiera existido.
Luis gruñó algo más, pero Daniel apenas lo escuchó. Recogió su mochila del cuarto de los trabajadores con las manos temblorosas. El eco de los gemidos de Javier todavía resonaba en su mente mientras el sabor amargo de la traición se instalaba en su garganta.
Cuando salió al patio, vio a la familia de Javier subiendo a una camioneta adornada con flores, rumbo a la misa en el pueblo. Javier iba al volante, su perfil frío e inalcanzable bajo el sombrero, sin siquiera girar la cabeza hacia donde estaba Daniel. La camioneta arrancó, levantando una nube de polvo en el camino de tierra, y Daniel se quedó solo.
El placer de la noche se había transformado en un peso insoportable. Mientras caminaba hacia la carretera, con el sol quemándole la nuca, algo dentro de él se endureció. Javier podía ignorarlo y esconderse tras su familia y su fachada de hombre recto, pero Daniel sabía la verdad. Aunque ahora dolía, juró que no sería la última vez que sus caminos se cruzaran.
El polvo del rancho aún se adhería a las botas gastadas de Daniel mientras subía al camión destartalado que lo llevaría de regreso a Pachuca. Era un vehículo humilde, con asientos de vinilo agrietado y un motor que rugía como si estuviera a punto de rendirse. El chófer, un hombre de manos curtidas y bigote canoso, tarareaba entre dientes mientras manipulaba el radio viejo. Finalmente, la voz inconfundible de Rocío Dúrcal llenó el espacio, suave pero cargada de melancolía “Te aseguro que nunca más, que nunca más, que nunca más… veneraré tu nombre”.
La canción “Desaires” resonó en el camión. Daniel, sentado junto a la ventana rayada, sintió que cada palabra se clavaba en su pecho. Miró a través del cristal empañado el paisaje árido que se deslizaba lentamente, colinas polvorientas y un cielo de un azul implacable que parecía burlarse de su dolor.
Cada verso era un espejo de lo que había vivido con Javier. Pensó en cómo se había entregado por completo, en cómo había creído aunque fuera por un instante que Javier sentía algo más que puro deseo. Y luego, la frialdad de esa mañana, la forma en que lo había dejado solo frente al regaño de Luis, como si fuera un error que podía borrar fácilmente.
Cuando llegó a Pachuca, lo primero que sintió fue el viento incesante de la “bella airosa” el sol ya caía tras las montañas, iluminando la ciudad de un naranja sucio. Tomó otro autobús hacia la Ciudad de México y luego el metro hasta su casa. El trayecto fue largo y silencioso. En su humilde departamento, una construcción de tabiques grises con techo de lámina y una sola ventana que daba a un callejón, no era mucho pero era lo que podía pagar, se dejó caer en la cama deshecha, mirando al techo.
La canción seguía girando en su cabeza. No quería odiar a Javier porque todavía sentía el eco de sus manos fuertes, el calor de su aliento en la piel, el peso de su cuerpo sobre él, pero tampoco podía perdonarlo. No por abandonarlo, sino por su cobardía.
Mientras tanto, en el rancho, Javier regresó de la misa con su familia. La iglesia había sido un refugio temporal, pero al volver a la casa grande, el silencio lo golpeó con fuerza. La habitación donde había estado con Daniel aún olía a sexo y sudor, y las sábanas arrugadas eran un recordatorio imposible de ignorar. Se sentó en el borde de la cama, el sombrero entre las manos, y por primera vez sintió un vacío que no podía explicar.
No había querido dejar a Daniel así. Cuando Luis lo regañó, había sentido el impulso de intervenir, de decir que él era el culpable, que Daniel no merecía el despido. Pero las palabras se le habían atragantado. Su hermano estaba a unos metros, su sobrina correteando cerca, y el peso de las expectativas de ser el hombre recto, el pilar de la familia lo había paralizado.
Vivir en el clóset era una jaula que él mismo había construido, y aunque lo había hecho por años, nunca había sentido las barras tan afiladas como esa mañana. Esa noche, incapaz de dormir, Javier buscó entre los registros del catering. Encontró el nombre de Daniel, Daniel Morales, y un número de teléfono garabateado junto a una dirección en Azcapotzalco, Ciudad de México. Marcó una vez, dos, tres, pero nadie contestó. Cada tono sin respuesta era un eco de su propia cobardía, y cuando colgó por última vez, supo que no podía dejarlo así.
Necesitaba verlo, aunque fuera para disculparse, aunque no supiera qué decir. Días después, Javier condujo hasta la Ciudad de México, rastreando rumores de que Daniel había encontrado trabajo en una plaza comercial en la misma alcaldía donde vive. Llegó al lugar un sábado por la tarde, el bullicio de la gente llenando el aire con voces y risas. Lo encontró en un restaurante de comida rápida, sirviendo mesas con la misma agilidad que en el rancho, aunque ahora con una camisa polo azul y una expresión más dura en el rostro. Javier se quedó en la entrada, el sombrero en la mano, el corazón latiéndole con fuerza.
Quería acercarse, pero el miedo lo detuvo otra vez. Entonces, alguien lo reconoció —¡Hey, Javi! ¿Qué haces aquí?— gritó un hombre desde una mesa cercana, un conocido del pueblo que estaba con su familia. Las cabezas se giraron, y Javier sintió el pánico subirle por la garganta. Miró a Daniel, que había levantado la vista al escuchar su nombre, sus ojos encontrándose por un instante. Había sorpresa en la mirada de Daniel, pero también algo nuevo: una fuerza que no había estado allí antes. Javier no pudo soportarlo. En lugar de avanzar, dio un paso atrás, murmurando una excusa al hombre —Vine a comprar algo, ya me voy— y salió del restaurante con las manos temblando.
Afuera, en el estacionamiento, se apoyó contra su camioneta, respirando con dificultad. Sabía que Daniel lo había visto, sabía que había tenido chance de hablar, de enfrentarlo. Pero una vez más, eligió el silencio, el clóset, la seguridad de una vida que lo asfixiaba. Se subió al vehículo y arrancó, pero el peso en su pecho no se aligeró.
Dentro del restaurante, Daniel lo vio todo. Sintió una punzada de esperanza que rápidamente se convirtió en decepción —cobarde— susurró. Esta vez no dejó que lo derrumbara. Se prometió a sí mismo que no volvería a esperar nada de un hombre que no podía enfrentarse a sí mismo.
Esa misma noche, en la soledad de su pequeña habitación, Daniel se quitó la ropa lentamente y se tumbó desnudo sobre la cama. El calor de la ciudad entraba por la ventana abierta, pero su cuerpo ardía por otro motivo.
Cerró los ojos y dejó que los recuerdos lo invadieran.
Imaginó las manos ásperas de Javier recorriendo su torso, pellizcando sus pezones hasta endurecerlos. Recordó la forma en que Javier lo había besado con hambre, devorando su boca mientras lo empujaba contra la pared. Su respiración se aceleró. Bajó la mano por su abdomen y envolvió su miembro, ya completamente duro y goteando precum.
Empezó a masturbarse lentamente, deslizando la mano desde la base hasta la punta, extendiendo la humedad con el pulgar mientras recordaba cómo Javier lo había levantado con facilidad y lo había arrojado sobre la cama. Gimió bajito al evocar la lengua caliente de Javier lamiendo su ano, penetrándolo con movimientos profundos y voraces, preparándolo para recibirlo.
Aceleró el ritmo, apretando con más fuerza. En su mente, Javier lo penetraba otra vez, lento, estirándolo con esa gruesa erección que lo llenaba por completo, luego con embestidas brutales que hacían temblar la cama. Recordó el sonido húmedo de sus cuerpos chocando, el gruñido ronco de Javier cuando le susurraba al oído “eres mío”, y cómo se lo había cogido sin piedad mientras lo masturbaba al mismo tiempo.
Daniel arqueó la espalda, separando las piernas como lo había hecho esa noche. Con la mano libre se tocó el ano aún sensible, introduciendo un dedo mientras imaginaba que era la verga gruesa y caliente de Javier hundiéndose hasta el fondo, golpeando su próstata con cada embestida.
—Javier… ¡Dame más duro!—gimió en voz baja, perdido en el recuerdo.
El placer creció rápidamente. Sus caderas se movían solas, cogiéndose a su propia mano mientras los dedos de la otra mano entraban y salían de su interior. Recordó el momento exacto en que Javier había explotado dentro de él, llenándolo con chorros calientes y abundantes de semen, y cómo se había sentido al ser marcado por dentro.
Con un gemido ahogado y largo, Daniel llegó al clímax. Su semen brotó en varios chorros espesos que salpicaron su pecho y abdomen, algunos incluso alcanzando su cuello. Su ano se contrajo alrededor de sus dedos mientras las olas de placer lo recorrían de pies a cabeza, dejando su cuerpo temblando y cubierto de sudor.
Cuando por fin abrió los ojos, respiraba agitadamente. El semen caliente se enfriaba sobre su piel, pero en su mente todavía sentía el peso de Javier sobre él, su aliento en el cuello, su voz grave ordenándole que se viniera.
Se quedó allí unos minutos, recuperando el aliento, con una sonrisa amarga en los labios.
Aunque Javier lo había herido, el deseo no había desaparecido. Y mientras se limpiaba con una toalla vieja, Daniel entendió que, por ahora, solo le quedaba esto, el recuerdo ardiente de aquella noche y el placer que podía darse a sí mismo cuando el anhelo se volviera insoportable.
1 Comentario
Anónimo
abril 11, 2026 a las 12:53 amQue buen giro en la trama, que poca madre del Javier, hay más partes?