El vendedor de zapatos – Parte II

Quiero agradecer a las personas que puntuaron y comentaron la primera parte. Nunca había hecho públicos mis relatos y su buena acogida me impulsó a comentar la segunda parte.

La oscuridad de la pieza era total, pero mi cuerpo estaba más despierto que nunca. Sentí esa dureza familiar y latente presionando justo en la unión de mis nalgas, una columna de calor que reclamaba su espacio. El cansancio del gimnasio y de la primera tanda seguía ahí, en mis músculos, pero el deseo era un motor que no me dejaba volver al sueño.

Gael empezó a trazar un camino de fuego con sus labios por la nuca, bajando por mi espalda. Sentí sus brazos rodeando mi torso ancho, sus dedos perdiéndose entre el vello de mi pecho, apretando con una delicadeza que me hacía sentir masivo y deseado al mismo tiempo. No hubo palabras. Me di vuelta buscando su boca; sí, esa boca que ya habían tocado mis labios, pero que se había convertido en una droga difícil de abandonar. El beso fue profundo, una lucha de lenguas que compartían el sabor de la noche anterior.

—Quero mais, urso… —me susurró al oído, y su acento brasileño fue como un latigazo eléctrico en mi entrepierna.

Intenté moverme, pero la ceguera de la habitación lo volvía todo más intenso. Sin vista, la memoria era la herramienta necesaria y el tacto se agudizó: el roce de su piel lampiña contra la mía, el olor a sexo, el sabor de sus besos entre las sábanas revueltas y el sonido de nuestras respiraciones chocando. Busqué en el velador; mis dedos torpes dieron con el envoltorio del preservativo.

“¿Dónde mierda está el lubricante?”, pensé en una fracción de segundo. Ni rastro. Se había perdido en la batalla anterior, esa donde fui vencido y hundido en un mar de deseos prohibidos. Pero, a estas alturas, la humedad de nuestras bocas y la propia calentura tenían que bastar.

Con un esfuerzo que me hizo agradecer cada sentadilla hecha en el gimnasio, me puse en cuclillas frente a él. Él se sentó al borde de la cama, una sombra imponente en la penumbra que contrastaba con el volumen de mi cuerpo.

—Pónmelo —ordenó.

Mis manos temblaban mientras deslizaba el látex sobre su firmeza. “Cálmate”, me repetía una y otra vez, pero fue en vano. Al terminar, me senté sobre él, intentando que mi peso no lo aplastara. El primer encaje fue seco, intenso, un estiramiento que me sacó un jadeo ronco de dolor. Sentí cómo se abría camino, el calor de su glande golpeando mi interior con una precisión que me dejó sin aire. Me moví sobre él, subiendo y bajando, sintiendo cómo el sudor empezaba a actuar como el lubricante que nos faltaba, haciendo que nuestras pieles chirriaran sutilmente contra el colchón.

Pero necesitaba más. Lo guié hasta el borde de la cama y me puse de espaldas a él, apoyando las manos en el colchón. Ahí fue cuando el mundo desapareció. Gael me agarró de la cintura, sus dedos enterrándose en mis costados, y empezó a embestir con una fuerza que me hacía vibrar hasta los dientes. Sus uñas me rasguñaron la espalda, un dolor dulce que solo me prendía más. Esos rasguños, combinados con mi vello sudado, me dejarían con una suavidad de terciopelo y unas marcas que recordaría por días.

Aquí me detendré para aclarar algo (y tomen nota, porque esto no sale en las películas): hay sonidos que a los homosexuales nos vuelven locos. El sonido húmedo de la penetración, el choque rítmico de sus testículos contra mi piel, el jadeo entrecortado y esa voz grave del placer. Todo eso alimentaba un deseo del que ya no podía escapar. Y, en medio de ese caos sonoro, Gael descubrió cómo excitarme con palabras al oído, un sonido viril, raposo y sensual:

—Vem… vem agora…

Con la fuerza de quien doma a un animal, me dio la estocada que llegó más allá de mis límites. Sentí una presión final, algo que palpitaba varias veces con un ritmo diferente; un espasmo que recorrió ambos cuerpos entre el sudor compartido y una respiración que buscaba más oxígeno del que habíamos consumido. Algo se estrechó dentro de mí, una calidez llenando el preservativo mientras él se aferraba a mis hombros como si se estuviera ahogando. Estaba exhausto, al lado de un hombre maravilloso, yo intentando recuperar la respiración como perro asmático, pero feliz.

Lo miré y vi su cuerpo, su rostro… espera, “¿por qué estoy viéndolo si no veía nada hace un rato?”. El sonido de las bocinas afuera me pegó como un balde de agua fría. Mierda. Eran las siete; en realidad no tenía ni idea de qué hora sería, pero el mundo seguía girando y yo tenía que trabajar. Con una agilidad que no me caracteriza, salté de la cama.

—Me voy a la ducha —le dije, casi sin aliento.

Gael se levantó y me siguió. “Cresta, ¿cómo este culiao puede estar tan rico al despertar?”, me pregunté al verlo bajo la luz del baño. Su piel brillaba más que nunca, sus ojos enormes a pesar de las ojeras y esa barba frondosa enmarcando una sonrisa que me desarmaba.

Abrí la llave al máximo. El vapor creó una neblina caliente que nos aislaba de la realidad. Él entró primero tras un beso corto y tierno. Me quedé ahí, embobado. Verlo bajo el chorro que golpeaba sus hombros y bajaba por su pecho blanco hasta su entrepierna me hizo olvidar el reloj. Me arrodillé sobre los azulejos mojados, ignorando la dureza del suelo. Tomé un poco de jabón y limpié ese falo, el culpable de todo lo ocurrido. Con el agua borrando la espuma, lo tomé con las manos, recorriendo desde la base hasta la punta.

Gael apoyó una mano en mi nuca y la otra en la pared, la cabeza hacia atrás, soltando un grito sordo mientras el agua le lavaba la cara. Estiré mis brazos para alcanzar sus tetillas, rodeándolas con mis pulgares, sintiendo cómo se endurecían. Sin aviso, sentí el espasmo. El semen me llenó la boca: una descarga potente, cálida, con ese equilibrio complejo entre lo salado, lo amargo y un trasfondo dulce, casi empalagoso por la intensidad del momento. Fue un instinto, una entrega total: me lo tragué todo, sintiendo su espesura bajar por mi garganta.

Al ponerme de pie, él me tomó la cara con sus manos mojadas y me dio un beso blanco, compartiendo el sabor de su clímax entre nuestros labios en una comunión de fluidos.

—Você é increíble, Karol —me dijo, mirándome a los ojos en su portuñol perfecto.

Nos enjabonamos con una ternura que contrastaba con la furia anterior. Pero el tiempo no sobraba. Me sequé ágilmente y fui directo a la cocina.

¿Se acuerdan de que en la primera parte les dije que había dejado la casa como catálogo de Pinterest? Bueno, eso incluía la despensa. Puse el agua a hervir y saqué unos sándwiches de jamón y queso listos para el horno. Mientras esperaba, terminé de secarme ahí mismo, en la cocina, con la urgencia del que sabe que el reloj no perdona.

Volví a la pieza y me encontré con él. Estaba secándose, buscando su ropa entre las sábanas revueltas. Verlo ahí, de vuelta en la realidad de la mañana, me hizo empequeñecer de golpe. La seguridad que tuve bajo el agua se esfumó.

—Oye… —le pregunté de forma tímida, casi con miedo— ¿te gustó?

Gael se detuvo, me miró con esos ojos color caramelo y soltó esa sonrisa pícara entre su barba frondosa que no necesitaba traducción. No respondió con palabras, pero lo entendí todo. Finalmente, me vestí y él también. En ese momento, mientras le servía el sándwich envuelto en papel y el café en esos vasos para llevar que tengo en la despensa, me di cuenta de algo: Gael no solo había llegado a lo más profundo de mi cuerpo, sino que estaba empezando a despertar sentimientos en mí.

Le entregué el café caliente, como si fuera comprado en un local, pero hecho con todo el cariño de mi casa. Él me acarició la mejilla, me miró fijamente y me respondió con un beso muy tierno.

—Tengo que trabajar, se me pasó la hora —le dije, casi disculpándome.
—No hay problema, déjame en la misma cafetería —respondió él.

Saqué el auto y lo dejé ahí, en el mismo lugar donde todo había empezado, sintiendo el rastro de sus uñas en mi espalda y la extraña certeza de que esto no era un final, sino un punto seguido.

Saqué el auto, lo pasé a dejar en esa cafetería junto al sándwich y el café, y lo vi alejarse por el espejo retrovisor. Con su rostro todavía fresco en mi mente, me dirigí al trabajo, mirando el celular cada cinco minutos, estirando el cuello en cada semáforo, esperando un nuevo mensaje en WhatsApp. Un mensaje que, sin saberlo, iba a cambiar por completo el curso de esta aventura. Llegué levemente atrasado, pero la fortuna estaba de mi lado: se había cortado la luz y el registro de entrada falló, borrando cualquier rastro de mi demora. Con una sonrisa que no podía borrar y una mente lúcida pero deliciosamente sucia, intenté concentrarme en la pega… hasta que mi pantalla se iluminó. Era un mensaje de Gael. Solo dos emojis que lo decían todo: 🔥🐻.

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