El vendedor de zapatos – Parte IV
El camino se cerró sobre nosotros en un túnel de pinos perfectamente alineados, como si la naturaleza hubiera sido sometida por un arquitecto obsesivo. El olor a tierra mojada se coló por la ventilación, denso y eléctrico, mientras el cielo se cerraba en un manto de nubes grises que amenazaban con desplomarse en cualquier momento. Tras unos kilómetros de penumbra asfáltica, el bosque se abrió de golpe: un horizonte de césped impecable, una cascada artificial que susurraba a lo lejos y una piscina que, incluso en la oscuridad, prometía un refugio para los veranos sofocantes del sur.
Gael se bajó del auto con una sonrisa de quien vuelve a casa. Yo bajé intentando mantener la compostura de mi «nueva versión», pero por dentro estaba embobado. Frente a nosotros se alzaba una estructura de madera negra, robusta y elegante, iluminada por luces cálidas que cortaban la frialdad de la tarde. Chimeneas verticales lanzaban chispas al aire y, sobre la entrada, un letrero de hierro forjado sentenciaba el nombre del lugar: «Fuerza Salvaje».
—¿Todo bien? —me preguntó Gael, notando mi silencio.
—Sí, gracias —respondí, aunque mi cerebro estaba sacando cálculos matemáticos de cuánto me iba a doler la billetera.
El anfitrión nos recibió con esa cortesía ensayada de los lugares caros. Antes de que terminara de hablar, Gael tomó el mando: «Terraza lateral». Atravesamos el salón principal. Era el ecosistema típico: parejas heterosexuales en cenas de aniversario, grupos de amigos uniformados con camisas celestes brindando por algún bono trimestral, y un par de mujeres analizando a viva voz la insensibilidad masculina. Me sentí un infiltrado, un oso gordo en un catálogo de lujo, hasta que nos sentamos.
El garzón apareció como una sombra. Gael, sin mirar la carta, pidió un Blend con la seguridad de quien conoce el viñedo. Cuando me llegó el turno, sentí la presión del mantel largo y solté lo primero que me pareció «fino» en mi registro mental:
—Un Merlot, por favor.
Apenas lo dije, quise tragarme la lengua. Sabía que había cepas mejores para un lugar así, pero los nervios me estaban jugando una mala pasada. Gael no se rió. Al contrario, estiró su mano sobre la mesa y rozó mis dedos con una suavidad que me detuvo el pulso.
—Tranquilo, Urso… —me susurró. Sus ojos color caramelo brillaban bajo las luces tenues, fijos en los míos, cargados de una seguridad que mis nervios no lograban procesar. Esos labios… esos que sabían exactamente qué incendios provocar en mi cuerpo, estaban ahí, a centímetros de distancia.
—Necesito ir al baño —solté, casi sin aire.
Me levanté como si me estuviera escapando de un asalto y me encerré en el baño. Me mojé la cara y el cabello, dejando que el agua fría me devolviera a la realidad. «Respira, Karol, no pasa nada», me ordené frente al espejo. Pero el tipo que me devolvía la mirada, con la barba impecable y la camisa nueva, no parecía muy convencido. El problema es que mi ansiedad tiene un síntoma traicionero: la incontinencia verbal. Cuando el miedo me gana, las palabras se me escapan como una represa rota.
Volví a la mesa y encontré a Gael revisando su celular. Las copas ya estaban servidas, el rubí del vino brillando bajo la luz de las velas.
—Quiero brindar por esta salida, Karol. Por ti y por mí —dijo él, alzando su copa con una sonrisa que me desarmó por enésima vez.
Chocamos el cristal, pero el vino me supo amargo, espesado por las dudas que me daban vueltas en la cabeza. No pude evitarlo. El interrogatorio comenzó antes de que el primer sorbo pasara por mi garganta.
—Gael… cuando nos conocimos en la cafetería me dijiste que vendías zapatos, que aprendiste español estudiándolo, me hablaste de tu familia en el sur de Brasil y de cuánto te gustaba Chile. Pero aparte de eso, no sé nada más. Eres un misterio que no termino de leer.
Gael, siempre ligero, siempre natural, dejó la copa en la mesa y se recostó en la silla.
—Urso curioso… ¿qué más quieres saber? —preguntó, con ese tono juguetón que me ponía a temblar las piernas.
Afuera, el cielo terminó de romperse. La lluvia empezó a golpear los ventanales de la terraza con una violencia rítmica, aislándonos del resto del mundo. Le di otro sorbo al Merlot, buscando valor en el alcohol.
—¿Por qué estás en Chile, realmente? —le solté, mirándolo fijo.
Él se sonrió, una curva lenta y enigmática entre su barba frondosa.
—Tranquilo, Karol. Pidamos algo de comer primero y te responderé. Te lo prometo. Gael llamó al garzón con un gesto mínimo, casi imperceptible, de quien está acostumbrado a que lo atiendan. Con una naturalidad que me dio envidia, pidió un lomo vetado a punto, un blend tinto de la casa y unas papas nativas de acompañamiento.
Yo, mientras tanto, libraba mi propia batalla contra el brillo de la pantalla de mi celular. Abrí la carta online y sentí que estaba leyendo jeroglíficos. Mi mente era un caos de cálculos financieros y vergüenza: «No puedo pedir una mechada con puré en un lugar así, pero tampoco puedo tirar de la tarjeta de crédito para un filete wagyu porque ya la dejé tiritando con la ropa nueva».
En un acto de pura desesperación y defensa propia, cerré los ojos y pedí lo único que mi ignorancia me permitió reconocer como «seguro»: posta rosada con ensalada a la chilena.
Queridos lectores, si algo les puedo aconsejar en esta vida, es que aprendan de cortes de carne y cepas de vino. No pasen la vergüenza que pasé yo esa noche. Ahí, a la mala, entendí que un blend es una mezcla maestra de distintas uvas que a veces solo se encuentra en cavas exclusivas… y yo ahí, aferrado a mi Merlot como si fuera un salvavidas de plástico.
El garzón se retiró con una reverencia profesional, dejándonos solos bajo el estruendo de la lluvia que ahora castigaba la terraza. Gael me miró, y aunque yo esperaba una burla o una mirada de juicio por mi elección de plato, solo encontré esa ternura color caramelo. El garzón se retiró con una reverencia profesional, dejándonos solos bajo el estruendo de la lluvia que ahora castigaba la terraza con una furia casi tropical. Gael tomó un sorbo de su blend, dejando que el cristal atrapara el reflejo de las chimeneas, y empezó a hablar.
Su voz, teñida por ese portuñol que me hacía vibrar, me llevó lejos de la mesa. Me habló de Novo Hamburgo, su ciudad natal, donde el olor a cuero curtido y pegamento es el aire que todos respiran. Me contó cómo su familia pasó generaciones entre el sudor de las fábricas y el mostrador de las zapaterías, hasta que él, becado en la UNISINOS, decidió que el destino familiar no tenía por qué ser una sentencia de obrero. Tras una pasantía en Buenos Aires —donde el español se le pegó a la lengua como un tango—, él y sus hermanos fundaron su propia marca de calzado urbano.
No era un simple vendedor. Gael era el arquitecto de su propio imperio. Estaba en Chile analizando el mercado, estudiando la competencia del cuero sureño con la mirada de un cazador silencioso.
Mientras hablaba, mi mente se nublaba. Lo miraba y veía cómo el rojo intenso del lomo vetado en su plato armonizaba con su seguridad natural. El vino tocaba sus labios con una delicadeza que me dolía; él sonreía recordando el sol de Brasil, y su brillo parecía absorber todo el oxígeno de la terraza. Mis inseguridades, que ya eran grandes, empezaron a crecer como sombras bajo la lluvia. Mi plato de posta rosada, humilde y fuera de lugar, quedó intacto. El Merlot, que antes me pareció «fino», ahora era una mancha astringente que me raspaba la garganta.
Me sentí pequeño. Un administrativo de 38 años, con marcas de gimnasio reciente y una tarjeta de crédito al límite, sentado frente a un hombre que no solo era físicamente perfecto, sino que además era el dueño del mundo que yo apenas podía pagar.
Gael notó el cambio en mi rostro. Dejó la copa, se inclinó hacia adelante y el aroma de su perfume amaderado atravesó el vapor de la comida.
—Karol… —dijo, y su voz bajó una octava, volviéndose raposa, viril—. ¿Por qué dejaste de comer?
Su mirada no buscaba un empresario. Buscaba al Oso. Y en esa tensión entre mi vergüenza y su deseo, el aire se puso tan pesado como el cielo antes de la tormenta.
—¿Por qué… yo…? —Ni siquiera pude terminar la frase. Sentía que la impotencia me llenaba los ojos de un ardor que no era por el vapor de la comida, sino por las lágrimas contenidas.
Gael, con esa piel blanca y tersa que parecía no conocer las cicatrices del esfuerzo, volvió a rozar mis dedos. —Tranquilo, Karol —me susurró, pero sus palabras ya no eran un bálsamo, sino un recordatorio de nuestra distancia.
No podía estar tranquilo. No soy un adolescente buscando un patrocinador; soy un hombre de 38 años que finalmente decidió apostar por sí mismo, y de pronto, el brillo de Gael se sentía como un foco encandilándome, recordándome que él camina por un mundo que yo apenas puedo mirar de lejos. Su ligereza, esa forma de tener el mundo a sus pies, me asfixiaba.
—Gael… me quiero ir —solté de golpe.
Vi cómo se le transformaba el rostro. No fue una mirada dura, pero su sonrisa se extinguió y sus ojos color caramelo se apagaron, volviéndose oscuros como el vino que quedaba en su copa. —¿Qué? —preguntó, desconcertado. —Sí, me quiero ir. No me siento bien.
Llamó al garzón y pagó con una rapidez que me dolió más que cualquier insulto. Salimos de «Fuerza Salvaje» y la lluvia nos recibió con una violencia renovada, empapando mi camisa nueva y recordándome que, fuera de ese refugio de madera negra, el mundo seguía siendo frío.
—Karol… yo… —intentó decir al subir al auto. —Solo vámonos —corté, cerrando la puerta con un golpe que retumbó en mis oídos.
El viaje de regreso fue un mausoleo de palabras muertas. Sentía la cabeza abombada de información, un zumbido constante que me impedía procesar que el hombre a mi lado era el dueño del imperio de zapatos que yo admiraba. Mi cuerpo robusto, que antes vibraba con su cercanía, ahora se sentía pesado, torpe, una masa de vello y nervios que no sabía cómo encajar en ese asiento de cuero. Decidí mirar la lluvia correr por el vidrio, guardando un silencio que era más un escudo que una elección.
Estaba tan sumergido en mi propia melancolía que tardé en darme cuenta de que el paisaje no me resultaba familiar. Las luces de la ciudad se veían distintas, los cruces no eran los de siempre.
—Gael… ¿A dónde vamos? —pregunté, y mi voz sonó pequeña, casi quebrada, en la cabina—. Este no es el camino a mi casa.
Él no respondió de inmediato. Su mirada había cambiado; ya no era la ternura juguetona del restaurante, sino una fijeza determinada que cortaba la penumbra del auto. Sus labios, todavía impregnados con el aroma a vino blend y ese trasfondo amaderado de su perfume, estaban firmes, trazando una línea de voluntad inquebrantable. Su semblante desprendía una autoridad que no le conocía, una seguridad que vibraba al ritmo de los neumáticos devorando el pavimento húmedo.
Mi mente, en cambio, era un caos. Mientras el motor rugía suavemente, yo sentía que mis pensamientos se estrechaban, asfixiados por la revelación de su imperio y mi propia sensación de insuficiencia. Me cerraba sobre mí mismo, igual que esa alameda de pinos que habíamos dejado atrás: una estructura perfecta donde yo, con mi cuerpo robusto y mi corazón administrativo, no lograba encontrar la salida.
La ciudad se desdibujaba tras el vidrio empañado. El magnetismo que nos había unido en la ducha se había transformado en una tensión eléctrica, cargada de preguntas que no me atrevía a formular. Gael giró el volante con una precisión gélida, alejándonos de mi zona de confort. Estaba atrapado en una jaula de cuero y lujo, y por primera vez, no sabía si Gael me llevaba para protegerme… o para terminar de desarmarme.
3 Comentarios
Anónimo
marzo 24, 2026 a las 10:33 pmAburrido, parece copiado de una novela básica.
Anónimo
marzo 25, 2026 a las 12:51 amNo pesques el comentario que dice “aburrido”. Sigue actualizando! Escribes súper bien y me tienes súper intrigado con la historia!!
Anónimo
marzo 25, 2026 a las 1:40 amSi por favor sigue con la otra parte, igual estoy intrigado