El vendedor de zapatos – Parte V

Entramos en una zona de la ciudad que me resultó ajena; un rincón de edificios modernos que habré ignorado mil veces al pasar. El aire se volvió gélido mientras descendíamos al subterráneo, un bloque de concreto gris iluminado por tubos fluorescentes que parpadeaban con un zumbido eléctrico. En cuanto el motor se detuvo, el silencio de la cabina se volvió una masa física, pesada y asfixiante.

—¿Qué cresta te pasa, Gael? —le solté. Mi voz retumbó en el habitáculo, cargada de una rabia y una confusión que me quemaban la garganta. Necesitaba entenderlo, pero él parecía haber sellado todas las puertas.

—Vamos —respondió él. Su acento era seco, una orden cortante. No buscaba el diálogo; buscaba la obediencia.

Subimos en el ascensor en un silencio sepulcral, solo roto por el roce de nuestras ropas húmedas y el aroma de su perfume amaderado que ahora se sentía invasivo. Yo evitaba mirar mi reflejo en los espejos, sintiéndome demasiado grande, demasiado expuesto, un <> de barba y vello en un mundo de líneas rectas y espejos impecables.

Al abrir la puerta del departamento, la imagen me abofeteó: cerros y cerros de cajas de cartón café, negras y blancas se apilaban en la entrada como murallas de un fuerte. El lugar respiraba la austeridad de un hombre que solo vive para producir. El aroma era una mezcla casi narcótica de pegamento industrial y cuero virgen; el olor rudo del trabajo que lo perseguía desde Brasil.

Gael comenzó a hablar por celular en un portugués rápido, una ráfaga de sílabas sibilantes que sonaban a decisiones de miles de dólares. Me senté en el sofá de cuero negro, sintiendo el frío del material contra mi piel, mientras él se perdía en la penumbra de la cocina. Tras cortar, salió de allí con dos cervezas abiertas, sujetas por el cuello de cristal ámbar. No me preguntó si la quería; simplemente extendió el brazo. Acepté el envase, sintiendo la condensación helada en la palma de mi mano.

—Entonces…- le dije mientras me alejaba de el y del sillón – estos son tus zapatos —dije, rompiendo el hielo.

—Sí —respondió él, acercándose por mi espalda. Algo en su voz sonaba diferente.

Sentí su calor antes de que me tocara. El perfume amaderado ahora se mezclaba con el lúpulo amargo de la cerveza. Me di la vuelta para encararlo, para exigirle una explicación, pero Gael ya no era el empresario. Sus ojos eran oscuros, viscerales. Me sujetó por la nuca con una fuerza que me detuvo el pulso y me besó.

No hubo tiempo para respirar. Gael sacó una fuerza física que parecía alimentada por la tormenta que se habia desatado afuera; no era romántico, no quedaba nada del Gael del pasado que había conocido, ahora era un hombre bestial. Sus manos, expertas y frenéticas, se deshicieron de mi ropa en un borrón de movimientos. Bajó a mi cuello con una voracidad que me hizo arquear la espalda, sus labios marcando territorio sobre mis pectorales — humedo y velludos que hoy sentía más firmes, más presentes—. De un movimiento certero me obligó a bajar. Lo entendí: en este reino de cajas, yo era suyo.

Desabroché su cinturón, el metal del hebilla frío contra mis dedos, y liberé la tela de su pantalón. Su masculinidad emanaba un calor denso que invadió mi boca. Intentaba equilibrar su ritmo con mi garganta, ajustando mi lengua a la frecuencia de su movimiento, mientras el sabor a sal y piel viva me recorría el cuerpo. Gael no era paciente; sus manos en mi cabello me dictaban la profundidad, obligándome a aceptar cada centímetro de su urgencia mientras el ambiente se cargaba de una humedad espesa por nuestros alientos cálidos. El ambiente a semi penumbras hacia que todo fuese aun mas sensorial. Sentia el calor como emanaba de su cuerpo, el sonido de mi boca en su ingle, la fuerza con que me hacia sentir que era suyo. No habia comunicación, el un cazador y yo su presa de turno. Me estaba ahogando pero no podia zafarme, aunque hubiese querido. La fuerza no disminuía, solo aumentaba mientras transcurria el tiempo. Mi boca, mi lengua debía responder, ya que estaba bajo una fuerza que amenzaba mi integridad.

Sin sacarnos apenas la ropa, nos movimos al sofá, contra mi voluntad donde el cuero rechinaba bajo nuestro peso. Se preparó con la eficiencia del instinto que lo gobernaba: dos escupitajos rápidos, uno para él y otro para mí. Antes de que pudiera procesar la humedad, me penetró de un solo golpe. Súbito, sin compasión ni paciencia.

—¡Ay! —El grito rasgó el silencio del departamento.

Gael hizo oídos sordos a mis quejidos. Era una bestia de piel pálida y barba frondosa, un animal ciego en un ecosistema de lluvia, sudor y olor a pegamento y cuero. El ritmo se volvió frenético; el golpe de sus testículos contra mi entrada era seco y constante, un martilleo que se mezclaba con el sonido húmedo y obsceno de nuestra fricción. Me aferré al respaldo como si mi vida dependiese de ello, mis nudillos blancos, escuchando sus bufidos en portugués que se deshacían en mi nuca.

Cada embestida era una batalla interna: el dolor agudo del desgarro inicial luchaba contra un placer oscuro que empezaba a florecer en mis entrañas. Mi cuerpo intentaba adaptarse a su tamaño, cediendo milímetro a milímetro mientras mi respiración se volvía un ruego entrecortado. Era una agonía dolorosa y deliciosa, una rendición absoluta donde mis sentidos solo registraban el roce del cuero contra mi pecho. El sonido de nuestros cuerpos fue lo único que retumbaba en ese departamento oscuro, el atacando y yo resistiendo. Gael descargó su esencia con una violencia animal; sentí los chorros potentes, densos y hirvientes impactando con fuerza, impregnándose en mis paredes como si quisiera marcarme por dentro para siempre. Me dejó lleno, pulsando con su calor, mientras el olor a sexo rancio inundaba mis sentidos.

En cuanto terminó, logré separarme. Nos miramos por un segundo, nunca olvidaré esa expresión. Como sus labios brillaban entre la oscuridad, como la humedad recorria su cuerpo, como sus ojos penetraban todo mi ser, era quien logró su objetivo. En cuanto a mi me sentía bastante débil, como si hubiera librado una batalla; mis muslos temblaban de forma espasmódica, incapaces de sostener el peso de la bestia que me cabalgaba hace unos momentos. Me senti vulnerable ante esa mirada. Recogí los jirones de mi ropa y, con lo que me quedaba de dignidad, me dirigí al baño. Al caminar, sentí cómo su semen denso se escurría, cálido y pesado, por mis paredes internas, un recordatorio físico de su invasión.

Me encerré en el baño, sintiéndome roto en mi interior. Me detuve a escuchar mi propia respiración agitada pero como si fuera la de un extraño, sentía una vibración electrica que no se apagaba. Dentro del baño me sentí muy pequeño, el calor de mi cuerpo me abandono y solo quedo una sensación de vacío y de dolor visceral. Miré el azulejo blanco y las gotas de condensación intentando recordar como había llegado de una cena elegante a este baño frío, con el cuerpo palpitando por una invasión que no pedí, pero que tampoco supe detener. «En que momento llegué a este punto» me preguntaba mientras intentaba ordenar mis sensaciones y pensamientos. Me miré al espejo y no reconocí al tipo de la barba impecable. Mis ojos estaban dilatados, perdidos. Estaba atrapado en esta fuerza magnética que dominaba Gael, en esa forma suya de tomar lo que quiere sin preguntar, y lo más aterrador no era su fuerza, sino mi propia falta de voluntad. «¿Quien es Gael?¿Es ese ser adorable, simpático y cautivador? ¿el empresario que ha logrado salir adelante? ¿O este ser oscuro, dominante y salvaje? Tal vez era todo esto y me di cuenta que yo ya era de su propiedad. Solo que ahora me daba cuenta a través del acto en sí. Al salir, lo vi semidesnudo, vulnerable entre sus cajas.

—Karol… —murmuró.

—¿Qué te pasa, weón? —le solté, la voz aún ronca—. Casi me «rajaste las tripas».

—Desculpa, Karol —respondió rápido, su lengua tropezando—. Eu não queria… yo… no quise dañarte. —Se pasó una mano por la cara, buscando las palabras en español—. Pero es que… eu perco o controle… no puedo controlarme contigo, Urso.

Se acercó más, recuperando ese matiz nativo. —Karol… fica comigo… quédate conmigo.

La bestia se había evaporado, dejando a un hombre agotado. Yo, atrapado entre el dolor residual de mi cuerpo y el cansancio extremo, no supe qué responder. Pero entendí que ya no tenía voluntad contra el, comprendí que el único camino era atmósfera densa, prisionero de un hombre que me había llevado al cielo y que esa noche me había hecho conocer su propia oscuridad. Simplemente me rendí ante él y lo abracé. Esta vez, esta piel era honesta, fria pero honesta. Con el dolor de mi cuerpo lo besé, como si el tiempo no apremiara, en ese beso hubo mas que cariño, era entrega total hacia el. Esta vez el respondió de la misma manera. Ese fue el inicio de un tiempo muy turbulento, donde encontraría una llama que encendería mi cuerpo y mas tarde consumiría mi alma. Porque nadie puede entregarse a otra persona sin perder algo de sí mismo en el camino.

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4 Comentarios

  • Anónimo
    marzo 31, 2026 a las 2:08 am

    Que historia de amor más apasionante ya quisiera yo toparme con alguien como Gael, Dios mío esto amerita una película en Netflix.

  • Anónimo
    marzo 31, 2026 a las 3:22 am

    Ya no sé qué pensar de esta historia, empezó como un relato de vivencia propia y ahora parece una historia de wattpad 🫠

    • Anghelo
      marzo 31, 2026 a las 2:37 pm

      Te juroo para esto mejor me metía a leer en wattpad xd

  • Anónimo
    abril 1, 2026 a las 12:18 am

    woow !! què buen capitulo !!! amo !! quiero màs jeje me encanta !! imagino cada escena y me parece maravilloso !! gracias por escribir 😀

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