El vendedor de zapatos- Parte VI

Ese fin de semana se grabó a fuego en mi memoria, y ahora entenderán por qué. Sentir a Gael permanentemente cerca era la droga que mi cuerpo exigía. Sus besos húmedos recorriendo mis labios eran adictivos; tocar su piel y fundirla contra mi cuerpo ancho y velludo generaba una fricción que no quería dejar de sentir. Vibraba bajo su tacto. Me sentía, como dicen los lolos, en mi prime. Estar con él se sentía liviano, una coreografía sencilla donde solo bastaba con abrazar y presionar los puntos correctos para avanzar al siguiente nivel.
Parecíamos una pareja enamorada bajo un cielo que seguía oscuro, pero mi corazón brillaba con una intensidad que me asustaba. Decidí cocinarle, entregarle uno de mis mejores platos; ver su sonrisa al probar bocado fue un bálsamo para mi propia historia de invisibilidad. El dormitorio se volvió nuestro santuario, pero había una frontera que yo necesitaba cruzar. No me iba a quedar con las ganas.
—Gael —le dije, mientras él observaba el gris del cielo del departamento.
—¿Sí?
—¿Alguna vez has sido pasivo?
El aire se congeló.
—No —contestó, seco. Un muro de hormigón en su voz.
—¿No te gustaría probar… conmigo? – le dije apenas
—No —repitió, más rápido, más cortante. El empresario de los zapatos recuperaba su armadura.
Me resigné y me quedé dormido, pero desperté al rato por la pura electricidad de mi propia erección. El cuerpo de Gael era mi estimulante natural, una presencia que me obligaba a estar alerta. Decidí levantarme y vestirme.
—Vai aonde? —preguntó aletargado, perdiéndose en su idioma.
—¿Qué?
—Ehm… ¿a dónde vas? —corrigió, recuperando el español con esfuerzo.
—A la farmacia —respondí.
—Espera… ¿te acompaño?
—Me encanta que salgas conmigo.
Una sonrisa lenta dibujó su rostro.
Salimos a una farmacia lejana; no quería testigos conocidos de mi misión. Compré preservativos y lubricante con una determinación silenciosa: a ese hombre lo iba a dejar como frutos secos jeje Compré un envase grande para la batalla y uno pequeño que escondí, como un secreto de guerra, en mi bolsillo del pantalón.
Volvimos a casa empapados. La lluvia del sur no perdona, ni siquiera el trayecto corto del auto a la puerta. Le dije que tomaría una ducha y empecé a desnudarme con una lentitud premeditada. Sabía que mi cuerpo ancho, blanco y velludo bajo la luz tenue, era un anzuelo. Dicho y hecho: Gael me miró con una fijeza animal y se deshizo de su ropa en segundos. No llegamos al agua cuando ya me estaba besando, sus manos recorriendo mi vello empapado con una urgencia que me quemaba.
Decidí jugármela una vez más.
—Gael… —le susurré.
—Mi Urso —respondió él, sin soltarme.
—Déjame tocarte. Déjame ser tu activo.
Se detuvo en seco. El silencio en el baño era denso como el pegamento de sus fábricas.
—NO —dijo, serio.
—Solo déjame intentarlo. Si no te gusta, lo dejamos ahí.
Vi en sus ojos una mezcla de terquedad y una confusión que nunca le había visto.
—Intentémoslo en la ducha —solté, antes de que se arrepintiera. Me solté para encender la ducha y esperar que el agua caliente hiciera el milagro.
No respondió. Me solté para encender el agua y esperé a que el calor hiciera el milagro. Entré solo. «Supongo que fue demasiado», pensé, mientras el agua hirviente golpeaba mis hombros y el vapor empañaba el vidrio, aislándome del mundo. Tomé algo de jabón y de shampoo para alivianar la tensión anterior. Estaba ahí, solo, sintiéndome un estúpido por haber estirado tanto la cuerda, pero debía intentarlo. Cuando terminé de enjuagarme, sentí un sonido y la puerta se abrió llentamente. Gael entró. No dijo nada. Su mirada era una mezcla de desafío y una vulnerabilidad que me apretó el pecho. Se quedó ahí, bajo el chorro, dejando que el agua le lavara el orgullo. Me giré, dándole la espalda. Seguí recorriendo mi cuerpo con el agua caliente. Se acercó y me abrazó por detrás; sentí su erección firme contra mis nalgas. Me giré lentamente (esa ducha era enana) y nos chocamos. Sentir el peso de mi pecho, con el vello apelmazado por el agua hirviente, aplastándose contra su torso blanco y liso, fue un choque de especies. Mi humedad era densa, áspera; la suya era resbaladiza, como mármol mojado. Éramos dos texturas opuestas buscándose en medio del vapor. Las gotas de agua corrían por el vello de mi pecho antes de morir contra su abdomen blanco, creando un mapa de humedad que nos unía bajo el chorro. Lo abracé y lo besé con una mezcla de calor, humedad, vapor y sensualidad que siempre permanecerá en mi memoria.
Bajé por su cuerpo, arrodillándome en ese espacio ínfimo, recorriendo su torso hasta la zona inguinal y decidí volver a hacerle un falo. Pero uno lento y ahogado. Me lo llevé todo adentro, ignorando el agua que me inundaba la nariz. El sonido era un chapoteo rítmico, sucio, de mi saliva mezclándose con el chorro de la ducha. Me gustaba el sabor a hombre crudo, a excitación pura que no necesitaba perfumes. Una y otra vez, recorriendo sus testículos con mi lengua y volviendo. Usando mi lengua como una lija de seda que raspa y cautiva a la vez. El sonido era rítmico, casi violento; el choque de la piel mojada contra la piel interna sonaba como aplausos sordos bajo el estruendo del agua, una música obscena que rebotaba en los azulejos y nos encerraba en nuestra propia burbuja de vapor. Volví a sus pechos planos, pero su piel decía otra cosa: la erección de sus glándulas era inequívoca. Volví a besarlo usando esta vez la extensión total de mi lengua. En un momento dije
—Gael… —le susurré al oído, notando cómo su piel se erizaba.
–Karol, mi urso—me respondió con demasiada lentitud.
Con esfuerzo nos cambiamos de posición y a gatas salí del baño en búsqueda de ese lubricante en mi pantalón. Regresé y se lo mostré.
—Por favor, Gael.
Me miró dudoso. El agua caliente seguía cayendo y chapoteando en el piso, mientras mi cuerpo ancho seguía en contacto con el suyo. Gael no respondía; no puedo explicar esa mirada. Sus ojos estaban fijos en ese envase de lubricante.
Decidí dejar el lubricante de lado por un momento y volví a hacer ese sexo oral. Entre el vapor, yo no dejaría libre a ese hombre. Decidí afirmarme de sus nalgas planas, pero suficientes para mis manos. Mientras me ahogaba en él, veía cómo se afirmaba con una mano en el azulejo y la otra en mi nuca, dictando una profundidad que me hacía lagrimar los ojos. El sonido ahogado de mi boca y sus gemidos de placer envolvían todo el baño. Pero esta vez lo sentí, sentí el sabor de la gloria y ese bocado líquido, salado y viril que Gael empezaba a soltar, una pequeña demostración del éxtasis masculino y viril. Supe que todo lo que hacía generaba la respuesta deseada. Nuestras respiraciones pasaban de ser sincrónicas a ser un rebote con eco en esos azulejos.
Volví a ponerme de pie para besarlo; el vapor nos envolvió y los sentidos se volvieron más agudos, ya que la visión estaba borrosa. Sentí cómo el vello empapado de mi pecho se anclaba a su piel lisa, creando una succión de agua y calor que nos volvía un solo bloque de carne bajo el chorro. Decidí tomar algo de jabón para crear una espuma espesa y jugar como los dos amantes que somos. Recorrer su cuerpo era algo de lo que jamás me aburriría. Enjuagarlo era mi tarea de devoción y lo haría con la precisión de un cirujano.
Volví a tomar el lubricante. Hice sonar ese chasquido húmedo del envase al abrirse y su mirada de desconcierto regresó, a pesar del vapor. Deslicé una gota de frío lubricante en mi yema, contrastando con el calor sofocante del baño.
—Solo un dedo, Gael… tú tienes el freno —le susurré contra el cuello, sintiendo cómo su respiración se enganchaba en sus pulmones. No era una orden, era una invitación a confiar en mí, en el Oso que lo sostenía. No había más música de fondo, excepto el sonido de la ducha; el olor a jabón y humedad estaba a diestra y siniestra. Gael no hablaba; su lengua parecía haber quedado atrapada en ese portugués que solo brota cuando el alma está expuesta. El frío del lubricante en mi yema fue un choque eléctrico en medio de aquel infierno de vapor. Su cuerpo se tensó, pero no fue un rechazo; fue ese espasmo involuntario del animal que sabe que se enfrenta al riego. Vi cómo se le erizaba la piel de los muslos y cómo sus dedos se clavaban en el azulejo, dejando marcas blancas por la presión.
—Eu… —susurró, y esa única sílaba cargada de duda me confirmó que el empresario se había ido, dejando paso al hombre.
—No pasa nada, Gael… confía —le dije, mientras mi mano bajaba por su zona lumbar, reconociendo el terreno. El agua seguía golpeando los azulejos, pero el verdadero estruendo era el de su corazón latiendo contra mi pecho ancho.
Bajé una vez más y noté algo sutil pero definitivo: el arco entre sus piernas se abrió. Sonreí para mí mismo. Haciendo equilibrio en la ducha, nuevamente me llevé su pene a mi boca mientras deslicé mi mano lentamente hasta la zona final. Solo usé la yema para masajear. Lo entendí. Los homosexuales sabemos cuándo son vírgenes y cuando nos han mentido. En el caso de Gael, era absolutamente virgen en este rol y, si lo había experimentado, fue hace tanto tiempo que su cuerpo no lo reconoció.
Masajeaba solo la entrada con la yema; quería que experimentara la suavidad y la delicadeza para este momento íntimo. Sentía su cuerpo rígido, su erección se había ablandado por el impacto psicológico en mi boca. Me estaba ahogando entre el volumen de su cuerpo y el agua que caía. El equilibrio me estaba abandonando, pero no quería renunciar. Seguí sintiendo esas paredes rígidas y estoicas como sus músculos. Miré hacia arriba y su rostro miraba al cielo del baño, esperando que la calidez del agua y la incomodidad se fueran. Aún más lento introduje mi dedo, solo cubriendo la zona de la uña, y recorrí sus paredes. Presioné con la mayor calma posible: arriba, abajo, izquierda, derecha y en diagonal. Giraba mi dedo con la paciencia de un reloj que apenas tenía batería. Mi respiración se escuchaba más fuerte que la suya. El sonido de su voz era un eco muy lejano. Giré el dedo con la paciencia de un artesano. Sus paredes internas estaban calientes, estrechas y vibrantes, como si su corazón latiera justo ahí, bajo mi uña. Sentí ese pulso rebelde que intentaba expulsarme y luego cedía, atrapándome en una succión húmeda y desconocida para él. Era el dueño del mundo ahí afuera, pero aquí adentro, en este rincón, yo era el que mandaba. Di un par de vueltas más, buscando sentir el pulso del placer y desistí. Las piernas estaban al límite, el espacio era incómodo y la tensión psicológica era demasiada. Me levanté y volví a besarlo con una ternura que me nació de las entrañas. Le sonreí y le dije:
—Obrigado.
Me lavé las manos con más jabón y le lavé su pelo ondulado con calma, quitándole el resto de la espuma. Terminamos la ducha y me sentí extrañamente satisfecho. Tal vez no logré el objetivo físico que tenía, pero logré doblegar sus defensas. Nos secamos en silencio y fuimos al dormitorio.
—Vem —me dijo desde la cama, con una voz que ya no era de mando, sino de entrega.
Me acerqué y simplemente me abrazó, buscando mi calor. Ahí tendidos y rendidos ante el placer, nos quedamos como dos amantes satisfechos.
Esa noche, mientras comíamos algo liviano para recuperar fuerzas, me miró con esos ojos color caramelo y me dijo:
—Eu quero tentar de novo.
Simplemente sonreí. Por primera vez me anotaba un triunfo personal ante Gael

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3 Comentarios

  • Anónimo
    abril 1, 2026 a las 12:34 am

    què buen relato!! jeje seguì!! 😀

  • Anónimo
    abril 1, 2026 a las 4:59 am

    Entiendo a Gael…

  • Anónimo
    abril 1, 2026 a las 9:31 am

    Dios mío pero que relato tan emocionante apasionante y masturba le continuación por favor.

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