Mi cuñado, mi hermano y yo – Parte 1

Me llamo Luis, tengo 18 años y desde morrito supe que me volvían locos los hombres. Ese secreto lo llevo bien guardado en el pecho, porque en mi casa nadie sabe y la neta me da un chingo de miedo que se enteren. Soy el menor de tres hermanos: Claudia, de 25, y Fer, de 23. Mi familia es de las bien tradicionales, católicos practicantes que van a misa los domingos y presumen en todas las reuniones la “familia perfecta”. Ser el consentido siempre me ha dado privilegios, pero salir del clóset… ni de broma, todavía no. Les destrozaría el corazón.

Mis jefes esperan que yo siga el mismo camino que mis hermanos. Claudia estudió medicina como mi mamá y ahora trabaja en una clínica de lujo en la ciudad. Desde chavita sale con Alex, su novio dos años mayor, un vato alto, de buena familia y que quiere entrar al ejército. Para mis papás era el yerno soñado: serio, con carrera, formal, con un futuro que brillaba. Todo parecía ideal… hasta que uno empieza a ver más allá de las apariencias.

Fer siempre fue el cerebrito: sacaba puros dieces, entró a la uni que quiso y combinaba los estudios con el fútbol. Formaba parte del equipo de la universidad, entrenaba duro y casi no salía de fiesta; si no estaba en clases, estaba en la cancha. Pensábamos que las morras no le interesaban tanto.

Y yo… a mis 18 ni idea de qué voy a hacer mañana. Mis papás querían que estudiara Derecho, pero no me prendía para nada. Me inscribí solo para no armarles bronca; total, mi vida real seguía en las sombras. Con los vatos nunca me había quejado: aventuras rápidas, intensas, siempre en secreto. Con mis hermanos me llevaba chido, aunque jamás les conté nada. Soy guapo, labios carnosos, ojos expresivos, pero no soy femenino; paso fácil por hetero y en casa nadie sospechaba ni madres.

Vamos al grano. Era junio, vacaciones para Fer y para mí; Claudia tenía unos días libres. Los tres en casa, pero el aburrimiento nos estaba comiendo vivos. Apenas convivíamos, solo lo indispensable en la mesa con mis papás. El resto del día cada quien en su cuarto o en la alberca, pero casi nunca juntos. Una noche mi jefa invitó a Alex a cenar. Todo normalito, plática de logros y anécdotas. En la sobremesa, Alex vio que nuestras vacaciones se nos escapaban en pura flojera y propuso hacer algo al día siguiente. El wey es fan de la montaña y las aventuras al aire libre. Nos vendió una ruta de senderismo hermosa en la sierra. Mis papás nos animaron y los tres dijimos que sí.

Tempranito, ahí estaba Alex listo con todo el equipo. Dios mío, estaba para comérselo entero: alto, casi 1.90, hombros anchos, brazos marcados, cintura estrecha. La piel bronceada por horas al sol, pelo güero más claro por el verano, corte militar casi rapado y barba de tres días que le daba un aire rudo y sexy. Traía pantalones cargo cortos que dejaban al descubierto unos muslos gruesos, fibrosos, cubiertos por un vello rubio que brillaba con la luz. Las pantorrillas duras, definidas. Arriba, una camisa de camuflaje tan ajustada que parecía pintada: le marcaba pectorales firmes, duros, y por la abertura superior se asomaba un pecho velludo recortado que subía y bajaba con cada respiración. Mi hermana lo había atrapado bien. Solo le faltaba no ser tan creído y presumido.

Bajamos Fer y yo con cara de sueño y cero ganas. Pero algo me golpeó fuerte con mi hermano ese día. No sé si porque andaba falto de acción sexual, pero de pronto lo vi con otros ojos. Durante el año casi no lo veía, su uni está lejos, y el cambio físico me dejó boquiabierto. Más alto que yo, casi una cabeza, siempre lo recordaba delgado, pero el fútbol lo había convertido en un macho de verdad. Traía un short Adidas negro que le quedaba como guante: le marcaba un culo redondo, alto, firme y adelante el bulto se movía con cada paso, contoneándose hipnótico. Piernas fuertes, piel blanquita suave, casi sin vello. Arriba una camiseta de tirantes que dejaba ver brazos venosos, hombros redondos y el inicio de unos pectorales carnosos que se movían al caminar. El pelo castaño con melenita sujeta por gorra, un mechón rebelde cayéndole en la frente. La neta, mi propio hermano estaba para chuparse los dedos.

Apareció Claudia vestida normal y nos soltó:

—Lo siento, hermanos. Me hablaron de la clínica para cubrir una baja. No voy a poder acompañarlos.

Pensé: “Perfecto, si no va ella, Alex tampoco y nos quedamos en casa”.

—Qué chafa, me hacía ilusión que vinieras —le dijo Alex, besándola.

—No se apuren, váyanse ustedes. Yo iré otro día.

Intentamos zafarnos, pero Alex no tuvo problema en dejar a su novia e irse solo con nosotros. Allá nos lanzamos: Fer, Alex y yo. Alex venía motivadísimo por convivir. Me daba penita; él sí quería pasar tiempo con los “cuñados” y nosotros lo traíamos ignorado. A mí no me caía al cien porque lo sentía medio homófobico, el típico macho alfa hetero. Pero por la familia…

Llegamos al inicio del sendero, dejamos el carro y arrancamos. Plática ligera, paisaje bonito. Pero el sol empezó a caer fuerte y el camino se puso pesado. Los tres sudábamos como locos. Yo iba atrás, y la vista era un regalo del cielo. Delante tenía a dos machos en plena gloria: culos firmes balanceándose al ritmo de las zancadas, muslos contrayéndose con cada paso, sudor resbalando por sus espaldas anchas. Cada vez que Alex se giraba para checar cómo íbamos, veía cómo las gotas le bajaban por el cuello grueso, se colaban entre los pectorales y empapaban la camisa, pegándola al torso como segunda piel. La camiseta de Fer estaba tan mojada que se le transparentaba todo: pezones endurecidos, tableta en el abdomen perfecta, y el short… dios, el bulto se movía marcando cada contorno.

—Pufff, ya no aguanto este calor —dijo Alex, se detuvo y se quitó la camisa de un tirón lento, como si supiera que lo estábamos viendo.

El aire se me fue. El torso desnudo era una obra de arte: pectorales grandes, duros, con un piercing plateado en el pezón derecho que brillaba con el sudor. Un tatuaje le recorría desde el pezón izquierdo hasta atrás del hombro, siguiendo la curva del músculo. Vello rubio recortado cubría el pecho en una capa perfecta, bajando en una línea gruesa por el abdomen marcado hasta desaparecer en el pantalón. El sudor le resbalaba por los surcos del abdomen, acumulándose en el ombligo.

—Joder, yo también me aso —dijo Fer y se quitó la camisa con la misma lentitud.

Me quedé idiotizado. Mi hermano no se quedaba atrás: pectorales carnosos que subían y bajaban con la respiración agitada, pezones rosados pequeños y duros, abdomen marcado y una línea de vello castaño fino que bajaba del ombligo como una invitación directa al paquete que se marcaba en el short.

—Enano, ¿tú no traes calor? —me preguntó Fer, con voz ronca.

—Estoy que ardo —contesté, y no era mentira.

Al fin pude detallarlos sin disimulo. Me quité la camiseta. Mi cuerpo es delgado, fibrado por genética, piel blanquita suave, casi sin vello. Lo que sí tengo son labios carnosos que más de uno ha querido probar, y un culo redondo, carnoso, alto, que mis ligues siempre me alaban.

Seguimos. Alex y Fer platicaban mientras yo me perdía en fantasías. Me había puesto loco de calentura con ellos dos. Nunca había sentido eso por mi hermano ni por mi cuñado. Estaba mal, pero el deseo era más fuerte. Imaginaba sus manos fuertes sobre mi piel, sus vergas duras rozándome, sus bocas…

—¡Ey, miren! Un pozo —señaló Fer, con el torso brillando de sudor.

—Por aquí pasa un arroyo. Podemos bajar a refrescarnos —dijo Alex, pasándose la mano por el pecho velludo, esparciendo el sudor.

—Va, me late más que seguir sudando.

Bajamos y encontramos un pozo natural perfecto, con una cascadita fresca que caía formando una poza clara y profunda. Suficiente para los tres.

—¿Nos bañamos? —propuse.

—Hace un chingo de calor, va —dijo Alex, mirándome fijo.

—¿Traen traje? Yo solo lo puesto —preguntó Fer.

—Jaja, estamos entre hombres, en calzones —respondió Alex.

—Con el calor que traigo, me baño desnudo si hace falta —solté, desafiante.

—Jajaja, vamos.

Alex fue el primero. Se desabrochó el pantalón despacio, lo bajó junto con el cinturón y quedó en unos boxers Calvin Klein grises que le apretaban delicioso. El bulto era grueso, pesado, marcado perfecto; la tela empapada de sudor se le pegaba a la raja del culo, delineando cada cachete duro. Los muslos velludos brillaban.

Fer y yo nos dimos la vuelta para bajarnos los nuestros. Yo traía un slip negro tipo speedo que me quedaba ajustado, realzando el culo carnoso. Fer unos boxers viejos que se le pegaban al cuerpo; se le marcaba todo: glande grueso, tronco largo, venas. Me costaba respirar. Nos metimos al agua fría.

—Uff, está helada —se quejó Fer, y sus pezones se endurecieron más.

—Se nos van a encoger los huevos —rió Alex, pero su bulto no parecía encogerse nada.

El agua fría me ayudó a bajar la erección, pero tenerlos enfrente casi desnudos era tortura. Los calzones mojados se volvían transparentes: veía el vello rubio de Alex alrededor de la base, el contorno grueso latiendo; en Fer, la piel suave y el paquete grande balanceándose bajo el agua.

—¿Qué pasa, enano? Te veo perdido —dijo Fer, acercándose, el agua chorreándole por el pecho.

—Nada…

—No te gustó el monte, ¿verdad? —preguntó Alex, salpicándome, sus pectorales moviéndose.

—No soy de caminar mucho.

—Pues nos la estamos pasando chido —dijo Fer y, de repente, me atrapó por detrás.

Sus brazos fuertes me rodearon la cintura, su pecho duro se pegó a mi espalda, sus pectorales presionando. Sentí su respiración caliente en mi nuca y, sobre todo, su verga semi-dura rozando mi culo por encima de los slips. Me quedé paralizado de placer puro. Tuve que soltarme rápido antes de que notara que ya estaba duro como piedra.
Nos separamos. El agua nos llegaba a la cintura.

—Cuéntanos, Luis, ¿qué traes? Viniste callado —preguntó Alex, con voz grave, acercándose más.

—Sí, en confianza. ¿Es por alguna morra? —añadió Fer, con sus ojos clavados en mí.

—Jaja, qué va.

—Y tú, Fer, ¿ninguna novia?

—No me quejo —dijo con sonrisa pícara.

—Vaya cabroncito… aquí todos cogen menos yo —se quejó Alex, pasándose la mano por el abdomen, dedos resbalando por el vello mojado.

—¿Y Claudia?

—Llega muerta del trabajo y solo quiere dormir. Imagínense cómo traigo los huevos… con cualquier roce exploto.

Esa confesión me puso peor. Imaginé sus huevotes, llenos.
Decidimos quedarnos en el agua. El ambiente se cargó de tensión sexual. Empecé a jugar más, a rozar “sin querer” esos cuerpos duros, calientes, húmedos.

—Ayúdenme a subir a esa roca – señale a una roca que funcionaba como isla en donde estabamos.

Alex me puso las manos en la cintura, dedos fuertes hundiéndose en mi piel. Subí y me giré: los vi devorando mi culo con la mirada.

—Esos slips te quedan chicos —dijo Fer, voz baja.

El slip se me había metido por la raja, dejando el culo casi al aire: redondo, suave, brillando por el agua.

—Vaya culazo tienes, cuñadito —susurró Alex, lamiéndose los labios—. Carnoso, perfecto… ¿haces algo o es puro regalo?

—Pura genética.

—Más rico que el de tu hermana —dijo, y su bulto creció visiblemente bajo el boxer mojado.

Me lancé al agua. Al salir, Alex me atrapó por detrás, brazos fuertes rodeándome, su pecho velludo pegado a mi espalda.

—Cuidado, cuñado…

Sentí su verga completamente dura presionando fuerte contra mi culo, latiendo. Se quedó así, moviendo apenas la cadera, como queriendo que lo sintiera bien. Bajé la mano y le acaricié el bulto: grueso, caliente, venoso. Me giré lento; sus ojos verdes ardían. Me guiñó el ojo con sonrisa traviesa.

—¿Desde cuándo te gustan los hombres, Luis?

—¿De dónde sacas eso?

—Estamos en confianza… dilo.

—Porque cuando hablamos de morras no dices nada… y nunca te he visto con una.

—¿Y por eso ya soy gay? Jaja.

—La neta yo también lo sospechaba —dijo Fer, acercándose, su paquete también marcado duro.

Me atraparon.

—Va… soy gay.

—No te enojes, me vale —dijo Alex.

—Ya, pero mis papás… no les digan.

—No te apures, enano —dijo Fer—. Yo también soy gay.

—¿En serio?

—Madre mía, de ti no me lo esperaba —dijo Alex.

Sentí alivio y un morbo brutal que me recorrió la espina.

—Una cosa… ¿y esa erección, Alex? —pregunté, rozándole el bulto otra vez.

—Será el agua, los calzones… no sé.

—¿Y tú cómo sabes que está duro? —le preguntó Fer.
—Pregúntale.

—Perdón, Luis… es que tienes un culo que vuelve loco a cualquiera.

—A ver si sacamos otro gay —bromeé.

—A mí me gustan las mujeres —se defendió.

—Sí, claro… cuántos heteros he oído decir eso mientras me la metían por el culo —soltó Fer, voz cargada de deseo.

Esa frase me erizó la piel. Imaginé a mi hermano siendo cogido y casi gimo.

—¿Entonces no te molesta que nos quedemos desnudos?

—Paso de sus joterías.

—Venga, si tan hetero eres…

Fer se bajó los boxers despacio, verga gruesa colgando semi-dura entre muslos fuertes, huevotes balanceándose. Yo lo seguí, quitándome el slip y dejando mi verga dura al aire y el culo carnoso expuesto.

—Uff, qué rico estar así —dijo Fer, acariciándose la base.

—¿Te animas, Alex?

—Que no.

Me le colgué del cuello, cuerpo desnudo contra el suyo. Sentí su verga endurecerse contra mi vientre, latiendo caliente. Moví la cadera despacio, restregándome.

—Vaya problema grande tenemos aquí…

—Ya, déjame —dijo, pero su voz temblaba de deseo.

Me empujó suave y salió corriendo hacia los árboles.
Me puse el slip y lo seguí.

—Perdón, no quería incomodarte.

—No pasa.

Se sentó en un tronco, el bulto todavía enorme. Le puse la mano en el hombro musculoso, sintiendo el calor de su piel.

—Vuelve, ya no nos metemos contigo.

Regresamos. Yo adelante. De pronto su mano grande me agarró una nalga, apretando fuerte.

—No me aguanto, wey… qué culo tan rico. Quiero verlo sin nada.

Me acariciaba con deseo, dedos resbalando por la piel húmeda, separando las nalgas.

—Bájate los calzones… por favor.

Obedecí lento. Quedé con el culo al aire, redondo, suave, y mi verga dura apuntando.

—Madre mía… qué cachetes perfectos.

—Ahora tú.

Se bajó los boxers de un jalón. Gemí. Entre vello rubio espeso salió un verga venosa, gruesa, curva, glande rosado brillando de precum.

—Aún puede crecer más —dijo, masajeándose sus huevos

—He visto más grandes —mentí, mordiéndome el labio.

—¿Nunca te la ha chupado un hombre?

—No… ¿por?

—¿Me dejas?

Le agarré la base: caliente, dura como acero. Lo pajeé lento, sintiendo cada vena. Le descubrí el glande jugoso y lamí el precum salado. Gemía bajito. Me arrodillé, lo metí centímetro a centímetro, garganta llena, lengua recorriendo todo. Masajeé sus huevos, chupé fuerte mientras él ponía las manos en mi cabeza, cogiendome la boca despacio.

—Joder, Luis… qué rico…

—Para… tu hermano nos puede atrapar.

—Tú vigila.

Chupé con más ganas, succionando, lamiendo, tragando hasta el fondo.
—Me voy a venir… Déjame en tu culo… por favor.

Me puse en cuatro. Él se masturbaba furioso, abriendo mis nalgas con la otra mano.

—Qué culo más rico… ¡Me vengo!

Chorros calientes y espesos me bañaron la espalda, la raja, entre las nalgas, resbalando por mis muslos. Sentí su semen marcándome, caliente, abundante.

—Uuffff… qué rico, cabrón… la necesitaba tanto.

Sonreí, le acaricié su verga palpitante.

—Ahora solo falta que pruebes este culo de verdad.

Se subió los boxers, guardando su verga todavía dura.

—Vámonos antes de que Fer sospeche.

Continuará…

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6 Comentarios

  • Anónimo
    enero 5, 2026 a las 10:52 am

    pendejo de mierda termine más caliente iva acabar justo cuando terminó el relato anda contarnos mas

    • Anónimo
      enero 6, 2026 a las 2:08 pm

      Porque le hablas así wtf

  • Anónimo
    enero 5, 2026 a las 12:03 pm

    Bece

  • Anónimo
    enero 5, 2026 a las 12:03 pm

    Necesito la siguiente parte urgente

  • Anónimo
    enero 5, 2026 a las 12:30 pm

    Uffff que hot tu relato cuenta más porfa

  • Anónimo
    enero 5, 2026 a las 1:59 pm

    Dios! Que nivel de relato, quiero a Alex ya!

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