Mi cuñado, mi hermano y yo – Parte 2

Volvimos al agua. Fer seguía nadando tranquilo, el agua cristalina le llegaba a la cintura y su cuerpo brillaba bajo el sol. Alex y yo intentábamos disimular, pero el aire entre nosotros estaba cargado, como si todavía oliéramos a sexo.

Fer nos miró con esa sonrisa traviesa que tiene cuando sabe algo.

—Qué buena tardada se echaron, ¿eh? ¿Ya arreglaron su “pequeño malentendido”? —dijo, haciendo el gesto de paja lento y exagerado con la mano.

Me reí nervioso, con el corazón todavía latiéndome fuerte.

—Cállate, cabrón. Alex nomás se estaba desahogando… dice que como casi no coge con Claudia, cualquier cosa lo pone como loco.

Alex suspiró profundo, mirando el agua.

—Se burlan, pero es en serio. Me tiene mal. Necesito sexo, no puedo seguir así de caliente todo el tiempo.

Fer, siempre el más relajado, le contestó:

—Platica con ella, wey. Llevan años juntos, algo encontrarán.

—Sí… supongo —dijo Alex, pero sus ojos verdes se clavaron en mí un segundo más de lo normal.

Me dio pena por él, se notaba que andaba desesperado, pero al mismo tiempo me sentía culpable. Acababa de tragarme su verga entera, había sentido su semen caliente resbalando por mi culo… y él lo había disfrutado como nunca. Yo me quedé con ganas de más, mucho más. Pero pensar en mi hermana me lo impedía; no quería que esto terminara mal.

—Bueno, dejemos el tema —dije, estirándome en el agua hasta quedar flotando—. Mejor disfrutemos este lugar tan chingón.

Alex cambió la conversación, con voz más baja.
—Y ustedes dos… tanto tiempo siendo gays y nosotros sin enterarnos. Cuéntenme.

Fer se encogió de hombros, con el agua moviéndose alrededor de sus pectorales.

—Qué te digo… desde morrito lo supe. No hay una fecha exacta.

Yo agregué:

—Para mí fue clarísimo. Nunca me gustó una morra. Ni siquiera sé qué se siente una vagina, y la verdad ni curiosidad tengo.

Alex soltó una carcajada ronca.
—Jaja, ¿y tú tan chavito ya andabas en eso? ¿Desde cuándo empezaste de verdad?

—¿Por qué tanto interés, wey? —le vacilé.

—Curiosidad. Cuéntame.

—No hay pedo. A los 15 ya andaba manoseando y besándome con un compañero del salón. Y mi primera mamada completa… a los 16o 17, con un amigo.

Fer abrió los ojos grandes.

—Vaya con mi hermanito… qué calladito te lo tenías.

—Y tú, Fer, ¿con quién fue la primera? —preguntó Alex, acercándose más.

Fer se rió bajito.

—¿Se acuerdan de Ana, mi ex? Pues tiene un hermano gemelo… con él.

Alex se quedó boquiabierto.

—Qué morbo… ¿te los echaste a los dos?

—No, no fui tan culero. Corté con ella y después estuve con el hermano. Pero sí, el morbo estaba ahí.

Yo miré a Alex.

—¿Y tú? En la academia militar siempre se oyen cuentos de soldados que se desahogan entre ellos en las noches.

Alex negó, pero con una sonrisa pícara.

—Ya no es como antes. Conozco a un par que sí lo hacen, pero cada quien en su rollo.

La plática siguió así: cada quien contando sus aventuras, cómo había sido su primera vez, los ligues más calientes. El morbo flotaba en el aire. Yo seguía excitado, la verga semi-dura bajo el agua, y por cómo Alex preguntaba detalles —qué se sentía chupar, cómo era que te penetraran— supe que él también andaba prendido. Pero no quise forzar nada más con él. Lo de antes había sido rápido, intenso, pero suficiente… por ahora.

Lo peor era Fer. Saber que era gay me hacía mirarlo distinto. Su cuerpo perfecto, la piel suave, ese abdomen que se marcaba cuando se movía… pero era mi hermano, no podía ni pensar en eso.

De pronto sonó su celular. Fer salió del agua para contestar. No sé si lo hizo adrede o se le olvidó que estaba desnudo, pero salió así nomás, el agua chorreándole por todo el cuerpo. Se paró en la orilla, hablando tranquilo.
Alex gritó medio en broma:

—¡Tápate, cabrón!

Yo no dije nada. Lo devoré con la mirada. El agua le resbalaba por los pectorales, por el abdomen, por esa línea finita de vello que bajaba del ombligo hasta el pubis. Ahí colgaba su verga gruesa, flácida pero gruesa, circuncidada, con venas marcadas. Fácil 16 cm así nomás. Los huevos perfectos, grandes, simétricos, balanceándose un poco al moverse. Cuando se giró para seguir hablando vi ese culo redondo, firme, sin un solo pelo. Quise morderlo.

Terminó la llamada y volvió al agua como si nada. Intenté disimular, pero Alex se dio cuenta perfecta de que no le había quitado ojo a la verga de mi hermano.

—Luis… estás rojo como tomate, ¿te pasa algo? —dijo con voz juguetona, acercándose.

—Es el sol, pendejo.

Fer preguntó:

—¿De qué hablan?

—Tu hermano parece que anda con un calentón del demonio.

—¡Ya cállate!

Volvió a sonar el celular. Fer se quejó.

—¡Qué pesado este wey!

—¿Quién es? —preguntó Alex.

—Un chavo que conocí en Grindr hace unos días. Al principio le daba largas y ahora está loco porque lo coja.

El comentario me pegó directo en la entrepierna. Intenté no imaginarlo, pero ya era tarde.
Sonó otra vez.

—Maldita la hora en que le mandé esas fotos…

—¿Qué fotos? —preguntó Alex, curioso.

Fer se rió.

—Como tardaban tanto… estaba desnudo, me tomé unas selfies bien calientes para ponerlo loco.

Yo, para bajar la tensión, bromeé:
—¿Quieres que conteste yo y lo espante? Verás cómo no vuelve a molestarte.

Fer me miró, pensando que era puro cotorreo, y asintió.

Salí del agua, agarré su celular. En pantalla: “Carlitos”. Contesté con voz seria.

Fer y Alex se quedaron mudos viendo el show. Le dije al chavo que yo era el novio de Fer, que dejara de mandarle mensajes, que esa verga era solo mía y que no lo calentara más. Le solté cada cosa… hasta que colgué.
No pude resistir la tentación. La conversación de WhatsApp estaba abierta. Leí cómo se habían puesto calientes, los mensajes subidos de tono, y “sin querer” abrí las fotos. ¡Puta madre! La verga de mi hermano dura era una obra maestra: recta como flecha, venosa, gruesa, el glande brillando de precum. Fácil 20 cm. Me quedé hipnotizado, con la boca abierta.

—¡Luis! ¡Enano! —me gritaba Fer.

—¿Qué? Perdón…

Fer salió del agua, preocupado.

—¿Qué te pasa? Se te cambió la cara.

—No, nada… volvamos al agua.

Pero ya era tarde. Fer vio la pantalla y entendió.

—Ey… no es para tanto. Seguro has visto muchas así.

—Ya… pero nunca la de mi hermano. Y menos de ese…

Me dio vergüenza terminar la frase. Intenté irme al agua, pero Fer me agarró del brazo. Estaba desnudo, cerca, su cuerpo todavía húmedo, oliendo a agua y a hombre
.
—¿De ese qué ibas a decir, enano?

—Fer… de ese tamaño tan cabrón.

Silencio. Fer me sujetaba fuerte, yo lo miraba con una mezcla de admiración y deseo que no podía esconder. Alex nos observaba desde el agua, sin perder detalle.

—Va, no dramatices —dijo Fer, pero su voz sonaba más ronca—. Seguro has visto mejores… y por ese bulto que traes tú tampoco vas nada mal.

No me había dado cuenta: estaba duro,mi verga estaba empujando el slip.

Fer, que es más grande y fuerte, me inmovilizó fácil y me bajó el slip de un jalón. Mi verga de 18 cm saltó al aire, tiesa, latiendo.
Alex gritó desde el agua:

—¡Anda! ¡Ahora el que la tiene bien parada eres tú!

Fer me miró la verga de cerca, sin soltarme.

—Enano… traes una verga bien rica. Seguro dejas locos a los vatos.

Su mano grande me rozó el costado, bajando hasta el inicio de mis nalgas. Un escalofrío me recorrió entero.

El ambiente ya era puro fuego. Estábamos los tres desnudos (Alex todavía con los boxers), hablando de vergas y cuerpos sin pena.

—Bueno… aquí falta alguien por quitarse lo último —dije, mirando a Alex con desafío.

—¿Están locos? No voy a seguir con sus mariconadas…

—¿En serio? Te recuerdo que hace rato..

Alex maldijo por lo bajo, pero se rindió

—Va… me los quito, pero ya basta.

Se bajó los boxers bajo el agua y los lanzó a la orilla. Ahora sí, los tres desnudos.
Yo seguía en la orilla con Fer. De reojo vi que a él también se le estaba parando otra vez. La situación lo tenía encendido.
Quería arrodillarme y probar esa verga enorme, pero me dio pena. Al final me metí al agua. Seguimos platicando, riendo, pero la tensión sexual era palpable.
Fer se me acercó y me susurró al oído, su aliento caliente:

—Gracias por lo del teléfono, enano.

—De nada, hermanito.

—El pedo es que ahora me quedé bien caliente y sin polvo…

—No creo que te cueste encontrar sustituto —le dije, coqueteando sin darme cuenta.

—Jaja, eso lo dices porque eres mi hermano y me quieres.

—No, Fer. Eres guapo, cuerpo perfecto… y esa verga que traes. Ojalá hubiera más como tú.

Alex intervino:

—¡Ey, aquí estoy yo también!

Fer siguió la broma, pero me abrazó fuerte.

—No le hagas caso a tu cuñado… tú mereces algo mejor —y me apretó contra su cuerpo.

Al pegarnos sentí su verga dura como piedra contra mi panza. Gruesa, caliente, latiendo. Como queriendo que la sintiera bien.
Era el momento.
Me separé un poco, lo miré a los ojos. El agua nos cubría hasta el pecho. Bajé la mano despacio y le agarré la verga. Al fin la tenía. Caliente, gruesa, venosa. Empecé a mover la mano arriba y abajo, lento, sintiendo cada centímetro. Fer no dijo nada, solo me miró intenso y se acercó más.
De repente me agarró la cabeza con las dos manos y me besó. Fuerte, profundo. Abrí la boca y su lengua entró, caliente, jugosa. Nos comimos la boca como si lleváramos años queriéndolo. Yo seguía masturbándolo bajo el agua.
Alex gritó:

—¡¿Qué chingados hacen?!

Lo miré y le hice seña con la cabeza para que viniera. No lo pensó dos veces. Llegó rápido, se pegó a nosotros, me agarró las nalgas con fuerza y empezó a besar mi cuello mientras yo seguía besando a Fer.
Dejé de besar a mi hermano y giré la cabeza hacia Alex. Su boca me devoró, lengua agresiva, mientras su mano bajaba y me agarraba la verga. Yo los masturbaba a los dos, sintiendo sus pollas latir en mis manos.

—Vamos fuera… quiero verlos bien —gemí.

Salí del agua, con la verga tiesa apuntando al cielo. Fer y Alex me siguieron, con sus vergas gordas balanceándose.

Alex murmuró, preocupado pero excitado:

—Esto no puede estar pasando…

Fer le contestó, voz ronca:

—Por cómo traes la verga no parece que te moleste tanto, cuñado.

Nos abrazamos los tres en la orilla, besos húmedos, lenguas enredadas, con las vergas rozándose entre sí. El olor a sexo, a sudor. Alex me empujó la cabeza hacia abajo. Me arrodillé en el pasto tibia.

Las tenía enfrente, a la altura de la cara. La de Fer recta hacia arriba, glande rosado brillando, huevos lisos y grandes. La de Alex casi igual de grande, con esa curva sensual a la derecha, vello rubio recortado en la base.

Empecé con la de Fer. Le agarré los huevos, lamí desde la base hasta la punta, saboreando lo salado de su piel. Cuando estuvo bien mojada me la metí entera. Fer soltó un gemido grave, me agarró el pelo. Llegaba hasta el fondo de mi garganta, me daban arcadas, pero no paré. Chupaba fuerte, con mi lengua girando alrededor del glande cada vez que salía. Con la otra mano masturbaba a Alex, que gemía viendo cómo me comía la verga de mi hermano.

Fer no aguantó mucho en la boca.

—Necesito ese culo, enano… desde que te vi esta mañana me traes loco.

Me puso de pie, me hizo encorvarme frente a Alex. Me sujeté de los muslos musculosos de mi cuñado mientras le chupaba la verga otra vez. Fer se agachó atrás, me abrió las nalgas con las dos manos y hundió la cara. Su lengua caliente empezó a dar vueltas en mi agujero, lamiendo, metiendo la punta, chupando. Gemí como loco con la boca llena.

—Uufff qué culo tan rico tienes… suave, apretado… —murmuró Fer contra mi piel.

—Cogetelo ya, Fer! ¡Rómpeselo! —ordenó Alex, con su verga en mi boca.

Fer se levantó, escupió en su mano, untó su verga y la puso en mi entrada. Empujó despacio. Su cabeza gruesa me abrió, quemaba delicioso.

—¡Aargh… duele! —gemí.

—Respira, enano… ya va entrando toda —dijo Fer, voz temblorosa de placer.

Centímetro a centímetro sentí cómo me llenaba. Hasta que sus huevos chocaron contra los míos. Empezó a moverse, lento al principio, luego más fuerte. Cada embestida me hacía gemir alrededor de la verga de Alex.

Alex no aguantó más.

—¿Y yo cuándo, cuñado? Quiero ese culo también.

—Va… pero necesito descansar las piernas, me tiemblan —jadeé.

Fer salió de un tirón, me dio un cachetazo suave en la nalga y me puse en cuatro en el pasto. Apenas me acomodé y Alex ya estaba atrás.

—Ahora sí, cuñadito —gruñó, y entró de un empujón fuerte.

Era más salvaje que Fer. Me follaba como animal, huevos rebotando en mis muslos, manos apretándome las caderas. Su cuerpo militar tensándose en cada metida, el sudor cayéndole por el pecho velludo sobre mi espalda.

Fer se puso enfrente y me metió la verga en la boca. Ahora sí estaba ensartado por los dos lados: Alex rompiéndome el culo, Fer cogiendome la garganta.

Después Alex jadeó:
—¡Me vengo! ¡Quiero venirme en tu boca esta vez, Luis!

—¿Cómo que “esta vez”? —preguntó Fer, curioso.

—Jaja… antes, cuando fui a “buscarlo”… le hice una mamada y se vino en mi culo

Fer soltó un gemido grave.

—¡Qué caliente eres, enano!

Alex salió de mi culo, se la jaló fuerte enfrente de mi cara.

—Ábrela… toma.

Chorros calientes y espesos me llenaron la boca, la barbilla, el cuello. Tragué lo que pude, saboreando su semen salado mientras él gemía y se convulsionaba.

Fer seguía con ganas. Se tumbó en el pasto y me subí encima a horcajadas. Me clavé su verga despacio, sintiendo cómo me volvía a llenar. Empecé a mover las caderas, subiendo y bajando. Alex se puso de pie a mi lado, verga semi-dura a la altura de mi boca. Se la chupé para limpiarle sus propios restos, apretándole los huevos.

Sin que lo pidiera, Fer me agarró la verga y empezó a jalarmela al ritmo de mis movimientos. No aguanté: me corrí fuerte, chorros blancos cayendo sobre su pecho, abdomen y cuello. Gemimos los dos, riendo entre jadeos.

—Lléname el culo, hermano… quiero sentir tu leche caliente dentro —le susurré.

Apreté más fuerte, Fer me agarró las nalgas y me ayudó a bajar con más fuerza, hundiendo su verga hasta el fondo.

—¡Aargh… me vengo! ¡Toma toda mi leche, enano!

Sentí sus embestidas finales, los músculos de sus piernas y abdomen tensándose bajo mis manos. Luego el calor: chorro tras chorro llenándome por dentro, escapándose por los lados mientras seguía bombeando. Lo besé profundo mientras su verga palpitaba y salía lentamente.

Me dejé caer a su lado, destrozado, respirando agitado. Me acababan de cogerdos machos impresionantes.

Alex, todavía recuperándose, dijo:

—Que descubrimiento, cuñadito… Pero de aquí no sale ni una palabra, ¿eh?

Los tres asentimos, sonriendo.
Cuando recuperamos el aliento nos levantamos. Estábamos eufóricos,

—Vamos al agua a limpiarnos, ya es hora de regresar —dijo Fer.

Miré su torso perfecto cubierto de mi semen. No lo pensé dos veces: me acerqué, saqué la lengua y empecé a lamerlo todo, recogiendo mi propia corrida de sus pectorales, pezones, tableta. Saboreé mi sabor mezclado con su sudor.

Alex se acercó por detrás, me abrazó y me besó el cuello.

—Esto se va a repetir, me parece a mí…

(Y sí, se repitió.)

Continuará…

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7 Comentarios

  • Anónimo
    enero 5, 2026 a las 9:00 pm

    Joder que rico y excelente relato espero que continúes contando

  • Anónimo
    enero 5, 2026 a las 10:07 pm

    Uffff me dejastes reduro casi acabe cuenta más

  • Anónimo
    enero 5, 2026 a las 11:58 pm

    Super divino si vieras como tengo mis boxer mojados !! No sé si es real o inventado pero veas que rico sentí toda la historia !! Mi punta está pegajosa de precum.

  • Anónimo
    enero 6, 2026 a las 2:10 am

    Que relato más rico cuenta más

    • Anónimo
      enero 6, 2026 a las 6:22 pm

      Necesito la siguiente parte!!! N

  • Anónimo
    enero 6, 2026 a las 2:11 am

    Muestra el boxer mojado

  • Anónimo
    enero 6, 2026 a las 4:44 pm

    Ufff qué relato tan delicioso por favor sigue

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