Mis deseos
Confieso que me volví adicto a que me humillaran y me usara un macho de verdad.
Era alto, musculoso, con ese cuerpo esculpido que hace que uno se sienta pequeño a su lado. La cara de patrón, esa barba bien recortada, los brazos gruesos y esa verga pesada que se marcaba incluso por encima del pantalón. Yo… solo un pelao normalito de Armenia, sin nada tan especial a la vista… excepto que mi boca y mi culo resultaron ser puro vicio para tragar verga.
Al principio todo era perfecto: me sacaba, me presumía con sus amigos como si fuera su trofeo, me besaba en público, me hacía sentir deseado. Pero cuando empezamos a tener sexo de verdad, el cuento cambió radicalmente.
La primera vez que me amarró las manos con su cinturón y me puso boca abajo, sentí miedo… y, al mismo tiempo, una calentura que nunca había sentido. Me abrió las nalgas con esas manos grandes, escupió directo en mi agujero y me metió todo de un solo empujón. Yo grité, pero él solo se reía bajito y me decía al oído:
“Cállate, putica… mira cómo te tragas mi verga entera… este culo nació para esto”.
Me dejaba rogando. Me tenía horas con las piernas abiertas, el culo empapado, temblando, suplicándole que me diera más fuerte, que no parara, que me rompiera. Y él se burlaba:
“¿Ves? Te encanta que te trate como la zorra tragona que eres. Mírate… abierto como perra en celo”.
Hubo una noche que nunca voy a olvidar. Me cargó como si no pesara nada, me metió en su carro y me llevó a la casa de unos amigos suyos. Eran cuatro machos más, todos grandes, todos con ganas acumuladas. Me pusieron en el centro del cuarto, desnudo, de rodillas. Me turnaron la boca primero… uno tras otro, agarrándome del pelo, metiéndomela hasta la garganta mientras los otros se pajeaban viéndome ahogarme en verga. Después me subieron a la mesa, me abrieron en canal y me cogieron uno detrás de otro, a veces dos a la vez. Yo solo gemía, babeaba, me corría sin tocarme… una, dos, tres veces seguidas, mientras ellos se reían y decían:
“Mira cómo se moja este culito… le encanta que lo usen de burdel”.
Terminé con el culo rojo, chorreando leche por todos lados, temblando en el suelo… y con una sonrisa de pura satisfacción enferma.
Desde ese día no pienso en otra cosa. Quiero seguir siendo usado así. Quiero que me paguen por abrirme, por mamarla rico, por dejar que me revienten el culo hasta que no pueda más. Estoy en Armenia, Colombia… y estoy listo para ser la prosti que se entregue a los machos que de verdad sepan usarme.
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