Mc cola: El gaga
El mambo en la casa de nuestra compañera del Mc comenzó a apagarse de forma inevitable. En ese cité ubicado estratégicamente entre la ULA y Avenida España, el aire se sentía pesado, cargado con ese olor a pisco y cigarro que anuncia el fin de la fiesta. El Gaga, que todavía tenía la adrenalina a mil bajo su disfraz de Lady Gaga era Applause, miró a su alrededor con una mezcla de decepción y ganas de seguir. Vio que el grupo se estaba desarmando: el Ponce y el Osha ya habían subido a acostarse para pasar la caña, y yo me había rendido ante el cansancio del turno de cierre, quedándome profundamente dormido en el sillón del primer piso.
Pero el Gaga no estaba para dormir. Con el maquillaje todavía intacto y una energía que no encajaba con el silencio que empezaba a reinar, decidió que la noche no podía morir ahí. Aplicando la lógica de los cités, donde las paredes son delgadas y las historias se cruzan en el pasillo común, recordó que el primo de nuestra compañera vivía apenas a un par de puertas de distancia y que su casa era, en ese momento, el epicentro de un carrete mucho más encendido. Sin pensarlo dos veces, agarró a un par de personas que todavía aguantaban en pie y se mandó cambiar a la casa de al lado, buscando desesperadamente que la música no parara.
Allá la escena era otra: luces rojas, música a todo chancho y un ambiente mucho más denso y cargado de sudor. En medio de ese desorden, se encontró con Cris, otro compañero del Mc que también andaba en su propia volada. La química entre los dos fue inmediata y agresiva, potenciada por el alcohol y la libertad de estar en un lugar donde nadie los juzgaba. Según lo que el mismo Gaga soltó después entre risas y confesiones, no perdieron el tiempo. Entre el humo y el beat de la música, terminaron en un rincón oscuro de esa casa ajena, entregados a un encuentro intenso y erótico. Fue una sesión cruda de sexo donde el disfraz de Lady Gaga terminó hecho un nudo en el suelo, mientras él y Cris se daban con todo, aprovechando el anonimato que les daba ese living lleno de desconocidos donde la noche recién estaba empezando.
A las seis de la mañana, cuando el frío del amanecer santiaguino empezó a colarse por las rendijas y nos obligó a despertar para irnos, salimos al pasillo común del cité. De pronto, la puerta del vecino se abrió de par en par y ahí apareció el protagonista de la noche. El Gaga salía con una sonrisa de victoria absoluta, pero su imagen era el retrato vivo del desenfreno: tenía el maquillaje de Applause vuelto un desastre erótico, con los colores blanco y azul corridos por toda la cara debido al sudor y al roce constante con la piel de Cris. La peluca la llevaba chueca y la ropa apenas puesta con un desplante que solo alguien que lo pasó increíble podría tener.
Se despidió del grupo del primo con un gesto triunfal y se acercó a nosotros, que lo mirábamos con la boca abierta mientras caminábamos hacia el Metro.
—»Es que allá la cosa estaba más prendida y no andaban todos durmiendo como ustedes» —nos soltó con una risa maliciosa, mientras se acomodaba los restos del disfraz.
Caminamos escoltando a esa Lady Gaga trasnochada que venía de coronar la noche en la casa del vecino, dejando claro que en ese cité, mientras unos buscábamos refugio en el sueño, otros estaban escribiendo los capítulos más calientes de la jornada.
1 Comentario
Anónimo
mayo 13, 2026 a las 4:09 pmMe encantó como lo relataste 100/10