El gauchito I

Era dos años menor que yo, y se le notaba un poco en la carita de nene sin necesidad de afeitarse. Pero ya caminaba y hablaba como todo un hombrecito, como si hubiese pasado de la infancia a la adultez de un solo tajo.

Por esas épocas estábamos terminando la secundaria, aunque él faltaba bastante, sobre todo en épocas de cosecha o cuando había algún trabajo en el campo. Era habilidoso para todo y eso mis abuelos apreciaban pagándole con todos los encargos que fuesen necesarios cumplir.
Como yo aparentaba ser más aplicado solían pedirme que lo ayudara a ponerse al día cada vez que se atrasaba en los estudios, y de a poco fuimos amigándonos. Nos juntábamos a solas durante largas siestas mientras lo ayudaba a completar tareas, aunque muchas veces él simplemente terminaba todo a las apuradas y después se tiraba en mi cama para mirarme mientras yo garabateaba mis cuadernos.

Lo miré de reojo, tirado en la cama a lo largo y descalzo con el cabello despeinado. Debajo de las pestañas claras le brillaban los ojos. Entre los muslos separados ampliamente se empezaba a marcar una erección que me mostró con descaro. Tenía ganas pero no me animaba; me ayudó con su brazo y agarrándome la mano para tironearme hacia él. Un tirón cortito y claro que seguí fluyendo desde la silla hacia el suelo entre sus pies. Más allá de sus rodillas, rodeado de la dulce curva de los muslos su verga hinchaba el pantalón hacia el techo, empujando y dando saltitos de excitación.

Fue muy paciente y amoroso esa tarde, haciéndome probar el sexo por primera vez. Íntimos y entumecidos de vergüenza, fuimos desnudándonos; probamos cada uno lo que nos gustaba, hicimos una rara mezcla de sexo y cariño,

*

A la tarde pasó a buscarme, conduciendo una camioneta vieja y medio destartalada que iba levantando nubes de polvo por las calles del pueblo. Me subí calladito al asiento de acompañante y nos saludamos apenas. Yo con la voz baja porque estaba incómodo y no sabía cómo mirarlo a la cara, aunque el pareció más seguro de sí mismo. Manejaba rápido en las calles vacías y enseguida estuvimos en las afueras del pueblito.

Cuando la última casa quedo atrás recién lo escuche hablar preguntándome si había traído el lubricante que me encargó conseguir. Y me sonrió de costadito cuando le mostré el pomo que llevaba en la mochila. «¿Estas ansioso?» me tiro. Yo estaba más nervioso que otra cosa, porque no tenía ni idea de lo que me esperaba esa tarde ni cuáles eran sus planes.

El campo no estaba lejos, cosa de media hora para llegar y entrar hasta los galpones. Había un montón de máquinas viejas y sucias repartidas alrededor y un par de caballos daban vueltas por el pastizal. Fuera de eso, estaba desierto. Nos bajamos de la camioneta dentro del galpón, mientras la polvareda se asentaba alrededor y me llevo por una puerta hacia lo que parecía una casa pequeña de campo.
Había unas sillas chuecas, un televisor chico, y en una esquina un sofá viejo y medio derrumbado que parecía haber sido usado como cama ocasional.

Sin mediar muchas palabras me agarro del brazo y me llevo casi a la rastra hasta el sofá, y cuando quise sentarme en el me hizo parar con un gruñido. Se sentó el, bien despatarrado y cómodo y a los tirones me hizo entender que debía tenderme cruzado sobre sus rodillas y boca abajo.
Así, medio colgando sobre su regazo, se inclinó sobre mí para sacarse las alpargatas y estirar los pies grandes y blancos sobre el piso polvoriento. Así sentía el olor de su ropa y de su cuerpo rodeándome, pero no me dio tiempo a más. Agarro una alpargata y se incorporó.
Me sujetaba del cuello con la izquierda y me tironeo el pantalón de gimnasia para descubrirme el culo, después me acaricio las nalgas y me froto la suela de la alpargata sobre ellas. Todo lo hacia rápido pero suave, seguro de cada movimiento mientras yo empezaba a darme cuenta de lo que venía.

Sin una advertencia empezó a nalguearme con la suela de su alpargata. Me estrellaba el calzado contra el culo variando la fuerza, suave a veces, otras más severo. Cambiaba la dirección de los golpes buscando cubrirme todo el culo de marcas.
Lo escuchaba respirar ansioso, me había estado esperando para poder hacerme esto. Y ahora no me soltaba. Su mano áspera me sujetaba la nuca apretándome la cara contra el sofá mientras me castigaba. De a poco empecé a gemir y quejarme mientras iba perdiendo la vergüenza y me quebraba con los azotes.

Tenía un poco de miedo pero no me moví porque me sentía a gusto, apretado contra el sofá mientras me sacudía el culo a golpes secos. Me empezaba a arder suavemente la piel de los glúteos mientras el seguía dándome sin parar, entretenido en castigarme el culo hasta dejarme encendido y acalorado. Estaba gimiendo al borde de las lágrimas cuando me dejó bajar, descansando entre sus pies un ratito.

Sonrió un poco al verme respirar agitado y con los ojos llorosos; se paró para desnudarse y me puso la verga dura bien caliente contra los labios. No me demore nada en empezar a mamar; tenía ganas pero también esperaba que eso me evitara más nalgadas con su alpargata o peor. Ya veía que le gustaba jugar a lo rudo.

Las mamadas las disfrutábamos ambos, así que duró bastante. Me dolían las rodillas y el culo seguía ardiéndome mientras me esforzaba por tragarle el tronco de la pija. Me ayudaba dándome empujones y acomodándome la garganta con sus manos para entrarme más a su gusto. No tardé casi nada en empezar a babear desde el fondo de la garganta. De a poquito nos fuimos acomodando, ya me entraba bien la pija completa y la disfrutaba sintiendo la cabeza toparme en la garganta entrando y saliendo suave cubierta de babas.

Aprovechando que estaba húmeda de saliva me empezó a empujar el ano, hundiéndome la cabeza de la chota despacito; saliendo y volviendo a apretar me la iba metiendo despacio. Me relaje haciendo un esfuerzo porque no era el método más cómodo, pero me excitaba como me iba abriendo lentamente el orto. El dolor cedía de a poco, a medida que el culo se me estiraba para recibir la pija en su profundidad.

La dejó adentro, con toda su extensión empujándome el orto hacia el fondo mientras yo me acostumbraba al latido de la verga dentro de mí. Entonces me sorprendió con una nalgada que reventó en mi culo resonando en la habitación. El golpe fue duro, me ardió la piel y me sentí revolverme pero estaba preparado para mi reacción. Riéndose me sujetó del pelo con fuerza y otra mano me hundió la cintura desde la espalda quebrándome hacia la cama, sin dejar de apretarme la verga en lo profundo del culo.

Cuando me vio más tranquilo me soltó la cintura, pero no el pelo. Tironeaba fuerte así que me curvé hacia atrás; se me abrían las nalgas exponiendo mi intimidad a su entrada, y con la mano libre recogió trabajosamente la alpargata del suelo. Como no aflojó el tirón del pelo en ningún momento me hizo gemir adolorido; me calmó con un par de caricias en el culo: “Vos tranqui, putito. Recién empezamos.” No me hizo gracia el comentario, al sentir el roce áspero de la suela en el sitio ardido de la nalgada previa.

“Tu primera lección” me soltó, en la voz le adivine burla y altanería. La alpargata empezó a subir y bajar; la estrellaba contra mi culo penetrado y dolorido tranquilamente pero sin pausas, a la izquierda y a la derecha alternando el castigo como más le gustaba. No me soltaba el pelo y con las rodillas me sostenía las piernas bien separadas así que aunque intentaba caerme sobre la cama para escapar me volvía a subir y para el lado que me fuera ahí me esperaba la suela para volverme al centro de la posición.

Duro un rato domándome a golpes y sin que pudiese hacer nada más que aguantar; cuando me vio más sumiso fue espaciando los golpes. El culo se me había abierto completo y lo probó dándome un par de metidas controladas; le gustó y tiro la alpargata. Ahora las dos manos libres fueron directo a mi cuello y me cogió a pleno. Fue rápido pero concentrado, los topes me dilataban el fondo del recto como un ariete. Se me escapaban los gemidos y jadeos sin control, mientras me inundaba una sensación de calor interno inexplicable. El semen derramado parecía caldearme suavemente lo más íntimo, lo que acababa de entregarle al macho.

Disfrutando la acabada me apretó contra la cama y le paré el culo para que me penetrara aun un ratito más antes de desmontarme. Dormitamos un rato enredados sobre las sabanas mientras me bajaba de a poco el calor y calmábamos la respiración.

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