Con el casado del aseo

Trabajar en un lugar lleno de cámaras te obliga a volverte experto en ubicar los puntos ciegos. Sabes exactamente hacia dónde no apunta ningún lente. En el trabajo, el único rincón libre de vigilancia eran los casilleros.

Ahí fue donde la cosa empezó a cambiar con Carlos. Él había llegado hacía poco para encargarse del aseo. Es casado y tiene dos hijos; el último recién nacido, por lo que la intimidad con su esposa estaba en pausa absoluta y la tensión se le acumulaba bastante.

Todo empezó con bromas al pasar. Un día, tirándome una talla de que hacía rato no pasaba nada, me preguntó por mi orientación sexual. Sin rodeos, le respondí que era pasivo y todo lo demás.

Pasaron los días y las bromas se pusieron más directas:

—Oye, ¿hace cuánto que no lo chupas? —me dijo de la nada.

Me hice el loco y le dije que hacía más de un año que nada, a lo que me miró pícaro y me soltó:

—¿Estás bien cerradito, no?

—Sí —le contesté con una sonrisa.

Hoy me habla y me dice directo:

—Encontré un lugar donde me puedes pegar una chupadita rápida.

Y yo, ni tonto ni perezoso, le dije que sí.

El tipo estaba muy cargado; se notaba a leguas que hacía rato no recibía nada de amor. Mientras se lo chupaba, trataba de contenerse y no gemir, porque le gustaba demasiado cómo se lo hacía. No pasaron muchos minutos cuando se vino en mi boquita.

Fue mi primera vez tragándome todo.

Después de eso, cada uno se fue a hacer su trabajo como si nada, dejando el secreto en el único lugar donde las cámaras no nos podían ver.

Esto pasó hoy, jeje.

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