Con el guardia de seguridad
Soy bi, tengo 28 años, alto y moreno, trabajo como conductor de un camión. Siempre he ocultado mi gusto por los hombres; lo he aceptado, pero me gusta más salir con mujeres. He tenido muy pocos encuentros con hombres, y este es uno de ellos. Para meterme con un man necesito mucha, mucha calentura, me tienen que provocar demasiado.
En la empresa para la que trabajo transportando alimentos, hay algunos parqueaderos elegidos para dejar el camión. Cuando nos coge la noche en otra ciudad, podemos dejarlos en alguno de esos parqueaderos sin ningún problema. Hace unos meses, después de una jornada larga —eran cerca de las 11:30 de la noche—, me dirigí hacia el parqueadero. Era grande y al aire libre, solo tenía paredes y había muchos camiones estacionados ahí. Cuando llegué, el vigilante a cargo me dio las indicaciones para parquear en el lugar indicado. Cuando parqueé, me quedé unos minutos adentro del camión, y el vigilante se quedó cerca del vehículo. Cuando bajé, me alcanzó un tinto (o café, como le llamen) y comenzó a preguntar de dónde venía mientras él llenaba un minutero. Ese día yo llevaba vestido un jean con algunos rotos en la pierna, un esqueleto blanco y, encima, una camisa azul desabrochada.
Mientras él llenaba el minutero y yo me tomaba el tinto, comencé a sentir su mirada en mi pecho.
—¿A qué hora termina su turno?
—Todavía me falta mucho, hasta las 6.
Me respondió con una pequeña sonrisa. Tenía carita delgada y blanca, sin barba; había algo que me gustaba.
—Gracias por el tinto.
—Hay lugares donde no puedo hacerlo, acá es más relajado. A veces el frío es mucho. ¿No tiene frío con esa camisa desabrochada?
—Sí, un poco, pero ahorita llego al hotel, me ducho y a dormir.
Me quedé un rato más hablando con el vigilante. Hacía mucho que no veía a un hombre interesante, atractivo y guapo. Mientras hablábamos del trabajo, aún sentía su mirada en mi pecho; parecía que lo quisiera tocar.
—¿Piensas que tengo frío, o por qué miras tanto mi pecho?
Con una voz nerviosa, el vigilante me respondió que no y apartó su mirada de mi pecho. Me gustaba intimidarlo, pero había que aprovechar el momento a solas.
—¿O quieres tocarlo?
Él se rió con risa nerviosa y me dijo que no podía porque estaba trabajando. Nosotros estábamos por el lado del capó del camión; había visto que las cámaras solo apuntaban a las paredes y la entrada. Yo me reí, pero mi verga se estaba poniendo dura. Los flashbacks que llegaban a mi cabeza, viendo su boquita llena de mi semen, me prendían. Tomé su mano y nos metimos en medio de los camiones.
—¿Qué haces? Me van a llamar la atención.
—Yo sé que tú quieres.
Tomé sus manos y las puse en mi pecho. Él me vio a los ojos con algo de temor, pero de nuevo con su sonrisa bonita.
—¡Qué chimba! Se siente muy rico.
Me acerqué a su carita y comencé a besarlo. Sus besos eran muy cálidos y suaves.
—¿Me la vas a mamar?
Él, con su sonrisa de picardía, se inclinó de inmediato. Yo desabroché mi pantalón; él tomó mi boxer de la pretina y lo bajó. Mi verga, curva hacia la izquierda, salió en su cara. La tomó con una de sus manos y comenzó a mamarla. Chorreaba bastante saliva. Comencé a follar su boca de una manera intensa hasta que sus ojos se llenaron de lágrimas. Era muy rico.
Lo puse de pie y lo volví a besar.
—Tengo que irme, el supervisor no tarda.
—Un rapidín, prometo no demorar. Eres muy lindo.
Mi verga estaba muy dura. Le di vuelta al vigilante, se recargó en una de las puertas del camión y desabrochó su cinturón. Bajé su pantalón y tenía un boxer negro; se veía muy sexi. Su trasero era pequeño, parecía nuevo. Me incliné y abrí sus nalgas con mis manos. Pasé mi lengua por su culo, lo mamé rápidamente y, antes de meter mi verga, pasé uno de mis dedos y le hice un pequeño masaje. Tomé mi verga con mi mano y se la comencé a meter. Sus gemidos se sentían muy ricos, pero él estaba sintiendo algo de dolor.
—Agh, ¡mi culo!
—Estás apretadito…
Saqué mi cabecita, la llené de saliva y la volví a poner en su culo. Se comenzó a sentir como se abría del todo. Sus gemidos comenzaron a ser más fuertes, por lo que comencé a embestirlo más rápido.
Se veía tan increíble: al aire libre, con la noche encima, un ligero frío y el calor de nuestros cuerpos.
Cuando sentí que me iba a correr, saqué mi verga y le di vuelta de nuevo al vigilante. Se inclinó y, mientras yo masturbaba mi verga las últimas veces, volvía a sonreír de la manera más linda. Abrió su boca y mi primer chorro de semen cayó en su mejilla y su labio, mientras que los otros chorros cayeron en su lengua. Volvió a mamar mi verga, y cada vez era mejor la sensación; me encantaba cómo lo hacía. Él se levantó y se seguía masturbando para correrse. Lo besé de nuevo y, nunca lo había hecho, pero él me gustaba. Me incliné y mamé su verga de manera ligera.
—Vente en mi boca, hazlo.
Obediente, se siguió masturbando en mi cara. Sus chorros de semen salpicaron mi cara y mi boca; la primera vez que un hombre se corría en mi cara.
Nos cambiamos de ropa y, antes de salir, volví a besarlo.
—Eres lindo, y buen chico.
Y así nos despedimos.
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