Con el aspirante a militar

¡Hola a todos! Quiero contarles mi relato. Como los tres anteriores, ha sido una aventura que a veces parece inverosímil, pero es la pura verdad.
En mi país, Guatemala, antes era obligatorio presentarse al servicio militar. Si no se era permanente, se hacía en Reservas, por el conflicto armado que se vivió.
Como les conté anteriormente, he sido docente y, a mi corta edad, para que no me obligaran a ser parte del servicio, me presenté voluntariamente. El coronel que me entrevistó me hizo muchas preguntas académicas y, en lugar de ser un recluta, me contrataron para ser oficinista, con un grado de respeto.
Me ordenaron notificar a muchos para que se hicieran presentes a la sede de la brigada militar. Entre los que notifiqué había muchos conocidos del lugar donde vivía: era una gama de hombres de diversas complexiones —morenos, blancos, rubios, pelo negro, rizados y lacios— que llegaron a la cita. Claro, me hice de enemigos porque me consideraban vecino y cuate.
Lo mejor empieza con al que le llamaremos Jorge: 20 años, buena complexión. Cuando llega el momento de hacerles el examen físico, me voy dando cuenta de que no necesitaba rifle porque él ya lo tenía incorporado. ¡Una belleza! Pero él me hacía señas de que tenía miedo al servicio, por lo que les dije a todos que recibirían una nueva citación.
Esa misma noche fui a preguntarle si se sentía capaz de prestar servicio —claro que lo hice con otro propósito—. Él vivía en un caserío que tenía partes oscuras, donde había un aserradero. Me dijo que platicáramos afuera de su casa y allí me dijo que me daría lo que le pidiera con tal de no prestar servicio militar. Le dije que haría lo posible por ayudarlo, y me dijo que no importaba lo que le pidiera… Cuando terminamos de conversar, al retirarme, me dijo: “Mirá, llevás sucio tu pantalón”.
Ahí viene lo bueno. Le pregunto: “¿No me lo querés sacudir vos?”, a lo que me dijo: “Veni, yo sé dónde se te debe sacudir”. Me regresé al lugar donde estaba y me empieza a dar nalgadas; por poco siento que me caigo y me logro agarrar. “No te preocupes, mirá, yo también me ensucié, sacudime”, a lo que me dice: “Sacudirme esta”, y se va sacando una mazacuata que ya conocía, pero nunca pensé que lograría tenerla cerca para probarla.
Bajo y siento que esa cosa estaba por estallar. Me bajé y empiezo a lamerle la puntita donde salía el precum, súper delicioso, y me la deja ir de un solo hasta el fondo de mi garganta. La ensalivé demasiado, a lo que me dijo: “Voy a practicar tiro al blanco”, y me baja el pantalón y me lame mi orto. Sentí las nubes, la gloria: cuando me lamía el culito, me lo escupía, me metía un dedo, dos, y cuando sintió que estaba dilatado, me acacha y me la deja ir despacio. Por poco grito, pero había casas alrededor, y la deja ir al fondo con un movimiento de vaivén súper delicioso. Sentía como si estuviera preparando mi desayuno de salchicha y huevos, porque estos se estrellaban en mi sartén: unos huevos deliciosos que me hicieron prenderme. Sentía cómo su verga palpitaba dentro de mí, me decía cosas que me prendían, me mordía la oreja, me besaba el cuello —cabe mencionar que besaba súper delicioso, nunca había probado unos labios tan deliciosos—.
Empecé a escuchar cómo jadeaba y da un gruñido de placer que hizo que yo también terminara sin haberme tocado. Después de eso, me siguió cogiendo, y no prestó el servicio militar, porque la guerra que él tenía que pelear era de cogerme cuando quisiera.
Espero que les haya gustado este relato, que no contiene tanta escena erótica, pero les doy a conocer mis memorias.
1 Comentario
Anónimo
enero 30, 2026 a las 1:30 amSigue contando todas las historias que tuviste con el y con otros