El vendedor de zapatos – Parte VII

El vendedor de zapatos - Parte VII

Sus palabras, «Eu quero tentar de novo», todavía flotaban en el aire húmedo de la habitación. No hubo vacilaciones ni forcejeos, solo la certeza imperiosa de que esta noche cruzaríamos la última frontera. Juntos en la cama nos besamos como dos amantes que no conocían del tiempo ni del espacio. Aunque la lluvia había amainado afuera, la noche nos regalaba una luz tenue, casi ámbar, que se filtraba por la ventana, envolviéndonos en una atmósfera espesa, sensual y acalorada. El silencio del departamento solo era roto por el eco húmedo de nuestras bocas devorándose y el crujir de las sábanas de algodón bajo nuestro peso. La respiración se volvió agitada. Sentía el aroma de Gael inundando todo mi ser: una mezcla embriagadora de su perfume amaderado de siempre, ahora alterado por el sudor nuevo, el calor de la ducha reciente y el olor crudo a deseo masculino. Su barba, que antes me parecía de catálogo, ahora era una lija de seda que se hundía armoniosamente en mi pecho velludo. Cada roce de su vello facial contra mi piel pálida enviaba descargas eléctricas directo a mi entrepierna. Descubrí que Gael tenía una sensibilidad exquisita en el cuello. Al pasar mi lengua por esa zona —probando el sabor salado de su transpiración y el dulzor natural de su piel— lo vi prenderse como carbón en una chimenea. Sus pupilas se dilataron en la penumbra y un gemido ronco, vibrante, vibró desde su garganta hasta mis labios. Sentía su temperatura corporal y la mía como si fuesen una sola masa en ebullición. La fricción era hipnótica: la elasticidad firme de sus músculos de gimnasio contrastaba maravillosamente con el volumen y la blancura de mi propio cuerpo. Su piel lisa, casi de mármol tibio, resbalaba contra el relieve de mi torso velludo, creando una succión pegajosa que nos anclaba. Ese roce constante, esa fricción sorda de piel contra piel, era la testosterona pura que mi cuerpo necesitaba. Me sentía gigante, invencible. Sin pensarlo solté algo que ya no podía resistir.

-Te amo, Gael- le dije mirándolo a los ojos.
-Te amo, Karol- respondió dándome un beso donde su lengua ardiente quemaba mi boca.
– ¿Quieres intentarlo de nuevo? – pregunté.
-Si- me respondió de forma segura.

Una sonrisa se dibujó en mi rostro. Usando mi lengua comencé a descender desde sus labios, recorriendo su cuello, pasando por su torso, perdiéndome en sus pezones impecables y erectos, besándolos y acariciándolo con mi lengua para entregarle todo mi calor. Primero uno y luego otro. Seguí recorriendo su abdomen hasta llegar a esa selva frondosa y llegar a ese cilindro ardiente y carnal que mi boca deseaba. Lo tomé por completo, deleitándome con el sabor salado, almizclado y crudo del deseo masculino. Mi lengua jugaba con su sensibilidad, rodeando cada milímetro bajo el calor húmedo de mi boca, mientras escuchaba cómo la respiración de Gael se rompía en jadeos cortos. Sus manos largas se enredaron en mi cabello, tirando de él con esa dulce agresividad de quien está perdiendo por completo la cordura. Comencé con ese juego conocido, pero esta vez sería con un fin diferente. Entraba y salía, subía y bajaba, mi lengua recorría todo su perímetro haciendo un recorrido de un sonido original y satisfactorio. Descendí y encontré dos esferas porosas y densas, pero mi lengua era sagaz y recorrió lentamente una y luego la otra hasta volver a la punta y comenzar mi juego nuevamente. Mientras mis manos que iniciaron en ese torso blanco y delgado se movieron a una zona que prepararía el siguiente movimiento. Deslicé mis palmas anchas y ásperas por los años, por los costados de su cadera hasta aferrarme a la firmeza lisa de sus glúteos. Al sentir el peso de mi tacto en esa zona prohibida y vulnerable, los músculos de Gael se contrajeron y un escalofrío visible recorrió su piel de mármol. Me separé lentamente de su intimidad, arrastrando mis labios para dejar un rastro húmedo sobre su abdomen empapado en sudor. Subí hasta su rostro, atrapé su mirada color caramelo —ahora dilatada, salvaje, casi suplicante— y le murmuré sobre la boca: Date la vuelta, mi amor.No hubo vacilación. El hombre que había construido su propio imperio obedeció con una docilidad que me hizo temblar de poder. Se recostó boca abajo, hundiendo el rostro en la almohada y exponiendo la geografía pálida y perfecta de su espalda. Me acomodé sobre él, sintiendo nuevamente el contraste abrumador de mi volumen —mi pecho ancho, peludo y pesado— cubriendo su cuerpo delgado y tensado como la cuerda de un arco. Besé ese cuello erógeno y usé su espalda como guía hasta llegar al fin de esa zona prohibida. Lentamente con mis manos abrí ese espacio y acercando mi rostro deslicé un aliento cálido hasta mi boca entro en contacto con su piel. Mi lengua desarrolló esa habilidad de recorrer el espacio que se me habia negado, cobrando revancha de mis intentos anteriores. Movimientos rápidos y húmedos conectaban con la respiración entrecortada de Gael. Ese jadeo corto, preciso, ahogado fue lo que necesitaba escuchar. El aroma a pegamento había pasado a otro plano. Ahora todo olía a sudor, a lujuria, a deseo. Ver como ese cuerpo delgado se curvaba en una posición cóncava hacia arriba como si estuviese recibiendo una descarga eléctrica era la señal que siempre quise ver. Mi lengua dilataba esa circunferencia y veía como ese perímetro lograba aumentar su diámetro al son de sonidos ahogados en placer. Mis palpitaciones aumentaban junto con la presión corporal que sentía, el calor en el cuerpo de Gael emanaba cual vapor que abandona el cuerpo que lo alojaba. El cuerpo de Gael alargado contrastaba con sus movimientos involuntarios. Sabía que estaba listo para mí, pero necesitaba la experiencia completa. A tientas, alcancé el tubo de lubricante en el velador. El sonido espeso del gel rompió el ritmo de sus jadeos. Llené mi dedo índice y lo deslicé por la humedad que mi propia boca había dejado. El contraste del lubricante a temperatura ambiente contra el calor febril de su piel lo hizo tensar la mandíbula y soltar un gemido largo y vibrante. Introduje lentamente mi dedo y presioné esas paredes que en la ducha parecían inalcanzables. Esta vez el resultado era diferente. El trabajo previo hacía que los cierres fuesen involuntarios, pero no absolutos, más bien se sentían como un palpito rítmico. Presionar las paredes internas provocaban reacciones en sus músculos y ver como Gael se doblaba en ángulos llamativos solo sacaba mi instinto más salvaje. Seguí con la exploración y me interné más en Gael. Sus músculos no se alternaban para tensarse y relajarse. Sus puños cerrados se contraían y luego se estiraban. Su boca emitía sonidos que retumbaban en la habitación del departamento. El espacio al interior de Gael ya no se sentía como una jaula a presión sino como una expansión involuntaria caliente que solo pedía invitarme a no abandonar la expedición, a conquistar cada milímetro de su interior. Entendí la dulce exigencia de su cuerpo. Retiré mis dedos lentamente, arrancándole un quejido de protesta, de pura necesidad insatisfecha. Añadí más lubricante a mi propia anatomía y me posicioné. Mi pecho espeso y peludo rozó su espalda empapada en sudor, aplastándolo ligeramente contra el colchón.
—Te deseo tanto —le susurré al oído, con una voz oscura, cargada de una dominación absoluta que me nacía de las entrañas. La entrada fue un desafío majestuoso, una agonía lenta que nos quemaba a ambos en la misma hoguera. Entré en él milímetro a milímetro. Sentí cómo esa expansión caliente me recibía, ajustándose a mi relieve con una presión perfecta, húmeda y asfixiante. Las sábanas de algodón comenzaron a rasgarse bajo los puños de Gael; sus nudillos estaban blancos por la fuerza con la que intentaba asimilar mi tamaño, mi invasión total. Cuando finalmente me hundí por completo, la habitación entera pareció quedarse sin oxígeno en un segundo infinito. El silencio se quebró cuando Gael soltó un suspiro largo, tembloroso, un sonido gutural a medio camino entre el desgarro físico y una capitulación gloriosa. Estábamos encajados a la perfección. La última frontera había caído. Comencé a moverme, y el ritmo dictó su propia partitura obscena. El choque húmedo y pesado de mis muslos contra sus nalgas, la fricción hirviente, el roce de mi torso gigante aplastando su espalda delgada en cada embestida. La habitación apestaba a sexo, a sudor salado, a dos hombres consumiéndose hasta los huesos. Gael perdió el último rastro de ese control que tanto cuidaba. Se deshizo bajo mi cadera. Su respiración se quebró por completo y de sus labios, hundidos en la almohada, comenzaron a brotar súplicas desordenadas, gemidos roncos y exclamaciones en un portugués visceral que no necesitaba traducir. Escucharlo maldecir de puro placer, rogando por más fuerza, fue el combustible definitivo. El hombre que me sedujo una y otra vez con su sonrisa ahora era mío. Yo, el administrativo gris e invisible, estaba total e irremediablemente entregado a este hombre que vino de lejos solo para encontrar el placer en un lugar recóndito. El sudor me cegaba. Mis labios probaban la sal de su nuca; mis manos dejaban marcas rojizas sobre la palidez de su cintura, marcando mi territorio. El clímax subió por mis entrañas como un maremoto imparable. Cerré los ojos, encajando los dientes en su hombro, y me vacié dentro de él soltando un rugido primitivo. No podía contener más todo lo que Gael desataba en mi interior. En ese mismo instante exacto, su interior se contrajo en un espasmo violento, exprimiéndome con fuerza mientras su cuerpo entero se sacudía de placer debajo del mío, derramando su esencia sobre la blancura revuelta de la cama. Exhausto, me desplomé sobre su espalda, protegiéndolo con mi envergadura. Él giró el rostro hacia mí. Con los ojos brillantes de lágrimas por el puro alivio de haber soltado el control, me regaló la sonrisa más honesta que le había visto. Buscó mi calor, se acurrucó contra mi pecho y, arropado por mi tamaño, su respiración se fue calmando hasta quedarse profundamente dormido. Me sentí Dios. Acabábamos de decirnos «te amo». Le había ganado a la miseria de mi propia vida. Lo besé por instinto sintiendo esta vez su respiración entrecortada.
-Obrigado, mi urso- me dijo sonriendo con los ojos.

En ese momento, me perdí en él. Eso fue lo que quería sentir de aquí en adelante. Rendidos por la pasión nos dormimos uno frente al otro.

La luz fría, azulada y cortante del amanecer asomaba por las cortinas cuando abrí los ojos. El temporal de la noche había cesado. Me quedé inmóvil, respirando el perfume amaderado y el olor a piel desnuda que seguía impregnado en mis brazos. Miré a mi lado. Gael dormía con la boca levemente abierta, el cabello oscuro revuelto y la cara pacíficamente hundida en la almohada, rozando mi hombro. Mi pecho se infló con una paz que nunca había conocido. Yo, el administrativo gris e invisible de Chile, estaba total e irremediablemente entregado al amor de mi vida. Me acomodé nuevamente a su lado, sentir su calor era el combustible que hacía arder mi corazón, recorrer su piel era mi adicción. Decidí acariciar su cabello castaño y ondulado por la fricción de la noche anterior. Estaba absolutamente entregado hacia él. Ver su rostro dormido, con sus pestañas más largas de lo que recordaba, su nariz recta y su barba aún más revuelta y frondosa tan característica de él. Esos labios finos que coronaban esa boca que hace apenas unas horas me confesaba su amor, me besó el alma y me gemía suplicante en portugués. Despertó al poco rato y con los ojos entre cerrados me esbozó una sonrisa tan hermosa que supe que ese era mi lugar. Nos besamos con una ternura que no recordaba de la noche anterior y me quede a su lado. Ese fue el inicio de nuestra relación.

Ha pasado el tiempo mis queridos lectores y les debo confesar que esta historia la escribo desde mi escritorio en Novo Hamburgo. Brasil ha sido un país tan encantador y amable conmigo que no puedo expresar mi satisfacción en palabras. Debo confesar que no todo ha sido color de rosas especialmente porque extraño mi país y el frío del cual siempre me quejaba lo extraño con fuerza porque es la excusa perfecta para quedarse arropados junto a quien amas en una casa acogedora y porque el portugués no ha sido fácil de escribir (porque es más fácil hablarlo que escribirlo). A pesar de ello, el idioma no ha sido una barrera para encontrar trabajo acá y vivir feliz con el hombre que me robó el corazón. En unas horas más debo salir rumbo a Porto Alegre. Gael me ha invitado a una cena importante. Pero, aunque intentó ocultarlo, mi curiosidad pudo más y ya sé la razón de esa cena. Encontré una caja pequeña escondida en el armario. Consulté con algunos amigos de él y uno soltó la verdad ¡Me enteré que Gael me va a proponer matrimonio! Estoy demasiado ansioso por llegar a Porto Alegre. Finalmente, después de tanto tiempo tendré el final feliz con el que siempre soñé y el comienzo de una nueva etapa…

Que ganas de haber escrito eso y fuese verdad…pero la historia se desarrolló de otra manera y lamentablemente este blog es para relatos eróticos y mi historia con Gael tomó otro rumbo que no puedo expresar acá. Me encantaría que comentaran donde puedo publicar la historia completa y completar la historia de lo que realmente pasó para quienes quieran leerlo. Muchas gracias a quienes siguieron esta historia hasta acá porque ha sido realmente terapéutico. Cariño a mis lectores

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3 Comentarios

  • Anónimo
    abril 11, 2026 a las 7:18 am

    Según yo igual podrías contarlo en este mismo blog. Ya hay entradas de ese tipo (no 100% eroticas) aquí, al final es el desenlace de la historia y estoy seguro que a más de alguno (incluyéndome) me gustaría saber en qué termina tu historia con Gael. Un abrazo.

  • admin
    abril 11, 2026 a las 1:00 pm

    Estimado

    Soy el administrador del sitio web, te comento que Kyunix también está destinado a la publicación de historias no sexuales, si tienes una historia de amor o desamor, por favor anímate a contarla en nuestra página, si tienes dudas, por favor contáctanos a relatogay7@gmail.com

  • Anónimo
    abril 11, 2026 a las 4:06 pm

    Ya estaba bueno! Por fin la parte VII. Me encantó como terminó el relato y cómo terminaste tu. Felicidades.
    Oye, pero en adelante déjate sorprender! Una caja con un anillo escondido… qué será? Para qué será? 🤭🤭🤭
    No le preguntes a nadie 🤭 y disfruta de la sorpresa. Hay ansiedades que igual son entretenidas de vivir.
    Por lo demás, te mando muchos éxitos en tu nueva etapa y felicidades por haber encontrado literalmente «la horma de tus zapatos» 🫰🏻🫰🏻🫰🏻

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