El chico vendedor de pomadas alivia todo
Soy de Tijuana, Baja California, México. Hace poco, el mes pasado, agosto de 2026, estaba lavando en la lavadora. Creo que era un sábado, cuando mi madre, mi hermano y mi cuñada salieron de paseo al centro a visitar a unos parientes. Yo no quise salir porque me gusta aprovechar para descansar en mis días de descanso. Me levanté tarde, como a las 12 del día. Encendí la lavadora y me puse a lavar. Mientras la máquina trabajaba, yo miraba videos porno gay.
Entonces tocaron la puerta. La verdad, casi no me gusta abrir porque a veces son los hermanos religiosos o son vendedores. Yo andaba caliente como para atenderlos, porque ya andaba con la verga parada, y andaba en short negro, camisa de tirantes y sandalias. Ya sabes, en casa, cómodo. Bajé las escaleras y abrí la puerta. Pero tenemos dos puertas: una mosquitera de metal y la interior de madera. Cuando la abrí, era un chico de 18 años.
—Hola —le dije.
Y me dijo:
—Buenas tardes, andamos ofreciendo la pomada X.
Me preguntó que si alguien tenía diabetes, cosas de esas, ya saben. Le dije que nadie y que los que podían comprar no estaban. Bueno, el chiste es que de tanto insistir, ya saben cómo son. Me dijo:
—Traemos unas pruebas, ¿si me permites pasar para darte la muestra?
Y yo, caliente, dije: «Claro». Lo dejé pasar, se sentó en la sala y me dijo:
—¿Dónde quieres la muestra?
Le dije:
—En mi espalda, porque me duele un poco.
Empezó a ponérmela, algo helado la verdad, esa cosa. Y mientras me la ponía, me empezó a hacer preguntas: que si estaba casado, que cuántos hijos tenía, que si vivía solo y dónde trabajaba. Bueno, yo como si nada le contesté. Con la plática, la verga se me bajó.
Me dijo:
—Listo —y me levanté.
—¿Y cómo te sientes? —me preguntó.
Le dije:
—Bien, fresco. Es normal.
Y yo, como andaba caliente, la neta lo que quería era culiar. Mirar a este morrito que llega a mi puerta y yo solo, y con la verga bien caliente de mirar videos. Ni atención le puse a la tal pomada. Levanté mis brazos y como que al morro le gustaba mirarme los pelos de las axilas. Me agarré la verga por encima de mi short y luego metí una de mis manos para agarrar mis huevos y mi verga, para ver qué hacía. Y me dijo el morro:
—Mira, no te metas las manos ahí porque te va a dar frío.
Yo solo me reí, pero coquetamente. Y dije: «Ya cayó el morro». No, le dije:
—Es que tengo rasquiña.
Y le dije:
—¿Quieres meter tu mano?
Y solo se rió el morro. Y se agarró también su verga. Yo me bajé el short y le dije:
—Mira cómo está.
Yo andaba bien caliente, con la verga ya para tirar todos los mecos que estaba a punto de disparar. Cuando me acerqué a él, le agarré las manos y las puse en mis huevos y mi verga, y nos empezamos a besar. Se desabrochó el pantalón y el cinto, y se bajó el pantalón hasta las rodillas. Yo se la empecé a mamar. Era chica, pero con muchos pelos. La verga y los huevos le olían a sudor de los que andaba caminando por las calles. Y él me la empezó a jalar. Me decía: «Déjame ver tu verga». Me agarró los huevos y la verga, bajaba y subía su mano. Metía su mano por debajo de mis huevos hasta lograr meterme un dedo en mi culo.
Yo andaba bien caliente. También mi short estaba en el suelo. No me importaron los vecinos de los lados que miraron cuando entró. Solo quería seguir de caliente, fajando. Era tan rico. Se la mamé un rato y luego él también. Me dijo el cristiano:
—Voltéate, quiero mirarte el culo.
Y lo dejé. Me volteé y le enseñé mi culo. Me lo mordió. Me decía:
—Estás bien rico, wey. Mira qué culo.
Me lo mamó como nunca. Pienso que el morro ya sabía mamar porque sabía hacerlo algo bien. Me sentó en su verga, pero solo la punteó. Yo no aguanté y le dije:
—Ya, wey, porque ya tenemos como media hora aquí solos.
No se me levantó y cuando me levanté, él también se levantó y me agarró el pinche morrito. Me dijo:
—No, wey, ahora quiero culiar.
Me mordió las orejas y me la metió de un jalón. Yo solo la sentí hasta el fondo. Como andaba caliente por los videos porno que ya había mirado, solo dejé que siguiera. El morro me la metía una y otra vez, hasta que sentí su respiración y me dijo:
—Ya me voy a venir, wey. ¿Dónde los quieres?
Yo andaba más caliente que la verga, solo le dije:
—Donde sea.
Me llenó de leche el culo y yo solté mis chorros de mecos también. No sé cómo terminamos casi al mismo tiempo, sin hacer mucho ruido, porque vivo en departamentos y los pinches vecinos todo escuchan. Me subí mi short y él su pantalón. Nos besamos y le dije:
—Deja una muestra o un volante para la otra que vengas.
Solo se rió y nos despedimos. Pero insistía que le comprara. Pero ya estaba bien culiado y él bien deslechado, se fue contento, jejeje. Esta fue lo que me pasó por atender a los vendedores.
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