El Técnico y el Viejo

Federico tenía 27 años y trabajaba de técnico de aire acondicionado. Era de esos tipos que no parecen técnicos: alto, ancho de espaldas, brazos marcados de tanto cargar herramientas, piernas gruesas. Y un culo. Un culo grande, duro, redondo, que el overol azul le apretaba de una forma que no dejaba dudas. Cuando se agachaba a revisar un motor, el overol se le tensaba atrás y las dos nalgas se le marcaban como dos panes recién horneados.

El cliente se llamaba Don Héctor. Setenta y dos años. Viudo. Vivía solo en una casa vieja del barrio, con un patio con parrilla, un perro viejo y un aire acondicionado que se rompía todas las semanas. O eso decía él.

Federico iba todos los jueves. Y todos los jueves, Don Héctor lo recibía con la misma frase:

—Ay, pibe, menos mal que viniste. Se me rompió otra vez.

Y Federico entraba, y arreglaba el aire, y Don Héctor le pagaba, y se iba. Así durante meses.

Don Héctor era un viejo vergón. No de esos viejos flacos y encorvados. Era un tipo grande, de espaldas anchas, con manos enormes de haber trabajado toda la vida, panza dura de asado y vino, y una cara de zorro que ya había visto todo. Viudo desde hacía cinco años, pero no muerto. Vivo. Muy vivo.

Y Federico lo empezó a notar. En las miradas. En cómo le miraba el culo cuando se agachaba. En cómo se le paraba al lado, más cerca de lo necesario, cuando le explicaba lo que había que arreglar. En cómo le rozaba la mano al pasarle la plata.

—¿Vos sos casado, pibe? —le preguntó una vez.
—No, don.
—¿Y novia?
—Tampoco.

Don Héctor se rio.

—Un pibe así, con ese cuerpo, y sin nadie. Qué desperdicio.

Federico se rio también. Y no le dio importancia. Pero se la dio. Porque esa noche, en su casa, se acordó de la cara del viejo, de las manos grandes, de la voz ronca. Y se tocó pensando en él.

El siguiente jueves, Federico llegó como siempre. Tocó el timbre. Y Don Héctor abrió la puerta… en calzoncillos.
No en pantalón corto. En calzoncillos. Unos calzoncillos blancos, viejos, anchos, que le colgaban flojos. Y nada más. El torso al aire, con el pelo gris del pecho, la panza dura, los brazos gruesos. Y abajo, en el calzoncillo, un bulto que se marcaba. Un bulto grande, pesado, que le colgaba hacia un costado.

—Perdón, pibe —dijo Don Héctor, rascándose la panza—. Hace un calor de la puta madre. Pasá, pasá.

Federico pasó. Y sintió que el corazón le latía un poco más rápido.
Don Héctor lo llevó al patio, donde estaba el aire acondicionado. Y Federico se puso a trabajar. Se agachó a revisar el motor, y sintió la mirada del viejo en el culo. No fue disimulada. Fue una mirada entera, larga, pesada.

—¿Y? —dijo Don Héctor—. ¿Qué tiene?
—Nada —dijo Federico, sin darse vuelta—. Está bien. Capaz que es el gas.
—Ah, el gas —dijo el viejo, y se acercó. Se le puso al lado, muy cerca. Y en un momento, apoyó la mano en la espalda de Federico. Una mano grande, caliente, áspera.
—¿Te molesta si te miro? —preguntó Don Héctor.
Federico se dio vuelta. Lo miró. El viejo estaba ahí, en calzoncillos, con la mano en su espalda, mirándolo con esos ojos de zorro.
—No —dijo Federico—. No me molesta.
Don Héctor sonrió. Y no sacó la mano.

Federico siguió trabajando. Pero ahora con el viejo al lado, mirándolo, tocándole la espalda de vez en cuando, pasándole la mano por el hombro, por el brazo. Y en una de esas, cuando Federico se agachó otra vez, Don Héctor le puso la mano en el culo.
Abierta. Entera. Sin disimulo.

—Qué culo, pibe —dijo el viejo—. En serio. Qué culo.
Federico se quedó quieto, agachado, con la mano del viejo en la nalga. Y sintió que se le ponía la piel de gallina.
—Gracias —dijo.
—No, en serio —insistió Don Héctor, y le apretó la nalga con toda la mano—. Esto es un culo de macho. Un culo de verdad.
Y después, sin sacar la mano, se le acercó más. Y Federico sintió algo duro apoyándosele en la cadera. Miró de reojo. Y vio el calzoncillo del viejo estirado. El bulto ya no colgaba. Ahora apuntaba. Estaba erecto. Y se marcaba en el calzoncillo blanco, manchado en la punta, con una mancha húmeda que se veía desde lejos.

—Don —dijo Federico—. Usted está…
—¿Qué? —dijo el viejo, mirándose—. Ah, sí. Y bueno. Es lo que me hacés, pibe. Me tenés así desde que entraste.
La entrega

Federico se paró. Quedó frente al viejo. Y el viejo, sin decir nada, le agarró la cara con las dos manos y lo besó. Un beso grande, de viejo, con lengua, con gusto, con hambre. Federico se dejó. Y sintió la lengua del viejo en su boca, y las manos del viejo en su culo, y el cuerpo del viejo pegado al suyo.

—Sacate el overol —dijo Don Héctor, cuando cortó el beso.
Federico se lo sacó. Quedó en remera y calzoncillo. Y el viejo le miró el bulto, que ya estaba duro también, marcándose en el calzoncillo.
—Mirá vos —dijo Don Héctor—. También estás así.
—Sí.
—¿Por mí?
—Sí.

El viejo sonrió. Y le bajó el calzoncillo de un tirón. La verga de Federico saltó, dura, parada, goteando. Y el viejo se agachó y se la metió en la boca. Sin preámbulo. La chupó entera, hasta el fondo, con la experiencia de un viejo que había chupado muchas. Y Federico gimió y se agarró de la pared.

La perra

Don Héctor lo chupó un rato. Después se paró, se sacó el calzoncillo, y le mostró la verga. Grande. Gruesa. Roja. Manchada de leche en la punta, palpitando.

—Ahora —dijo el viejo—, ponete en cuatro.

Federico se puso en cuatro. Ahí nomás, en el patio, sobre el pasto, al lado del aire acondicionado. Con el culo grande levantado, abierto, ofrecido. Y el viejo se puso detrás.

Le escupió. Le escupió en el agujero, y después le pasó el pulgar, mojándolo, abriéndolo. Y Federico gimió y bajó la cabeza. Y el viejo, sin más, le apoyó la verga y empujó.

Entró entera de una sola vez. Federico gritó. Un grito largo, ahogado. Y el viejo se quedó quieto un segundo, adentro, sintiéndolo. Y después empezó a moverse.

Despacio al principio. Agarrado de las caderas de Federico, embistiendo lento, marcando. Y después más fuerte. Más rápido. Sin piedad. Como un viejo que sabía lo que hacía y no tenía apuro.

—Así —decía Don Héctor—. Así, putita. Tomá.

Y Federico tomaba. Con la cara contra el pasto.

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