Con el vagabundo
Antes de casarme, honestamente probé muchas cosas que no son muy heterosexuales, pero había dejado de insistir y me dediqué a mi nueva vida. Sin embargo, me invadió la curiosidad de ese ambiente, sobre todo las sensaciones. Un día, saliendo del trabajo, me marcó mi esposa y me dijo que pasara a comprarle unas cremas a un laboratorio que conocemos y que cenara algo, porque no había cena en la casa ya que habían llegado visitas. Así que antes de entrar al laboratorio, pasé a una hamburguesería que hay al lado y se me acercó un chavo con una cubeta y un trapo. Me dijo que me lavaba el coche y que le diera lo que fuera para que comiera. Le dije que lo acababa de lavar, pero que gracias. Entonces me dijo que me hacía lo que quisiera: un mandado, me boleaba los zapatos, me compraba mi despensa o hasta me la mamaba, porque quería el dinero. Yo solo solté una carcajada y le dije que no se preocupara, que pidiera lo que quisiera que yo lo pagaba. Me dijo ya en voz baja y de cerca que la verdad quería para su vicio, pero que en serio estaba dispuesto a todo. Le pregunté cuánto era lo que necesitaba y dijo que $200, que son como 10 dólares americanos aproximadamente. Le dije que si era en serio eso de hacer lo que fuera, que tomara el dinero y lo veía en 20 minutos. Se fue corriendo. Yo pasé por las cremas y me subí al coche, y de repente me tocó la ventanilla. Era él. Le abrí para que se subiera y me dijo: «Ya estoy aquí, patrón, usted dirá». Ya traía la cara lavada y se veía más activo que hacía rato. Le pregunté si no asaltaba o traía armas, y dijo que no, que por eso se había sincerado conmigo, porque me veía buena persona y no me podría hacer nada malo. Le dije que ahí había mucha gente y nos fuimos a un baldío. Estacioné y apagué el coche. Se volteó hacia mí y dijo: «Usted dirá». Le dije que se la sacara, y hasta ni me entendió. Se lo repetí y se la sacó. No se le veía por la oscuridad y el coche, así que le toqué y sentí cómo se empezó a hacer grande. Se bajó el pantalón para que no estorbara nada y la viera bien. Me pasó la mano al cuello y me dijo: «¿Puedo?». Le dije que sí, y me jaló para que se la mamara. Así lo hice, aunque su sabor era algo ácido, pero no me resistí. Después de un rato le dije que se pasara para atrás, y así lo hizo. Yo traía un labial para que no se resequen los labios, se lo unté y me acomodé para sentarme en él. Pero antes de llegar abajo, él se levantó la cadera y me entró hasta la raíz. Le dije que despacio, y dijo: «Cállate». Me jaló la cabeza para ponerme en 4. Él se levantó, puso una rodilla en el piso del coche y la otra doblada al lado, y me agarró de la cintura para hacer más profundo el movimiento. Me encantaba la fuerza con la que lo hacía, y hasta gemía de placer porque aparte me nalgueaba de vez en cuando. Pero el coche se movía mucho y me dijo: «Hay que salirnos, si no se va a madrear tu suspensión». Le dije que sí, y nos fuimos a la parte de atrás del coche. Puse mis manos en la cajuela y me empiné un poco, pero me dijo que me quitara el pantalón para que me abriera más las piernas. Así lo hice, pero al ponerme de pie me volvió a jalar para seguir mamándosela. Así lo hice, y después ahora sí me empiné en el coche y me abrió las piernas con sus pies. Entró de golpe y profundo. Me daba unos empujones de ensueño, y de repente paró y me dijo que me tirara en el piso bocarriba. Pero había mucha hierba, así que puse un cartón que traía en la cajuela y me acosté. Me levantó los pies en sus hombros y me levantó un poco la cadera para alinearlo a su miembro, y de nuevo me empujaba super fuerte, que hasta me sacó del cartón por el movimiento. Yo ya estaba más que satisfecho, pero él no se venía. Me dijo que me volteara y me puse bocabajo y abrí mis piernas, pero él me las cerró y entró así. De nuevo empezó a darme durísimo, pero no me la sacaba tanto, sino que me la metía al fondo y de ahí hacía movimiento más hacia dentro. Levanté ligeramente mi cadera para poder tocar mi pene, que estaba escurriendo de precum, y no tardé nada en venirme. Al venirme se me comprimió el esfínter y escucho que él grita y siento también su venida: litros y litros de leche caliente que me aventaba dentro. Ya después saqué unas toallas húmedas para limpiarnos, y me dijo que ahí lo dejara. Me fui a la casa y al llegar le dije a mi esposa que me había hecho daño la cena, y al hacer me salió con un buen de presión. Dijo que mejor ya no cenara en la calle. Con el chavo aquel nos hemos topado algunas veces, y cada que nos encontramos le invito su vicio y él me da durísimo.
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