Bajo el techo militar

Todo empezó un lunes… o martes, la verdad no lo recuerdo bien. Lo que sí recuerdo perfectamente es el momento en que lo vi.

Un amigo me presentó a otro amigo suyo al que no veía desde hacía tiempo. Militar. 22 o 23 años. Yo, 20. Nos presentó en la universidad, todo normal, tranquilo… hasta que empezó a mirarme diferente.

Ese mismo día me invitó unas líneas de coca. La energía cambió. Las miradas se sostenían un poco más de lo normal. Había algo eléctrico.

Tres días después, viernes. Decidimos tomar desde temprano en la uni. Entre risas, alcohol y desmadre, Jeremy le mandó mensaje a Alfonso. Llegó. Se integró. Tomamos más. Y en algún punto, ya no era casualidad la forma en que me rozaba o cómo me miraba la boca cuando hablaba.

Alfonso decidió invitarnos a su casa. Compró comida, más alcohol. El ambiente se volvió más pesado, más cargado. Entre música, risas y vasos vacíos, no sé en qué momento él y yo desaparecimos.

Terminamos en el baño.

Ahí fue donde todo explotó.

Me besaba lento, profundo… con hambre. No era un beso tímido. Era un beso de alguien que sabía lo que quería. Sus manos firmes en mi cintura. Mi espalda contra la pared fría. Sentía su respiración caliente mezclándose con la mía.

Bajé la mano. Desabotoné su pantalón. Lo miré a los ojos antes de arrodillarme. Él no dejaba de mirarme. Cuando lo tomé en mi boca, soltó un suspiro que me encendió más. Me movía despacio al principio… disfrutando su reacción. Después más profundo, más intenso. Él me dijo después que fue una de las mejores mamadas de su vida.

Lo más morboso: toda su familia estaba en la casa.

Nos llamaron. Tuvimos que salir. Supuestamente ya nos íbamos… pero mis amigos se fueron y me dejaron ahí.

Me fui. Pero él me llamó para que regresara.

Y regresé.

Esa segunda parte fue todavía más fuerte.

Fumamos mota. Seguimos tomando. Él llevó más amigos. Yo intentaba actuar normal, pero había algo pendiente entre nosotros. A medianoche ya estaba acostado, casi dormido, cuando me llegó su mensaje:

—Ven.

Subimos al techo. Tenía su cuarto ahí. La noche estaba oscura, el aire frío… y nosotros ardiendo.

Nos besamos como si nadie pudiera vernos, aunque abajo estaba toda su familia. El riesgo hacía todo más intenso. Me pidió que se la chupara otra vez. Se la saqué sin dudar.

La tenía dura, perfecta, rosita, con esa ligera curva hacia abajo. La sentía pesada en mi mano. La tomé en mi boca y él empezó a jadear. Me agarraba del cabello. Me decía cosas al oído. Me pedía más.

Entre besos y movimientos, me la metió un poco. Lo suficiente para hacerme perder el aliento. Estuvimos así dos o tres horas… explorándonos, disfrutándonos sin prisa. Era pura química.

Cuando empezó a gemir más fuerte supe que estaba cerca. No dejé de moverme. Sentí cómo su cuerpo se tensó… y terminó viniéndose en mi boca. Me quedé ahí, saboreándolo. Dulce, ligeramente ácido… caliente.

Esa noche fue intensa. Prohibida. Arriesgada.

Y honestamente… quiero que se repita.

(Los nombres utilizados en esta historia fueron únicamente para facilitar la narración y entender mejor los hechos. No corresponden a los nombres reales de las personas involucradas).

¿Te gustó el relato?

¡Haz clic en una estrella para puntuarlo!

Promedio de puntuación 4.5 / 5. Recuento de votos: 37

Hasta ahora, ¡no hay votos!. Sé el primero en puntuar este contenido.

💬 Escribe un comentario

1 Comentario

  • Anónimo
    febrero 20, 2026 a las 10:15 pm

    Cuéntanos la segunda parte de la historia

💬 Deja tu comentario

×

Reportar Relato

SALTAR AVISO