Mi Colega y Yo (PARTE II)

Leí que a varios les gustó mi historia con Jorge, que querían saber qué había pasado, si era real o no. Pero es un secreto que no contaré: el único. Agradezco a los que dicen que no escribo como chileno y eso es porque lo soy y no lo soy a la vez. Mientras escribo, una voz habla conmigo en otro idioma, con otras letras y otros símbolos más parecidos a la Estrella de David que cuelga del cuello de Jorge que a los trazos que yo puedo dibujar.
Les dije que Jorge y yo nos fuimos varias veces juntos de vacaciones y nadie lo notó, pero eso no fue fácil. Después de haber follado en el estacionamiento del Mall del Centro de Concepción, que me dejara en mi departamento creyendo que después de eso empezaba una linda historia de amor, OK estúpido y romántico yo, las cosas siguieron como si nada. Jorge siguió atormentando al Departamento Jurídico con sus requerimientos, con sus problemas, con las preguntas que solo velaban por sus intereses. Yo no tenía que ver con su área así que no tenía contacto con él profesionalmente. Yo me quedaba solo en la oficina los martes y jueves, días en que Jorge se dejaba caer con su computador personal y terminábamos pasando el día juntos.
Mi jefe sabía de nuestra amistad.
– Mientras no te guste ese idiota- me decía mi jefe- Todo va a estar bien.
– No te preocupes, no me gusta. Sólo lo encuentro interesante- le mentía y me mentía yo.
Pero Jorge se paseaba por los programas del Servicio con carpetas llenas de requerimientos, los entregaba, decía que les dejaba la inquietud y seguía a atochar a todos con sus problemas. Todos lo odiaban, salvo yo. Después volvía a Jurídica y se dejaba caer en un asiento que no le pertenecía. Tomábamos café como si nada hubiera pasado y eso me molestaba. Me abrazaba fuerte, buscaba tocarme como antes… pero algo había cambiado. No sé que le pasaba, no sabía si se sentía culpable, si se arrepentía de haberse dejado llevar por mí a algo que supuestamente no conocía. Y las conversaciones profundas y estúpidas volvieron.
– La gente se ríe que seamos amigos- me decía- Varios creen que yo te estoy usando o que tú me estás usando a mí. Algunos me han dicho que yo te gusto.
Me molestaba. Era como que si él no hubiera sido el hombre que me había buscado, como si todo hubiera pasado en mi cabeza solamente.
– No es el caso – le dije yo- No me gustas.
– ¿Ni un poquito?
– Lo que más me gusta de ti es lo único que no me sirve de nada: eres un buen papá.
– Bueno pero tú sabes… que si yo te llego a gustar, yo no tengo miedo a…
– Me sé ese discurso, Jorge- le dije mientras le servía café desde mi pequeña roja prensa francesa- Dices que no tienes miedo, pero estás muerto de miedo.
Jorge sonrió y bebió un sorbo de café. Extendió su mano por sobre el escritorio y acarició mis dedos. Yo quité la mano. La verdad es que yo no sabía que quería: estar con él otra vez u olvidarlo todo. Bebimos café, nos acabamos el medio litro que permitía mi jarrito decantador y saqué la tapa cuando su pie tocó el mío.
– Disculpa- le dije – voy a lavar esto antes que se forme un lodo…
Tomé mis cosas y me fui a lavar. Jorge me siguió al baño. Me encontró frotando el vidrio de la prensa francesa con las manos desnudas. Me abrazó inocente, me dijo que qué me pasaba y yo no dije nada.
– Me encanta ser tu amigo- dijo.
– Los amigos no se comen, creo…
– ¿No quieres ser mi amigo?
No dije nada y él cerró la puerta. Me rodeó con sus brazos por la cintura y empezó a besarme el cuello. Podía sentir su bulto presionando y rozando mi trasero. Pero la verdad, yo no estaba de ánimo para ambigüedades. Lo empujé despacio, alejándolo de mí.
– Es eso…- me dijo levantando las cejas con expresión de oveja a punto de llegar al matadero- Ni siquiera quieres ser mi amigo.
Me senté en la taza del baño y cubrí mi rostro con las manos. Sé que habló, tal vez demasiado, pero no lo escuché. Estaba demasiado ocupado repitiéndome que no quería esto para mí. Lo quería como amigo, estaba yo dispuesto a olvidarme de lo que había pasado. No sé cuánto dijo, pero si recuerdo que en un momento, ante mi indiferencia, se desabrochó el cinturón y me quedó mirando:
– Tengo miedo… tengo miedo que solo querias culiarme.
– Jorge, por la chucha… si sólo quisiera culiarte, ya lo conseguí y no te seguiría hablando. Eres un hijo de perra en la vida en general… pero conmigo no- le dije- No te mereces algo así, mereces que te traten bien.
Levanté la cabeza y vi sus ojitos llenos de lágrimas, como cuando fui el único que recordó su cumpleaños y le llevé un regalo. No sé como se dejó caer tan rápido sobre mí, sentándose en mis piernas. Me abrazó muy fuerte, me acariciaba el cabello y se pasaba las manos por la cara tratando de hacer desaparecer sus lágrimas. Le tomé las manos y besé sus dedos. Nos miramos por varios segundos sin decirnos nada.
– Te quiero mucho- me dijo- Si te aburres de mí, nunca dejes de ser mi amigo.
Lo callé con un beso que él correspondió acariciándome el pecho, nuestras lenguas jugaban, las manos de él subieron por mi cuello y acariciaban mi barba. Respiraba agitado pero se tranquilizaba cada vez que yo lo tocaba un poco más. Y es que no perdí el tiempo: lo apegaba a mí sujetándolo del culo, lo apretaba y acariciaba alternadamente. Alguien golpeó la puerta, tratando de entrar. Nos quedamos en silencio, sin movernos, hasta que sentimos que otra vez estábamos solos. Jorge se puso de pie, se miró al espejo, volvió a pasarse las manos por los ojos y se arregló la ropa:
– ¿Quieres que nos veamos después del trabajo? – me preguntó en un susurro- Puedo comprar alguna cosa, algún trago…
– Me basta con que estés tú.
Arqueó las cejas y estuvo a punto de tirarse sobre mí otra vez, pero no lo dejé. Esta vez lo hice yo. Lo empujé suavemente contra el muro y volvimos a besarnos. Sus dedos desabrocharon los primeros botones de mi camisa, me tocaba el pecho, jugaba con el poco pelo que tenía. Nos separamos porque sino ahí mismo volvemos a repetir la follada del auto, y él salió primero, rápidamente. Yo cerré la puerta con llave, también arreglé mi ropa. Me miré en el espejo y salí tras un rato. No sabía que alguien nos había visto.
Quedamos de juntarnos en su departamento del centro. Me pidió que llevara una botella de vermú rojo y dos naranjas. Yo me sentía como un pendejo de octavo básico a punto de llegar a una convivencia. Traté que no se notara que me había vestido para él así que terminé usando una polera negra, de la misma marca que ocupo para ir al gimnasio, porque me quedaba semiajustada y era cómoda, jeans negros, chaqueta de cuero. El asunto se volvió más divertido cuando me abrió la puerta de su departamento vistiendo exactamente igual a mí: polera negra y jeans negros. Se rió y me recibió con un beso en la mejilla. Le entregué la botella, las frutas, listo para descubrir otro aspecto de él que no conocía. Jorge me llevó hasta su bar. Peló un poco de càscara de naranja y mezcló gin, vermú y campari. Me dio un vaso de licor rojo, me dijo que sabía que me iba a gustar:
– Negroni…- le dije yo, bebiendo un sorbo- Literalmente fui yo el que lo puso de moda con mis arribistas compañeros de colegio.
– ¿En el colegio? ¿Vienes de un colegio de alcohólicos?
(En efecto, sí. Estudié en el concepción de Pedro de Valdivia, donde todos me miraban en menos. Long story short, aprendí a jugar con sus reglas porque nunca fui uno de ellos, yo era hijo de profesionales sin una herencia cuantiosa sobre sus hombros, nada interesante en mi vida. Así que aprendí a compensar eso con gustos raros para un pendejo de 17. Cuando ellos se curaban con chelas yo me paseaba por los carretes con un vaso de negroni en la mano, trago que sólo yo sabía preparar. Mis habilidades de coctelería no sólo me valieron el apodo de Joaquitros, Joaquín+Litros, sino que además le hacían justicia a la resistencia legendaria de mi hígado. Pero eso, sería otra historia)
Me quité la chaqueta y me acerqué a Jorge. Chocamos nuestros vasos y bebimos juntos sin decirnos una palabra. Permanecíamos de pie, separados por la barra del bar, él puso la mano sobre la cubierta y yo coloqué mi mano sobre la de él, acariciándolo. Me sentía protagonista del chiste de los amigos que se comen y deciden echarle la culpa de todo al alcohol, así que se ponen a tomar. Pelamos a la mitad del Servicio y terminamos tomando un segundo negroni.
– Me gustas- le dije, logrando que se pusiera colorado- Siempre has sido lindo conmigo.
– ¿Esta es la parte en que terminamos bailando en pelotas y follando como enfermos arriba de la mesa de centro?
– No creo – miré la mesa a mi espalda- Porque esa mesa no va a aguantarnos a los dos encima.
– Buena salida- él empezó a preparar el tercer trago.
Yo, algo alegre, no podría decir que ebrio, le entregué mi vaso y caminé hasta la mesa. Tomé el control remoto y prendí la televisión. Se abrió de inmediato Spotify y puse la primera canción. Fue así como escuché la voz de Ale Sergi: ¿Quién es tu seductor, tu rey y tu peón? ¿Quién ocupó el lugar que siempre ocupe shoooo? Me reí para mis adentros y volteé para recibir mi trago. Lo dejé en la mesa y lo tomé de las manos. Él también se deshizo de su vaso y me abrazó.
– En tu historia- le dije- ¿Bailamos…?
– En mi historia- negó con la cabeza – La historia nunca pasa.
– Hasta que pasa.
Nos abrazamos, moviéndonos despacio. Jorge escondía su cara, agachaba la cabeza hundiéndola en mi pecho. Yo le acariciaba el pecho con una mano y con la otra tocaba su cintura. Jorge se movía muy despacio, tratando de llevar el ritmo absurdo de esa balada llorona. Y cuando Ale Sergi se preguntaba por quién era ese nuevo amor al que le han ocultado, yo aprovechaba de levantar su mentón y besarlo. Y es que algunas historias si pueden tener un final feliz, ¿no crees?
– Me gustas- me dijo- Te quiero mucho…
Yo ya lo sabía. Sus manos subían por mi cuerpo, bajo mi polera, así que usé eso como excusa para quitármela. Al verme, él me imitó. Volvimos a pegarnos así, yo sentía su pecho casi lampiño rozando el mío. Jorge sonreía, feliz. Para cuando la canción hubo terminado y la lista se sumergía en otra canción de Miranda!, esta vez una que hablaba de una amistad, que se aprovechaba que habían tomado tanto, se siguieron besando y se agarraron, exactamente lo que estábamos haciendo. Jorge me quitó el cinturón y yo hice lo mismo. Al poco rato estábamos pegados, los dos en boxers negros de la misma marca de dos letras, besándonos, acariciándonos sin importar que mierda decían las canciones. El hielo de los vasos se seguía derritiendo cuando nos quitamos la ropa interior. El contacto con su piel era exquisito. Su pija dura rozando la mía, nuestros cuerpos unidos sin estarlo. Jorge ríe, algo ebrio. Me abraza, me aprieta, no deja de mirarme con su carita de borrego. En algún punto de este baile absurdo, voltea y su culo se apega a mi pico, mi verga empieza a deslizarse por su rajita, pero no me importa. ¿Sabes? Lo único que me interesa es abrazarlo, retenerlo. Jorge se tambalea, se sujeta del sillón y se pone a reír. Se sienta desnudo y trata de alcanzar su vaso.
– Eres un idiota- me dice, burlándose y bebe un sorbo- Quieres estar conmigo y eso es una gran debilidad.
– ¿Debilidad? – le pregunto.
Jorge se acomoda desnudo en el sillón. Su pene duro trata de ocultarlo, como si fuéramos protagonistas de una bonita serie de Disney. Me acerco a él y lo beso, mientras mis manos bajan hasta su culo, acariciando sus nalgas y buscando su ano. Y yo, estúpido yo, empiezo a besar sus piernas, porque no puedo sacarme de la cabeza sus melodías. Me meto entre sus muslos, besándolo, él levanta sus piernas, lo que me permite besar sus bolas, bajar con mi lengua en un hilo de saliva hasta su agujerito apretado. Jorge gime extasiado, siente como su hoyito se moja con mis besos y no puede parar de gemir.
– Joaco- me dice, llamándome con mi diminutivo- No pares…
Y le obedezco. Mi lengua sigue buscandolo. Su agujerito cerrado se abre con cada una de mis lamidas. Y siento como pasa: mis labios lo tocan, lo beso y él contrae su culito, aprieta su ano como tratando de besarme devuelta. Sus manos me alcanzan, me atrae hacia él y me lanzo esta vez a besarle los labios. Pensé se incomodaría porque acaba de besar su agujerito pero todo lo contrario: él sonríe, me atrae también con sus piernas, que se empiezan a acomodar alrededor de mi cintura, sus pies presionan mis nalgas suavemente. Mi verga se desliza dura sobre su ano mojado mientras mis labios se pasean entre su boca y su cuello. Mis manos acarician su pecho, sus tetillas paraditas, tratando de ignorar la estrella de David que cuelga de su cuello. Trato de retroceder para buscar un condón de mi billetera, pero Jorge adivina mis intenciones y me sujeta de las manos.
– No quiero condón esta vez- me dice- Pero si tu lo prefieres…
– Deberíamos.
– Literalmente he tenido sexo con tres personas y una de ellas eres tú.
– Wow… no quiero tu vida.
– Te la doy de todas formas.
Me hizo reír y volví a besarlo. Él aprovechó esto para tomar mi pene y llevarlo hasta su agujerito. Yo estaba tan duro que la cabecita entró sin dificultad. El apretó los labios, mordiendo suavemente mi boca. Tranquilo, le dije yo, si tenemos todo el tiempo del mundo. Su culo estaba muy apretado, me costaba, me contenía. Tranquilo, le decía yo diciéndomelo a mi mismo, no tienes que apurarte. Pero no me hacia caso: con sus manos presionó sus glúteos, tratando de abrir más su ano. Con ese estimulo mi pija entró sin problemas en él. Gimió tan fuerte que pensé en detenerme pero lo miré, con el rostro enrojecido, las tetillas tan paraditas y su pija dura rozándose con mi ombligo.
– ¿Te duele? ¿Estás bien? – pregunté.
– Ni se te ocurra sacarla – me dijo.
Así que me dejé llevar por él. Lo embestí hasta que mi pene estuvo complemente adentro. Lo besé otra vez y me alejé para mirarlo. Tomé sus pies y los apoyé en mi pecho: podía ver la base de mi pija desaparecer en su culito, mis pelitos chocar con su ano. Retrocedí un poco, sacándola y volví a empujar. Jorge volvió a gemir. Su verga seguía tan dura, sus huevitos redondos y a punto de explotar. Repetí el movimiento, haciendo como que salía y volvía a entrar. Esta vez no gimió fuerte. En vez de eso tocaba mis piernas, trataba de atraerme más hacia él, lo que no era posible. Yo continuaba hipnotizado entrando más y haciendo como que salía sólo para entrar otra vez. Él me miraba con su expresión más inocente, absolutamente impropia de su edad. Es mayor que tú, me repetía yo intentando distraerme, pero no lo parecía. En un momento retrocedí tanto que sólo quedó la cabeza de mi pene en su interior y volví a meterlo de una sola vez. Sé que le dolió pero no dijo nada. En vez de eso apretó su ano y no sé bien como me atrajo hacia él, haciéndome caer sobre su cuerpo. Nos besamos desesperados como la primera vez, como que si al detenernos fuera a faltarnos el aire. Yo no quería cerrar los ojos porque me gustaba ver su cara de placer. Jorge sonreía y gemía suavemente. Sus piernas me apretaron, podía sentir sus talones presionando mi espalda baja. Sus manos en mi espalda y sus dedos se enroscaban sobre mi piel. Los labios de Jorge seguían fundiéndose con los míos cuando empezó a apretarme más: soltó como tres quejidos seguidos y se estremeció. Yo casi no sentí los pequeños golpes, ni los chorros de semen que mojaron su barriguita y la mía, porque más pegados no podíamos estar. A los pocos segundos sentí que estaba mojado y él ya no se movía como antes. Entendí que se había corrido, pensé que debía retirarme: Jorge no me dejó. Su mano derecha subió hasta mi mentón, me dirigió para que no parara de besarlo:
– Tienes que usar tu culito – me dijo – Porque es solo tuyo.
– No te preocupes, estoy bien…
– Pero si yo quiero ser tuyo.
Lo miré y fue un gran error. Su rostro tenía esa expresión de inocencia, las cejas arqueadas hacia arriba y una mirada de tristeza en sus ojos. Le acaricié el rostro otra vez, besando su cara y su cadena de plata. Volví a presionar, tratando de entrar más y no, no pude. Retrocedí a punto de salir y volví a embestirlo algo más fuerte que las veces anteriores. Yo sabía que no iba a durar mucho así que traté de repetir la misma tarea pero lo vi una vez más. Le sujeté con mis manos sus muñecas y me dejé caer sobre él, besándolo. Y cuando mi lengua empezaba a juguetear otra vez con sus labios, mi pene regresó una vez más a rozar lo más profundo de su culito. Jorge lo presintió y susurró que me quería mucho, pero yo no pude aguantar más. Mis embestidas desesperadas se convirtieron en golpes, en espasmos y manotazos de ahogado que buscaban sobrevivir a su ternura y a mis propios deseos de hacer que esta segunda vez fuera una más de tantas. Mis chorros de semen llenaron su culito y sé que él los sintió: gimió exactamente al compas de mi descarga. Me dejé caer sobre él, cansado. Jorge me acariciaba la espalda, me desordenaba el cabello, me mantenía pegado a él con sus brazos y piernas. Mi pija seguía dura y mojada en su culo. No se cuantos minutos pasaron antes que saliera medio blanda de su ano. Él se estaba quedando dormido. Le di un beso en la frente y lo tomé en mis brazos.
– No puedo creer que puedas cargarme – me dijo – Si debo pesar más que tú.
– ¿Me dejas que te acueste? ¿Me dejas cuidarte?
– A mí nadie me cuida.
– De ahora en adelante, yo.
Lo llevé en brazos hasta la cama. La verdad es que no sé como moví el plumón y las sábanas sin soltarlo. Lo acosté y me acomodé a su lado. Yo ya sabía como iba a terminar esa noche, porque las experiencias pasadas se confabulaban en mi cabeza como recuerdos listos para repetirse. Porque me acordaba de mi ex, que cada vez que follábamos me daba la espalda esperando que yo lo abrazara. Asi que sabía que esta situación iba a ser lo mismo. Me recosté a su lado y traté de abrazarlo por la espalda, cucharita como decimos en Chile. Yo pensé que Jorge dormía, pero me equivoqué. Él volteó y me dio un beso. Pasó su brazo tras mi cuello y se acomodó perfectamente a mi lado, mirándome. Sus ojos volvieron a cerrarse cuando dejó caer su mano sobre mi pecho.
– Voy a aceptar que me cuides – me dijo antes de dormir.
Yo le di un beso en la frente.
Jorge formaba parte de una asociación de funcionarios. Yo era el abogado asesor de la otra. En ese tiempo, era una guerra civil en mi Servicio. Una pelea absurda por la hegemonía que se salió de control. Primero fue en la oficina, después el conflicto se hizo público con mensajes anónimos en redes sociales subidos desde cuentas falsas de nombres recurrentes. En esos mensajes se etiquetaba al servicio usando el “@”, revelando cosas que no era necesario investigar, que no era necesario que todos supieran que había pasado. Uno de esos posteos en Instagram decía: “El Director del Biobío está colocando a sus amigos en todos los puestos de poder. Porque no es el director de todos, es el director de y para sus amigos. Y es amigo de los maricones. Que diría la Contraloría si supiera que bajo su ala las jefaturas de gestión y jurídica tienen paseos juntos al baño. El director y ellos dos saben a que me refiero con paseos y con juntos”. Cuando mi jefe supo de ese post, escupió el café: desde comunicaciones creían que era él. Al leer Instagram yo me reí, no podía creer el nivel de ociosidad de las personas. La noticia llegó a Jorge y él no lo encontró divertido. Confiaba en que yo podía cuidarlo, pero entendió que no podría protegerlo de todo el mundo. Yo tendría que demostrarle que lo iba a intentar.
Espero que les haya gustado. En mi cabeza, no es posible contar una historia netamente erótica sin un contexto. Y este es mi contexto. Estas son las letras que muestran el punto en el que estamos. O no, porque hay una tercera parte lista para salir. Hasta entonces, yo te voy a cuidar.
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