Leche de campo
Debo confesar que me pregunté muchas veces si contar esto o no; pero bueno, si lo están leyendo es porque me animé. La cuestión pasó hace un par de años. En vacaciones, terminando las clases, fuimos a pasar el verano a la casa de mi abuela, en una zona rural que prefiero no nombrar para no soltar tantos detalles. Es un pueblo, más o menos, aburrido, donde lo único que se puede hacer es ir al río a bañarse.
Para romper la monotonía el municipio había desarrollado la Fiesta de la Chicha, estas fiestas costumbristas que suele haber en los campos: venta de comida típica, shows folklóricos y mucho alcohol.
Yo fui con mi familia, llegamos como a las cinco de la tarde. El lugar era muy lindo, como esas clásicas postales de calendario: aserrín en el piso, gente a caballo, trillas, puestos de comida y el ruido del escenario que golpeaba en los oídos. Nos sentamos a comer y compartir un rato. Con el pasar de las horas, la gente se empezó a emborrachar. Se podían ver viejos y jóvenes tambaleándose al paso, algunos meaban entre los árboles, pero nada escandaloso. No opacaban el evento, mi abuela había dicho que la gente era así. Yo dije que quería mover las piernas y que aprovecharía de ver la feria artesanal al otro costado. Nadie me quiso acompañar —todos estaban con el estómago pesado de tanto comer y beber borgoña—, así que fui solo. La feria era como en todos lados: artesanías en macramé, dulces caseros, arte en cuero y esas cosas.
Sentí un peso en la nuca, ese que notas cuando alguien te mira. Me volteé y vi a un hombre de unos treinta y tantos. Alto y macizo, con jeans, una camisa con los botones de arriba desabrochados y un sombrero de huaso. «Está guapo», pensé. El hombre me siguió mirando con un vaso en la mano y, antes de llevárselo a la boca, inclinó la cabeza sutilmente para saludarme. No lo conocía; en realidad no conocía a nadie. Le respondí tímido el saludo y seguí mirando el puesto de chocolates artesanales en el que estaba.
Volví a lo de mi familia, que se habían movido al escenario para ver el show. Un conjunto folklórico que cantaba y bailaba cuecas. Me quedé un rato, pero estaba aburrido. Seguí pensando en el saludo del hombre, pero no quería pasarme rollos, tal vez era la gente del lugar que solo era amable pero, intuí, había algo pícaro en su mirada.
Me dieron ganas de mear, así que le avisé a mi papá y fui al sector de los baños químicos al fondo. Entrar allí me dio asco. Mejor me metí entre los árboles; como ya estaba oscuro, era perfecto para que nadie me viera. Cuando iba llegando al lugar —por bendita casualidad o porque él quizá ya lo había previsto—, me topé con el hombre de hacía un rato. Iba a lo mismo que yo. El sector era amplio, a los pies de un cerro y lleno de matorrales para orinar tranquilo.
—Buenas noches, joven —me dijo.
Le contesté y se puso al lado mío. Sacó la tula, sin pudor, y se puso a mear. Yo seguí en lo mío, pero no podía evitar mirarlo. Su miembro estaba flácido, pero se veía grande, de hombre. Terminó y se sacudió más de la cuenta; mientras lo hacía me miró:
—Usted no es de acá, ¿cierto? —Me trataba de usted, lo cual me prendía—. Se nota por lo bonito que es.
Me la tiró de una. Me sonrojé y le dije que tenía razón, que yo no era del pueblo. Mientras se subía el cierre se acercó para saludarme, me extendió la mano, la misma que unos segundos atrás se sujetaba el pene.
— Gonzalo, para servirle. ¿Con quien tengo el gusto?
Le dije mi nombre mientras nos saludamos y me empezó a sacar conversa, de lo más natural, como si ignorara el lugar y el momento en que estábamos. Pude notar que estaba medio entonado, pero no borracho. Me siguió halagando: que le gustaba mi estilo, que se notaba que venía de la ciudad y sin darme cuenta lo tenía a pocos centímetros, me habló y sentí su aliento a alcohol, yo no me corrí por qué quería ver hasta dónde era capaz de llegar.
Me volvió a insistir que le había gustado mi estilo y mi polera. Al decirme eso, me tomó de la cintura, pegado a mí. Sentí su miembro a la altura del estómago. De inmediato esa vibración en todo el cuerpo. Caliente por la obvia insinuación, le seguí el juego. Le dije que él también tenía buen estilo, mientras le tomaba los brazos, que se notaba que eran fuertes. Sentí en el estómago el bulto más y más duro; me lo frotó lentamente. Me estremecí.
«Ya está», pensé. «Que me haga lo que quiera». Seguí recorriendo sus brazos y me dijo:
—¿Le gustan?
—Sí, me encantan, pero me gusta más otra cosa —le respondí, mientras bajaba la mano para palpar el bulto.
El se rió, pícaro de nuevo. Con sus manos me tomó el mentón y me llevó hacia arriba para que lo mirara.
— Lo puede tocar todo lo que quiera—dijo.
Yo solo atiné a besarlo, ni tonto, no sé en qué otro momento se iba a dar algo así: un macho alto y maceteado que me quisiera follar. Me respondió apenas el beso y después me tiró el pelo y me llevó la cabeza atrás.
— Espérese un poco, que nos pueden ver — advirtió. Su tono era dulce y dominante.
Me llevó más al cerro, por entre medio de los árboles, llegamos a un lugar más oscuro. Las luces y ruidos del evento se sintieron lejanos. Ahí me besó apasionado, o más bien, desesperado. Tenía sabor a ponche en la boca. Me tomaba fuerte, con manos firmes pero me seguía tratando de usted.
Mientras me tocaba y besaba, me decía que le había gustado apenas me vió, que le gustaban los pendejitos así: menuditos y con buen culo. Le intenté sacar el cinturón y metí mi mano dentro de su boxer. Toqué su miembro caliente, la cabeza húmeda asomándose y se me hizo agua la boca.
—¿Lo quiere probar? —adivinó.
—Sí —dije con cara de putito.
Me arrodillé y lo sacó fuera, era un miembro grueso, de buen tamaño. Cuando me acerqué sentí ese olor rico a bolas sudadas, a macho. Me lo puse en la boca y traté de comerlo entero, sin dejar de mirarlo a los ojos. Él me tiró el pelo y gimió. Empecé a mamar como ternero, le masajeaba las bolas mientras lo hacía. Tenía un gusto salado y medio dulzón, exquisito, y se lo dije:
—Mmmm… ¿por qué te sabe tan rico?
Solo se rió. Me empezó a follar la boca duro, yo hacía arcadas pero no podía, ni quería, dejar de mamar. Mi garganta cedió y me la comí entera. Mis labios chocaban con sus pelos y sentía ese aroma a sudor entre las piernas. Seguí mamando un buen rato. Pero quería más, así que para provocarlo me la saqué de la boca y me empecé a pegar con su pene en la lengua mientras lo miraba. Y como olía tan rico, me lo empecé a frotar por toda la cara.
Funcionó. Me levantó y nos besamos; puso su mano por debajo de mi short y me metió un dedo en el culo. Como estaba cerrado, lo sacó, lo lamió y lo volvió a meter. Esta vez entró un poco; yo me dejé dedear. Me volvió a mechonear. Me dio vuelta, me apoyó en un árbol que estaba cerca y bruscamente me bajó el short y el bóxer dejándome semi desnudo.
Me empezó a nalguear fuerte, bruto, como hombre de campo, yo solo movía la colita. No podía ver mucho pero de seguro tenía las manos marcadas. Se agachó, me abrió los cachetes y me pasó la lengua, de abajo arriba, por el hoyo. Me empezó a comer el culo como loco. Gemí de placer, no lo podía creer. Me metía la lengua e incluso la nariz en el ano, mientras gemía como un animal, de manera ronca y salvaje. Yo, apoyado en el tronco, sacaba más y más la cola. Me folló con su lengua.
Luego de un rato paró, quise darme vuelta pero me dió una tierna cachetada y me dijo:
— Quédate ahí, mierda.
Ya no me trataba de usted. Pero no importó, yo me dejé no más. Se puso detrás de mí y apoyó el pico entre mis cachetes. Mi cola estaba toda babosa y me empezó a pasar el miembro calentito entre las nalgas. Se pajeaba con mi culo. El muy maldito ponía la cabecita en la entrada de mi hoyo, amagando que lo iba a meter, y no lo hacía. Lo hizo tres veces, ahora él me provocaba. Yo movía el culo en círculos como perrita en celo, quería tenerlo dentro, el hoyo me pedía. Volvió hacer lo mismo y ya no aguanté, le pedí con voz de putito:
— Ya, metemela por favor, metemela.
— Eso quería escuchar, que me lo pidiera. Sus deseos son órdenes.
Se escupió y me metió la cabeza de una. Chillé. Fui moviendo el culo para que entrara el resto. El huaso entendió y me la mandó a guardar entera. Sentí sus pelos en el culo. Dejó su miembro quieto adentro un momento para que mi hoyo se amoldara, mientras gemía en mi oreja. Luego empezó a bombearme, primero lento y después bruto. Grité como perra porque estaba muy rico y dolía. Me tapó la boca. Sus manos tenían aroma a cigarro. Lo que no pudo tapar fue el sonido, como aplausos, de su pelvis chocando contra mi culo.
Me relajé, ya no había dolor, el hombre sacaba el pene por completo y lo volvía a meter. Bruto, como si quisiera demostrar lo fuerte y macho que era. Mientras me seguía tirando el pelo y dándome cachetadas.
— Papi, quiero montarte— le pedí cuando me soltó la boca.
Enseguida buscó un lugar donde acostarse, se bajó los pantalones hasta los zapatos. Por mi lado, como andaba con short, me saqué todo, solo quedé con las zapatillas puestas. Tomándole el pene con una mano, me senté en él. Comencé a cabalgar, su pico era grueso y su cuerpo también. La diferencia de tamaño se hizo evidente en esa posición. No sé cómo pasó tan rápido: de estar en el evento a estar desnudo montando a ese desconocido que me doblaba la edad. Sentimos ruidos de gente a lo lejos, por un camino cerca de donde estábamos. Me tapó la boca y me hizo el gesto para que guardara silencio. Las personas iban conversando, pero yo no pude dejar de montarlo, y lo hice despacio para no meter boche. Me tomó de las cinturas y cuando la gente parecía lejana, volví a saltar arriba del pico como enfermo. Regresó el sonido de aplausos. Mientras follábamos me decía que estaba rico, que tenía el culito mejor que mina, que me quería culiar todos los días. Y mientras más me hablaba, más fuerte lo montaba. Me avisó que se venía. Le dije que me preñara.
— ¿Seguro?— preguntó.
— Sí, quiero lechita, dejame preñadito.
Eso lo volvió loco, me tomó el culo a dos manos y empezó a taladrar fuerte. Ya no era necesario saltar, él estaba haciendo todo el trabajo. Yo solo movía la colita y la cintura, en círculos, cosa que a los hombres les encanta. Dame leche papi, empecé a pedir. Me pegó una cachetada y me dijo:
— Ya mi amor, ahí le va la lechecita.
Y aumentó el ritmo. Yo tenía apoyada las manos en su pecho y sentí cómo su corazón se aceleró. Ambos empezamos a gemir fuerte, no nos importó que alguien pudiera estar cerca. Sentí tres lechazos en el culo y su pene latiendo dentro de mí. Me vine de una en su estómago. Caí apoyado sobre él, que me cubrió con sus brazos y sin sacarme el pene del culo, que se fue haciendo flácido y terminó saliendo junto con un chorrito de leche que me recorría el hoyo.
Estuvimos abrazados un rato, hasta que sonó mi teléfono: era mi papá, enojado. Tuve que vestirme rápido, pero me hubiese quedado allí toda la noche. Intercambiamos números y me fui con el culo adolorido, chorreando. Feliz por la mejor cacha que me habían dado.
2 Comentarios
Anónimo
abril 29, 2026 a las 11:26 amy volvieron a verse?
Anónimo
mayo 2, 2026 a las 3:06 pm10/10 me encantó, quisiera saber si hay mas partes 😏