🇲🇽 México🌈 Relatos gay✍️ Anónimo📅 septiembre 21, 2026

Mi vecinito Panchito

Como saben en otros relatos de mi vecino Pancho, les platicaré cómo siguió la relación de amigos, pero como novios, amantes y al mismo tiempo hombres en la calle, pero calientes cuando nos mirábamos. Con el simple hecho de mirarnos. El Pancho siempre fue un morrito algo tímido, reservado, porque era un poco antisocial, pero cuando llegaban sus primos era otra cosa, se volvía más atrevido. Ya saben, el tipo “me las sé todas”, como seguía en la universidad, pero yo sabía que la dejaría pronto porque francamente no se miraba que le gustara mucho. Eran solo 4 hermanos, pero casi ninguno estudió.

Una vez estaba solo en casa porque los demás salieron no sé para dónde, pero llegarían tarde. Llegué a la casa después de estar en la calle con amigos. Después de llegar, estaba por agarrar agua cuando tocaron la puerta, y dije: “De seguro son algún vendedor o los religiosos”. La puerta de la casa es cristalina, se puede ver de adentro, pero de afuera es de metal. Fui a ver quién era y era mi vecinito Panchito. En cuanto lo miré se me paró la verga al instante. Ya sabía yo a lo que venía, porque como vive enfrente de la casa, él sabía cuándo estaba solo. Y abrí, le dije: “¿Qué onda, Pancho? ¿Qué se te ofrece?”. Y como siempre andaba en short el morrito, sandalias, playera, y otras veces hasta sin camisa. “¿Qué ondas, wey? ¿Qué están haciendo?”, me dijo el Pancho. “Nada”, le dije yo, “voy llegando. Pásale”, le dije, “y cierra la puerta, por favor”.

A mí me calientan machín cuando los morros usan shorts flojos, de esos de futbol. Y este wey, las piernas algo formadas porque también jugaba, tenía varios pelos en las piernas, negros. Eso siempre me calentaba porque ya sabía que el culo y la verga estaban bien enselvados, ya saben, llenos de pelos. Entró y se acomodó en mi cuarto y se acostó en la cama, y yo pues fui a tomar agua. “¿Y qué andas haciendo?”, le dije. “¿Ya saliste de la universidad?”. “Sí”, me dijo. “¿Y cómo andas, wey?”. Y me dijo: “Ya sabes, wey”. Y se agarró la verga por encima del short. Yo también andaba caliente, pero yo traía pantalón y camisa de tirantes porque ya estaba más cómodo.

Me acosté a un lado de él y él mirando el celular, y yo, como siempre soy más aventado, le metí mi mano por entre las piernas hasta llegar a sus huevos y la verga. Ya estaba bien parada, calientita, y un pinchi ramal de pelos. Ya estaba lubricando el wey, y lo miraba de reojo y él solo mirando el celular. Le dije: “Al salte, quiero quitarte el short”. “Sí”, dijo. “También tú quítate el pantalón”. Porque también le gustaba mirarme la verga y agarrarme los huevos y el culo. Este morro, tiene un vergón como de unos 20 cm, derecha, blanquita y bien gruesa. La neta estaba bien dotado el Panchito. Yo se la jalaba y él también me la quiso agarrar y jalármela. Los dos juntos en la cama estábamos jalando como buenos vecinos.

Yo estaba bien caliente y el Pancho también respiraba bien rápido, cosa que nunca había hecho. Me agarró y me dio un beso como por un buen rato. No sé cómo, pero yo estaba en las nubes, que no me acordaba ni cuándo llegarían a la casa mis padres y hermanos. Yo se la mamé porque estaba bien sabrosa esa verga, con un chingo de pelos y los huevos grandes colgando como bolsas, la verga dura, blanca y una cabeza blanca súper rica. Yo quería que me culiara, pero a la vez la neta lo pensaba porque yo sabía que me dolería o no la aguantaría. Ese pinchi morrito la neta estaba bien vergón el wey y bien peludo. El Pancho se calentó machín el wey, que me agarró mi verga y mis huevos. La mía media más chica que la de él, como 18 cm, y más delgada. Me dice: “Wey, métemela. Tengo ganas de sentir una verga”. La neta, wey, sí, me dijo. “Primero mámame el culo, wey”. Y sí lo mamé y lo mamé. Era un culo wey de sueño, blanquito, peludito y de morrito. Aparte era mi vecino.

Ya yo lo estaba puntiando con mi verga para metérsela por ese culito, y en ese pinchi momento que escuchamos que abren la puerta principal. “A la verga”, dije. “Súbete el short, wey”. Y yo me subí el pantalón. Eran mis padres que volvieron de donde andaban. La neta que si no escucho abrir la puerta, no me doy cuenta y me agarran culiándome al Panchito. “¿Y hola?”, dijeron mis padres. “¿Ya llegaste?”. “Sí”, les dije, “volví temprano”. Y miraron al Panchito, mi vecino, pero como ya lo conocen: “Hola”, le dijo mi mamá, “¿cómo están, Pancho? ¿Qué andas haciendo?”. “Nada”, dijo, “solo vine con el Abel”. “Bien. Bueno, los dejamos”. Ese día él se fue y le dije: “Para otro día”. Solo reímos por todo lo que pasó.

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