Primo mecánico

Un primo y yo fuimos muy curiosos en nuestra juventud, nuestras mamás no sabían de nosotros.

Pasado el tiempo yo me junté con una chava, pero la relación se rompió. Esos encuentros con el primo se me olvidaron porque se fue a estudiar a la CDMX. Pero un día su padrastro, que era mecánico, tenía una camioneta de mis papás, así que fuimos a verlos para recogerla. Mi mamá llevaba comida y mi papá cerveza, así que nos íbamos a tardar.

Al llegar a su casa nos atendieron. Como yo había comido, no quise comer, y su padrastro le dijo que me llevara al taller a ver si ya estaba la camioneta. Así lo hicimos. En el camino me preguntó qué tal mi vida de casado, y yo me quejé por aquello del amor, que no siempre es sencillo, cosas así. Íbamos tomando cervezas con música a alto volumen, así que para escucharlo bien me acerqué a él. La conversación tomó un rumbo medio raro, porque terminó diciéndome que mejor debería probar otras cosas. Cuando le pregunté a qué se refería, me dijo que si no me acordaba cuando éramos vecinos. Hasta escupí la cerveza por el recuerdo que de golpe me llegó. Se rio y le dije que a qué se refería, y me dijo: «No te hagas wey, ¿a poco no te acuerdas? Si yo todavía me la jalo al recordarte». No sabía qué decir, solo le dije que eso era pasado, que ya lo había superado y olvidado. Pero por dentro sí me dio curiosidad de volver a vivir esa adrenalina. Se la sacó y estaba enorme y muy venuda. Solo me reí, y me dijo: «A ver, la tuya, sácatela». Le dije que no, que ya no me gustaba eso, que era cosa de niños. Y dijo: «Nel, si eso no se olvida», y se la sacudía. Decía que a poco no había hecho nada con nadie, y le dije que no, que por eso me había juntado con una mujer, porque no me gustan los hombres. Dijo: «A ver, sácate la», y le dije que no. Me dio otra cerveza y me la tomé algo rápido porque se me había secado la garganta.

Total, llegamos al taller y tenía un frigobar con más cervezas. Vimos que la camioneta todavía estaba desarmada, así que le hablé a mi papá. El padrastro dijo que quería hablar con mi primo, le dijo de unas piezas, y le dijo que intentáramos armarla. Mi primo dijo que sí. Yo pensaba que la locura del recuerdo se le había pasado, pero no, porque me quité la chamarra y de repente se puso detrás de mí, me abrazó a la altura del pecho y me decía que si a poco no me acordaba de eso. Yo levanté mi cadera y la hice ligeramente hacia atrás hasta que logré sentir su dureza. Dijo que él sabía que sí me acordaba, y le dije que no, que me soltara. Dijo que soñaba con hacerme su putita, y eso ya me lo dijo detrás de mi oreja. Sentí una gota de sudor recorrer mi espalda y empecé a respirar más rápido y hondo. Él me restregaba su miembro en mi colita y dijo: «Sí quieres, ¿verdad?». Yo le dije que no, pero con voz temblorosa. Entonces me aplicó la de «OK, no», y me soltó. Empezó a mover las piezas y herramientas para armar la camioneta, que le faltaba una llanta, y no me dijo nada más. Solo hablaba cuando quería que le pasara alguna herramienta o hiciera algo para ayudarle. Le dije que si tenía más cerveza, y dijo que sí. Le pregunté si quería, y dijo que sí. Le abrí la de él y la mía, y le dije que qué iba a hacer. Me dijo que me iba a coger, y yo me reí y le dije que no, que respecto a la camioneta. Dijo que le iba a hacer no sé qué, pero no lo dejé terminar. Me recargué en la parte lateral de la camioneta, saltando un poco mi cadera hacia atrás, y lo notó porque se paró y se puso detrás de mí. Otra vez se le había parado y me lo restregaba. Le dije que ya era diferente, porque ambos teníamos vidas distintas. Me dijo que si no quería casarse conmigo, que solo quería hacerme su putita y ya cada quien por su lado. Le dije que no, pero no hacía nada para separarme de esa posición. Me empezó a desfajar la playera y, al tratar de destrabar mi cinturón, batallaba, y yo le ayudé. Dijo riéndose: «Ya ves que sí quieres». Le dije que no otra vez, pero me empiné tantito para sentir su paquete más profundo. Se lo sacó y me lo restregaba ahora a pelo. Me dijo que si me gustaba, y yo solo lo volteé a ver de reojo y bajé mi cabeza. Después de un par de restriegos más, me volteó y me puso de rodillas en el piso, pero me lastimaba. Se dio cuenta y con un pie acercó un tapete que estaba al lado, pero como no pudo, yo lo agarré y me lo puse debajo para estar más cómodo. Me la metió en la boca y sabía a sudor y orina, pero no me molestaba porque luego se hizo saladito el sabor. Me decía que eso era lo que quería y me la metió hasta la garganta. Me decía que lo volteara a ver mientras me tenía así, y me bajaba a lamerle sus huevos y me daba cachetadas con su miembro. Así hasta que me dijo que dónde los quería, si en la boca o en el culo, y le dije que como él quisiera. Me dijo que en el culo, que me pusiera en 4, y así lo hice. De un cajón sacó un topercito de vaselina y se lo untó en la cabeza. Me lo pegaba, pero no entraba, y yo con una mano se lo agarré y me lo acomodé. Dijo: «¿Si ahí?», y yo solo moví la cabeza en afirmación. Entró poco a poco, y en tramos le ponía mi mano en su vientre para que se detuviera, y así lo hacía. Después le quitaba la mano y seguía avanzando hasta que sus pelos pegaron en mis nalgas y supe que se había consumado todo. Dijo que sentía mi calor interno bien rico, y yo solo suspiré. Dijo: «Ya quieres que te haga mi putita», y le dije que sí. Me daba unos empujones tremendos, con tanta fuerza que me ardía la piel de atrás de mis piernas por el choque con las suyas. Era complicado soportar los empujones en la posición en la que estaba, y hasta me hacía para adelante de tanta fuerza que me empujaba, pero era riquísimo. Yo gemía sin parar, y me dijo: «Cállate puta, que nos van a escuchar». No podía evitar gemir por más que lo intenté, así que me metió las manos a mi boca y desde ahí se impulsaba para bombearme. Así dejé de gemir tan fuerte, y así hasta que sentí cómo se vaciaba dentro de mí. Litros se sentía que me echaba, y yo solo bajé más la cabeza para estar más empinado al recibirlo. Así, jadeando y todo como estaba, me dio una nalgada y me jaló del cabello para voltearme. Me hizo limpiársela, y el sabor me encantó por la mezcla de todos los sabores, míos y suyos. También hacía que lo volteara a ver. Ya cuando se cansó, se subió el pantalón y el bóxer, se abrochó el cinturón, sacó otra cerveza del frigo y se la tomó muy rápido. Se sentó en un silloncito que tienen ahí. Yo busqué un trapo para limpiarme, me vestí y fui a lavarme la boca. Vi que ya tenía 2 llamadas de mi papá y un mensaje diciendo que ya se iban. Le marqué y me dijo: «¿Qué onda?». Le dije que no quedaba, y el primo le dijo que mejor al otro día, porque no tenía una pieza y así no se podía armar. Dijo mi papá que ni modo, que ya nos regresáramos. Así nos regresamos, pero ya de regreso se la fui chupando en el camino. Cada que venía, me llamaba y yo iba para que me hiciera suyo, hasta que encontró trabajo en otro estado y dejamos de vernos.

 

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