Aventura Hot en Santiago

Era 1986 y los espacios gay en Santiago de Chile eran muy escasos; además, ser homosexual era un delito. Dicho esto, paso a contarles una aventura sexual vivida.

Muchos conocerán el Movistar Arena, pero desde 1970 hasta mediados de los noventa fue un estadio a medio construir y en absoluto abandono. Fue un espacio genial para ir simplemente a mamar o culear. Este lugar tenía algo así como dos subterráneos, muchos pasillos, laberintos y escaleras y, por supuesto, un espacio abierto que iba a ser la cancha (creo que hoy es el escenario). En fin, ya al final de la tarde de un sábado del invierno de 1986, me encontraba merodeando el parque O’Higgins en busca de hombres. Ya oscurecía, cuando de pronto me pide cigarro un «pelao», es decir, un cabro que estaba haciendo el servicio militar en Santiago. En segundos le regalé no uno, sino tres cigarros, y las preguntas iban y venían, y cada rato yo, más amariconado, nos encaminamos hacia la salida y el pelao llamó a un amigo y con resignación le dijo: «Vámonos para el centro que aquí no pasa nada». Rápidamente los invité a tomarnos unas piscolas. Ambos se alegraron, pero la pregunta fue: «¿En tu casa? Nosotros igual apañamos». Asintió el pelao primero. Ahí yo, cual maraca, le dije que a mi casa no se podía ir, pero que sí conocía un lugar, mencionándoles el estadio abandonado. Ambos aceptaron.

Llegamos a Aldunate, cerca de avenida Matta. Compré 4 botellas de pisco Sotaquí, 3 botellas de Pepsi de 2 litros (las del poto negro), 3 cajetillas de cigarros Record, un encendedor, 4 bolsas de basura y 6 vasos plásticos. Gasté ¡dos lucas! Ja, ja. Y nos fuimos al estadio. Nos sentamos en la loza, empezamos a tomar y fumar. A la media hora ya me habían contado de dónde eran, que el servicio los tenía aburridos (era obligatorio y si eras pobre, uff). Ya con varias piscolas en el cuerpo, me hice «la linda» y ellos me dieron lo que yo ansiaba: Héctor (el pelao que me pidió cigarro) me tomó la mano y me hizo sobajearle el paquete, e Iván, el otro pelao, se bajó el pantalón y empezó a pajearse. Yo le bajé el pantalón a Héctor y a chupar pico… Hasta que se le paró: un pico grande, cocos peludos y calientes. Iván no tan pichulón, pero ardiente, y yo feliz con dos picos para mí solo.

Próximo paso: nos empelotamos y nos tendimos en las bolsas de basura y sobre la ropa. Entre piscola y piscola, besos, caricias, y en ningún momento entre ellos se tocaron. No había pasado una hora y Héctor soltó sus mocos en mi boca, e Iván me metía los dedos en el poto. Seguimos tomando y retomamos el sexo. Iván me culeó primero, sin forro. Fue una cacha larga en cuatro, mientras Iván me tenía con su pico en la boca. De pronto se aventuran y ambos me culean… ¡2 picos a la vez! Héctor acaba primero e Iván, a los pocos minutos, vacía sus mocos en mí. ¡Casi 2 horas con los picos de ellos!

Nos vestimos, les regalé las botellas de pisco, la Pepsi y los cigarros, y salimos como si nada del estadio. Eso sí, besándome yo con ellos. En la puerta de Fantasilandia nos despedimos con feroces besos. Ellos se encaminaron por la plaza Ercilla y yo a mi casa. Jamás volví a verlos ni tampoco los busqué.

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