Día de fiesta

Nunca me ha molestado la idea de probar con hombres, a pesar de la vida de heterosexualidad que llevo. De hecho, por eso entro a páginas como esta para conocer sensaciones y formas de actuar, y obviamente disfrutar de las experiencias que hacen favor de compartir. Pero hace unos días esto ya se convirtió en algo que viví en realidad.

Una amiga quiso celebrar en grande su cumpleaños 30 y nos invitó a varios amigos a su fiesta. Fuimos gustosos con mi novia, que también era su amiga. La fiesta estaba en grande y había mucha gente, tanta que nos dijo la festejada que el agua de los baños estaba bajando mucho de nivel y que los hombres fuéramos a hacer pipí en una construcción en obra negra enfrente de donde estaba la fiesta. Así lo hacíamos, pero hubo un señor de edad, le calculo unos 60 años por sus canas y arrugas, que me veía mucho, pero no le tomé importancia. Cuando fue la clásica bonita al centro de la pista, pusieron una canción muy famosa que dice «de reversa mami» y todos bailamos hacia atrás. Yo, al hacerme para atrás, sentí como me sujetaron de la cintura y una pierna me topó justo en el centro de mis nalgas. Al voltear, era el mismo señor que me veía con insistencia, y al cruzar miradas me sonrió, pero no le di importancia. Seguimos bailando con mi novia y la festejada. Después de eso ya no lo vi en su mesa y pensé que se había ido. Fui al baño a los cuartos en construcción y me di cuenta de que había alguien ahí, pero no le di importancia. Me extrañó porque se me acercó de frente, traía su miembro de fuera y jugueteaba con él. La verdad era muy bonito y de buen tamaño. Me puse nervioso, me guardé el mío y me salí. Al estar sentado en mi mesa, vi que ese señor salió de los cuartos y me buscó con la mirada, haciendo su cabeza hacia abajo y arriba como afirmando algo, con una sonrisa en la cara. Sí me puse nervioso, pero traté de disimular.

Pasó un rato, ya estábamos algo tomados todos. Regresé al baño y ya sacudiendo, porque había terminado, se me emparejó el mismo señor sacudiéndose y me dijo: «Mira, ¿te gusta? Se ve que quieres, ¿verdad?». Yo en ese momento ya me costaba respirar, sentía que mi corazón se me iba a salir de tan rápido que palpitaba, pero no dije ni hice nada. Me agarró la mano para acercársela, pero la sacudí y no lo hice. Él se la siguió sacudiendo y dijo: «No te hagas, si se ve que te gusta. Mira, tócala». Me volvió a jalar la mano, y esta vez no puse resistencia. Se sentía su piel muy suave y rebalosito, su cabecita estaba babosita. Pero escuché un ruido y la alejé de inmediato y me regresé a mi mesa porque alguien se estaba acercando. Mi novia dijo que si la dejaba bailar con un amigo, le dije que sí y se pusieron a bailar. Yo seguí tomando más para ver si se me bajaba el nerviosismo, pero el señor me seguía viendo. Ya en la madrugada se acabó el alcohol y dijo un amigo que hiciéramos cooperación para comprar más. Así lo hicimos y la festejada dijo que me pedía a mí de favor que lo comprara, porque confiaba en mi criterio. Pero los coches estaban atrapados y casualmente el único que se había estacionado de reversa era el del señor. Dijo que él me llevaba, pero que no sabía dónde, y dijo que si yo conocía, él me llevaba. Le dije a mi novia que si iba conmigo y dijo que se quedaba porque quería estar con la festejada. Le dije al señor que fuéramos a una tienda que siempre está abierta y le iba a decir por dónde ir. Pero al dar la vuelta y dejar de vernos de la casa de la festejada, se sacó su miembro, que ya estaba bastante duro. Yo me hice que no vi nada, estaba contando el dinero. Entonces él me jaló la mano y le dije que fuéramos al mandado. Él me dijo que no me hiciera, que los dos sabíamos que yo quería. En ese momento tragué saliva y quise decir algo, pero no me salieron palabras. Aflojé mi mano para acercarla y la subía y bajaba, pero otra vez tragué saliva y me dijo: «No te detengas, chúpala, se nota que te mueres de ganas». Yo solo suspiré y me acerqué, pero el volante del coche no me dejaba, así que se orilló y se hizo el asiento para atrás. Lo reclinó un poco para estar más cómodos. Yo subía y bajaba, y de verdad me sorprendió porque sabía a uva. Me dijo que si nunca había mamado, le dije que no, y me dijo que chupara, que succionara para que se le pusiera más dura. Así lo hice, pero ya cuando se me acabaron las ganas y la curiosidad de hacerlo, me paré y me recargué en mi asiento y le dije que ya estaba bien y que fuéramos a comprar el alcohol. Entonces me enseñó una caja que traía en el asiento de atrás con varias botellas y dijo que por eso no me preocupara, que estaba resuelto. Pero puso en movimiento el coche y le pregunté que a dónde íbamos, y me dijo que iba a buscar dónde escondernos para darme eso que se veía que me urgía. Yo me reí y le dije que qué era, y me dijo que era una putita reprimida, pero que ahorita me iba a dar tanto pito que se me iban a acabar las ganas. Yo le dije que no era cierto, y dijo: «No te hagas, si desde que te vi se te nota que te gusta el pito». Yo me callé y me quedé pensando en eso. Él se paró al lado de una milpa y me dijo que me pasara al asiento de atrás. Él se salió y sacó la caja y la echó a su cajuela. Yo, con el corazón a mil por hora, hice lo que me dijo. Él se sentó también y me jaló la cabeza para seguir chapando y me dijo que me quitara la ropa. Me quise parar, pero no me dejó y dijo que no dejara de hacerlo. Así que me fui desabrochando la camisa y el pantalón mientras él me agarraba mi cabeza para meter y sacar su miembro. Pero cuando llegaba a mi garganta me daban ganas de vomitar, pero ni así me dejaba. Mis ojos se pusieron llorosos y me escurría saliva por todos lados. Hasta que me dejó quitarme la camiseta y ya estaba completamente desnudo y temblando, no sé si del frío o de nervios. Se sacó del saco una botellita de lubricante sabor uva y caí en cuenta de por qué sabía así. Se lo untó y dijo que me sentara sobre él. Agarrándome del respaldo del asiento de enfrente, brinqué una pierna para el otro lado, de modo que sus piernas quedaron entre las mías. Lo busqué con la mano y cuando lo encontré lo ubiqué para sentarme. Pero no me entraba y se me iba de lado. Le dije que se pusiera más lubricante porque me raspaba y se me cerraba, y por eso no entraba. Me dijo que si no lo había hecho antes, y le dije que no. Me dijo: «Cómo, si se te ve que te encanta la vrga». Le dije que no, y dijo que por eso no me entraba. Me iba a regresar al asiento y no me dejó, y sentí cómo me metió un dedo, que me hizo tensarme. Dijo que me calmara y me acarició la espalda. De repente lo empezó a girar y subir y bajar, y yo apreté el respaldo del asiento y gemí. Definitivamente me estaba gustando. Dijo que ya estaba lubricado y dilatado, y que me sentara ahora sí. Cuando me sacó el dedo se oyó como corcho de lo rápido que me lo sacó. Me acomodé y él me abrió una nalga y sentí ahora sí cómo entraba, hasta que sentí en mis nalgas sus piernas. Pero la sensación me parecía muy estándar y hasta me toqué a ver si me había entrado, y sentí ya cómo estaba de abierto mi *. Me preguntó si lo sentía adentro y le dije que sí, pero realmente solo me sentía como estar sentado en las piernas de alguien. Me dijo: «Disfrútalo». Pero yo no sabía qué hacer. Ya estaba una verga dentro de mí, pero hasta ese momento no se sentía tan rico como había leído y escuchado. Y hasta comprendí todo hasta que me dijo: «Muévete». Le dije que cómo, y me empujó para adelante y luego me jalaba para atrás. Sentía como me revolvía todo por dentro, y hasta los dedos de mis pies se hacían hacia arriba y arqueaba mi espalda. Pero cuando de plano me perdí fue cuando me levantó tantito y sentí como si estuviera cagando, pero más o menos a la mitad me dejó bajar de nuevo. Y así sí hasta gemí. Todavía de que ya por mi peso estaba toda dentro, levantó su cadera y sentía que me llegaba hasta la garganta. Mis piernas me empezaron a temblar y mis ojos a llorar, y mi corazón, a punto de salir. Me puse sus manos en mi cintura y me empecé a mover yo solo, y gemía y gritaba del placer. Hasta que sentí cómo se venía dentro de mí. Lo volvieron a ver, pero estaba cerrando sus ojos, y sentía lo calentito de su leche en mí. Para evitar que se me saliera, me levantaba y apretaba el * y al bajar lo aflojaba. Y dijo: «Así, exprímetelo bien». Y hasta que se me salió porque se hizo chica. Ambos suspiramos y nos reímos. Me dijo: «¿Qué tal? ¿Sí te gustó?». Y yo dije: «No manches, me encantó. ¿Y a ti?». Dijo que desde que me vio dijo que ese culito se lo iba a comer, y que no lo decepcioné porque estaba bien apretado y calientito. Le dije que si no traía papel para limpiarme, y me dio un rollo. Me limpié porque estaba todo embarrado de no sé qué, pero estaba resbaloso. Se limpió también. Después de seleccionar las botellas nos regresamos a la fiesta. Le di el dinero, pero cuando llegamos a la fiesta ya casi todos estaban durmiendo. Me dijo la festejada que había una bolsa de dormir para mí. Cuando nos dimos cuenta, el señor se estaba dando la vuelta y se fue. Le pregunté que quién era, y dijo que pensó que iba con nosotros porque ella no lo conocía. Yo me saqué de onda porque al otro día en el recalentado igual, nadie lo identificaba. Cuando mi novia me preguntó que por qué estaba llena de lodo mi ropa, le dije que se reventó una llanta y tuvimos que cambiarla. La festejada misma dijo: «Con razón se tardaron tanto». Me sentí raro porque me quedé pensando lo que me dijo, que se me veía. Al preguntar a mi novia, dijo que no, que me veía muy normal. Me dijo que por qué creía yo eso, y le dije que el señor me había preguntado si ella era mi hermana porque yo me veía medio gay, y que ella le había gustado. Ella, riéndose, dijo que al menos tenía buen gusto, y yo dije que sí, era verdad, y que menos mal que se había ido para que no le hablara. Ella dijo que sí, porque se veía bien el señor, pero que no le gustan mayores.

Pero viendo las cosas ahora, ese señor me cambió la vida, y no sé qué tan malo o bueno sea que no lo volví a ver, porque honestamente me gustaría repetir esas sensaciones.

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