El Regalo Pendiente

Lo conocí en el refugio digital de una sala de chat. Su descripción física ya proyectaba una sombra imponente sobre mi imaginación: un hombre alto, de unos 1,80 m, con esa piel morena que parece absorber la luz y unos labios carnosos que invitaban a la curiosidad. Su cabello largo y su aire de músico le daban un misticismo especial; esa fue la excusa perfecta para que cruzara la distancia hacia mi ciudad y, finalmente, nos encontráramos frente a frente.

Durante semanas, el deseo se cocinó a fuego lento a través de mensajes y llamadas. Nos prometimos incendios que las paredes de mi casa —siempre llenas de gente— no nos permitían encender. Sin embargo, poco después de mi cumpleaños, el destino nos dio una tregua. ​Él estaba en casa, compartiendo un almuerzo sencillo, pero la tensión eléctrica entre nosotros hacía que el aire pesara. Sabíamos que no estábamos solos, y yo, resignado, asumí que nos quedaríamos una vez más en el terreno de las palabras. Me equivoqué.

​En el momento de la despedida, me envolvió en un abrazo posesivo, cargado de una fuerza que me dejó sin aliento. Al levantar el rostro para buscar aire, quedé expuesto, con los labios a milímetros de los suyos. No hubo duda: me besó. Sus labios se sentían cálidos, húmedos, encajando con los míos en una coreografía perfecta. Me empujó con suavidad pero con firmeza contra la puerta de mi habitación, y mientras sus manos exploraban mi cuerpo con urgencia, rompió el contacto solo para susurrarme al oído tres palabras que desarmaron cualquier resistencia: “Confía en mí”.

​Se deslizó hacia el suelo con la elegancia de quien sabe exactamente lo que busca. Al bajar mis pantalones, la adrenalina se disparó. El peligro era el tercer invitado en esa habitación: podíamos escuchar los pasos de mi familia al otro lado de la puerta, el eco de su cotidianidad a centímetros de nuestro secreto. El riesgo de ser descubiertos era extremo, una mezcla de terror y deseo puro.

​Intenté retroceder por un segundo, pero en cuanto sentí el calor de su boca rodeándome, cualquier rastro de duda se disolvió. Fue tan intenso, tan entregado, que mi único instinto fue hundir mis dedos en su larga cabellera, guiándolo, perdiéndome en la delicia de su ritmo. La combinación de su destreza y el pánico de la audacia creó un clímax que nunca había experimentado.

​Cuando sentí que el final era inevitable, intenté apartarme para evitar el rastro de la evidencia, pero él se aferró a mí, negándose a romper el hechizo. Se quedó allí, reclamando cada gota de mi entrega, fundiendo su placer con el mío hasta que el espasmo final nos dejó a ambos sin aliento.

​Con la respiración entrecortada, lo miré. Sus ojos brillaban con la satisfacción de quien ha cumplido una promesa. Se puso de pie, me acorraló de nuevo contra la madera de la puerta y me besó una vez más, con un fervor que me permitió saborear mi propia esencia en su boca. Entonces, con una sonrisa cómplice que todavía guardo en la memoria, se acercó a mi oído y sentenció:
​—»Feliz cumpleaños».

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2 Comentarios

  • Anónimo
    mayo 12, 2026 a las 8:16 am

    Al principio no entendí, al final tampoco…

  • diego_nicov
    mayo 13, 2026 a las 9:49 am

    Muy rimbombante y poco descriptivo. Al final que regalo quedó pendiente ? Por lo la historia se supone que ya te lo entregó.

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