El Técnico y el Viejo – Parte II
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Don Héctor ese viejo sucio se sacó el calzoncillo y la verga le saltó al aire. Y Federico, en cuatro, mirándola de reojo, se quedó sin aire.
No era una verga de viejo. Era una verga enorme. Gruesa como una muñeca, larga como un antebrazo, con la cabeza ancha, rosada, brillante, y las venas marcadas a lo largo del tronco. Una verga pesada, de las que cuelgan y se balancean, de las que se ven desde lejos. Y estaba dura. Dura como un fierro. Manchada de leche en la punta, palpitando sola.
—¿Qué? —dijo Don Héctor, agarrándosela con la mano—. ¿Te asusta?
Federico tragó saliva.
—No. Pero… no sé si me cabe.
El viejo se rio. Una risa ronca, de fumador, de viejo que ya había escuchado eso mil veces.
—Nunca me cabe a nadie, pibe. Y siempre termina entrando. Ya vas a ver.
Don Héctor lo puso de rodillas. Le agarró la cabeza con las dos manos y le apoyó la verga en la boca. Solo la cabeza. La puntita ancha, brillante, apoyada en los labios de Federico.
—Abrí bien.
Federico abrió. Y el viejo empujó. La cabeza entró, y ya con eso Federico sintió que se le llenaba la boca. Pero el viejo siguió. Empujó más. Y más. Y más. Y el tronco empezó a entrar, y Federico sentía la verga llenándole la boca entera, empujándole la lengua para abajo, tocándole el paladar, llegando al fondo.
Y cuando la punta tocó su garganta, Federico ya tenía la boca llena hasta el tope. Y todavía faltaba. Todavía había tronco afuera. Mucho tronco.
—Usá las manos —dijo Don Héctor—. Agarrámela.
Federico la agarró. Con una mano no alcanzaba. Tuvo que usar las dos. Las dos manos alrededor del tronco, apretando, midiendo. Y no le alcanzaba. La verga era tan gruesa que sus dos manos juntas apenas la rodeaban, y tan larga que le sobraba un tramo entero afuera, entre las manos y la base.
—¿Ves? —dijo el viejo—. Es mucha verga.
Federico asintió con la boca llena. Y el viejo empezó a moverse.
Don Héctor le agarró la cabeza y empezó a bombear. Despacio, con cuidado, porque sabía que era mucha verga. Pero firme. Metiendo y sacando, metiendo y sacando, con la punta llegándole a la garganta cada vez que empujaba.
Federico tenía las dos manos agarradas al tronco, moviéndolas al ritmo de la embestida, apretando, bombeando. La saliva le corría por el mentón, le bajaba por el cuello, le mojaba el pecho. Y el viejo lo miraba desde arriba, con esos ojos de zorro, y se reía bajito.
—Eso es —decía—. Así se chupa una verga de verdad. Con las dos manos, putita. Como se debe.
Federico gemía con la boca llena. La verga le llenaba todo, le tapaba todo, no lo dejaba respirar. Y cada vez que el viejo empujaba hasta el fondo, le llegaba un olor a macho, a sudor, a viejo, que le daba vueltas la cabeza.
El viejo aguantó así un buen rato. Sin apurar. Disfrutando. Mirando a ese pibe musculoso, con el culo al aire, de rodillas en su patio, con la boca llena de su verga y las dos manos agarradas al tronco.
—Ya está —dijo por fin—. Ahora el culo.
La culeada
Lo puso en cuatro otra vez. Le escupió el agujero. Le pasó el pulgar, mojándolo. Y después le apoyó la cabeza de la verga.
—Respirá hondo —dijo.
Federico respiró. Y el viejo empujó. La cabeza entró. Y Federico sintió que se le abría como nunca. La cabeza era ancha, más ancha que cualquier cosa que le hubieran metido antes. Y el viejo siguió empujando, despacio, centímetro a centímetro, y el tronco grueso empezó a entrar, estirándolo, abriéndolo, llenándolo.
—Uh —gimió Federico—. Uh, la puta…
—Tranquilo —dijo Don Héctor—. Ya casi.
Y empujó un poco más. Y la verga entró entera. Toda. Hasta la base. Y Federico sintió el peso del viejo apoyado contra sus nalgas, y la verga llenándolo por dentro, palpitando, tocándole lugares que no sabía que tenía.
El viejo se quedó quieto. Adentro. Dejándolo acostumbrar.
—¿Duele?
—No… sí… no sé —dijo Federico, con la voz quebrada—. Está… está mucha.
—Ya va a pasar.
Y empezó a moverse. Despacio. Muy despacio. Sacando apenas y volviendo a meter. Y cada movimiento le arrancaba un gemido a Federico. Y cada gemido hacía que el viejo sonriera.
Después de un rato, Federico empezó a mover las caderas solo. Buscando. Y el viejo, al verlo, le dio más fuerte. Lo agarró de las caderas y le embistió de verdad. Largo, profundo, marcando. Y Federico se agarró del pasto con las dos manos y gimió como una puta mientras le metían y sacaban semejante monstruosidad.
Cuando terminaron, Don Héctor se sentó en una reposera, encendió un cigarrillo, y se quedó mirando a Federico, que estaba tirado en el pasto, con el culo al aire, todavía abierto, todavía palpitando.
—Che, pibe —dijo el viejo.
—¿Qué?
—La próxima vez, ¿te molesta si viene un amigo?
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1 Comentario
Que rico, porfa un poco más de detalles