Una más con mi hermano
Hace una semana salí tarde y bien estresado de la chamba. Quería echarme unas chelas con alguien, pero nadie estaba disponible. Marqué a mi carnal y le tiré la invitación: «¿Te late unas chelas?». Dijo que sí al luego luego. Como anda repartiendo comida por app, justo estaba libre. Nos vimos en el centro y caímos a un bar. Platicamos de la vida, de la familia, de los pedos de siempre. Ya entonados, mi hermano me suelta: «Vamos a seguirla en un table». Le dije que órale y nos lanzamos. Pedimos un cartón de chelas y no tardó en sentar a una morra que le gustó. Le convidamos unos tragos, se quedó con nosotros. Pasaron las rondas, la sacamos a bailar los dos, la neta la estábamos pasando chido. En un momento fui al baño. Cuando regresé, mi carnal ya la estaba besando y manoseando bien puesto. Ella se dejaba, le sobaba la verga por encima del pantalón. Me calenté al instante, pero también me dio un golpe de celos cabrón. Me quedé parado, dejé de tomar y saqué el celular. Abrí Grindr a ver si pintaba algo… nada me convencía. Los celos me subían más. Al rato le digo: «Ya me quiero ir, carnal. ¿Nos vamos juntos en Uber o te quedas?». Me contestó que esperara tantito, que ya se acababan las chelas y nos íbamos los dos. Salimos del antro. Él le pagó su tiempo a la chava y agarramos el Uber. En el camino me pregunta si estoy encabronado. Le dije que no, pero la neta ya estaba cansado. Me dice: «Si quieres seguirla en mi depa, no hay pedo. Tengo unas piedritas guardadas, nos las echamos». Obvio le dije que sí. Pasamos por más cerveza, llegamos a su casa y seguimos platicando. Me vuelve a preguntar por el enojo. Ahí se me salió decirle: «Estaba celoso de verte cómo te agarraban la verga». Se rio suave y me dijo: «No hay por qué, wey. A mí nomás me gustan las morras». Pero la plática no se quedó ahí. Seguimos fumando las piedritas, el humo nos ponía más relajados, más abiertos. Yo no podía sacarme esa imagen de la cabeza: la morra sobándole la verga. Me calentaba y me jodía al mismo tiempo. Ya con el efecto encima, le tiré la idea de siempre: «Oye, carnal… ¿y si me dejas agarrártela yo otra vez? A cambio, yo voy por más piedritas y otro cartón de chelas. Te invito todo, wey. Solo para quitarme esa espina».Él se puso serio de golpe, dejó de fumar y me miró fijo: «No mames, ¿otra vez con lo mismo? ¿Cuántas veces ya? Siempre terminas convenciéndome, pinche necio. Esto no está chido, somos carnales, wey. La última vez dijimos que no más, ¿o qué se te olvidó?». Se levantó un rato y fue al baño. Cuando salió me dice: «Me caga que me hagas esto, que me pongas en esta posición. No es mi rollo, te lo juro. Me siento raro después, como si estuviera traicionando algo».Insistí, suave pero firme: «Va, carnal, nomás esta vez. Somos nosotros, nadie se entera. Te compro lo que quieras, hasta el six extra y más piedra. Relájate, ya sabes que al final te gusta». Siguió resistiéndose, murmurando «No sé, wey… esto me jode la cabeza», pero se sentó de nuevo, más cerca, fumando despacio. Veía cómo se le marcaba el bulto en el pantalón, aunque intentara disimular. Al final, entre risas nerviosas y el subidón, cedió con un suspiro: «Órale, pinche cabrón… pero es la última, eh. Siempre me ganas con tus mamadas. Y me compras lo que dijiste, no chingues». Me acerqué más en el sofá, mi mano ya temblaba menos porque ya conocía el terreno. Empecé sobándole la verga por encima del pantalón, suave al principio, sintiendo cómo se endurecía rápido bajo la tela. Él cerraba los ojos, pero a ratos se tensaba, moviéndose para atrás: «Wey, esto se siente raro… como siempre». No me quitaba la mano, pero se le notaba el conflicto en la cara. Bajé el zipper, metí la mano por encima del bóxer. Ahí lo sentí mejor: caliente, grueso, latiendo fuerte. Le sobaba despacio, subiendo y bajando, y él respiraba pesado, aunque a veces soltaba un «No sé, carnal… esto está cabrón, me incomoda». Se notaba que luchaba con la idea, con que era su hermano, pero el vicio y la calentura lo tenían flojo. La cosa escaló cuando le bajé el bóxer. Ahí estaba, dura y lista. Me agaché y me la metí en la boca, chupando suave al principio, lamiendo la cabeza. Él gemía bajo, con esa vibe de «esto no debería», pero no me paraba: «Pinche loco… ah, pero no pares, wey». Me dejó seguir un rato, hasta que me empujó suave y dijo: «Ya, ahora tú». Me llevó a su recámara, me quitó la ropa rápido y me puso en la cama. Se untó saliva y me penetró despacio al principio, luego más fuerte, descargando esa tensión acumulada. Dolía un poco, pero la calentura lo hacía chingón. Terminamos jadeando, sudados, sin decir mucho después. Solo fumamos otra piedra y nos quedamos ahí, en silencio, sabiendo que entre nosotros esto siempre termina pasando, aunque él se resista cada pinche vez. Continuará…
1 Comentario
Anónimo
febrero 13, 2026 a las 12:54 amAl principio se disfruta ☺️, pero después llega la sensación de culpa, pero lo bien comido y bien cogido no te lo quita nadie