El despertar – Capítulo 2

Pasaron los años.

Dos años exactos. Desde aquella noche, desde el coche de Hugo, desde que empecé a devorar foros y a experimentar algunas cosas por mi cuenta. Y ahora estaba allí, en un tren, con una maleta llena de ropa y una carpeta con mis dibujos, camino a la universidad.

Bellas Artes.

Siempre me gustó dibujar. Cuando era pequeña, mi madre me regaló una caja de lápices de colores y pasaba horas sentada en el patio trasero, dibujando flores, árboles, nubes. Mi madre decía que tenía talento, y se alegró cuando le dije que quería ir a la universidad a estudiar.

—Hija, no sabes lo orgullosa que estoy de ti. De verdad. Verte ahí, con tu maleta, yendo a cumplir tu sueño… es que no puedo ni explicarlo. Pero eso no significa que no vayamos a verte. Iremos a visitarte siempre que podamos, y tú vendrás cuando quieras, ¿vale? Y por cierto, aprovecha, hija, que en la ciudad hay mucho más donde elegir.

Se acercó a mi oído para susurrarme:

—Ya sabes, chicos guapos. Pero con cuidado, ¿vale? Y si encuentras a alguien que te haga tilín, no dudes en traérmelo a conocer. Bueno, o no. Depende de lo que hagáis. —Otra risa, más baja—. Te quiero, Valeria. Muchísimo. Cuídate.

El tren se deslizaba por las vías camino a la ciudad, y las palabras de mi madre aún resonaban en mi cabeza. Apoyé la frente contra el cristal frío y vi cómo el paisaje se transformaba lentamente.

El móvil vibró. Un mensaje de mi madre:

«¿Cómo va?»

«Estoy bien, mamá. Tranquila.»

«Tranquila, dice. Con lo nerviosa que estabas esta mañana. Bueno, disfruta del viaje. Y recuerda lo que te he dicho: cuando llegues al piso, llámame.»

El móvil vibró de nuevo. No era mi madre. Era Anna, mi futura compañera de piso. Llevábamos dos semanas hablando por WhatsApp, desde que la agencia nos puso en contacto.

«Estoy en el piso ya, preparando todo. Cuando llegues, toca el timbre. El tercero, el de la izquierda. Tengo ganas ya de conocerte.»

Sonreí. Anna parecía simpática. En sus fotos se la veía sonriente, con el pelo largo y rubio, y una energía que se notaba hasta en los mensajes. Estudiaba segundo de Psicología. Decía que quería especializarse en psicología del deporte, lo que me parecía curioso.

Llevaba un top de tirantes blancos, con un escote en pico que dejaba ver la curva de mis pechos. Mis tetas siempre habían sido grandes, pero antes las escondía: sudaderas anchas, camisetas de tallas más grandes, cualquier cosa que las hiciera menos evidentes. Ya no. El top que llevaba cubría lo necesario, y el calor hacía que la tela se pegara a mi piel, marcando cada centímetro de mis curvas. Cuando me movía, el roce de la tela contra mis pezones me recordaba que no llevaba sujetador. No podría con aquel calor. Ya no me importaba que me miraran o hablaran de ellas; ahora incluso lo disfrutaba.

El short también era ligero, de denim desgastado. Mis piernas estaban bronceadas, morenas de tanto verano al sol, y la tela se ajustaba a mis caderas con cada movimiento. Había ganado algo de peso en los últimos dos años, pero no era peso malo. Mi cuerpo se había redondeado en los sitios adecuados, y cuando me miraba al espejo, ya no veía a la adolescente que se escondía detrás de ropa holgada. Veía a alguien que aceptaba lo que tenía. Ya no era la misma chica que se fue aquella noche en el coche de Hugo. Había cambiado. No solo por dentro, también por fuera. En aquellos dos años tuve un novio, pero solo duramos tres meses: no encajamos.

El tren por fin llegó a la estación, y el aire caliente me golpeó al bajar: una mezcla de humo, asfalto y el olor a ciudad. Cogí mi maleta. El sol caía vertical, implacable. En cuestión de segundos, el sudor comenzó a formarse en mi nuca.

La estación era un hervidero de gente que se movía en todas direcciones: viajeros con maletas, familias enteras, todos empujando, todos con prisa. El ruido era abrumador: altavoces anunciando llegadas, motores de trenes, el murmullo constante de cientos de conversaciones superpuestas.

Caminé hacia la salida, y cada paso que daba me sumergía un poco más en aquella marea humana. La gente me rozaba al pasar. Hombres de traje que iban a su trabajo, mujeres con carritos de bebé, grupos de adolescentes riendo. Todos iban a alguna parte. Todos sabían a dónde iban.

Era la primera vez que estaba en aquella ciudad, y por alguna extraña razón me sentía viva.

Las calles eran anchas, los edificios se elevaban a ambos lados, altos, grises, con carteles de neón y tiendas, muchas tiendas. Era asombroso, fascinante. Me encantaba.

Un chico de unos veinte años pasó a mi lado con una bicicleta y giró la cabeza para mirarme. Sonrió. Otro, más mayor, con traje y corbata, desvió la mirada cuando se dio cuenta de que estaba mirando mis tetas, y se puso rojo. Otro, un chico con mochila y auriculares, pasó tan cerca que casi me rozó, y sus ojos se clavaron en mi escote antes de seguir su camino.

Y yo, que durante años quise esconderlas, que las odié por ser demasiado grandes, demasiado llamativas, ahora sentía que las miradas no me daban vergüenza. Me daban poder y placer por partes iguales.

Me paré en una esquina para mirar el mapa en el móvil y sentí cómo un par de chicos que pasaban por detrás de mí disminuían el paso. Uno de ellos dijo algo que no llegué a entender, y el otro rió. No me giré. No les di el gusto. Pero una sonrisa se dibujó en mis labios.

El piso lo encontró mi madre a través de una agencia, después de semanas buscando algo que no estuviera lejos y que estuviera bien comunicado. Anna y yo empezamos a hablar por WhatsApp dos semanas antes, desde que la agencia nos puso en contacto, y desde el primer mensaje conectamos. Ella estudiaba Psicología, segundo año, y quería especializarse en psicología del deporte.

En sus fotos siempre aparecía sonriendo, con el pelo rubio recogido o suelto, y se notaba que era de esas personas que irradiaban energía incluso a través de una pantalla. No era fácil encontrar a alguien con quien compartir piso y que no te diera mala espina desde el principio, pero Anna me transmitió confianza desde el día uno. Me dijo que el piso era pequeño pero acogedor, que la habitación que me había guardado tenía una ventana grande con mucha luz, ideal para dibujar. Y que me esperaba con una cena preparada si llegaba antes de las nueve.

«No me hagas caso si ves libros por el suelo o una planta medio muerta en el balcón —me escribió entre risas—. Soy un desastre, pero soy un desastre con buen corazón.»

Seguí las indicaciones del móvil, girando en la primera calle a la izquierda. El ruido de la estación se iba diluyendo poco a poco, y el paisaje cambiaba. Las tiendas de souvenirs y los carteles de neón daban paso a pequeños comercios: una frutería con cajas de melocotones apiladas en la entrada, un bar con sillas de plástico en la acera donde un grupo de ancianos tomaba café.

El calor apretaba. La maleta pesaba cada vez más, y la boca se me empezaba a secar. Pasé la lengua por los labios y la noté reseca.

Un cartel llamó mi atención unos metros más adelante: «Pizzería 24 horas». Tenía una terraza pequeña con sombrillas de colores y un par de mesas vacías. Justo lo que necesitaba.

Dejé la maleta apoyada contra la pared de la entrada y me acerqué a la barra. El local era pequeño, con un horno de piedra a la vista y un olor a masa y tomate que se mezclaba con el aire caliente. Detrás del mostrador, un hombre de unos cincuenta años limpiaba un vaso con un trapo. Tenía el pelo canoso y escaso, una barriga prominente que se marcaba bajo el delantal blanco. Cuando levantó la vista al verme, sus ojos se detuvieron un momento en mi escote y luego subieron a mi cara con una sonrisa amable.

—Hola —dije, apoyando los codos en la barra—. ¿Me pones una Coca-Cola bien fría, por favor?

—¿Eres nueva por aquí? —preguntó, mientras me servía la bebida.

—Llegué hace diez minutos —respondí, llevándome el vaso a los labios. El frescor me recorrió la garganta—. Vengo a estudiar en la universidad.

—Ah, la universidad. Está a treinta minutos andando hacia el norte. —Señaló con la cabeza en esa dirección, y su barriga rozó el borde de la barra—. Pero si necesitas algo, ya sabes dónde estamos. La pizzería lleva abierta treinta años. Yo soy Manuel, el dueño.

—Valeria —dije, devolviéndole la sonrisa.

—Bienvenida a la ciudad, Valeria. —Manuel se limpió las manos en el delantal y echó un vistazo a la calle—. El primer día siempre es complicado. Pero verás cómo te acostumbras.

Se apartó y siguió trabajando, ordenando los estantes. Yo bebí la mitad del vaso de un solo trago.

Aproveché el momento para sacar el móvil. Abrí el chat con mi madre y escribí:

«Ya he llegado a la estación, mamá. He parado a tomar algo antes de ir al piso. Está todo bien.»

El mensaje se envió al instante. Su respuesta no tardó ni un minuto.

«Me alegro, hija. Disfruta. Y no olvides llamarme cuando llegues, ¿vale? Te quiero. ¿Ya has conocido a algún chico?»

Sonreí al leer su mensaje y negué con la cabeza. Mi madre, siempre igual.

«No, mamá, no he conocido a ningún chico. Bueno, al dueño de la pizzería, pero tiene cincuenta años y barriga.»

«Pues ya sabes, los mayores también tienen experiencia, jajajajaja», respondió con un emoticono de guiño.

No contesté. Sonreí y luego abrí el chat con Anna.

«Ya estoy en la ciudad. He parado en una pizzería a refrescarme un poco. En unos minutos llego al piso. ¿Necesitas que compre algo?»

Estaba terminando mi Coca-Cola en la pizzería de Manuel, disfrutando del frescor del aire acondicionado y del silencio después del viaje, cuando el móvil vibró en la barra. Lo giré para ver la pantalla.

Hugo.

Sonreí.

Hugo y yo volvimos a retomar el contacto. Una noche, seis meses después de mi primera vez, nos encontramos en una fiesta. Los dos estábamos borrachos. Él se acercó, y yo no lo aparté. Follamos otra vez en su coche.

No éramos novios. Eso lo dejamos claro desde el principio. Éramos algo más simple y más complicado a la vez: dos personas que se encontraban cuando lo necesitaban, que se usaban mutuamente para saciar lo que ninguno podía saciar solo.

Nunca llegó a ser lo que yo buscaba. Pero mejoró. Mucho. Aprendió a escuchar un poco más, a seguir mis ritmos. O quizá fui yo quien aprendió a manejar sus torpezas, a tomar lo que me servía. La dinámica funcionaba porque era sencilla: sin sentimientos, sin promesas, sin preguntas incómodas.

También porque Hugo tenía novia. Una chica de su pueblo, dulce y callada, que probablemente no sabía nada de mí. Y a mí no me importaba. No era asunto mío. Si él quería jugar a dos bandas, era su riesgo, su responsabilidad. Yo no tenía ningún compromiso con ella, ni con él. Mi única regla era clara: lo que pasaba entre nosotros, se quedaba entre nosotros. Y Hugo lo sabía. Por eso confiaba en mí, y yo en él. No para construir algo, sino para asegurarnos de que nadie más se enterara.

A veces, en medio del sexo o del sexting, él mencionaba a su novia. Siempre en tono de queja: «ella no hace esto», «con ella tengo que ir despacio», «tú eres mucho más abierta». Yo no respondía. No me interesaba ser su confidente ni su terapeuta sexual. Solo quería su polla, sus órdenes, la distracción. Y él quería mis tetas, mi boca, mi disponibilidad sin ataduras. Éramos dos personas que se usaban mutuamente, y eso era todo.

«Hola, Valeria. ¿Qué tal va todo? Ya has llegado. Sabes que… echo de menos ya tus tetas.»

Una media sonrisa se me escapó.

«¿Ya tan pronto las echas de menos?»

El mensaje se envió. Tres puntos aparecieron al instante. Hugo nunca había sido de los que tardaban.

«Joder, Valeria. Solo pensarlo ya la tengo dura. Enséñamelas. ¿Dónde estás? ¿Estás ya en el piso?»

«Todavía no. Estoy tomando una Coca-Cola bien fría en una pizzería cerca de la estación. Hace mucho calor. ¿Tan desesperado estás ya?»

«Desesperado no. Duro sí. Muy duro. Enséñamelas, vamos.»

«Estoy en el bar, Hugo. No puedo sacármelas aquí en medio de la pizzería, por muy dura que la tengas.»

«Entonces busca una solución, Valeria. Ve al baño. Quiero verlas fuera, con esos pezones tan sensibles que seguro que ya están duros. Va, estoy en la cama.»

Miré el pasillo que había al fondo del local. Había un pequeño cartel de «Aseos».

El corazón me latía en la garganta. Sabía que era una locura. Sabía que estaba en un bar. Sabía que Anna me esperaba.

Me llegó una foto.

Era su polla. Fuera del pantalón. Gruesa, venosa, completamente erecta. La tenía agarrada con una mano.

Otro mensaje llegó justo debajo.

«Así de dura la tengo solo de pensarte. Ahora ve al baño, cierra la puerta y enséñamelas. Quiero ver esas tetas mientras me masturbo.»

Dejé la maleta apoyada contra la pared, junto a la barra, y me levanté. Manuel levantó la vista un segundo.

—¿Todo bien?

—Voy al baño un momento. ¿Puedo dejar la maleta aquí? —pregunté. Mi voz sonó más baja, más rota de lo normal.

Él asintió y volvió a lo suyo.

Caminé hacia el fondo con las piernas un poco flojas. El baño era pequeño, de una sola cabina. Entré, cerré con llave y me apoyé contra la puerta. El corazón me golpeaba las costillas. Todavía tenía la imagen de su polla grabada en la retina.

El espejo del baño devolvió mi reflejo: mejillas sonrojadas, ojos brillantes, el pecho subiendo y bajando con una respiración entrecortada. Me mordí el labio inferior.

«Estoy dentro.»

La respuesta llegó al segundo:

«Quítate el top del todo. Quiero verlas completas mientras me la toco.»

Mis manos encontraron el borde del top blanco. La tela era ligera. Lo levanté despacio, primero dejando al descubierto la curva inferior de mis pechos y finalmente el peso completo de mis tetas, que cayeron libres con un movimiento suave. Me quité el top del todo y lo dejé encima de la tapa del inodoro.

Los pezones ya estaban duros. No sabía si por el aire acondicionado del baño, por la excitación o por la mezcla de ambas cosas. La verdad es que no me importaba.

Saqué el móvil. Enfoqué, disparé. La foto captó mis pechos desnudos, los pezones erguidos, la curva generosa que se extendía hacia mis costillas. La envié sin pensar, sin tiempo para arrepentimientos.

«Joder, Valeria. Qué tetas más perfectas. Me las quiero comer enteras.»

Otro mensaje llegó justo después:

«Ahora pellízcate los pezones. Fuerte. Quiero verlos rojos.»

Mis dedos subieron y encontraron el pezón derecho. Lo apreté con fuerza, rodándolo entre el pulgar y el índice. El dolor agudo me hizo arquear la espalda y soltar un gemido que se quedó atrapado en mi garganta.

Otra foto. Otra. La siguiente con mis pezones enrojecidos, hinchados, brillantes de saliva.

«Joder, Valeria. Me estoy masturbando con tus fotos. Dime, ¿te gusta estar ahí en un baño?»

Me mordí el labio. El espejo me devolvía la imagen de mis tetas desnudas, los pezones rojos e hinchados por mis propios dedos.

Escribí con el pulgar temblando un poco:

«Sí. Me gusta. Ya sabes que me gusta que me digas qué hacer.»

El mensaje de Hugo quedó flotando en la pantalla. Mis dedos, todavía temblorosos, sostenían el móvil mientras el espejo del baño me devolvía mi reflejo: tetas al aire, pezones rojos e hinchados, el pecho cubierto por un leve brillo de sudor. La imagen era vulnerable. Pero mis ojos no lo eran.

«Tengo una idea. No dices que te gusta que tenga iniciativa. Sal de ese baño. Ahora. Y métete en el de hombres.»

Un escalofrío me recorrió la espalda. No era miedo. Era la adrenalina del riesgo, la electricidad de lo prohibido. Pero mientras el calor se extendía entre mis piernas, otra parte de mi cerebro se activó.

Mis dedos escribieron antes de que pudiera arrepentirme:

«No, Hugo.»

Tres puntos aparecieron al instante. Luego un mensaje:

«¿Cómo que no? Vamos, Valeria. Esto va a ser muy excitante.»

«No. Esto es demasiado. Y si alguien me ve…»

«¿Qué te pasa? Siempre me pides que te diga qué hacer. Sabes que te gusta. Lo sé. Encima nadie te conoce, ya no estás en el pueblo. Si alguien te ve o lo que sea, dices que te has equivocado y punto. Vamos, puta, sabes que lo estás deseando.»

La palabra «puta» me golpeó. No como un insulto, sino como un recordatorio de lo que yo era para él. Para Hugo, yo era eso: una puta a la que podía ordenar, usar, desechar. Eso era lo que habíamos acordado.

Porque tenía razón en una cosa: lo estaba deseando.

«Vale.»

Envié el mensaje antes de que pudiera arrepentirme.

«¿En serio? Joder, Valeria, sabía que no me ibas a fallar.»

«Pero no voy a hacerlo porque tú me lo pidas. Voy a hacerlo porque yo quiero. Porque me excita.»

«Vale, lo que tú digas. Pero hazlo ya. Estoy a punto de correrme.»

Me puse el top. La tela rozó mis pezones sensibles y un escalofrío me sacudió la columna. Los agarré con fuerza, apretándolos contra el algodón, dándome un segundo para reflexionar. No para calmarme. Para saborear la decisión.

Salí del baño. Al lado había un cartel metálico con la silueta de un hombre. Gris, desgastado por el tiempo. Debajo, la palabra «CABALLEROS».

Mi mano rozó el picaporte. Estaba frío. Un latido se me escapó de la garganta y lo sentí vibrar en el paladar.

Empujé la puerta.

El baño de hombres era más grande que el de mujeres. Tres urinarios de cerámica blanca, dos cabinas, un espejo largo sobre un lavabo. Olor a desinfectante barato y a orina seca.

Cerré la puerta detrás de mí con cuidado. El click del pestillo sonó demasiado fuerte.

Saqué el móvil.

«Estoy dentro.»

«Joder. Quítate el top otra vez. Quiero verte ahí, en el baño de tíos, con las tetas fuera. Y mándame foto, qué morbo.»

Me quité el top. La tela blanca cayó al suelo sucio junto al lavabo. Mis pechos pesaron de inmediato.

Disparé la foto. Enfoqué desde abajo, para que se viera el pecho completo y, al fondo, los urinarios. Envié.

«Joder, Valeria. Quítate el short también. Quiero verte el coño.»

Mis dedos desabrocharon el botón del short. El denim se deslizó por mis caderas junto con las bragas. El aire frío me rozó los labios hinchados y ya empapados.

De repente se escuchó un golpe en la puerta. Fue seco, contundente, como si alguien hubiera golpeado con el puño cerrado. El pomo empezó a moverse.

—¡Oye! ¡Ese es el baño de hombres! ¡No se puede cerrar con llave!

Reconocí la voz al instante.

Manuel. El dueño.

—¡Abre! ¡Te he visto entrar! ¡Esto no es el de señoras!

Me quedé paralizada. Esperando a que él se cansara. El silencio se hizo espeso. Solo se oía el zumbido del fluorescente y mi propia respiración.

Pasaron segundos.

Luego casi un minuto completo.

Oí un resoplido pesado al otro lado. El sonido de unos pasos alejándose.

Parecía que se había ido.

Me quedé inmóvil unos segundos más, escuchando. Nada.

Y entonces, sin previo aviso, la cerradura giró.

No me dio tiempo a reaccionar. La puerta se abrió de golpe, empujada con una fuerza seca, y Manuel apareció en el umbral con el llavero aún en la mano.

Mis pechos quedaron a la vista un instante antes de que, por puro instinto, me llevara las manos al pecho, tapándome a medias.

Manuel no apartó la mirada.

No dijo nada.

No apartó los ojos.

—Vaya —murmuró al fin, con una voz más ronca que antes—. Con razón no querías que abriera.

El calor me subió a la cara.

—Pero qué coño haces desnuda…

El short y las bragas seguían enredados en mis tobillos. El top blanco yacía en el suelo sucio a mis pies.

—Vístete y sal —ordenó, más seco—. Este es el baño de hombres.

Me quedé congelada, con las manos todavía apretando mis tetas, el corazón golpeándome las costillas. Iba a agacharme a por la ropa cuando él habló otra vez, cambiando el tono de golpe.

—Aquí no.

Se hizo a un lado, dejando el umbral libre, y señaló con la cabeza hacia el pasillo.

—Vete al de mujeres.

No me moví de inmediato.

Él tampoco. Solo esperó, con el llavero todavía colgando de los dedos.

Tragué saliva.

Las manos me temblaban cuando las aparté de mi pecho. Mis tetas cayeron libres otra vez, pesadas, los pezones todavía duros y enrojecidos. Me agaché para subir el short.

—Te he dicho que te vistas en el de mujeres. ¿O quieres que llame a la policía?

Me quedé un segundo más, desnuda.

No me atreví a responder. Recogí el short y las bragas como pude, me agaché sin soltar la ropa contra el pecho y salí al pasillo. Él se apartó lo justo para dejarme pasar, y noté su cuerpo grande.

Entré en el baño de mujeres. Cerré la puerta con pestillo. Me vestí despacio, con las piernas flojas.

Respiré hondo. Salí.

Manuel estaba detrás de la barra, con los brazos cruzados sobre el pecho.

—Siéntate —dijo.

Obedecí. Me subí al taburete con cuidado, apretando los muslos. El silencio entre los dos era espeso.

—No voy a llamar a la policía —dijo por fin, y la tensión en mi pecho se aflojó un poco—. Pero te voy a hacer una pregunta. Y quiero una respuesta.

Asentí sin levantar la vista.

—¿Eres exhibicionista? ¿Es eso? ¿Te va lo de que te miren?

La palabra resonó en la barra vacía. No sonó como un insulto. Sonó como una ficha que encajaba en un expediente.

—No… un amigo… era un juego —respondí, con la voz más débil de lo que me habría gustado.

—Mira, no voy a juzgarte. Cada uno se busca el calor como puede. Pero eso puede ser bueno…

Hizo una pausa. Me sirvió un vaso de agua y lo deslizó hacia mí. Luego apoyó las manos en la barra y me miró de arriba abajo, despacio, como si estuviera calculando algo.

—Tienes un cuerpo que vende, Valeria. No te lo voy a negar. Y no me refiero solo a las tetas, aunque ayudan. Es el conjunto. Las caderas, la cintura, la mirada. Y si encima te gusta que te miren, entonces me podrías ser de utilidad. —Hizo una breve pausa—. Los viernes y los sábados por la noche esto se llena de hombres —continuó—. Hay una zona de copas cerca. Jóvenes, mayores, grupos de estudiantes. Muchos vienen a cenar, otros solo a beber. Vendo los cubatas más baratos. Y me falta una camarera que sepa llevar eso, que no se ofenda si la miran más de la cuenta. Que pueda atraer a clientela masculina. Y creo que tú encajarías… Te pagaría bien. Me has dicho que vas a empezar en la universidad. Siempre viene bien un dinero extra para gastos o caprichos.

Lo observé. Su cara seguía seria, pero sus ojos tenían un brillo más práctico, casi de comerciante.

—¿Me estás ofreciendo trabajo? —pregunté.

—Te estoy diciendo que una chica como tú, con ese cuerpo y con esa forma de moverse, puede atraer clientela. Y si además lo disfruta, mejor para todos. Trabajas, cobras, y si te gusta, repites.

—¿Y si digo que no?

—Pues te vas, con tu maleta. Yo no he visto nada —dijo Manuel, sin apartar la vista de la puerta—. Pero este bar tiene cámaras. Y hay una que apunta al pasillo de los baños. Justo donde cruzaste desnuda para ir al baño de mujeres a vestirte.

La mención de las cámaras cayó como una losa. Me quedé callada, con las manos apretadas alrededor del vaso de agua vacío.

—No me gustan los líos, Valeria. Y menos en mi local. Pero si alguien pregunta, tendré que responder. Enseñar las imágenes… Yo no quiero eso. Tú tampoco. A saber dónde acaban esas imágenes. Así que podemos hacer una cosa: tú trabajas aquí los fines de semana. En negro, sin contrato, solo camarera. Y yo me olvido de que hoy exististe.

—Esto es chantaje —dije, bajando la voz.

—Es un acuerdo —respondió él, sin inmutarse—. Por lo que he visto te gusta que te miren. Yo te ofrezco un sitio donde te mirarán sin esconderte en un baño. No es chantaje. Es sentido común.

Se inclinó un poco sobre la barra, bajando la voz.

—Y no me vengas con que era solo un juego. Cuando abrí la puerta no estabas asustada. Estabas caliente. Se te notaba en la respiración, en cómo te apretabas las tetas, en los pezones. Los tenías duros, rojos, hinchados. Eso no se finge, Valeria.

El calor me subió a la cara de golpe. No podía sostenerle la mirada.

—Una chica como tú no entra a un baño de hombres por obligación —continuó—. Entra porque le pone. Porque le gusta el riesgo. Y eso, bien llevado, es un don. Aquí puedes usarlo sin que te pillen con las bragas bajadas.

Me quedé callada. Las piernas me temblaban bajo la barra.

—Piénsalo. Pero no tardes demasiado. Toma mi tarjeta. El sábado es pasado mañana. Si quieres probar, ven a las ocho. Eso sí, espero que nadie venga a preguntar por las cámaras… Y escribe tu número en este papel.

No respondí. Me guardé la tarjeta que Manuel me había dejado sobre la barra. «Pizzería 24 horas.» Y un número escrito a bolígrafo. Escribí el mío en el papel que me había ofrecido.

Me levanté del taburete. Las piernas me temblaban. Agarré la maleta con fuerza, como si fuera lo único estable en aquel momento.

Saqué el móvil.

Mensajes sin leer de Hugo.

«¿Sigues ahí?»

«Valeria, contesta.»

«¿Ha pasado algo?»

«Me voy a correr viendo tus tetas.»

«Joder, tía, contesta.»

Me detuve en un portal y me apoyé contra la pared. El pulgar me temblaba al escribir.

«Perdona. Un hombre quería usar el baño. Tuve que salir corriendo.»

No era del todo mentira. Solo que el hombre era Manuel, y lo que había pasado dentro del baño no tenía nada que ver con una simple espera.

«¿Y no podías haberme avisado? Me has dejado tirado.»

«Lo siento. No me ha dado tiempo. Luego hablamos, ¿vale? Ahora tengo que llegar al piso.»

Hugo tardó unos segundos en responder.

«Vale. Pero me debes una.»

También había un mensaje de Anna contestándome a lo que le había preguntado.

«¡Bienvenida, Valeria! No te preocupes por comprar nada. Ya he comprado yo. Tengo vino blanco frío y unas cervezas. He preparado pasta con pesto. Ven directa, que te estoy esperando. ¡Tengo ganas de verte ya en persona!»

Sonreí a pesar de todo. Anna no tenía nada que ver con lo que acababa de vivir.

Me guardé el móvil en el bolsillo y levanté la vista. El sol seguía apretando con fuerza, y el asfalto parecía devolver el calor en ondas densas. La ropa se me pegaba a la piel, y las piernas me pesaban. No estaba lejos del piso, pero con aquel calor y la maleta, cada paso se me hacía eterno.

Alcé la mano para parar un taxi. Frenó junto a la acera con un chirrido suave. El conductor, un hombre mayor de bigote cano y camisa blanca de manga corta, me miró por el espejo retrovisor mientras yo guardaba la maleta en el maletero y me sentaba detrás.

—¿A dónde vamos, guapa? —preguntó.

Le di la dirección del piso. Asintió, arrancó, y el aire acondicionado me envolvió de golpe. Cerré los ojos un instante y dejé que el frescor me secara el sudor de la nuca.

Saqué el móvil. Hugo no había vuelto a escribir. Mejor.

El taxista me observaba de refilón por el retrovisor. No dijo nada. Solo conducía.

—Hace un calor insoportable —murmuré, más para romper el silencio que por ganas de hablar.

—Sí, en agosto la ciudad es un horno —respondió sin dejar de mirar la carretera—. Pero ya te acostumbrarás.

No contesté.

El taxi se detuvo frente a un edificio antiguo de fachada clara. Pagué, saqué la maleta y me quedé un momento en la acera, mirando el portal. La puerta del portal estaba abierta. Me subí al ascensor de puerta metálica. Finalmente estaba en la tercera planta, delante de la puerta donde sería mi casa para los próximos años.

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1 Comentario

  • Anónimo agosto 22, 2026 a las 9:58 pm

    Genial que hayas subido rápido la segunda parte, sigue contando por favor

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