El despertar – Capítulo 1

Me llamo Valeria. Había vivido en un pueblo de dos mil habitantes donde todo el mundo conocía mi nombre, sabía quiénes eran mis padres y qué hacía yo con mi vida. Vivíamos allí porque mi abuela materna tenía una casa antigua de paredes de piedra y patio trasero. Cuando mis padres se casaron, la reformaron y se mudaron. A mi madre nunca le gustó la ciudad. Decía que era demasiado estrés, demasiada gente, demasiado ruido. Prefería la tranquilidad del pueblo, aunque no lo aparentara. Porque si la veías con sus vestidos ajustados y sus fotos en ropa interior, nunca dirías que era una mujer que disfrutaba del silencio y del olor a tierra mojada. Pero lo hacía. Necesitaba su espacio, su jardín, su intimidad. Y el pueblo se lo daba. O al menos aparentaba dárselo.

Mis padres no eran como los demás. Eso lo supe desde pequeña.

Mi madre, Carolina, tiene cuarenta y nueve años y parece diez menos. Morena, de ojos verdes como los míos, con un cuerpo que nunca ha dejado de ser deseado. Caderas anchas, pechos operados, cintura marcada. Ella nunca se ha escondido. Al contrario. Se viste con escotes profundos, con vestidos que marcan cada curva, con ropa que a mí me parecería imposible de llevar. Y los hombres la miran. Siempre la han mirado.

Mis padres se separaron cuando yo tenía nueve años. No fue un drama. No hubo gritos ni platos rotos. Simplemente dejaron de encajar. Él viajaba mucho por trabajo, y ella estaba muchas veces sola, y un día decidieron que era mejor cada uno por su lado. Sin malas caras. Sin rencor. Ahora mi padre vive lejos, se ha reencontrado y está feliz con otra mujer. Yo lo veo en fechas señaladas y alguna que otra vacación. Y cuando lo veo, me abraza como si no hubiera pasado el tiempo. También hablamos bastante por teléfono o videollamada.

Cuando lo dejaron, mi madre se dedicó más a las redes. Empezó vendiendo fotos en redes sociales y grupos de Telegram. Para ella era de sentido común. Prefería ganar dinero mostrándose que matarse ocho horas en un trabajo que la aburría. Decía que «la vergüenza es solo algo que tienen las mujeres feas» y que «si los hombres quieren mirar, que paguen por mirar».

Viendo que ganaba dinero con eso, se abrió una cuenta de OnlyFans. Al principio no ganaba mucho, pero supo moverse. En menos de un año ya tenía ingresos fijos, no muy altos al principio, pero suficientes para no depender de nadie y poder dejar su trabajo de dependienta en el supermercado.

Ahora tiene más de ciento cincuenta mil seguidores en Instagram y en OnlyFans tampoco se queda corta, aunque nunca muestra la cara. Su nombre artístico es Dulce Caro. Fotografías en lencería, desnudos integrales o lo que le pidan, pero siempre con una máscara de terciopelo negra. Nunca muestra sexo explícito. No hay penetración excepto cuando se la hace ella misma. No involucra a más personas. No hay sexo oral real. Solo mucha, mucha insinuación. Y sus suscriptores pagan bastante por verla.

Yo lo sabía. Ella nunca me lo ocultó. Lo que hacía era un trabajo más, como ser camarera o dependienta, pero con mejor sueldo y sin jefe, según decía. No había secretos entre nosotras. Cuando empecé a usar Instagram, ya sabía qué tipo de fotos publicaba. Me lo dijo sin rodeos: «Mira, hija, esto es lo que hago. Si te parece bien, bien. Si no, también. Pero no pienso esconderme». Y no se escondió. Nunca.

A veces me aparecía una foto suya en el feed y no podía dejar de mirar. No sé si era curiosidad, morbo o vergüenza. Quizá las tres cosas.

Pero también hay que decir que gracias a ese trabajo tuvo tiempo para mí. Siempre estaba cuando la necesitaba: para llevarme al colegio, para ayudarme con los deberes, para escucharme cuando llegaba llorando de clase. Me apoyó en todo: en lo que quería estudiar, en mis dibujos, en mis decisiones. Era una buena madre. Nunca me faltó nada.

Fue entonces cuando conoció a Carlos.

Carlos era uno de sus suscriptores. Empezaron a hablar por privado, al principio de cosas banales, y poco a poco fueron creando un vínculo. Luego él le confesó que se sentía ridículo escribiendo a una mujer que solo conocía por fotos en lencería. Mi madre, que nunca tuvo problema en mezclar las cosas, le respondió: «Pues si te da vergüenza, dejamos de hablar. Pero si quieres conocerme de verdad, invítame a cenar». Y él lo hizo.

La primera vez que se vieron en persona, mi madre me llamó por la noche casi gritando de la emoción. «Es más alto de lo que imaginaba. Y tiene una sonrisa que no sabes…»

Ahora ella está con Carlos. Es siete años más joven que ella. Alto, moreno, con esa sonrisa fácil de la gente que no tiene que esforzarse para caer bien. Es agente inmobiliario. Abierto, simpático. Nunca ha intentado hacerse el padre ni el amigo íntimo. Solo está ahí, pendiente de que yo esté bien, preguntando por el colegio, trayendo algo de comer cuando sabe que he tenido un día malo. No me trata como una hija ni como una molestia. Y yo, aunque no lo diga, le estoy agradecida de que no quiera suplantar el papel de padre.

Pero hay algo que no puedo quitarme de la cabeza, algo que me incomoda más de lo que debería.

Carlos ha visto a mi madre desnuda. La ha visto en fotos, en vídeos, en poses que yo solo podía imaginar y ahora en la intimidad. Él ha pagado por verla. Y ahora vive con nosotras, se sienta en el sofá, y yo lo miro y no puedo evitar preguntarme: ¿qué pensará cuando me ve a mí? ¿Me compara? ¿Se fija en cómo se mueven mis pechos bajo la camiseta, en la curva de mis caderas? ¿Sabe que soy su hijastra y aun así, en algún rincón de su cabeza, le resulta difícil no mirar?

No es que me asuste. O quizá sí. Pero no es miedo lo que siento cuando él me sonríe desde el sofá mientras mi madre prepara el café. Es otra cosa. Es una sensación caliente y confusa que baja por mi pecho y se instala entre las piernas.

Vivimos los tres en la casa de mi abuela, la misma de paredes de piedra y patio trasero donde yo crecí. Cuando Carlos llegó, mi madre reformó el piso de arriba para tener más espacio. Dos dormitorios arriba, el salón y la cocina abajo, y un pequeño estudio que Carlos se montó en la antigua despensa.

Pero la casa es vieja. Las paredes son gruesas en algunos sitios y en otros no tanto. Y eso es algo que pasa a menudo: los escucho. Casi cada noche.

Al principio intentaba taparme los oídos con la almohada, poner música, cualquier cosa para no oír. Pero era inútil. Eran gemidos suaves, el crujido rítmico del colchón.

Una noche llegué tarde de casa de una amiga. Eran casi las doce y las luces de abajo estaban apagadas. Subí las escaleras de puntillas, como tantas otras noches, pensando que ya estarían dormidos. Pero la puerta de su habitación no estaba del todo cerrada. Una rendija de luz se filtraba por el marco.

Me acerqué sin hacer ruido.

Y los vi.

Mi madre estaba de rodillas sobre la cama, completamente desnuda. Sus brazos caían a ambos lados del cuerpo, pero no se movían. Entonces vi la cuerda: fina, de un color rojo oscuro, enrollada alrededor de sus muñecas y atada a la cabecera. No podía usar las manos. Estaba indefensa. Expuesta.

Carlos se colocó frente a ella, también desnudo, y lo que vi entre sus piernas me dejó sin aire. No era como en las películas porno que había visto a escondidas. Esto era real. Demasiado real. Era tan gruesa que no entendía cómo algo así podía erguirse, tan larga que me pareció imposible que cupiera entera en ningún sitio. Y mi madre lo miraba como si fuera lo único que necesitaba en el mundo.

No supe si sentí miedo, fascinación o las dos cosas mezcladas. Pero no pude apartar la mirada.

—Abre la boca —dijo Carlos.

Mi madre obedeció. Sin dudar. Sin cuestionar. Abrió la boca y sacó la lengua, como un animal que espera ser alimentado. No había en sus ojos ni miedo ni vergüenza.

Carlos la agarró del pelo con ambas manos, sin delicadeza, y empujó su boca hacia su polla. Mi madre gimió alrededor de aquella carne enorme, un sonido ahogado y húmedo que nunca había oído salir de su garganta.

Carlos tiró de su pelo hacia atrás, haciéndole arquear el cuello, y la miró fijamente a los ojos.

—Así me gusta —dijo él—. Así te quiero ver. De rodillas. Tragándomela. ¿Eres mi puta, Carolina?

—Sí… —respondió ella entre jadeos, cuando él le permitió respirar—. Soy tu puta. Solo tuya.

—Pues abre más esa boca.

Mi madre volvió a chuparlo. Con más intensidad ahora, con más hambre. Se movía sobre sus rodillas, empujando su boca contra él una y otra vez, y sus gemidos eran cada vez más altos, cada vez más desesperados. Yo podía ver el movimiento de su mandíbula, la forma en que sus labios se estiraban alrededor de aquella polla imposible, la manera en que tragaba y tragaba sin protestar.

Cada embestida producía ese mismo ruido obsceno: gluck… gluck… gluck… húmedo, sucio, imposible de ignorar. Mi madre bababa sin control. La saliva le escurría por la barbilla, le manchaba el pecho, y las lágrimas seguían cayendo, brillantes bajo la luz de la lámpara.

Yo no podía dejar de mirar. El sonido me atravesaba. Cada gluck me apretaba el vientre un poco más.

Me quedé inmóvil, con la espalda pegada a la pared del pasillo y la cara asomada apenas unos centímetros por la rendija de la puerta.

—Eres mi puta, Carolina —repitió él.

Algo en esa dinámica me gustó. No era solo el tamaño de él, aunque aquella polla era imposible de ignorar. No era solo lo que hacían. Era cómo lo hacían. La forma en que ella se abandonaba sin dejar de ser ella misma. La forma en que él la trataba como un objeto y, al mismo tiempo, como un tesoro. No había miedo. No había dolor. Solo placer. Mucho placer.

Mi ropa interior estaba completamente húmeda. Estaba muy excitada, pero también había algo de culpa por estar así, viendo a mi madre siendo usada. El vientre me dolía de una forma nueva, como si algo presionara desde dentro.

Cuando por fin me obligué a apartarme, lo hice de puntillas, con las piernas temblando. Cerré la puerta de mi habitación con cuidado y me dejé caer de espaldas sobre la cama.

No pude dormir.

La imagen se repetía una y otra vez detrás de mis párpados: mi madre de rodillas, la cuerda roja, el gluck… gluck… gluck… húmedo y obsceno. La voz de Carlos llamándola puta. La expresión de ella, los ojos brillantes de lágrimas y deseo. Su polla, tan ancha que no entendía cómo podía caber en una boca, tan pesada que parecía hecha para no ser ignorada.

Mi cuerpo reaccionó. Me quité toda la ropa con manos torpes. Estaba empapada. Me toqué y un gemido suave se me escapó de la garganta. Cerré los ojos y me dejé llevar.

Pensé en él. En cómo agarraba el pelo de mi madre. En cómo le empujaba la polla hasta el fondo de la garganta. En cómo ella lo aceptaba todo, babosa, sumisa, completamente entregada.

Mis dedos empezaron a moverse más rápido sobre el clítoris. Con la otra mano me agarré un pecho, retorciéndome el pezón con fuerza, casi hasta doler. El dolor agudo se mezcló con el placer y me hizo arquear la espalda. No bastaba. Necesitaba más.

Separé las piernas y me metí dos dedos dentro. Estaba tan mojada que entraron sin resistencia. Me follé con ellos con desesperación, imaginando que era esa polla enorme la que me abría, la que me llenaba, la que me usaba.

—Joder… —susurré contra la almohada, mordiéndola para no hacer ruido.

No era la primera vez que me tocaba, pero sí la primera vez que lo hacía así: con rabia, con miedo, con una excitación tan fuerte que necesitaba correrme. Volví a repasar la escena en mi mente: mi madre con las manos atadas, indefensa, y esa polla… joder, me atraía. Pensé en cómo me miraría si me viera ahora, con las piernas abiertas, tocándome.

Seguí. Más fuerte. Más profundo. Me retorcí los pezones hasta que lloré de placer, hasta que el orgasmo me golpeó de golpe, violento, dejándome sin aire, con el cuerpo sacudido y los dedos todavía dentro, temblando. Tuve que morderme el labio para no gritar.

Cuando por fin pude respirar, me quedé mirando el techo a oscuras, confusa, excitada, avergonzada, sintiendo el eco de aquel placer y la culpa.

Me quedé dormida enseguida después de correrme.

A la mañana siguiente no pude mirar a nadie a la cara.

Bajé a la cocina. Mi madre canturreaba mientras hacía el café, ajena a todo, con el cuello lleno de marcas rojas que no se molestaba en tapar. Yo apenas podía sostener la taza sin que me temblaran las manos.

A partir de ese día ya no intentaba taparme los oídos por las noches. Me quedaba despierta. Al primer gemido ahogado de mi madre, mi mano ya estaba entre las piernas. Me tocaba despacio al principio, siguiendo el ritmo de sus jadeos, imaginando lo que estarían haciendo. Me corría con ellos, mordiendo la almohada, con la imagen de mi madre atada y sometida grabada en la mente.

Mi primera vez fue tres semanas después de aquel incidente. Tenía casi dieciocho años. Algunos dirán que fue tarde, pero en un pueblo de dos mil habitantes donde todos miran y todo se sabe, la intimidad es un lujo que no existe. Pero después de aquella noche, después de verla de rodillas, atada, entregada, ya no pude esperar más. No por presión social, no porque «tocara». Sino porque algo se había despertado en mí que no podía ignorar. Mi cuerpo pedía lo que mis ojos habían visto, y necesitaba saber si yo también podía sentir ese poder que ella tenía. No quería esperar al hombre perfecto ni al momento ideal. Quería sentirme deseada, usada, viva.

Nunca les conté a mi madre cómo fue, aunque ella en varias ocasiones me preguntó por mi primera experiencia. Preferí mantenerlo en secreto.

—Vamos, Valeria —me decía, con una copa de vino en la mano—. Todas tenemos una primera vez. La mía fue horrible, por cierto. Y con esas tetas que has heredado de mí, dudo mucho que no hayas tenido oportunidades.

Yo me sonrojaba, le decía que se callara, pero ella insistía con esa sonrisa suya de «no te voy a juzgar, solo quiero saber».

—No pasa nada por contarlo, hija —añadía, encogiéndose de hombros—. Es normal. Es algo que todas hemos vivido. La primera vez siempre es rara, siempre es incómoda, siempre te preguntas si lo has hecho bien. Pero no hay que darle más vueltas. No es un tabú. Es sexo. Punto.

Fue con un chico mayor, conocido de un amigo. Me llevó a su coche después de una fiesta, los dos algo borrachos.

Empezó con un beso. Uno de esos besos que te roban el aire, que te empujan contra el asiento y te hacen olvidar dónde estás. Su lengua encontró la mía y yo, torpe, insegura, intenté seguirle el ritmo. Sus manos subieron por mi costado, lentas al principio, como pidiendo permiso. Después, cuando notó que no me apartaba, se volvieron más audaces.

Me manoseó las tetas por encima de la camiseta. Yo respiraba con dificultad, sin saber muy bien si aquello me gustaba o solo me daba miedo. Pero no dije que no. No me aparté.

Él entonces, sin previo aviso, me bajó el top de golpe. Brutalmente. La tela se rasgó un poco por el hombro y mis tetas quedaron al descubierto. Él se quedó mirándolas, boquiabierto, como si nunca hubiera visto unas iguales. Y yo, con el corazón en la garganta, vi cómo sus ojos se abrían con una mezcla de sorpresa y deseo.

—Joder —susurró—. Qué tetas más grandes tienes.

A mí nunca me gustaron. Crecieron demasiado pronto, cuando aún no sabía ni qué hacer con ellas. Los chicos se reían y hacían comentarios, y las chicas susurraban a mis espaldas, como si llevar aquel par de lastres fuera culpa mía. Durante años quise que desaparecieran.

Siempre había sabido que a los chicos les gustaban grandes. Pero nunca lo había sentido hasta ese momento. Ver a Hugo, con la mirada fija y la boca entreabierta, me hizo entender que aquello que tanto había odiado era, para alguien como él, exactamente lo que quería ver. Y por primera vez, no me dio vergüenza.

Uso una talla 100F. Pesados, redondos, con una caída natural que ningún sujetador consigue disimular del todo. Destacan demasiado en comparación con mi estatura: un metro sesenta, con un cuerpo que la gente llama «curvy» aunque no es que esté gorda. Tengo cintura marcada, caderas anchas que se abren con claridad y un trasero redondo, firme, que se mueve cuando camino aunque no quiera. Y lo que siempre me molestó fueron mis pezones: grandes y, por alguna razón, demasiado sensibles. Se endurecen con el frío, con el roce de la tela, con casi cualquier cosa. A veces es simplemente molesto.

Mi madre siempre me decía para animarme:

«Tienes suerte, hija. Yo tuve que pagar por tener lo que tú tienes de serie».

Y era verdad. Antes de operarse, ella tenía las tetas pequeñas.

Volviendo a mi primera experiencia. El chico, que por cierto se llamaba Hugo, se quedó mirando mis tetas desnudas un momento más, como si esperara que yo dijera algo. Pero no dije nada. Solo respiré hondo, sintiendo el aire frío del coche sobre la piel, sintiendo sus ojos clavados en mi pecho.

—¿Puedo tocarlas? —preguntó, pero sus manos ya estaban en camino.

Asentí con la cabeza, sin voz.

Sus dedos encontraron mis pezones casi de inmediato, como si supiera exactamente dónde estaban. Los rozó con los pulgares, primero suave, después con más fuerza, y yo solté un gemido que no esperaba. Me sorprendió a mí misma. Él sonrió.

—Te gusta, ¿eh?

No respondí. Pero mi cuerpo sí. Mis pezones se endurecieron bajo sus dedos, más de lo que ya estaban, y él lo notó. Los pellizcó con determinación, los retorció entre sus dedos, y el dolor agudo que sentí no era desagradable. Me recordó a cuando me retorcía los míos en mi habitación, imaginando a mi madre y a Carlos. Y aquel pensamiento me hizo sentir culpable y excitada al mismo tiempo.

Hugo inclinó la cabeza y me mordió un pezón. Con los dientes. Sin preguntar. Fue brusco, casi violento, y un «ay» se me escapó antes de poder controlarlo. Pero no lo aparté. Al contrario: mi mano se enganchó en su pelo y lo mantuve ahí, apretándolo contra mi pecho.

—Así —susurré sin saber de dónde salía aquella voz—. Así me gusta.

Hugo levantó la vista y me miró con sorpresa, como si no esperara aquella reacción.

—Joder, Valeria —dijo, con una mezcla de admiración y deseo—. No te esperaba tan… así.

No supe qué responder. Ni siquiera sabía cómo era «así».

Hugo me empujó contra el asiento, con una mano en mi pecho y la otra bajando por mi vientre. Sus dedos encontraron el borde de mi falda, la levantaron sin pedir permiso, y yo no opuse resistencia. Ni siquiera cuando su mano se deslizó bajo mis bragas y encontró el calor húmedo que yo ya sabía que estaba ahí.

—Estás empapada —dijo, con la voz ronca.

Él me miró a los ojos mientras sus dedos empezaban a moverse, despacio, haciéndome daño y placer a la vez. Cuando metió dos dedos dentro, no dolió tanto como esperaba. Estaba demasiado húmeda para que doliera. Pero era extraño, sentir algo que no fueran mis propios dedos moviéndose dentro de mí, llenándome de una forma diferente, más real.

—Quiero que te corras —me dijo, con la boca pegada a mi oído—. Quiero sentir cómo te corres en mi mano.

Cerré los ojos y dejé de luchar. Una imagen rondaba por mi cabeza. Carlos. Su polla enorme, cómo agarraba a mi madre por el pelo, cómo la llamaba puta. Pensé en ella, de rodillas, tragándosela entera, con la boca llena y los ojos llorosos. Y pensé que quizá yo también quería eso. Que quizá por eso estaba allí, con las piernas abiertas, dejando que un desconocido me usara.

El orgasmo llegó sin avisar. Fue diferente a los que me daba sola: más intenso, más ruidoso, más descontrolado. Apreté las piernas alrededor de la mano de Hugo y gemí su nombre sin querer, con la voz rota, sintiendo cómo las olas de placer me recorrían entera.

Cuando abrí los ojos, Hugo sonreía. Tenía los dedos brillantes, mojados, y se los llevó a la boca sin apartar la mirada de mí.

—Sabes bien, Valeria —dijo.

Después de aquello, él se bajó la cremallera. Su polla no era tan grande como la de Carlos, más bien normalita. No se parecía en nada a la de Carlos. Sentí un nudo en el estómago cuando la vi, erecta y apuntando hacia mí.

—¿Quieres? —preguntó.

La pregunta quedó flotando entre nosotros, pero mi respuesta ya estaba en camino antes de que él terminara de pronunciarla.

No pensé. Algo dentro de mí tomó el control. Vi aquella polla erecta, con el glande rosado y brillante bajo la luz tenue del coche, y supe lo que quería hacer.

Me incliné hacia él sin decir una palabra. Mis dedos rodearon la base, sintiendo el calor de su piel, la firmeza de la carne bajo mis dedos.

—¿Qué haces? —preguntó Hugo.

No respondí. Bajé la cabeza y lo tomé entre mis labios.

El sabor era extraño. Salado, cálido, con un dejo metálico que no sabía si me gustaba o me repelía. Pero no me detuve. Mi lengua rodeó el glande, explorando, aprendiendo, y él dejó escapar un gemido ronco que vibró en el silencio del coche.

Mientras chupaba, no podía evitar pensar en aquella escena. Mi madre de rodillas. Carlos tirando de su pelo. Su polla enorme desapareciendo entre sus labios.

Hugo puso una mano en mi nuca. No era tan firme como la de Carlos. No tiraba de mi pelo con la misma seguridad. Era más vacilante, como si no supiera si podía permitírselo.

—¿Puedo…? —preguntó, con la voz temblorosa.

Y algo en mí se rompió. O se encendió. Porque en ese momento no quería que me preguntara. No quería que dudara. Quería que me usara, que me empujara, que me hiciera sentir como mi madre se sentía aquella noche: entregada, poseída, sin control.

—No preguntes —dije, apartando la boca de su polla solo un segundo—. Hazlo. Hazlo como quieras… pero no vuelvas a preguntar.

Hugo me miró con los ojos abiertos, sorprendido. Pero no dijo nada más. Su mano en mi nuca se volvió más firme y me empujó hacia abajo.

—Abre bien la boca —dijo.

Obedecí.

Abrí todo lo que pude. La cabeza inclinada, la mandíbula relajada, la lengua fuera. Él empujó. Primero solo el glande, caliente y brillante, rozándome el paladar. Luego más. Y más. Hasta que sentí la punta golpearme la garganta.

El reflejo fue inmediato. Lágrimas que saltaron sin permiso, un sonido húmedo y ahogado que no pude controlar. Me atraganté. La saliva bajó por la barbilla en un hilo espeso y de repente una arcada. Hugo retiró su polla. Se quedó ahí, temblando, respirando agitadamente, como si no supiera si seguir o parar.

—Joder… Valeria… ¿estás bien? —preguntó, la voz todavía ronca de excitación.

No respondí.

Volví a intentarlo.

Abrí la boca otra vez, más decidida, y me tragué el glande de un solo movimiento. Empujé. Quería que llegara hasta el fondo. Quería sentir esa misma sensación que había visto en mi madre: la polla desapareciendo por completo, el cuello arqueado, los ojos llorosos de placer y no de rechazo. Quería ser como ella. Quería poder hacerlo.

Pero el cuerpo no respondió.

Otra arcada. Más fuerte. La saliva me subió a la nariz y tuve que apartarme, tosiendo, con los ojos llenos de agua y la cara ardiendo de vergüenza.

—Hostia… —susurró Hugo, mirándome desde arriba—. No hace falta que… no hace falta que llegues tan profundo… en las pornos lo hacen parecer fácil, pero…

—Cállate —le corté, la voz rota.

Volví a inclinarme sobre él con una rabia que me quemaba por dentro. Agarré su polla con una mano, la apreté más fuerte de lo necesario, y me la metí otra vez en la boca. Empujé. Empujé con todo lo que tenía. Quería que desapareciera. Quería sentirla golpearme la garganta, quería ese sonido húmedo y profundo que había oído salir de mi madre. Quería ser ella. Aunque solo fuera por un momento.

El reflejo me traicionó otra vez.

Una arcada violenta me sacudió el pecho. Tuve que apartarme, tosiendo, con lágrimas nuevas rodándome por la cara y la saliva cayéndome a chorros. El sabor metálico de la frustración me llenó la boca.

—Joder… —susurré, más para mí que para él—. Joder, joder, joder…

No podía. El cuerpo no me dejaba. El puto reflejo no me dejaba.

Hugo intentó acariciarme el pelo, torpe, inseguro.

—Valeria, de verdad… no pasa nada si no…

—Que te calles —le gruñí, apartando su mano de un manotazo.

Me volví a inclinar. Otra vez. Y otra. Cada intento terminaba igual: la garganta cerrándose, el aire faltándome, el cuerpo rebelándose contra lo que mi cabeza le ordenaba. Después del quinto o sexto fracaso me quedé quieta, con la frente apoyada en su muslo y la respiración entrecortada.

Me sentía ridícula. Frustrada. Enfadada conmigo misma. Enfadada con mi cuerpo.

Hugo se inclinó un poco, la mano todavía cerca de mi pelo negro y liso, pero sin atreverse a tocarlo otra vez. Me miró a mis ojos de color verde.

—Valeria… de verdad, no te preocupes —dijo, la voz más suave de lo que había estado en toda la noche—. No pasa nada. En serio. No todas… no todas pueden hacerlo así. En las pornos lo hacen parecer fácil, pero… joder, no te fuerces. Me estás gustando igual. Mucho.

No dije nada.

No tenía palabras. Solo ese nudo amargo en la garganta y el vacío que se me había instalado en el pecho. Quería sentirme usada. Quería esa sensación de ser tomada, de no tener control, de ser la puta de rodillas que traga sin quejarse.

Esta vez sin intentarlo del todo.

Rodeé el glande con los labios, lenta, y bajé solo hasta donde el reflejo me dejaba. Chupé. Moví la cabeza arriba y abajo con cuidado, concentrándome en lo que sí podía hacer. La lengua rodeando, los labios apretados, la saliva volviendo a resbalarme por la barbilla.

Hugo soltó un gemido bajo.

—Así… joder, así también está bien —susurró, la voz otra vez más eufórica—. Se siente… se siente muy bien. No necesitas metértela entera. Con que me la chupes así… hostia, Valeria…

Seguí. Más despacio. Más consciente de cada movimiento. Pero por dentro seguía buscando algo. Una forma de sentirme usada aunque no pudiera tragarla del todo. No sabía cómo pedirlo. No sabía cómo decirle «hazme sentir como ella» sin que sonara ridículo.

Hugo se dejó llevar por mis movimientos, su mano en mi nuca apretando un poco más cuando acariciaba con la lengua la parte inferior del glande. Sus gemidos eran cada vez más frecuentes, más entrecortados.

—Así… joder, así… —murmuró, con la voz rota.

Pero no era suficiente. No para mí.

Aparté la boca de golpe, dejando su polla erguida y brillante de saliva en el aire frío del coche. Hugo abrió los ojos, confundido, con la respiración agitada y el pecho subiendo y bajando como si hubiera estado corriendo.

—¿Qué pasa? —preguntó, con la voz todavía temblorosa de excitación—. ¿He hecho algo mal?

—Hugo —dije, mi voz más firme de lo que esperaba—. ¿Qué quieres hacer conmigo?

—¿Cómo?

—Lo que quieras —repetí, más despacio, sosteniéndole la mirada—. Dime lo que quieres hacerme. Sin preguntar. Sin dudar. Dímelo.

Hugo tragó saliva. Podía ver cómo sus ojos se movían, procesando, intentando entender qué significaba aquella pregunta.

—¿En serio? —repitió, como si saboreara las palabras—. Joder, Valeria. Esto es un sueño, ¿sabes?

Se inclinó hacia mí, su aliento mezclado con el alcohol y el tabaco de la fiesta. Una mano encontró mi muslo desnudo, apretando con fuerza.

—Quiero que te pongas a cuatro patas en el asiento trasero —dijo—. Quiero follarte por detrás mientras te agarro de las caderas. Quiero ver cómo rebotan esas tetas enormes que tienes.

Su mano subió por mi muslo, encontrando el borde de mis bragas, mojadas y pegajosas.

—Y quiero acabar en tu cara —añadió, con una sonrisa lasciva—. Como en las pelis.

Un nudo se formó en mi estómago. No era excitación. Era decepción.

Era lo que cualquier tío caliente y borracho soltaría en una situación así. No era lo que esperaba. La verdad es que no sabía ni lo que quería realmente, pero eso no.

Pero ya estaba allí. Con las piernas abiertas, las tetas al aire y la boca llena del sabor de su polla. No podía parar ahora. No sin parecer ridícula. No sin tener que explicar por qué esperaba algo más, algo diferente.

Así que asentí con la cabeza.

—Vale —dije, la voz más fría de lo que esperaba—. Vale, pues hazlo.

Hugo sonrió, triunfal. Bajamos los dos del coche y nos subimos a la parte trasera. Me empujó hacia el asiento trasero con una torpeza que delataba su borrachera. Yo me puse a cuatro patas, como había pedido, sintiendo el cuero frío bajo las rodillas y las manos. Me subió la falda hasta la cintura, dejando mis bragas completamente expuestas.

—Joder, qué culo —murmuró detrás de mí.

Sentí su polla como rozaba mis nalgas. Después, el roce de sus dedos tirando de mis bragas hacia un lado. No se las quitó del todo. Solo las apartó, con prisas, como si el tiempo se le acabara.

No hubo más caricias. No hubo más juegos.

La punta de su polla rozó mi entrada, húmeda y caliente, y luego empujó. Entró de golpe, sin avisar, sin darme tiempo a adaptarme.

Fue seco, brutal, sin piedad. Un ardor que se expandió desde el centro de mi cuerpo hasta las puntas de los dedos. Grité. No un gemido suave: un grito ahogado contra el cuero del asiento.

—Joder… Estás… estás tan apretada…

Era virgen. Y él no lo sabía. O no le importaba.

No se detuvo. Empujó más. Cada centímetro me abría, me rasgaba, me obligaba a sentirlo todo. Mis tetas colgaban pesadas, balanceándose con cada embestida, y el roce del aire sobre los pezones me hacía estremecer incluso a través del dolor.

Quise decirle que parara. Que fuera más despacio. Que me dolía demasiado. Pero la imagen de mi madre de rodillas, con la cuerda roja en las muñecas y la polla de Carlos desapareciendo en su garganta, se interpuso entre el dolor y la palabra. Ella no pedía que pararan. Ella pedía más.

Apreté los dientes y empujé las caderas hacia atrás, ofreciéndome.

—Más fuerte —susurré—. Hazlo más fuerte.

Sus manos se clavaron en mis caderas con una fuerza que me sorprendió. Sus dedos se hundieron en mi carne, buscando agarre, y sus embestidas se volvieron más profundas, más salvajes. Cada golpe me desplazaba hacia adelante sobre el asiento, y mis rodillas resbalaban sobre el cuero, obligándome a tensar los brazos para no caerme de bruces.

El dolor no desaparecía. Era un ardor constante, una sensación de ser abierta por algo demasiado grande, demasiado brusco. Pero debajo de ese ardor, en algún lugar profundo que no sabía que existía, empezaba a crecer otra cosa. Una especie de calor sordo que se extendía desde el centro de mi vientre hacia las piernas, hacia el pecho, hacia la garganta.

—Así —dije, la voz rota por el esfuerzo—. Así me gusta.

Hugo gruñía detrás de mí. Sus respiraciones eran cortas, calientes, y sus manos se movían por mi espalda, por mis caderas, apretando, arañando. Era torpe. Era descontrolado. Pero era real.

—Eres una puta muy buena —dijo, con la voz entrecortada—. Joder, Valeria… ¿cuántas veces has hecho esto?

No respondí. No podía. Las palabras se me atascaban en la garganta, mezcladas con los gemidos que se escapaban sin permiso. Porque, a pesar del dolor, mi cuerpo empezaba a responder. Los músculos se tensaban alrededor de su polla, apretándola sin que yo pudiera controlarlo, y cada embestida provocaba un espasmo que me recorría entera.

No era placer. No era como cuando me tocaba sola. Era más primitivo. Más animal. Era mi cuerpo diciendo «esto duele, pero no quiero que pare».

Hugo se inclinó sobre mí, su pecho contra mi espalda, su aliento caliente en mi nuca.

—¿Te gusta? —susurró—. ¿Te gusta que te folle así, putita?

Asentí sin palabras. Mis dedos se aferraban al cuero del asiento, buscando un punto de apoyo, mientras él seguía moviéndose dentro de mí, cada vez más rápido, más desesperado.

Pero el coche era pequeño. El asiento trasero apenas daba espacio para dos personas, y con él encima de mí, mi cuerpo se desplazaba hacia adelante con cada embestida. Mi cabeza chocó contra la puerta. Un golpe seco, sordo, que me hizo ver estrellas durante un segundo.

Siguió. Más fuerte. Cada embestida me empujaba contra la puerta, y mi frente golpeaba contra ella una y otra vez. Thump. Thump. Thump. El ritmo de su cadera contra mis nalgas marcaba el compás de mis choques contra el metal y el vidrio.

El dolor en mi cabeza empezó a mezclarse con el ardor entre mis piernas. No podía moverme. No podía apartarme. Estaba atrapada entre su cuerpo y la puerta, y él seguía empujando, empujando.

—Hugo —dije, la voz ahogada—. Hugo, para…

Pero mi voz se perdió entre sus gruñidos y el sonido húmedo de su polla entrando y saliendo de mí. Él no podía oírme. O no quería oírme.

—Joder —murmuré, pero él no lo oyó.

El dolor en mi frente era punzante, agudo. Cada embestida de Hugo me empujaba contra el metal, y cada impacto me arrancaba un gemido que no sabía si era de dolor o de otra cosa.

—Hugo —dije otra vez, la voz más fuerte—. Hugo, para. Me duele.

Pero él no paró. No podía oírme. O no quería oírme. Estaba demasiado cerca, demasiado perdido en su propio placer. Mi cabeza dolía. Apreté mis brazos con fuerza contra la puerta para que mi cabeza no volviera a chocar. Sus respiraciones eran cortas, jadeantes, y sus manos se clavaban en mis caderas con una fuerza que dejaba marcas.

—Joder —gruñó—. Joder, Valeria… me voy a correr…

—No —dije, y esta vez mi voz sonó más fuerte, casi como un grito—. No dentro. Fuera.

Justo cuando sentí que iba a llenarme, Hugo sacó su polla de golpe. El vacío fue brusco, casi tan doloroso como la penetración. Jadeé, sin aire, y antes de que pudiera reaccionar, su mano se enganchó en mi pelo. Me tiró hacia atrás, arqueándome el cuello, y me giró la cara hacia él.

—Abre la boca.

Y yo, obediente, automática, sin pensar, la abrí.

Su polla estaba frente a mí, brillante de mis propios fluidos y su semen. El glande rozó mis labios, y luego lo sentí: el calor de su semen disparándose contra mi cara. El primer chorro me dio en la mejilla, caliente y espeso. El segundo en la boca, y el sabor salado y amargo me llenó la lengua. El tercero en el párpado, y cerré los ojos instintivamente, sintiendo cómo resbalaba por mi frente, mezclándose con la sangre del chichón.

Se quedó quieto un momento, jadeando, con la mano todavía en mi pelo. Luego soltó, y mi cabeza cayó hacia adelante, pesada, sin fuerzas.

—Joder —susurró Hugo, con una mezcla de satisfacción y cansancio—. Joder, Valeria. Eres perfecta.

Me quedé allí, en el asiento trasero, con la cara llena de semen, los ojos cerrados, la respiración entrecortada. Sentía el calor pegajoso resbalando por mi mejilla, por mi barbilla, goteando sobre mis tetas desnudas. El sabor salado y amargo seguía en mi lengua, y por alguna razón que no entendía, mi cuerpo temblaba.

No era placer. No era dolor. Era algo intermedio, una mezcla confusa que no sabía cómo nombrar.

Hugo se recostó en el asiento, con los ojos cerrados y una sonrisa de suficiencia en la cara. No me ofreció nada para limpiarme. No me preguntó si estaba bien. Solo se quedó allí, satisfecho.

Pero en algún lugar profundo, debajo del cansancio y la confusión, algo se removía. Algo que no era satisfacción. Era una especie de hambre. Un vacío que el semen en mi cara y el dolor entre mis piernas no habían llenado.

No había magia. No había entrega. No había esa mirada de Carlos que vi con mi madre, esa certeza de saber lo que quería y cómo tomarlo.

Yo quería eso. Quería sentirme usada de verdad, no solo follada por un borracho que repetía frases hechas. Quería que alguien me mirara como si fuera suya. Quería que alguien supiera cómo cogerme sin preguntar, sin dudar, sin hacerlo todo mal.

Hugo no era ese alguien. Y lo sabía.

—¿Te apetece repetir algún día? —preguntó Hugo.

—No —respondí. Y mi voz sonó tan fría como me sentía por dentro.

Hugo abrió los ojos y me miró con sorpresa.

—¿En serio? —dijo, incorporándose un poco—. Pero si te ha gustado, ¿no? He visto cómo gemías. He visto cómo apretabas las caderas.

No respondí. Me puse el top roto y manchado, y me subí las bragas. Noté cómo su semen resbalaba por mis piernas, y me pregunté cuánto tiempo tardaría en dejar de sentirlo.

—Llévame a casa —dije, la voz plana.

Hugo resopló, pero arrancó el coche. Durante el viaje de vuelta, ninguno de los dos habló. Él intentó sacar algún tema de conversación, pero yo no reaccionaba, no le hablaba. Mi mente estaba en otra parte.

El coche se detuvo frente a mi casa. No me despedí. No le di las gracias. No estaba enfadada con él, sino conmigo misma. Solo abrí la puerta y salí, con las piernas temblorosas y la cabeza palpitando.

—¿Valeria? —me llamó Hugo desde la ventanilla.

Me giré. Su cara asomaba por el hueco del cristal, con esa sonrisa de borracho satisfecho.

—Ha estado bien —dijo—. Si cambias de opinión, ya sabes dónde encontrarme.

No respondí.

Y cerré la puerta.

Caminé hacia la entrada de la casa con las piernas temblorosas. La cabeza me dolía. Subí las escaleras de puntillas con el corazón latiendo tan fuerte que apenas podía oír mis propios pasos.

La puerta de la habitación de mi madre estaba cerrada.

Me metí en la ducha sin hacer ruido y dejé que el agua caliente corriera sobre mi cuerpo. El semen de Hugo se deslizó por mis muslos y desapareció por el desagüe.

Y mi mano bajó.

Mis dedos encontraron el clítoris, todavía sensible, todavía dolorido. Sabía que no debería hacerlo. Mi cuerpo necesitaba descansar. Pero el hambre seguía ahí, y no se iba a ir sola.

Empecé a tocarme despacio. Al principio solo rozando, sintiendo la humedad, luego más firme, siguiendo el ritmo de mi respiración, buscando ese calor que Hugo no había sabido darme.

Mi mano se movió más rápido. Mis dedos se deslizaron dentro, dos, tres, buscando llenar el vacío que Hugo había dejado. Pero no era lo mismo. No era suficiente.

Y en mi cabeza apareció la imagen de Carlos.

No era su cara lo que veía. No era su sonrisa ni sus ojos.

Era lo que él hacía.

Era la forma en que agarraba a mi madre por el pelo. Era la seguridad con que la empujaba de rodillas. Era la certeza en su voz cuando le decía «abre la boca» y ella obedecía sin dudar. Era esa polla enorme que no pedía permiso, que tomaba lo que quería.

Era la sumisión.

Era el control.

Era ser usada sin preguntas, sin dudas, sin esa torpeza de Hugo que no sabía ni cómo sujetarme.

No quería a Carlos. Quería lo que él proyectaba: la seguridad de alguien que sabe lo que quiere y cómo tomarlo. La entrega total de mi madre, que no era debilidad, era poder. La sensación de ser poseída de verdad, no solo follada.

Mi mano se movió más rápido.

—Así —susurré—. Así quiero que me usen.

El orgasmo llegó rápido, casi violento. Un espasmo que me recorrió entera y me dejó temblando, jadeando, con los dedos todavía dentro.

Pero no era suficiente.

Porque no era real.

Lo que yo quería no era un hombre en concreto. Era esa sensación de ser tomada sin dudar. Era la certeza de que alguien sabía exactamente cómo someterme.

Iba a tener que buscarlo en otro sitio, a alguien que supiera.

Cuando salí de la ducha y me sequé, el espejo del baño empañado me devolvió una imagen borrosa. Pasé la mano por el cristal, trazando un arco que dejó al descubierto mi reflejo. Y entonces lo vi.

En mi frente, justo encima de la ceja derecha, había un chichón del tamaño de una nuez. El golpe contra la puerta del coche había sido más fuerte de lo que había notado en el momento. Me puse una crema antiinflamatoria y me quedé dormida sintiendo un vacío.

Los días siguientes fueron extraños. Fue como si volviera a la rutina, pero algo había cambiado.

Una tarde, cuando mi madre salió a hacer la compra y Carlos estaba en su estudio, me senté en mi habitación con el móvil en la mano. Mis dedos temblaban mientras escribía en el buscador.

«Cómo hacer garganta profunda»

Los resultados me abrumaron. Guías, consejos, foros llenos de gente que hablaba de ello como si fuera una técnica que se podía aprender. Relajar la mandíbula. Controlar el reflejo. Practicar con objetos de diferentes grosores. Algunas decían que era cuestión de práctica. Otras que había que aprender a respirar por la nariz.

Me senté en el borde de la cama, con el móvil en las manos, y empecé a leer. Y a leer. Y a leer.

«La clave está en la relajación. Si estás tensa, tu garganta se cierra.»

«Prueba con un cepillo de dientes primero. Acostúmbrate a la sensación.»

«El reflejo nauseoso se puede entrenar. Respira hondo y empuja.»

Me llevé la mano a la garganta, sintiendo mi propia piel. Quería poder hacerlo. Quería ser capaz de tragar sin arcadas, sin lágrimas, sin esa sensación de ahogo que me había hecho sentir tan ridícula con Hugo.

Pasé horas en esa espiral. Un enlace llevaba a otro, y pronto el buscador se llenaba de términos nuevos. Y de pronto, una hora después, estaba leyendo sobre palabras de seguridad y pinzas en los pezones, sintiendo que por fin alguien ponía nombre a lo que yo no sabía explicar.

No sabía que existía todo un mundo detrás de lo que había visto en la habitación de mi madre. No sabía que había gente que vivía así, que lo estudiaba, que lo practicaba con reglas y acuerdos. No era solo follar. Era entregarse. Era confiar. Era saber que alguien te iba a llevar hasta el límite y parar justo antes de que te rompieras.

Pasé horas leyendo. Foros de sumisas que contaban sus experiencias. Artículos sobre cómo elegir a un dominante de verdad, no a un cualquiera que solo quería pegar. Listas de prácticas, desde las más suaves hasta las más extremas. Privación sensorial. Ataduras. Disciplina. Control de orgasmos. Palabras de seguridad que eran sagradas, que se respetaban siempre.

Mis dedos se movían solos sobre el clítoris mientras leía, siguiendo el ritmo de las historias que se desplegaban en la pantalla. Una sumisa contaba cómo su dominante la había atado a la cama durante horas, sin tocarla, solo mirándola. Otra describía la sensación de estar de rodillas, con los brazos atados a la espalda, esperando. Otra hablaba de cómo había aprendido a tragar sin arcadas, de cómo su dueño la entrenaba día tras día. Otra que había participado en una orgía con tres chicos mientras la azotaban y follaban.

Mi respiración se volvió más corta. Más caliente.

—Joder —susurré.

Mi mano se movía más rápido, mis dedos se deslizaban dentro con más fuerza, y los ojos seguían devorando palabras. Palabras que describían exactamente lo que yo quería. Lo que yo necesitaba.

El orgasmo me pilló desprevenida. Un espasmo silencioso que me hizo arquear la espalda y morder el labio para no hacer ruido. Me quedé quieta un momento, jadeando, con los dedos todavía dentro y el móvil a medio leer en la otra mano.

Pero no era suficiente.

Porque cada vez que leía una nueva historia, cada vez que imaginaba una nueva escena, mi cuerpo pedía más. Pedía el cierre que mis dedos no podían darle.

Me toqué otra vez, saboreando cada sensación mientras mis ojos seguían recorriendo la pantalla. Foros. Relatos. Guías. Todo se mezclaba en un torrente de imágenes que encendían mi cerebro y mi cuerpo al mismo tiempo.

El segundo orgasmo llegó más suave, más largo, y me dejó temblando y sin aliento.

Apagué el móvil y lo dejé a un lado. Me quedé mirando el techo, sintiendo el eco de mi propio placer.

Porque aquello no era suficiente. Y cada día que pasaba, el hambre crecía un poco más. Me tenía que masturbar mínimo una o dos veces al día.

Los días se convirtieron en una rutina de búsqueda y descubrimiento. Cada tarde, cuando mi madre salía o Carlos se encerraba en su estudio, yo me sentaba en mi cama con el móvil y me perdía en ese mundo nuevo.

Pero leer no era suficiente. Necesitaba sentir.

Empecé con el cepillo de dientes. Me senté en el borde de la bañera, con el agua corriendo para disimular cualquier ruido, y me lo llevé a la boca. Al principio solo rozando los labios. Luego más adentro. La sensación era extraña, el plástico frío contra mi lengua, pero me obligué a relajar la garganta.

—Respira hondo —susurré, repitiendo lo que había leído—. Relájate. Empuja.

El cepillo llegó más lejos. Sentí el reflejo, el impulso de arcada, pero contuve la respiración y seguí. Las lágrimas asomaron a mis ojos, pero no paré. No podía parar.

Porque sabía que algún día iba a necesitar hacerlo de verdad.

Cuando el cepillo ya no fue suficiente, busqué algo más grueso. Un tubo de maquillaje. El mango de un cepillo de pelo. Cada vez más grande, más profundo, hasta que mi garganta empezó a acostumbrarse a la sensación de ser llenada.

Pero no era solo la garganta. Había otras cosas que quería probar.

Una noche, mientras mi madre y Carlos cenaban abajo, me encerré en mi habitación y saqué un par de pinzas de la ropa del baño. Me las llevé al pecho y las abrí. Mis pezones ya estaban duros, sensibles, y el primer pellizco de la pinza me arrancó un gemido ahogado.

—Joder —susurré.

El dolor era agudo. Delicioso. Apreté las pinzas con más fuerza y sentí cómo el ardor se extendía por todo mi pecho. Me quedé mirando mis tetas, con las pinzas colgando de los pezones, y algo en mi interior se encendió.

No era suficiente.

Mis dedos bajaron hasta mis labios vaginales. Los separé con cuidado y tomé una pinza pequeña, la que usaba para sujetar papeles. La abrí y la coloqué en el labio izquierdo.

El dolor fue más intenso. Más vivo. Un grito se me escapó antes de poder controlarlo, y tuve que morderme la mano para no hacer más ruido. Pero no la quité. Dejé que la pinza se quedara ahí, apretando, mordiendo, recordándome que estaba viva.

Después, cuando ya no pude soportarlo más, me las quité una a una. Los pezones estaban rojos, hinchados, sensibles. Los labios vaginales también. Pero no había dolor. Solo una especie de calma que no había sentido antes.

Incluso un día me di unas bofetadas mientras me masturbaba.

Y con esta dinámica nueva pasaron los meses.

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1 Comentario

  • Nuria agosto 21, 2026 a las 3:45 am

    Espero que les guste el relato, quiero hacer una serie de varios capitulos, aunque todo depende del tiempo que tenga disponible. Esto es una especie de hobby que disfruto bastante y me saca de mi rutina diaria com mi familia. Agradeceria que me dijeran que aspectos se pueden mejorar o cosas que no han gustado. nuria1988@gmail.com

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