Javier el Repitente – Parte 2
- 1Javier el Repitente – Parte 1
- 2Javier el Repitente – Parte 2 (este capítulo)
- 3Javier el repitente – Parte 3
- 4Javier el Repitente – Parte 4
- 5Javier el Repitente – Parte 5
- 6Javier el Repitente – Parte 6
- 7Javier el Repitente – Parte 7
- 8Javier el Repitente – Parte 8
- 9Javier y Gabriel v/s Lucas y el Sapo de su padre
- 10Javier y Gabriel v/s Lucas y el Sapo de su padre parte 2
- 11Javier y Gabriel V/s Lucas y el Sapo de su Padre parte 3
- 12Javier y Gabriel V/s Lucas y el Sapo de su Padre parte 4
Como dije por ahí de apoco ira alcanzando el climax está historia, la idea es que no sea dos cucharadas de caldo y a la papa altiro, ahí estábamos Javier y yo
—Ya —le dije yo—, pásame el humo.
Javier se pone de pie y se coloca en cuclillas frente a mí, ya que yo estaba sentado a lo indio en el suelo. Me empezó a pasar el humo y yo lo estaba recibiendo, pero me empiezo a ahogar y a toser como perro. Javier se asusta, bota el humo y, del susto, se cae encima mío.
Entre que yo tosía como condenado y Javier se reía, siento en mi brazo que él estaba erecto. Siempre que lo veía en las duchas tenía el pene flácido y yo lo veía normal, pero esta vez se le sentía largo y grueso, y no dejaba de restregárselo a mi brazo. Ahogado y riéndome, le digo:
—¡Hueón, tenís la huevada parada!
Javier se empezó a poner rojo y como que se anduvo sintiendo avergonzado. Se puso de pie y, descaradamente, se arregló el paquete (noté que cargaba para la derecha y para arriba). Me dijo:
—Perdona, no me di cuenta, en serio… Es que igual me pasé un rollo al pasarte el humo.
Yo, medio avergonzado también, le digo:
—Está bien, tranqui, si es normal.
Me río y le pido ayuda para ponerme de pie. Yo no tenía un cuerpo tan bonito como el de Javier; era más ancho, de hecho mis compañeras me decían «Oso» o «Winnie» porque les recordaba al oso Winnie the Pooh. En cambio, Javier era un poco más bajo que yo (debió medir 1,78 m y yo medía 1,81 m); tenía el pelo ondulado y ya tenía barba, porque se le notaba que se afeitaba. Recuerdo que su pecho tenía poco pelo, era velludo pero no peludo, sino con lo justo y necesario. Tenía unas nalgas paraditas porque él decía que, cuando lo operaron de apendicitis, tuvo que caminar como en puntitas de pie y eso hizo que se le levantara el potito al caminar. Bueno, la cosa es que me puse de pie, me arreglé un poco, busqué en mi bolsillo un Big Time y me lo eché a la boca. Era el último, y Javier me dice:
—Dame la mitad.
—Chucha, hueón, pero ya me lo eché a la boca —le digo.
—¿Y qué tiene? —me dice él.
Me lo saco, lo parto y le doy la mitad. Javier me dice:
—Ahora somos hermanos de babas.
—¡Esas huevadas son asquerosas, hueón! —le digo yo riéndome.
Voy advancing. Javier se quedó abrochándose un zapato cuando, de repente, siento que me pasa la mano por el poto.
—¿Qué huevada? —le digo.
—Tenías el poto sucio, con tierra y hojas, y por eso te sacudí… Oye, tenís el poto durito —me dice él sobre la misma, tratando de cambiar el tema porque cachó que me molesté por el manoseo.
—Sí, durito, igual como te pusiste tú hace un rato —le digo yo.
Se volvió a poner rojo.
Sentí que algo se había quedado en ese patio y que habíamos entrado de una manera y salimos de otra; como que rompimos de un momento a otro la cordialidad de compañeros de puesto. Ahora ya lo sentía más cercano. Entramos a la sala, me senté, me puse los audífonos y Javier me dice:
—Pucha, ya te vas a poner esas huevadas y no voy a poder conversar con nadie…
Era cierto: Javier no hablaba con nadie más porque, como era nuevo y llegó a mitad de año, nadie lo pescaba mucho. En cambio, yo era pesado con mis compañeros porque me aburría que fueran tan aweonaos.
—Es que quiero oír música —le digo.
—Pero yo te canto, no me dejí aquí planchando —me dice él.
—Ya, hueón, dale. ¿Y qué huevada vas a cantar?
Se afina la garganta, tose un poquito, me pone la mano en la pierna y empieza a cantarme en el oído:
«Yo seré el viento que va, navegaré por tu oscuridad… Tu rocío, beso frío que me quemará. Yo seré tormento y amor, tú la marea que nos arrastra a los dos… Yo y tú, tú y yo, no dirás que no…»
En ese momento tenía su mano apoyada en mi pene por sobre el pantalón.
«Seré tu amante bandido, corazón malherido, seré tu amante cautivo… Seré pasión privada, dorado enemigo…»
En ese momento yo ya estaba erecto y con puras ganas de besarlo. Mi corazón palpitaba, sentía la cara roja y él seguía pasándome la mano. Estábamos en eso cuando entran mis compañeras y todos los demás corriendo porque venía el inspector del colegio. Entre el caos que se armó, Javier sacó la mano; yo me metí la camisa en el pantalón, me hice el hueón y empecé a respirar para que se me bajara la erección. Javier, sentado al lado, solo se hizo el desentendido. Yo me volví a sentar entre confundido, caliente, con vergüenza y preocupado de que no se me pasaba el bulto. En eso entró el inspector:
—¡Jóvenes!
Continuara…
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5 Comentarios
Cuenta más que hot los relatos de colegio
A si es. Saludos ! 🫰🏼
😍😍😍😍😍😍
Abracitos 🫂🫂😘🫰🏼
Oooooh Alejandro?????? Eris tú, se me hace muy conocida esta historia.