Javier el Repitente – Parte 2

Como dije por ahí de apoco ira alcanzando el climax está historia, la idea es que no sea dos cucharadas de caldo y a la papa altiro, ahí estábamos Javier y yo

—Ya —le dije yo—, pásame el humo.

Javier se pone de pie y se coloca en cuclillas frente a mí, ya que yo estaba sentado a lo indio en el suelo. Me empezó a pasar el humo y yo lo estaba recibiendo, pero me empiezo a ahogar y a toser como perro. Javier se asusta, bota el humo y, del susto, se cae encima mío.

​Entre que yo tosía como condenado y Javier se reía, siento en mi brazo que él estaba erecto. Siempre que lo veía en las duchas tenía el pene flácido y yo lo veía normal, pero esta vez se le sentía largo y grueso, y no dejaba de restregárselo a mi brazo. Ahogado y riéndome, le digo:

​—¡Hueón, tenís la huevada parada!

​Javier se empezó a poner rojo y como que se anduvo sintiendo avergonzado. Se puso de pie y, descaradamente, se arregló el paquete (noté que cargaba para la derecha y para arriba). Me dijo:

​—Perdona, no me di cuenta, en serio… Es que igual me pasé un rollo al pasarte el humo.

​Yo, medio avergonzado también, le digo:

​—Está bien, tranqui, si es normal.

​Me río y le pido ayuda para ponerme de pie. Yo no tenía un cuerpo tan bonito como el de Javier; era más ancho, de hecho mis compañeras me decían «Oso» o «Winnie» porque les recordaba al oso Winnie the Pooh. En cambio, Javier era un poco más bajo que yo (debió medir 1,78 m y yo medía 1,81 m); tenía el pelo ondulado y ya tenía barba, porque se le notaba que se afeitaba. Recuerdo que su pecho tenía poco pelo, era velludo pero no peludo, sino con lo justo y necesario. Tenía unas nalgas paraditas porque él decía que, cuando lo operaron de apendicitis, tuvo que caminar como en puntitas de pie y eso hizo que se le levantara el potito al caminar. Bueno, la cosa es que me puse de pie, me arreglé un poco, busqué en mi bolsillo un Big Time y me lo eché a la boca. Era el último, y Javier me dice:

​—Dame la mitad.
​—Chucha, hueón, pero ya me lo eché a la boca —le digo.
​—¿Y qué tiene? —me dice él.

​Me lo saco, lo parto y le doy la mitad. Javier me dice:

​—Ahora somos hermanos de babas.
​—¡Esas huevadas son asquerosas, hueón! —le digo yo riéndome.
​Voy advancing. Javier se quedó abrochándose un zapato cuando, de repente, siento que me pasa la mano por el poto.
​—¿Qué huevada? —le digo.
​—Tenías el poto sucio, con tierra y hojas, y por eso te sacudí… Oye, tenís el poto durito —me dice él sobre la misma, tratando de cambiar el tema porque cachó que me molesté por el manoseo.
​—Sí, durito, igual como te pusiste tú hace un rato —le digo yo.

​Se volvió a poner rojo.

​Sentí que algo se había quedado en ese patio y que habíamos entrado de una manera y salimos de otra; como que rompimos de un momento a otro la cordialidad de compañeros de puesto. Ahora ya lo sentía más cercano. ​Entramos a la sala, me senté, me puse los audífonos y Javier me dice:

​—Pucha, ya te vas a poner esas huevadas y no voy a poder conversar con nadie…
​Era cierto: Javier no hablaba con nadie más porque, como era nuevo y llegó a mitad de año, nadie lo pescaba mucho. En cambio, yo era pesado con mis compañeros porque me aburría que fueran tan aweonaos.
​—Es que quiero oír música —le digo.
​—Pero yo te canto, no me dejí aquí planchando —me dice él.
​—Ya, hueón, dale. ¿Y qué huevada vas a cantar?
​Se afina la garganta, tose un poquito, me pone la mano en la pierna y empieza a cantarme en el oído:
​«Yo seré el viento que va, navegaré por tu oscuridad… Tu rocío, beso frío que me quemará. Yo seré tormento y amor, tú la marea que nos arrastra a los dos… Yo y tú, tú y yo, no dirás que no…»

En ese momento tenía su mano apoyada en mi pene por sobre el pantalón.

​«Seré tu amante bandido, corazón malherido, seré tu amante cautivo… Seré pasión privada, dorado enemigo…»

​En ese momento yo ya estaba erecto y con puras ganas de besarlo. Mi corazón palpitaba, sentía la cara roja y él seguía pasándome la mano. Estábamos en eso cuando entran mis compañeras y todos los demás corriendo porque venía el inspector del colegio. ​Entre el caos que se armó, Javier sacó la mano; yo me metí la camisa en el pantalón, me hice el hueón y empecé a respirar para que se me bajara la erección. Javier, sentado al lado, solo se hizo el desentendido. Yo me volví a sentar entre confundido, caliente, con vergüenza y preocupado de que no se me pasaba el bulto. En eso entró el inspector:

​—¡Jóvenes!

Continuara…

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5 Comentarios

  • Anónimo septiembre 28, 2026 a las 10:41 pm

    Cuenta más que hot los relatos de colegio

    • Godrik septiembre 29, 2026 a las 2:14 am

      A si es. Saludos ! 🫰🏼

  • Anónimo septiembre 29, 2026 a las 1:09 am

    😍😍😍😍😍😍

    • Godrik septiembre 29, 2026 a las 2:15 am

      Abracitos 🫂🫂😘🫰🏼

  • Francisco octubre 12, 2026 a las 10:02 pm

    Oooooh Alejandro?????? Eris tú, se me hace muy conocida esta historia.

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