Javier y Gabriel v/s Lucas y el Sapo de su padre parte 2
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- 11Javier y Gabriel V/s Lucas y el Sapo de su Padre parte 3
- 12Javier y Gabriel V/s Lucas y el Sapo de su Padre parte 4

Lo que pasó en el camarin entre Lucas y yo
El llanto poco a poco fue cediendo, dejando solo un hipo cansado y el sonido de nuestras respiraciones agitadas en el rincón del patio chico. Javier me mantenía firme contra su pecho, meciéndome muy despacio como si fuera de cristal, sin apurarme, dándome el tiempo exacto que mi cabeza necesitaba para volver a la tierra.
Cuando me sentí capaz de hablar, me separé un poco. No quería despegarme de su calor, pero necesitaba mirarlo a la cara. Javier tenía los ojos rojos, cargados de una mezcla de angustia y una rabia contenida que le tensaba toda la mandíbula.
—Gabo… ¿qué te hizo ese hueón? —preguntó en un murmullo, pasándome suavemente el pulgar por la mejilla para limpiarme las lágrimas.
En vez de responder de inmediato, levanté el brazo izquierdo. La manga del polerón del colegio se había corrido y dejó al descubierto la marca: una franja roja y amoratada alrededor de mi piel, la forma exacta de los dedos de Lucas apretando con fuerza.
Javier se quedó helado al ver la marca. Su mirada bajó a mi muñeca y vi cómo sus pupilas se dilataron de pura furia. Pasó la yema de sus dedos apenas rozando la piel lastimada, con un cuidado extremo, como si le doliera a él.
—El hijo de puta te agarró… —susurró con la voz quebrada por la rabia—. Dime qué pasó en las duchas, Gabo. Por favor.
—Me acorraló, Javier —dije con un hilo de voz, sintiendo que un nudo en la garganta quería volver a cerrarme el paso—. Yo me estaba cambiando lo más rápido posible para salir contigo, y cuando tomé mis cosas me agarró de la mano. Intenté soltarme, le dije que no tenía nada que hablar con él, pero me apretó con rabia… me dolía mucho.
Javier no decía nada, pero su mano en mi espalda se apretó con más firmeza. Sentía cómo el pecho le subía y bajaba acelerado.
—¿Y qué quería? ¿Por qué hizo esa mierda? —preguntó.
—Está confundido y frustrado… o loco, no sé —tragué saliva, intentando ordenar las ideas—. Empezó a reclamarme. Me dijo que desde la fiesta en su piscina yo había sido un hostil con él, un «hijo de puta», y que no entendía por qué, si casi ni hablábamos. Decía que no entendía por qué a veces lo defendíamos en el patio cuando los demás se le iban encima y después lo tratábamos como si fuera basura.
Hice una pausa. El recuerdo del beso me provocó una arcada seca y me apreté más contra el cuerpo de Javier.
—No sabe nada, Javier… —continué en un susurro—. Lucas cree que esto es un tema de simpatías o de que le caigo mal porque sí. No tiene idea o no quiere asumir que su viejo es un encubridor de lo que te pasó a ti; no sabe que sabemos lo del ataque en Graneros ni que tu tía Marta está armando todo para la demanda. Tuve que tragarme todo eso, no podía decirle la verdad para no ponerlo en alerta y arruinar el caso legal… Tenía la mierda en la garganta y no le podía decir nada.
Javier apretó los dientes, entendiendo de golpe el peso de la tortura que me había tocado aguantar solo en ese camarín.
—Y en medio de todo eso… —sentí que la voz se me cortaba de nuevo— me dijo que si había cometido un error me pedía disculpas, pero que parara de tratarlo así. Y antes de que pudiera reaccionar o soltarme… me agarró más fuerte de la muñeca y me plantó un beso, Javier. Empezó a refregarse en mí, sentí su hueá en mi pierna. Me dio un beso a la fuerza, comenzó a toquetearme torpemente.
Sentí el impacto de mis palabras en el cuerpo de Javier. Su espalda se puso rígida como una piedra.
—Ahí me cegué —seguí hablando rápido, necesitando sacarlo todo—. Me dio tanto asco y tanta rabia que le metí un empujón, le grité que no me volviera a tocar y le pegué un combo en el ojo con la mano que me quedaba libre. Ahí fue cuando llegaron ustedes… Tuve miedo, tuve asco, sentí que si me quedaba un segundo más algo podría hacerme o me iba a volver loco.
Javier se quedó en silencio unos segundos que parecieron eternos. Miró mi muñeca marcada, luego mis ojos, y vi cómo la rabia en su rostro se transformaba en una devoción absoluta. Me tomó el rostro con las dos manos, con una delicadeza infinita, y me besó la frente durante varios segundos.
—Hiciste bien en defenderte, mi amor. Estuvo perfecto que le pegaras —me dijo con la voz firme, mirándome directo a los ojos—. Ese hueón sobrepasó todos los límites, está loco, ya no me queda duda. No estás solo en esto, Gabo. Llegando a mi casa hablo con mi papá y con mi tía; esto no se queda así. Si Lucas no entiende con palabras porque es un enfermo, la justicia se lo va a enseñar.
Me recosté de nuevo en su hombro, dejando que sus palabras me sirvieran de escudo.
—No sé cómo decirle esto a mis papás. Por favor, mi amor, dile a tu papá que sea muy cauto, recuerda que mi mamá tiene un embarazo complicado y de riesgo.
En ese rincón escondido del patio chico, mientras la tarde empezaba a caer y el colegio quedaba en silencio, entendí que no importaba cuánta basura intentaran tirarnos encima: mientras tuviera los brazos de Javier rodeándome, no había nada en el mundo que me pudiera romper.
Al día siguiente
La noche había sido larga y tensa, pero entrar al colegio a la mañana siguiente se sentía distinto. Ya no había pánico ni ganas de esconderme. Javier caminaba a mi lado, hombro a hombro, con la mirada fija hacia adelante y una calma peligrosa en los gestos. Su sola presencia era mi mejor armadura. Algunos de mis compañeros que presenciaron parte de lo de ayer se acercaron y me dijeron que estuviera tranquilo, que Javier ya había hablado en parte con ellos, así que no me sintiera solo.
El ambiente en el pabellón de los cuartos medios era denso. Días atrás, Claudio Canibilo —el Señor Sapo— había movido sus influencias para conseguir un cambio arbitrario: sacar a Lucas del Cuarto Medio B y trasladarlo a nuestro curso, el Cuarto Medio A. Quería tenerlo cerca, asegurarle un ambiente «protegido» y, de paso, marcarnos el territorio a Javier y a mí. Pero la jugada le salió completamente al revés.
Al cruzar el marco de la puerta de nuestra sala, el murmullo habitual del curso se apagó de golpe. Se podía sentir la electricidad en el aire.
Ahí, al frente, parado junto al escritorio, estaba el Señor Sapo luciendo su impecable traje verde musgo, aunque con la cara desencajada por la furia. Y justo en la primera fila de nuestro curso, sentado en un banco que no le correspondía hasta hacía muy poco, estaba Lucas Omar Canibilo Valencia.
El impacto del combo de la tarde anterior era imposible de disimular: Lucas lucía un ojo hinchado, morado y con un tinte verdoso alrededor del pómulo. Tenía la cabeza agachada, fijando la mirada en la madera del banco para evitar a toda costa cruzarse con el resto de los compañeros del A, que no disimulaban los murmullos ni los codazos.
En cuanto Javier y yo ingresamos, el Señor Sapo levantó la vista. Sus ojos pequeños y brillantes —que daba la impresión de no tener esclera blanca— me buscaron de inmediato y se clavaron en mí con un odio visceral. Dejó caer el libro de clases sobre la mesa con un golpe seco que hizo retumbar las paredes.
—Gabriel Yáñez —dijo con esa voz grave y autoritaria—. Qué bueno que llega. Antes de comenzar la clase, necesito que me acompañe a la inspectoría general. Hay un hecho de extrema gravedad ocurrido ayer en los camarines que requiere su declaración inmediata.
Un murmullo pesado recorrió las filas. Lucas se hundió un poco más en su asiento, apretando las manos en el regazo.
El viejo dio un paso hacia la puerta para cerrarme el paso, confiado en que su autoridad de profesor y su papel de padre ofendido me harían temblar. Pero no contó con que yo ya no era de los que se quedaban callados ni de los alumnos que creían que la palabra del profesor era sagrada; no había hecho nada tan grave como lo que había hecho el hueón de su hijo, y le iba a responder cuando…
Antes de que yo pudiera dar un paso o decir una palabra, Javier se cruzó suavemente frente a mí, interponiéndose entre el profesor y yo. Le sostuvo la mirada al Señor Sapo sin pestañear, con una frialdad que helaba la sangre.
—Gabriel no va a ir a ninguna parte con usted, profesor Canibilo —dijo Javier con voz firme y clara, resonando en cada rincón del Cuarto A.
El Señor Sapo se desencajó. La vena del cuello se le hinchó de golpe.
—Usted no se meta, joven Torres. ¿O qué se cree, el marido de Yáñez? —con ese comentario quiso desestabilizarlo, pero Javier estaba implacable—. Esto es un asunto disciplinario grave por una agresión física cobarde a su compañero nuevo —dijo apuntando a Lucas con la mano temblorosa.
—¿Agresión cobarde? —interrumpió Javier, dando un paso más hacia él. Javier era más alto que él, así que lo miró levemente hacia abajo y el viejo hacia arriba—. Si quiere hablar de cobardía, hablemos de cómo su hijo, al que se trajo a la fuerza a nuestro curso, acorraló a Gabriel en el camarín, lo agarró con fuerza, quién sabe por qué razón, y lo violentó a Gabriel… ¿O no, Luquitas? ¿Te vas a volver a quedar callado? Tengo la foto de las marcas en la muñeca de Gabriel y el testimonio de todo el equipo de vóley que escuchó los gritos.
El silencio en la sala pasó a ser absoluto. Lucas cerró los ojos con fuerza, deseando que la tierra se lo tragara ahí mismo, frente a sus nuevos compañeros de curso.
—Y si a Lucas de verdad se le olvidó cómo comportarse con la gente —agregó Javier, bajando la voz a un tono penetrante que hizo helar el aire—, yo no tengo ningún problema en refrescarle la memoria a él y a usted sobre lo que pasó hace unos años atrás en el Colegio Tomás Reggio de Graneros.
La sala estalló en murmullos.
A la sola mención de Graneros y del Colegio Tomás Reggio, el rostro del Sapo Canibilo cambió de color drásticamente. Perdió la calidez del enojo y se puso pálido, casi verdoso; se le notaron las manchas en la piel color amarillentas que tenía: si ya era un asco verlo normal, pálido era nauseabundo. Dio un pequeño paso hacia atrás, como si le hubieran dado un golpe en el estómago. Miró a Javier, luego a mí —que le sostuve la mirada con la cabeza en alto— y finalmente a su hijo, quien no levantaba la cara por nada del mundo.
El viejo abrió la boca para replicar, para imponer su voz de mando, pero las palabras se le quedaron atascadas en la garganta. El fantasma de su pasado acababa de entrar a la sala.
—Tomen asiento —alcanzó a balbucear el Señor Sapo, dándole la espalda al curso con las manos temblorosas sobre el escritorio—. La clase va a comenzar.
Javier me miró, me sonrió en silencio con esa ternura que guardaba solo para mí y me tocó la espalda para guiarme a nuestros puestos del fondo. Al pasar al lado del banco de Lucas, el hueón ni siquiera fue capaz de levantar la vista.
El ambiente en la sala terminó de romperse en el instante en que el Señor Sapo se dio vuelta hacia la pizarra. Esa amenaza velada sobre Graneros había dejado una onda de choque flotando en el aire, y apenas el viejo tomó la tiza con la mano temblorosa, mis compañeros de curso reaccionaron.
No esperaron a que tocara el timbre ni a que terminara la clase. En un acto de rebeldía silenciosa pero firme, varios de mis compañeros se pusieron de pie y se acercaron hasta los puestos del fondo donde nos habíamos sentado Javier y yo.
—Gabo, ¿estás bien? —me preguntó una de mis compañeras con genuina preocupación, mirando de reojo la marca que todavía se me traslucía en la muñeca—. Ese tipo de verdad es un enfermo… qué asco lo que intentó hacerte en el camarín.
—Es un desubicado —sumó otra, hablando sin tapujos ni miedo a que el profesor las escuchara—. Ya nadie se lo aguanta. Entre la actitud del hijo y la forma en que este viejo nos trata a todos, no se entiende qué hacen acá.
La sala se convirtió en un murmullo denso. Muchos de ellos ya habían tenido encontrones fuertes con el «Sapo» Canibilo durante las semanas previas. Sabían de sobra lo abusivo, prepotente y arbitrario que era para poner notas, mandar a la inspectoría o humillar a cualquiera que no le cayera bien. Nadie en el curso entendía por qué la dirección del colegio le había dado espacio a un tipo así, y menos por qué le habían concedido el capricho de trasladar a Lucas al Cuarto A.
Lucas, desde la primera fila, escuchaba cada una de las palabras. Sentía las miradas clavadas en su espalda y el rechazo unánime de todo el curso. Intentaba esconder la cara detrás de su cuaderno para tapar el ojo morado, pero el impacto social era total: la burbuja de protección que su papá le había construido se le acababa de reventar en la cara.
Javier me puso una mano firme sobre la espalda, manteniéndose cerca, mientras respondía por los dos con serenidad:
—Tranquilos, chiquillos. Gabo está bien. Pero esto no se va a quedar así.
El Señor Sapo intentó alzar la voz desde la pizarra para retomar el control, pero su autoridad ya estaba completamente destruida en el curso. Sabía que si apretaba demasiado la tuerca, el curso entero se le iba a ir encima.
—Lo único que les pido a todos es que no hueveen a Lucas. No quiero que le den el papel de víctima, por favor; no lo acosen, no le digan nada. Yo pasé por eso y no es agradable.
Yo escuché a Javier, pero esta vez hice oídos sordos. Cuando sonó la campana para el primer recreo, me fui directo a él. Javier no alcanzó a agarrarme: había estado toda la clase pensando cómo lo haría y la campana marcó la acción.
Gabriel grito Javier desde el fondo de la sala.
—Te dije, conchetumadre, que si me acusabas te iba a pegar de nuevo, culiao maricón, cobarde. Di algo, conchetumadre.
Le di una patada a su mesa y saltó por allá.
—Habla, hueón, deja de hacerte la víctima.
Lucas solo miraba el piso; seguía con su chaqueta del uniforme puesta y las manos en los muslos. Cuando vengo y, con el mismo dolor que yo sentía en mi muñeca y en mis nudillos, lo agarro de una mano para que por lo menos se parara, siento un grito de dolor de su parte. Lo suelto y alcanzo a ver que tenía sus dos muñecas amoratadas…
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11 Comentarios
Jajajajajajaja cerraste en un punto clave
Cuenta maaaaaassss.
Ctm, se está pareciendo al diario de Larry ❤️
Está muy bueno, hace una novela con todo los por menores y hagamos que está historia se haga una mini serie.
Seria muy Genial. pero las areas dramaticas y los actuales guionistas estan absoletos. siguen haciendo y escribiendo historias muy abc1 o clase media acomodada, no juegan con la versatilidad que esto tiene. Saludos y abrazitos, si quieren leerla con la Banda Sonora, manden un mensaje a mi telegram.
…. Yyyyyy ???
no comas ansias, spoiler se viene pesado para nuestros protagonistas.
Ke latero el relato
Es que es solo para quienes siguen desde el principio. Pero Kyunix está lleno de relatos buenísimos escritos por otros colegas, solo tienes que buscar lo que quieres, Saludos.
Quisiera leer uno tuyo, uno con contenido, con ideas claras, bien. Contado si po y que deje a los demás con ganas de seguir leyendo…. Te la puedes ?
Estoy esperando el siguiente capítulo …. Esto debería transformarse en un guión de una serie … Sigo pensando en el tema central de la serie o teleserie
Oye el tema Disarm de The Smashing pumpkins ese es un muy buen tema y muy acorde con la época y la trama.