Javier el Repitente – Parte 8
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- 2Javier el Repitente – Parte 2
- 3Javier el repitente – Parte 3
- 4Javier el Repitente – Parte 4
- 5Javier el Repitente – Parte 5
- 6Javier el Repitente – Parte 6
- 7Javier el Repitente – Parte 7
- 8Javier el Repitente – Parte 8 (este capítulo)
- 9Javier y Gabriel v/s Lucas y el Sapo de su padre
- 10Javier y Gabriel v/s Lucas y el Sapo de su padre parte 2
- 11Javier y Gabriel V/s Lucas y el Sapo de su Padre parte 3
- 12Javier y Gabriel V/s Lucas y el Sapo de su Padre parte 4
Esa tarde llegó Rubén Torres a mi casa. Era el papá de Javier. Rubén era un hombre de la misma edad de mi papá, 48 años, alto, delgado, muy parecido a Jeremy Irons en La casa de los espíritus, de 1993. Ya entendí por qué Javier era tan guapo: seguramente lo rubio era por su madre, porque su padre tenía el cabello castaño oscuro y ojos pardos.
—Buenas tardes, tú debes ser Gabriel. Soy Rubén Torres, papá de Javier. ¿Puedo pasar?
—Sí, claro —dije yo—. Javier está en el living.
El padre entró y se paró a la entrada del living. Javier se puso de pie y se fue llorando a los brazos de su papá.
—Perdón, papá, soy un huevón… No debí reaccionar así.
—Ya, huevón —le dijo el papá—. Ya, si ya estamos aquí. Tu mamá está en el auto, no quiso bajar, está súper enojada. ¿Qué pasó, hijo, por la cresta? ¿Cómo nos hiciste algo así? Mis papás quedaron preocupados; tus hermanos lloraron hasta hace poco. Javier, si tú ya eres grande para que te den los monos y salgas arrancando… Sé que es la primera vez que lo haces, hijo, pero de verdad esto no lo puedes hacer. Ahora me voy a sentar aquí y me vas a explicar qué mierda pasó y por qué.
Le dio un beso en la frente y se sentó en el sillón. Les ofrecí limonada porque de verdad estaba muy calurosa la tarde, y salí para que pudieran conversar tranquilos. Yo, por mientras, me fui al auto a hablar con Lucía y ver qué onda.
—Hola, señora Lucía.
—Hola, Gabriel.
—¿Cómo estuvo el viaje?
—Eterno. Llegamos a la casa, dejamos las cosas ahí y nos vinimos de inmediato para acá. Pero estoy tan molesta con Javier que no quise bajarme yo. ¿Tú cómo estás? Disculpa por todo esto que pasaste, pero ¿qué cresta les pasó?
—Si gusta, se bajan y vamos a la terraza. Atrás está fresquito y así estiran las piernas; ahí hablamos más tranquilos, porque es medio larga la historia.
—¿Pero los niños no te molestan?
—No, para nada. Mientras no rompan nada, no se preocupe.
—Si estos dos son una foto y quieren puro ver a su hermano.
Así que ahí nos sentamos en la terraza, y Lucía me dice:
—Yo, la verdad, Gabrielito, no conozco mucho a tu mami porque recién llegué al colegio el año pasado. No sé si supiste lo que le pasó a Javier…
Y me contó toda la historia. Yo, por otro lado, le conté lo que había averiguado acá y lo que le había pasado a Javier. Ella entendió todo. Ambos sabían que yo era pololo de Javier porque él les contó, pero yo nunca había hablado con ellos ni tampoco conocía a su papá, así que este día lo bauticé como el día en que conocí a mis suegros.
—No puedo creer que ese niño le haya hecho tanto daño a Javier. ¿Y cuál es la razón? ¿A pito de qué? No entiendo. ¿Y qué va a pasar ahora? Te imaginas que ahora les hagan algo a ustedes dos, me muero…
Yo, la verdad, es que no me había puesto en esa hipótesis. Si Lucas era un mitómano, quién sabe qué podría hacer si no íbamos a enfrentarlo o si no nos manteniamos unidos.
De pronto se abre la puerta de la cocina y sale Rubén, y atrás de él, Javier. Este corre a abrazar a su mamá; ella lo abraza, le pega unas palmadas cariñosas en el trasero, le tira la oreja y le dice:
—¡Nunca más me vuelvas a hacer algo así! Me tenías con el credo en la boca y tus hermanos estaban deshechos.
Los dos niños abrazaron a su hermano y el del medio le dice:
—Ya, mamita, no le pegue más a Javier, si él no lo va a hacer más, ¿cierto, Javier?
Javier lo mira y le dice:
—Sí, mamá, nunca más… no lo vuelvo a hacer más.
Lucía mira a Rubén, que observaba la escena, y le dice:
—Viejo, ¿qué va a pasar ahora?
—Se queda —dice Rubén—. Se queda aquí y va a ir con Gabriel a la fiesta. Yo voy a hablar con mi hermana Marta para ver qué podemos hacer y vamos a levantar una demanda por injurias y calumnias en contra del padre de Lucas. Pero vamos a ir haciendo las cosas piano a piano. Por ahora, ustedes háganse los desentendidos. Igual en la tarde, Lucía, tenemos que hablar con los papás de Gabriel para que estén al tanto de lo que vamos a hacer. Nadie va a deshonrar a mi hijo por un simple capricho… pero primero hablemos con mi hermana, que es abogada.
A eso de las siete de la tarde llegaron mis papás del trabajo. Cuando vieron dos autos estacionados afuera y el movimiento en la casa, entraron con cara de sorpresa. Pero la tensión duró apenas un segundo.
Mi mamá al ver a Lucía en la terraza fue la primera en abrir los brazos. Se abrazaron apretado, como si fueran amigas de toda la vida que no se veían hace años.
—¡Lucía, por fin nos conocemos! —dijo mi mamá, emocionada—. Gabrielito me ha hablado tanto de ustedes.
—Ay, mami, disculpe la hora y la invasión —respondió Lucía con los ojos vidriosos—, pero teníamos que venir. Gracias por recibir a mi Javier como a un hijo más.
Mientras tanto, mi papá se acercó a Rubén. Cuando Rubén se presentó y le dio la mano, mi papá lo miró de arriba abajo, se rió y le dijo:
—¡Miren al chiquillo, trajo al papá de Jeremy Irons a mi casa!
Todos nos largamos a reír y el hielo se rompió al instante. Los papás congeniaron de inmediato; mi papá no perdió el tiempo y se puso a conversar con Rubén sobre autos, motores y el trabajo, dándose cuenta de que tenían un humor súper parecido.
Los hermanos chicos de Javier ya estaban instalados en el patio jugando con una pelota de plástico, corriendo de un lado a otro y haciendo sus travesuras, mientras la casa se llenaba de ruido del bueno, de ese ruido de familia numerosa.
Mi mamá y Lucía se adueñaron de la cocina. Armaron una once familiar gigante: sacaron marraquetas frescas, palta molida, queso, cecinas, mermelada casera y pusieron la tetera a hervir. Nos sentamos todos a la mesa larga del comedor. La vibra era increíble; ver a mis papás y a mis suegros riéndose, compartiendo la mesa y mirando a Javier con tanto cariño me dio una paz que no sentía hacía semanas.
En medio de la conversación, Rubén miró a mi papá, tomó un sorbo de té y dijo:
—Bueno, viejos… además de conocernos y pasar esta tarde tan bonita, hay un tema importante que tenemos que conversar sobre los chiquillos y lo que pasó con el hijo del director…
Los papás estuvieron de acuerdo en todo al instante; mi mamá Carmen y Lucía ya parecían amigas de años, mientras Óscar y Fernando terminaban de correr por el patio antes de volver a la mesa por más pan con palta. El respaldo de ambas familias era total y no había para qué darle más vueltas al asunto. Lo importante era el paso que íbamos a dar nosotros.
Llegó el momento de prepararnos. Subimos a mi pieza con Javier para cambiarnos de ropa. El ambiente en la casa era un contraste total: abajo se escuchaban las risas de los cuatro papás conversando en la mesa y los juegos de Óscar y Fernando, pero en mi dormitorio el aire se volvió un poco más denso a medida que nos poníamos los trajes de baño bajo la ropa.
Javier estaba frente al espejo acomodándose la polera. Se le notaba la tensión en los hombros, pero ya no era ese pánico descontrolado de días atrás. Ahora había algo distinto en su mirada: determinación.
Me acerqué por detrás, lo abracé por la cintura y apoyé mi mentón en su hombro.
—¿Cómo vamos, amor? —le pregunté suavemente al oído.
—Con el corazón a mil, Gabo… no te voy a mentir —dijo suspirando y poniendo sus manos sobre las mías—. Pero contigo al lado me siento capaz de cualquier cosa. Vamos a ir, vamos a dar la cara y se acabó el show de ese huevón.
Nos dimos un beso corto pero firme, de esos que sellan un pacto.
Bajamos al living. Las dos familias nos quedaron mirando. Mi mamá Carmen nos dio un apretón de manos cariñoso y Lucía nos miró con los ojos llenos de orgullo. Rubén se paró, nos miró a los dos de arriba abajo y nos dijo:
—Vayan tranquilos, chiquillos. Mantengan la cabeza fría, pásenlo bien y recuerden que no están solos. Ante cualquier cosa, nos llaman de inmediato.
Caminamos esas dos casas de distancia que separaban mi hogar de la casa con piscina donde era el carrete. Cada paso se sentía pesado, pero le tomé la mano a Javier con fuerza y no se la solté. A medida que nos acercábamos, la música fuerte y las voces del grupo de gente se escuchaban más claras.
Llegamos al portón. Respiré hondo, miré a Javier, que me devolvió la mirada con firmeza, y golpeé la entrada. A los pocos segundos, la puerta se abrió… y ahí estaba Lucas.
Nos miró con cara de que no nos conocía; miró a Javier de pies a cabeza y lo noté. Me puse por delante y le dije:
—Hola, Lucas, ¿cómo estás? Bueno, te presento a Javier… Ah, pero si tú ya lo conoces, ¿no?
—No… no lo conozco —se rió nervioso Lucas, mientras Javier solo respiraba fuerte—. Pensé que era quien yo creía, pero al parecer era solo un alcance de nombre. No, me confundí…
Estaba muy nervioso.
—Pero pasen, por favor. Estamos al fondo.
Estábamos entrando cuando, bajando la escalera, aparece un tipo gordo, moreno, de unos cincuenta años, con terno verde oscuro, camisa verde agua, reloj metálico dorado y corbata. Tenía el pelo medio grasiento, súper engominado. Daba la impresión de que anduviera vestido de sapo. Lucas se tapó la cara con una mano, como diciendo «mierda, me pillaron».
—Señor Torres… —le dijo el «Señor Sapo». Tenía los dientes hacia afuera, amarillos de tanto fumar, y un lunar cerca de la boca que parecía una mosca. Era evidente que era el papá de Lucas—. ¿Qué está haciendo por aquí?
—Ve… ven… go a la fiesta, me invi… tó su hijo… —respondió Javier tartamudeando.
¿Qué daño le habrá hecho este viejo para que Javier empezara a tartamudear de solo verlo?
—Hola, buenas tardes. La verdad es que fui yo quien invitó a Javier. Soy Gabriel Yáñez, su vecino, y Javier es mi pololo.
El Sapo se puso serio. Lucas se dio vuelta sobre sus propios talones y me miró casi boquiabierto.
—Qué extraño que usted conozca a Javier y que Lucas ahora diga que no… Bueno, cosas extrañas pasan siempre, ¿no? Permiso, nos invitaron a la piscina y no está aquí adentro. Hace calor como para estar de terno, ¿no cree? Con permiso.
Entramos. No iba a permitir que nadie arruinara esto. Y si este Lucas creyó que yo era fácil de domar, estaba equivocado: nadie se mete con mi pololo, y menos conmigo.
Apenas salimos al patio trasero, donde la música retumbaba y un grupo de gente ya estaba cerca de la piscina con sus vasos en la mano, llevé a Javier hacia un costado más tranquilo, cerca de unos arbustos que daban sombra.
Él respiraba agitado, con el pecho subiendo y bajando rápido, y las manos le temblaban ligeramente. Se apoyó contra el muro, pasándose los dedos por la cara como intentando asimilar el impacto de haber visto al viejo de nuevo.
Me le acerqué tanto como pude sin llamar la atención de todo el mundo, me puse frente a él para cortarle la visión hacia la casa y le tomé suavemente las manos.
—Tranquilo, mi amor… Mírame —le dije en un murmullo firme—. Ya pasó. Ya estás aquí conmigo.
Javier levantó la vista. Tenía los ojos un poco cristalizados, esa mezcla de rabia e impotencia que le provocaba tener a sus verdugos a un par de metros.
—No me pude controlar, Gabo… —susurró con la voz quebrada—. Apenas vi a ese viejo culiao bajar la escalera me congelé… Me volví a sentir como el cabro chico indefenso de antes. Empecé a tartamudear.
—No digas eso —lo interrumpí, apretándole los dedos con fuerza—. Es normal que te pase, pero ¿sabes cuál es la diferencia hoy? Que hoy no estás solo. Y viste cómo quedaron los dos, ¿cierto? Lucas quedó helado y al papá se le desencajó la cara cuando les dije que eras mi pololo y que nos íbamos a la piscina.
Javier soltó un suspiro largo, dejando ir parte de la tensión acumulada. Una pequeña sonrisa, todavía algo tímida pero sincera, empezó a asomarse en sus labios.
—Te pasaste, Gabo… —dijo negando con la cabeza—. De verdad no sé de dónde sacaste la personalidad para responderles así de seco y con tanto respeto, sin achicarte ni un milímetro.
—Es que no voy a dejar que ningún huevón te vuelva a hacer sentir menos —le respondí mirándolo directo a los ojos—. Ahora nos tomamos algo, nos metemos a la piscina y disfrutamos. Estamos aquí para demostrarles que no les tenemos miedo.
Javier respiró hondo, enderezó la espalda y me dio un apretón de manos rápido antes de soltarme para no levantar sospechas exageradas entre la multitud.
—Tienes razón —dijo, y por primera vez en toda la tarde vi en sus ojos una chispa de alivio y victoria—. Vamos a pasarlo bien. Que se mueran de la rabia viéndonos juntos.
Lucas llegó con una bandeja con bebidas y nosotros sacamos los vasos de Bilz y, bromeando, le dijimos a Lucas si acaso no los había escupido.
Lucas se descolocó; creo que nunca imaginó que yo sería tan descortés con él:
—No, ¿cómo se te ocurre? No podría.
—Oye, trajimos unas cosas —le dije.
—Ah, sí —respondió Lucas—, pueden ir a dejarlas a la cocina.
—¿A la cocina? Pero, amigo, el anfitrión de la fiesta eres tú… ¿por qué no aprovechas de llevarlas tú mismo en tu bandeja?
Abrí mi mochila y le puse encima el queque y las dos bolsas de Chester, los Chis Pop y las papas fritas.
—Me encanta lo acomedido que eres.
Lucas me miró con esa cara de «¿puedes parar?», que yo interpreté de inmediato, pero no paré. Saqué mi encendedor y mi cajetilla de cigarros, le di uno a Javier y le dije a Lucas:
—Oye, ¿y acá se puede fumar, cierto?
—La verdad es que no creo… mi papá no me deja fumar —respondió Lucas.
Miré a Javier como diciendo «¿me estás hueveando?».
—Ah —le dije—, pero a ti no te deja fumar. Porque yo lo voy a hacer igual. ¿Dónde echo las colillas?
Sí, fui un odioso, pero aquí la batalla la ganaba sí o sí.
Lucas se quedó parado con la bandeja tambaleándose entre las manos, con el queque de mi mamá y las bolsas de papas fritas haciendo un equilibrio ridículo. Tenía la cara descompuesta, entre la rabia y el desconcierto de no saber cómo reaccionar ante alguien que simplemente no le tenía miedo.
—Hay un cenicero de greda en la mesa de la terraza —alcanzó a murmurar, apretando los dientes—. Pero no hagan mucho humo, por favor.
—Súper. Gracias, anfitrión —le respondí con una sonrisa socarrona.
Le tomé la mano a Javier, que miraba la escena disimulando a duras penas una sonrisa de satisfacción, y nos fuimos directo hacia el sector de la piscina. La tarde estaba calurosa y el agua se veía tentadora. Nos acomodamos en un par de reposeras cerca de una esquina, lo suficientemente alejados del centro de la música como para tener algo de tranquilidad, pero a la vista de todos para dejar claro que no nos íbamos a esconder de nadie.
Saqué una caja de cigarrillos del bolsillo de la mochila, prendí uno y le di una pitada larga antes de pasárselo a Javier. Él lo recibió, le dio una quemada suave y dejó salir el humo despacio, mirando el agua tiritar con el reflejo del sol.
—Te pasaste, Gabo… De verdad dejaste a Lucas sin palabras —me dijo en voz baja, pasándome el cigarro de vuelta—. En mi vida pensé que alguien le iba a poner un parálele de esa forma en su propia casa.
—Es que ya estuvo bueno de aguantarle estupideces a ese cabro —le dije, dándole otra pitada—. Ahora, mi amor, lo único que importa es que nos saquemos la ropa, nos tiremos a la piscina y lo pasemos bien. La fiesta recién empieza.
Javier sonrió, esta vez con una tranquilidad genuina que le iluminó la cara. Se sacó la polera y las zapatillas, quedando en traje de baño. Nos miramos por un segundo con esa complicidad de saber exactamente lo que íbamos a hacer, nos tomamos vuelo y, en vez de un piquero elegante, nos tiramos una tremenda bombita.
El agua saltó por todas partes, mojando el borde, las reposeras de al lado y salpicando directo a los que estaban cerca hablando. Salimos a la superficie muertos de la risa, secándonos la cara y disfrutando del agua helada. La fiesta recién empezaba y nosotros ya nos habíamos adueñado de la piscina.
En eso llegó Fabián, que era bastante tímido, y se cagó de la risa de que todos reclamaran porque Javier y yo los dejamos estilando.
—Pero ¿ustedes vinieron a tomar sol como las lagartijas o a bañarse a la piscina? —les dijo riéndose.
Todos se mataron de la risa. Con Javier nos transformamos en el alma del carrete: bailamos, fumamos y lo pasamos increíble. Mientras tanto, desde la terraza, Lucas y el Sapo de su padre nos miraban con un desagrado que no podían disimular. Este barrio tenía un príncipe, pero ahora ese príncipe se había convertido en el rey de la cuadra.
Cuando ya dieron las siete de la tarde se empezó a nublar. Con Javier y Fabián, que se había hecho súper amigo nuestro, nos empezamos a despedir.
—Lamento si te arruinamos la fiesta —le dije a Fabián en tono de broma.
—¡Todo lo contrario! —respondió de inmediato—. Lo pasé filete con ustedes, ojalá cuando vuelva nos juntemos otra vez.
Nos pusimos los pantalones y la polera, y nos despedimos de todos los que estaban ahí. Al momento de salir, miré a Lucas a los ojos y le dije:
—Gracias por ser tan buen anfitrión, amigo. De verdad que tu fiesta de despedida y bienvenida habría sido aburridísima sin mí, nos vemos.
Apenas cruzamos el portón de la casa de Lucas, la música y el murmullo de la gente quedaron atrás. El aire helado de las siete de la tarde nos golpeó la cara, pero por dentro veníamos ardiendo de pura adrenalina.
Caminamos despacio esas dos casas que nos separaban de mi hogar. El pasaje estaba tranquilo, con las luces de los postes recién encendiéndose contra el cielo nublado. Le busqué la mano a Javier; me apretó los dedos con una fuerza cómplice, de esas que no necesitan palabras.
—Dime que no estoy soñando, Gabo —dijo de pronto, rompiendo el silencio con una risa contenida que le salía desde el pecho—. Dime que de verdad le dijiste eso en la cara antes de salir.
—Se lo dije tal cual, mi amor —le respondí, riéndome con él—. Tenías que verle la cara… pasaron del verde al blanco en dos segundos. El viejo descolocado en la terraza y Lucas con una cara de picado que no se la sacaba nadie.
Javier se detuvo un segundo bajo la luz del poste, me miró de frente y soltó un suspiro largo, como si llevara años aguantando la respiración y recién ahora pudiera llenar los pulmones.
—En mi vida pensé que iba a volver a ver a esa gente sin sentir que me pisoteaban —dijo, y los ojos se le pusieron brillosos, pero esta vez de pura victoria—. Cuando nos tiramos la bombita y salpicamos a medio mundo, miré hacia la terraza y vi al viejo mirándonos con ese desprecio… pero ya no me dolió. Nos vieron felices, nos vieron juntos y se dieron cuenta de que no tienen ningún poder sobre nosotros.
—Lucas quiso hacerse el ganador invitando a todos solo porque tiene piscina —le dije, acortando la distancia para mirarlo fijo a los ojos—. Pensó que con eso se ganaba al barrio, pero se le olvidó un detalle: a toda esa gente la conoces de toda la vida, son tus vecinos. Si él se creía el príncipe de la cuadra por la piscina, hoy le quedó claro quién es el rey. Nadie me pasa por encima de ti en tu propio barrio, mi amor.
Javier soltó una carcajada limpia, la más linda que le había escuchado en meses. Se acercó y me dio un beso rápido, cortito pero lleno de calor, justo antes de llegar al portón de mi casa.
—Gracias, Gabo —me murmuró al oído, con la voz un poco tomada—. Gracias por no soltarme.
—Nunca, Javier. Vamos para adentro, que me imagino que nuestras mamás deben estar esperándonos con la tetera puesta para que les contemos todo.
Nuestros papás estaban pegados al ventanal. Apenas entramos, se sintió de inmediato esa estela de que nos estaban mirando: la mamá de Javier estaba incómodamente sentada en el brazo del sillón, mi mamá Carmen estaba con la falda levantada intentando hacer como que pasaba piola, y mi papá con Rubén hablaban huevadas inconexas para disimular.
Apenas cerramos la puerta, los cuatro gritaron al mismo tiempo:
—¡¿QUÉ PASÓ?! ¡Cuenten, cuenten!
Óscar y Fernando se habían quedado dormidos en la pieza del fondo, donde mi mamá les armó una camita improvisada —esa misma pieza que años más tarde se convertiría en el dormitorio de Diego Alejandro (spoiler)—. Así que, en el living, nos sentamos junto a Javier a contarles todo.
Nos reíamos a cada rato. Mis papás no podían creer las cosas que salían de mi boca y me decían «¡pero Gabriel!» a cada momento. Javier me miraba con un amor infinito mientras se reía y aportaba con su visión de todo. Eso sí, lo que más risa les dio a los cuatro fue cuando les conté que, bajando la escalera de la casa de Lucas, venía un sapo parado. Se apretaban la guata de tanto reírse.
En medio de la conversación, Javier miró a sus papás y les preguntó si se podía quedar a dormir esa noche en mi casa.
—Ah, no sé… tienes que preguntarle a los dueños de casa —le respondió Rubén sonriendo.
—¡Obvio que sí, cómo no se va a quedar! —dijeron mi mamá y mi papá al unísono.
Salimos corriendo a buscar el catre de campaña porque esa noche queríamos dormir bien. Mientras mis suegros se despedían de mis papás entre abrazos y promesas de visitas mutuas, nosotros le pusimos sábanas al catre y dejamos todo listo.
Cuando la casa por fin quedó en silencio, invité a Javier a fumarnos un cigarro al pasto del antejardín. Nos sentamos juntos en lo fresco, hombro con hombro, viendo cómo el cielo se iba despejando poco a poco y dejaba ver las primeras estrellas de la noche.
—Gabriel, ¿sabes qué?… Esta noche quiero que el rey del barrio me lo haga. Quiero que entres en mí…
Entramos a la pieza sin hacer ruido. Apagamos la luz grande y dejamos encendida solo la lámpara del velador, que proyectaba un resplandor cálido contra las paredes de mi dormitorio.
El catre de campaña estaba armado a un costado de mi cama, con las sábanas limpias y una frazada pesada encima. Javier se echó ahí primero, pero no pasaron ni dos minutos cuando me miró desde abajo, con una sonrisa cansada y los ojos brillando a la luz tenue.
—Gabo… ¿me puedo acostar ahí contigo? En el catre me voy a congelar solo —me dijo en un murmullo.
No lo pensé dos veces. Me corrí hacia el muro y le levanté las cobijas de mi cama. Javier se acomodó a mi lado, apretado contra mi pecho. La cama de plaza y media nos quedaba estrecha, pero esa noche no nos importó en absoluto. Pasó un brazo sobre mi cintura y apoyó la cabeza en mi cuello. Olía a jabón fresco, a piscina y a ese aroma tan de él que siempre me devolvía la calma.
—Hoy fue un buen día —susurró despacito, dándome un beso corto cerca de la barbilla.
—El primero de muchos, mi amor —le respondí, pasándole los dedos por el pelo.
Javier se dio vuelta y puso su poto pegado a mi pene. Se me paró. Me hice el huevón cuando siento que su mano me empieza a pajear. Yo empecé a masajearle los cachetes; no sé por qué empecé a babear, así que aproveché, me llené la mano de saliva y le lubriqué el culo. Sentí cómo se le cortaba la respiración y meneaba sutilmente la cadera. Verlo en su modo pasivo me puso tan duro que me llegaba a doler; quería entrar en él hace mucho tiempo y ahora me estaba poniendo el culo en bandeja.
—Lo siento, mi amor —le dije—, no alcanzo a ponerme el condón.
Y no me pude aguantar: se lo metí de una. Javier se quejaba y apretó un poco el culo; seguramente le dolió, pero aguantó. Era mi primera vez y sin condón: cuántas sensaciones, cuánto placer. Javier gemía y eso me ponía más duro y más caliente.
—¿Te gusta así? —le dije.
—Sí —me decía—, dame más fuerte.
Y comencé a moverme más firme. ¡Qué culo más rico tenía este huevón! Era tal y cual me lo había imaginado.
—Eso, amor, disfruta, porque te voy a llenar de semen.
—Sí —me decía Javier—, eso quiero. Lléname, dale.
Y empezó también a moverse él. Estar así era como estar pajeándome con su culo. De repente comencé a sentir como un ardor en la cabeza de mi pene, un ardor placentero. No pude aguantar y sentí cómo descargué mi semen adentro de Javier; lo llené.
Cuando saqué el pene, empezó a chorrear y eso me puso caliente otra vez, así que me volví a poner duro y se lo volví a meter. Esta vez duré menos, pero sentir que mi propio semen servía de lubricante en ese culo que tanto deseaba me hizo irme adentro otra vez.
Cuando ya acabé, Javier se dio vuelta y puso su pene entre mis piernas; rozaba mis testículos y comenzó a moverse hasta que acabó. Manchamos todo. Nos fuimos al baño, nos limpiamos bien, abrí la ventana y prendimos un cigarro cada uno. Solo nos miramos y nos pusimos rojos.
Por primera vez en semanas, yo también dormí de un tirón, sin pesadillas, sin la sensación de estar alerta por lo que pudiera pasar al día siguiente.
Amaneció un domingo soleado y tranquilo. Me desperté primero por el rayo de luz que entraba por la rendija de la cortina. Javier seguía abrazado a mí, dormido plácidamente, con la cara totalmente relajada y sin esa expresión de angustia que lo venía persiguiendo. Verlo así, sabiendo que en mi casa estaba seguro y protegido, fue el mejor regalo.
Desde la cocina ya se escuchaba el murmullo suave de la radio de mi papá y el olor a café recién pasado con tostadas. La tormenta había pasado, y por fin teníamos un domingo de paz.
Con Javier duramos un año más juntos. Fue un año intenso, bonito, de mucho crecimiento y de sanar viejas heridas. Después vinieron las pruebas y el destino comenzó a trazar caminos distintos para cada uno: dimos la PAA y yo quedé en la Universidad de Concepción para estudiar Medicina, con la meta clara de especializarme en Pediatría —decisión que tomé más adelante, cuando nació Diego Alejandro un poco enfermizo y sentí la vocación de cuidarlo—. Javier, por su parte, se quedó en Santiago, ingresando a la Universidad de Chile a estudiar Derecho.
La distancia y los compromisos hicieron lo suyo. Terminamos no por falta de cariño, sino porque hay cosas de la vida adulta que van más allá del amor y la lealtad. Las metas profesionales y las geografías distintas terminaron por separar nuestros rumbos.
Hoy en día vivo en Santiago. Diego, mi hermano, vive conmigo y está estudiando Pedagogía en Inglés. En varias ocasiones nos hemos vuelto a cruzar con Javier; después de todo, donde hubo fuego, cenizas quedan. Sin embargo, el tiempo pasó y la adultez le quitó esa «muchosidad» desbordante que él tenía, y a mí también. Nos guardamos un cariño enorme y el respeto de habernos acompañado en uno de los momentos más difíciles de nuestras vidas.
Muchas gracias a todos por leer este relato y por cada uno de sus comentarios a lo largo de la serie. Amor para todos.
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19 Comentarios
Que hermosa historia de amor,yo pensé que seguían juntos,y al final que paso con el sapo,y el Lucas?
Quieren saber que paso con Lucas y Su Sapo Padre? PONGAN LA TETERA!!!! Y saquen los Palillos. 🧶🫖🍵
Wowowowoww gracias por esa linda historia en q año fue eso ? Me hiciste llorar no se por q me lo imagino en los finales de los 80
Pero y ambos estan solteros, alguno opcion de volver a estar juntos? Si tu hermano va a la u supongo que han pasado alguno menos unos 20 años
Excelente historia k pena k tomaron camino distinto, a pesar de todo lo k pasaron ,eso es amor de verdad saludos desde el norte de chile
Nos hemos visto, y hemos estado juntos pero, ahora ya estamos adultos. El ímpetu de la juventud se ha ido amainando. Saludos. Pero esos encuentros son otra historia 😏
Me entristece saber el final
Pero y ambos estan solteros, alguno opcion de volver a estar juntos? Si tu hermano va a la u supongo que han pasado alguno menos unos 20 años
49 años tengo y Diego tiene 32
Cuenta que paso con el señor sapo y Lucas jajaja
Acabo de leer su historia muy hermosa y valiente, me encanta ese amor ante la adversidad y superarlo juntos, además que la familia los apoyarán es como un cuento de hadas.
Puedes continuar la historia por favor.
Muy bonita la historia, pensé que estaban juntos Haste el día de hoy, pero bueno las personas crecen, la distancia también juega en contra, que bueno que hayas tenido la oportunidad de vivir libre ese amor, gracias por contar tu historia, por saber relatar, esperé siempre la siguiente parte, cosa que con ningún otro relato me ha pasado, leí de la parte 1 a la 8, género siempre el interés de saber que pasaria más allá del encuentro sexual, por primera vez un relato me llama la atención de seguir leyendo como dije antes y más aún primer relato que no me insta a masturbarme..
Oh muchas gracias, la verdad es que yo estaba preocupado de no seguir subiendo por el tema de la masturbacion no porque lo vea como pecado al contrario, es porque en una relación real uno no anda a cada rato follando, las relaciones tienen altos y bajos sexualmente hablando, hasta cuándo es tu primer vez lo haces una vez o dos, pero ya creer que es una película porno no es así, creo que todos merecen saber que paso con Lucas y el pesado de su papá.
Que linda historia, la seguí desde el primer capítulo. Que lastima que hayan seguido caminos distintos, pero por lo visto quedaron muy lindos recuerdos
Oye y la verdad felicitar a tus padres, ya que del día 1 dieron su apoyo a tu relación, creo que muchos les gustaría pasar por lo mismo
Una de las mejores historias que he leído, mientras lo hacía me recordó algo muy similar a la tuya ☺️
Algún día lo contaré 😌
Abrazos.
😍😍😍😍😍
Leí tu relato y cada vez quería saber más, esperaba un final más feliz, pero la vida real no siempre es un camino de flores, reconozco que me pone triste saber que su amor de pareja no llegó a más, pero así es la vida y sé que el amor evoluciona y que el amor que le tienes nunca se ha ido, solo cambió. Saludos desde México.
Que hermosa historia me hubiese encantado que hubiese terminado con uds juntos, pero asi es la vida, mientras los dos esten bien y felices haciendo lo que les gusta todo bien, punto aparte amé la reaccion de sus padres