Javier y Gabriel V/s Lucas y el Sapo de su Padre parte 3
- 1Javier el Repitente – Parte 1
- 2Javier el Repitente – Parte 2
- 3Javier el repitente – Parte 3
- 4Javier el Repitente – Parte 4
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- 9Javier y Gabriel v/s Lucas y el Sapo de su padre
- 10Javier y Gabriel v/s Lucas y el Sapo de su padre parte 2
- 11Javier y Gabriel V/s Lucas y el Sapo de su Padre parte 3 (este capítulo)
- 12Javier y Gabriel V/s Lucas y el Sapo de su Padre parte 4

Muñecas y Brazos Morados, mentiras que no son mentiras
El grito de Lucas retumbó en la sala como un latigazo. No fue un quejido de rabia ni una reacción de defensa; fue un alarido de dolor puro, desesperado, de esos que salen desde lo más profundo del pecho.
Al soltarle la mano por el impacto, la manga de su chaqueta del uniforme se le corrió unos centímetros hacia arriba. Ahí quedaron al descubierto: las dos muñecas rodeadas por marcas moradas, casi negras, marcas gruesas y simétricas de dedos apretados con furia, mucho más oscuras y violentas que la marca que él me había dejado a mí el día anterior.
Me quedé helado. La furia con la que había pateado el banco se me evaporó de golpe, dejándome un frío amargo en el estómago. La mano con la que lo había tomado me quedó flotando en el aire, temblorosa.
Javier, que venía corriendo detrás de mí para frenarme, se detuvo en seco al lado de mi banco. Sus ojos, que venían encendidos por la rabia, se fijaron en las muñecas de Lucas y su rostro cambió por completo. La sala de clases, donde hace un segundo había ruido y murmullos de expectación por la pelea, cayó en un silencio sepulcral, espeso y sofocante.
Nadie se movió. Las compañeras que estaban cerca se llevaron las manos a la boca; dos cabros del equipo de fútbol que venían a apoyarme se miraron entre sí, descolocados, perdiendo toda la actitud de confrontación.
Lucas se acurrucó de inmediato sobre el banco, escondiendo los brazos entre sus piernas, temblando entero. Tenía el ojo morado por el combo que le había dado yo, pero esas marcas en los dos brazos no eran mías. Eran brutales, recientes. ¿Quién mierda le había hecho eso? ¿En qué clase de infierno metido estaba este hueón para andar así?
—Lucas… —alcancé a murmurar, con la voz completamente rota y sin un gramo del odio de hace un segundo.
Él no levantó la mirada. Se apretó más contra el asiento, con la respiración entrecortada, sollozando en silencio para que nadie lo escuchara llorar. Se escondía como si le diera pavor que alguien descubriera lo que le pasaba a puerta cerrada.
Javier dio dos pasos lentos hacia adelante, mirando con fijación la figura destruida de Lucas. La frialdad e implacabilidad con la que había encarado al profesor minutos atrás se transformó en una duda pesada, en una sospecha amarga que flotaba en el aire pero que nadie se atrevía a nombrar.
—¿Quién te hizo eso, Lucas? —preguntó Javier en un murmullo muy bajo, agachándose suavemente a la altura de su banco, manteniendo una distancia respetuosa.
Lucas no respondió. Un temblor violento le recorrió la espalda y apretó los ojos con más fuerza, dejando correr dos lágrimas que le cruzaron el pómulo inflamado. Se mantuvo en un silencio aterrado, guardando un secreto oscuro que parecía consumirlo por dentro.
Toda la sala quedó desconcertada. El chico que intentaba proyectar una imagen de intocable, el hijo del profesor de Castellano, traía un misterio turbio y doloroso a cuestas. El enojo por lo del camarín no desapareció, pero una sombra inquietante acababa de instalarse entre nosotros: Lucas no solo era un agresor, era alguien atrapado en algo infinitamente más oscuro de lo que podíamos imaginar.
—Gabo… salgamos de la sala un segundo —me dijo Javier suavemente, tomándome con delicadeza del brazo no lastimado.
Miré a Lucas una última vez antes de dar la vuelta. Ahí estaba, solo en la primera fila, escondiendo las muñecas, temblando en silencio mientras la duda y la tensión invadían el ambiente.
—Ahora se va el parcito de matones —dijo Lucas de pronto.
Había estado en silencio durante todo este rato, con la cabeza gacha, pero en su mente parecía haber estado fabricando una historia completa mientras yo me volvía loco de la impotencia.
—Se llenan la boca diciendo que yo tengo mala memoria… ¿Y ustedes? —continuó, levantando al fin la cabeza con los ojos inyectados en llanto y rabia—. ¿Ya se les olvidó la golpiza que me dieron ayer? ¡Que planearon todo juntos!
—¿Qué mierda estai hablando, Lucas? —le dije, totalmente desencajado—. ¡Nadie te hizo nada!
—¡Cómo que no! —gritó, desesperado—. ¡Ustedes dos y los del equipo de fútbol me agarraron de las manos y me golpearon!
Nuestros compañeros que estaban ahí y que habían presenciado todo el episodio del día anterior lo miraron completamente descolocados. Todos sabían que yo le había pegado un solo combo en el camarín al defenderme de su acoso, pero nadie lo había agarrado de los brazos ni le había dado una «golpiza en patota».
En eso se metió Javier, dando un paso al frente con una calma fría:
—Ya estás mintiendo. Para de mentir, Lucas. Deja de hacerte la víctima: esos moretones no te los hicimos nosotros.
Lucas se puso a llorar a mares, tapándose la cara con las manos temblorosas.
—¡Dejen de hacerme esto! —sollozaba, desarmándose en el banco—. ¡Paren, yo no les he hecho nada! ¡Dejen de hacerme la vida imposible!
La sala era un caos de desconcierto. Por un lado, Lucas se veía francamente destruido y aterrorizado, lo que podía hacer dudar a cualquiera que no conociera la historia; pero por otro, la mentira era tan absurda y exagerada que las piezas no encajaban. ¿Por qué mentiría con algo así? ¿A quién intentaba convencer… o de quién se estaba protegiendo al inventar que fuimos nosotros?
—¡Dejen de hacerme la vida imposible! —repetía Lucas, con la voz ahogada entre sollozos, apretando las muñecas contra el pecho como si intentara esconderlas dentro de su propia piel.
Javier dio un paso muy despacio hacia él. Ya no había rabia en su postura, solo una comprensión amarga y dolorosa.
—Lucas… —dijo Javier con la voz suave, casi piadosa—. Nadie te cree que fuimos nosotros. Y tú sabes perfectamente que nosotros no te hicimos eso en los brazos.
—Si estás pasando por algo grave… si alguien te está haciendo daño, no tienes por qué inventar esto —continuó Javier, mirándolo a los ojos con firmeza pero casi susurrándole al oído para que el curso no los oyera. Javier ya había entrado en modo cautela—. Pero no nos eches la culpa a nosotros para tapar a otro.
La mentira flotaba en el aire, absurda y desesperada. La sala de clases era un caos de murmullos y gestos desorientados; nuestros compañeros del Cuarto A no entendían nada de lo que hablaba ni por qué inventaba una golpiza en patota que jamás existió. Todo el mundo estaba descolocado por la escena.
En vez de seguir la discusión o dejar que el circo armado por la mentira creciera frente al curso, Javier se mantuvo firme al lado mío, protegiéndome y cortando cualquier intento de espectáculo. Yo sentía un nudo apretado en la garganta al verlo desarmarse así; y por ningún motivo iba a permitir que Lucas pasara por ese infierno de la exposición masiva.
Pero Lucas ya estaba desbordado por el pánico. Al ver que su mentira no tenía pies ni cabeza y sintiendo la presión de la sala, su cuerpo empezó a temblar entero.
En ese preciso instante, la puerta de la sala se abrió de golpe. Los pasos pesados y apurados del Señor Sapo resonaron en el suelo de madera. Lucas palideció al instante y le respondió en un susurro desesperado a Javier, que le heló la sangre:
—Tengo que decir algo… Si no le digo que fueron ustedes, me va a matar…
Entró el Sapo Canibilo con el rostro desencajado, ajustándose la chaqueta verde musgo, con sus ojos pequeños y oscuros fijados directamente en la figura desarmada de su hijo.
—¿Qué está pasando aquí? —tronó la voz del viejo, haciendo retumbar las paredes.
Lucas no aguanto un segundo más. De un manotazo desesperado, nos empujó a Javier y a mí hacia un lado, abriéndose paso entre el desorden de los bancos. Salió corriendo de la sala con la cabeza gacha, haciendo retumbar el pasillo mientras su padre lo miraba incrédulo.
—¡Lucas! ¿Qué pasó? —gritó el Sapo Canibilo, girándose hacia nosotros con los ojos desorbitados por la furia—. ¿Qué le hicieron a su compañero ahora?
—Nada, al parecer no quería pararse para salir a recreo, pero nosotros no hicimos nada —respondió Javier sin arrugarse.
Afortunadamente, el curso entero apañó la respuesta con murmullos de apoyo y miradas de afirmación. El viejo no tuvo de otra que tragarse la rabieta.
—Les voy a creer por esta vez —dijo Canibilo, ajustándose la libreta bajo el brazo—. Ahora me corresponde clase con el Cuarto Medio C.
Dos Berlines y dos Cocacolas
Apenas salió de la sala, el suspiro de alivio en la sala fue colectivo. Con Javier bajamos de inmediato al kiosko del colegio. El hambre ya nos mataba y de verdad necesitaba procesar todo este hueveo, pero con la guata llena. Así que invité a Javier a comerse un berlín con una Coca-Cola donde la Sra. Julia, una Sra. muy genial que atendía el kiosko del colegio y siempre nos trataba con cariño.
Nos fuimos a sentar a los peldaños de la escalera que dejaba ver directo hacia el área de los baños de los hombres. Mientras comíamos, vi bajar por la otra escalera al Sapo Canibilo, metiéndose directo al baño de alumnos. Quizás qué cara puse, porque Javier me miró de inmediato y me preguntó:
—¿Qué pasó?
El Sapo era un hombre gordo y grande, con cuerpo como de levantador de pesas, pero de piernas delgadas; de verdad era como ver a una rana parada, parecía un cono de helado. Tenía un bigote delgado que se perfilaba para que se le viera como el del Zorro, el superhéroe del que soy fan desde niño, pero en él todo se veía mal: los zapatos de cafiche y ese olor a colonia Agua Brava que me daba una repulsión tremenda.
De repente, salieron del baño. Canibilo venía saliendo justo detrás de Lucas y le dio un empujón fuerte. Lucas se veía diminuto a su lado. Creyendo que nadie lo miraba, el viejo le tomó ambos brazos a su hijo, y desde la distancia en la que estábamos se notó clarito que a Lucas le dolió. Se notaba que lloraba de puro dolor mientras Canibilo, como un verdadero bruto, le secaba las lágrimas dándole una especie de pellizcón violento en las mejillas. Se veía que lo estaba retando entre dientes, y Lucas solo asentía con la cabeza, aterrado.
Yo estaba atento a cada detalle. Javier también se quedó mirando la escena y ambos vimos cómo lo amenazaba con darle una cachetada si seguía llorando.
Javier me miró, desencajado.
—¿Qué mierda está pasando, Gabriel?
—No lo sé… pero sabes qué, voy a ir a la dirección. Se me acaba de ocurrir una idea y este es el paso uno. Tú espérame acá. Solo necesito que juntes a mi equipo de vóley, menos a Lucas. En mi agenda del colegio, adentro de la mochila, están los números y nombres de todos. Si no llego a la campana de entrada a clases, háblales y diles que los espero mañana a las 9:30 de la mañana en mi casa. Que lleven algo para preparar y comemos todos allá, tú también.
Javier me quedó mirando con una mezcla de confusión y ternura.
—¿Qué hueá estás planeando, osito bonito?
—No te puedo decir… solo haz lo que te digo.
Me eché el último trozo de berlín a la boca, me acerqué y le di un beso piola a Javier, asegurándome de que nadie nos viera en la escalera.
—Te amo —le dije en un susurro.
—Yo igual —respondió, poniéndose rojo al instante.
Me fui decidido en dirección a la oficina del director. Al pasar cerca de la entrada de los baños, vi a Lucas solo, apoyado contra la pared, mirando cómo los demás cabros corrían y hablaban. Estaba completamente aislado. Me acerqué a él.
—¿Puedo hablar contigo un momento?
—Sí, claro —dijo, sorprendido de verme ahí.
—Mira, Lucas… no sé qué mierda pasó hoy, pero quiero que sepas que lo que pasó ayer no se me ha olvidado. No te voy a perdonar la hueá que me hiciste, pero necesito que por favor paremos con esta mierda. Yo voy a ir a declarar a la dirección ahora, pero lo que voy a decir es que si te pegué fue porque tuvimos un roce por la capitanía del equipo de vóley, ¿vale? ¿Puedo esta vez confiar en ti?
Lucas me miró fijamente y movió la cabeza en silencio.
—Dame la mano, hueón, y dame tu palabra de que la hueá queda hasta acá. ¿Te parece?
—Sí… te doy mi palabra —dijo, estirándome la mano temblorosa.
—Ya. Ahora sale de acá, porque te están mirando.
A lo lejos, Javier me observaba atento. Cuando me di vuelta, me hizo el gesto con las manos de «¿qué hueá hiciste?». Le hice una seña con la cabeza para que se calmará y mirara todo.
Seguí caminando firme hacia la oficina del director. Las cosas habían cambiado. Si bien Lucas no era santo de mi devoción, no podía permitir que su último año de colegio fuera una completa mierda.
Llegué a la oficina de la dirección con el corazón latiéndome en la garganta, pero firme en cada paso. Golpee la puerta de madera pesada y escuché el clásico «Adelante» del director.
Al entrar, el aroma a café cargado y papel viejo inundaba la oficina. El director me miró por sobre sus lentes de lectura, acomodando unas carpetas en su escritorio.
—Yáñez… justo estaba pensando en llamarlo —dijo indicándome el sillón frente a su escritorio—. Supongo que viene a hablar por lo que ocurrió en los camarines ayer con el alumno Canibilo. Comprenderá que el profesor Canibilo está muy molesto y exige una sanción ejemplar.
Me senté derecho, con las manos sobre los muslos y sosteniéndole la mirada con serenidad.
—Por eso mismo vine, director. Para aclarar las cosas directamente con usted y cerrar este tema de una vez.
El director se reclinó en su sillón, entrelazando los dedos.
—Lo escucho, Gabriel.
—Mire… sé que el profesor Canibilo les dio una versión alarmante de lo que pasó, pero la realidad fue un problema estrictamente deportivo y de convivencia que se nos escapó de las manos —empecé a explicar con voz calmada, midiendo cada palabra—. Desde que Lucas llegó al colegio, ha habido cierta tensión con el equipo de vóley. Yo soy el capitán, y ayer en los camarines tuvimos una discusión subida de tono sobre el liderazgo del equipo y la capitanía. La cosa se calentó, hubo empujones, y yo reaccioné mal metiéndole un combo.
El director levantó una ceja, sorprendido por la fluidez y la seguridad con la que le estaba hablando.
—¿Un roce por la capitanía? —preguntó—. El profesor Canibilo me habló de un ataque cobarde sin provocación.
—No fue así, director —respondí de inmediato—. Fue una calentura del momento entre dos compañeros de equipo. De hecho, recién hablé con Lucas afuera del baño. Los dos conversamos como hombres, nos dimos la mano y quedamos en que esto se termina acá. Ninguno de los dos quiere hacer un circo de esto ni involucrar a más gente.
El director guardó silencio unos segundos, mirándome fijamente como evaluando la veracidad de mis palabras. Sabía que sancionar al capitán del equipo de vóley y armar un escándalo interno con apoderados por un pleito de camarín era un dolor de cabeza que prefería evitarse.
—Me alegra ver esa madurez en usted, Yáñez, aunque la violencia física jamás será la vía. Si Lucas está de acuerdo en dejar esto hasta aquí y no hay denuncias cruzadas, voy a cerrar el acta como una falta menor de convivencia escolar resuelta entre las partes.
—Se lo agradezco, director. Que tenga buena tarde.
Salí de la dirección sintiendo que me sacaba un peso gigante de encima. El paso uno del plan estaba listo: la versión oficial quedaba sellada, el Sapo no tenía excusas para armar un escándalo administrativo contra mí, y Lucas quedaba cubierto sin ser expuesto.
El director acomodó unos papeles sobre su escritorio, me miró por sobre el marco de sus lentes y continuó con un tono que no admitía discusión:
—Pensándolo bien, Yáñez, usted y Canibilo van a ser sancionados. A la hora de sus recreos van a ir a ayudar a las señoras del comedor: van a lavar y ordenar los vasos, las bandejas y los cubiertos; van a sacar la basura y la van a llevar al basurero grande. Después, Guillermo, el señor del aseo, les dirá los días que hay que venir en la mañana a sacar los basureros para que se los lleve el camión de la basura, y van a lavar los tarros de basura. Todo esto por un mes, esa será la sanción. No pueden andar por ahí agarrándose a combos como unos salvajes. Así que en la tarde pasen los dos a buscar sus credenciales de castigo; serán los primeros en implementar este sistema. Y el sábado quiero que vengan a limpiar los vidrios de todo el colegio; nosotros les proporcionaremos el diario y el limpiavidrios. Váyase a la sala, ya sonó la campana.
Tragué saliva, pero no reclamé. En el fondo sabíamos que el viejo no podía dejar pasar una pelea de camarines sin ningún castigo formal, y este trabajo comunitario, aunque pesado y humillante para cualquier cabro de Cuarto Medio, nos salvaba de la suspensión y dejaba la historia en un terreno manejable.
Salí de la oficina y caminé a paso rápido por el pasillo hacia el pabellón de los cuartos. La campana ya había sonado, así que el pasillo estaba prácticamente vacío. A mitad de camino, parado cerca de la escalera, me estaba esperando Javier, apoyado contra la pared con la mochila en el hombro y la cara de preocupación a mil.
Apenas me vio, se despegó del muro y vino directo hacia mí.
—¿Qué pasó, Gabo? ¿Qué te dijo el director? —preguntó en un murmullo apurado.
Le conté en dos segundos la sanción del comedor, los basureros y la limpiada de vidrios del sábado. Javier soltó un bufido de alivio mezclado con rabia.
—Bueno… por lo menos no te suspendieron ni metieron a los apoderados —dijo poniéndome la mano en el hombro—. Pero un mes entero lavando platos con Lucas va a ser una prueba de fuego, hueón.
—Lo sé —le respondí mirándolo fijo—. Pero lo importante es que el tema quedó cerrado ahí. ¿Hablaste con los cabros del vóley?
—Sí —asintió Javier con una sonrisa piola—. Hablé con todos antes de que entraran a la sala. Los dejé a todos avisados: mañana a las 9:30 en tu casa, cada uno lleva algo para la mesa. Nadie va a faltar, osito.
Le devolví la sonrisa, sintiendo que a pesar de la sanción y del peso de la semana, las fichas del tablero por fin se estaban acomodando como yo quería.
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9 Comentarios
Todo bien hasta que caché que es IA 🥲
Cómo sabes???
Es una corrección ortográfica que aplico con la IA y es parte de la escaleta del borrador; por apuro subí este en lugar del pasado en limpio. Cabe entender que para rescatar una historia de la memoria y pasarla a texto uno necesita apoyo ortográfico, para así evitar modismos que no se usan en Chile, como mecos. Saludos
Vine a leer para entender la historia.. no entiedo porque tantas visitas. Jajaja me leí los capítulos sin mucho afán. Y no calientan tanto como otros relatos de aquí mismo; debe ser la frialdad de la IA se nota demasiado. Tus únicos aportes fue poner graneros, sapo y los garabatos que igual no pegan mucho en la secuencia de escritura de la IA. Fome.
Se nota mucho la IA como dicen más arriba. Independiente del corrector ortográfico que dices usar. Nadie relata con palabras tan rebuscadas. Falta filtro de alguien que permita estos cuentos latero.
Mas lo que wean si no se les para el pico con la wea hagan la piola el loquito ya dijo que usa la wea de IA para la hortogtafia y weas porke no escriben una wea ustedes pajeros culiaos. Dejen de odiar.
Con IA no hubieras escrito hortografia 🤣🤣
Sigo leyendo y me gusta la historia, pero hay términos actuales que en aquella época no se usaban, aún así demuestra lo instruido que es el autor y que nos sigue dejando pendiente del siguiente capitulo
Amigo, que pasó con la historia…