El Técnico y el Viejo – Parte III
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El jueves siguiente, Federico llegó a la casa con el overol puesto y el corazón latiéndole fuerte. Tocó el timbre. Y abrió Don Héctor. En calzoncillos, como siempre. Pero atrás, en el patio, se escuchaba una voz. Otra voz. Más grave.
—Pasá —dijo Don Héctor, sonriendo—. Te está esperando.
Federico pasó. Y en el patio, sentado en la reposera, con una cerveza en la mano, estaba Rubén. Setenta años. Pelado. Con bigote. Espaldas anchas, brazos gruesos, panza dura. Y en calzoncillos también. Con un bulto entre las piernas que se marcaba, pesado, largo, colgándole hacia un costado.
Rubén lo miró de arriba abajo. Se detuvo en el culo. Y sonrió.
—Así que vos sos el del culote —dijo.
Federico se puso colorado.
—Sí.
Y bueno —dijo Rubén, y se paró—. Vení. Que te vamos a dar entre los dos.
Los dos viejos
Lo llevaron al medio del patio
Rubén se paró de la reposera. Y cuando se puso de pie, Federico lo midió. Era más grande que Don Héctor. Más ancho. Más pesado. Setenta años, sí, pero con un cuerpo que no había dejado nunca el trabajo. Manos enormes, de mecánico, con los nudillos gruesos y las palmas ásperas. Y en el calzoncillo, ese bulto largo, pesado, que le colgaba hacia un costado y se balanceaba cuando caminaba.
Rubén se le puso al lado. Lo miró. Y le puso una mano en el hombro. Una mano grande, caliente, pesada.
—Sacate el overol —dijo.
Federico se lo sacó. Después la remera. Quedó en calzoncillo, con el cuerpo al aire: los hombros anchos, los brazos marcados, las piernas gruesas, el culo grande apretado en la tela. Los dos viejos lo miraron. Y se miraron entre ellos.
—Te dije —dijo Don Héctor.
—Sí —dijo Rubén—. Me dijiste. Pero no me dijiste que era tanto.
Y le agarró el culo con la mano entera. Abierta. Apretando. Sin disimulo. Federico cerró los ojos y se dejó.
Lo pusieron en el medio del patio. Entre los dos. Don Héctor atrás, Rubén adelante. Y empezaron.
Rubén le agarró la cara y lo besó. Un beso grande, con lengua, con gusto a cerveza y a tabaco. Y mientras lo besaba, Don Héctor, atrás, le bajaba el calzoncillo. Se lo bajó hasta los tobillos, y Federico levantó un pie y después el otro, y quedó desnudo. Con el culo al aire, apretado entre los dos viejos.
Rubén le agarró las dos nalgas con las dos manos y las abrió. Las abrió bien, separándolas, dejando el agujero al aire. Y después, con los pulgares, empezó a masajearlo. Círculos lentos, firmes, justo en el centro. Sin saliva todavía. En seco. Solo la yema de los pulgares, apretando, abriendo.
Federico gimió contra la boca de Rubén. Y Don Héctor, atrás, se agachó y le pasó la lengua por la espalda. De arriba abajo. Siguiendo la columna. Hasta llegar al culo. Y ahí se quedó. Lamiendo el borde, mojando, abriendo.
Rubén se bajó el calzoncillo. Y la verga le saltó al aire. Era igual a la de Don Héctor. O más grande. Gruesa como una muñeca, larga como un antebrazo, con la cabeza ancha y rosada, las venas marcadas, y una leve curva hacia arriba. Pesada. Dura. Palpitando sola.
—Vení —dijo Rubén, y le agarró la cabeza.
Federico abrió la boca. Y Rubén empujó. La cabeza entró, y ya con eso sintió que se le llenaba. Pero Rubén siguió. Empujó más. Y más. Hasta que la punta le tocó la garganta. Y todavía había tronco afuera. Mucho tronco.
—Usá las dos manos —dijo Rubén.
Federico usó las dos. Las dos manos alrededor del tronco, apretando, midiendo. Y no le alcanzaban. La verga era tan gruesa que sus dos manos apenas la rodeaban, y tan larga que le sobraba un tramo entero afuera.
Y mientras le chupaba a Rubén, atrás, Don Héctor le estaba metiendo la lengua en el culo. Se lo lamía entero, se lo abría con la lengua, se lo mojaba bien. Y Federico, con la boca llena de una verga y el culo lleno de una lengua, gemía sin poder parar.
Don Héctor se paró. Se sacó el calzoncillo. Y le apoyó la verga en el culo. La misma verga enorme de la semana anterior. La apoyó en el agujero, mojado de saliva, y empujó despacio.
Federico sintió que se le abría. Otra vez. Como la semana pasada. Centímetro a centímetro, el tronco grueso entrando, estirándolo, llenándolo. Y con la boca todavía llena de la verga de Rubén, que le llegaba a la garganta.
—Eso es —dijo Don Héctor, cuando estuvo adentro—. Ahora estás lleno de los dos lados.
Federico gimió. Con la boca llena, con el culo lleno. Y los dos viejos empezaron a moverse.
La culeada doble
Despacio al principio. Uno para adelante, otro para atrás. Alternados. Cuando Don Héctor empujaba, Federico se iba para adelante, y la verga de Rubén se le metía más en la boca. Y cuando Rubén empujaba, Federico se iba para atrás, y la verga de Don Héctor se le metía más en el culo.
Los dos viejos se coordinaron. Como si lo hubieran hecho mil veces. Uno entraba cuando el otro salía. Y Federico, en el medio, era un muñeco. Un muñeco musculoso, con el culo abierto y la boca llena, siendo cogido por dos viejos al mismo tiempo.
Rubén le agarró la cabeza con las dos manos y le embistió la boca. Fuerte. Hasta la garganta. Y Don Héctor, atrás, le agarró las caderas y le embistió el culo. Fuerte. Hasta el fondo. Y los dos al mismo tiempo. Y Federico gritó con la boca llena.
—Así —decían los dos—. Así, putita. Tomá.
Después de un rato, Don Héctor se salió. Y le dijo a Rubén:
—Ahora vos.
Rubén se salió de la boca de Federico. Y se puso detrás. Y Don Héctor se puso adelante. Se cambiaron. Sin decir nada. Como si fuera un ritual.
Rubén le apoyó la verga en el culo. La misma verga enorme. La apoyó, y empujó. Y Federico sintió que se le abría otra vez. Pero ahora el culo ya estaba abierto, ya estaba blando, ya estaba usado. Y la verga de Rubén entró más fácil. Pero igual le llenó todo.
—Mirá cómo se abre —dijo Don Héctor, mirando desde adelante—. Mirá eso.
Rubén le agarró las nalgas y las abrió. Y Don Héctor se agachó a mirar. El culo de Federico estaba abierto como una flor. Rosado, brillante, estirado alrededor de la verga de Rubén. Palpitando. Goteando saliva.
—Es una flor —dijo Don Héctor—. Una flor rosada.
Y le pasó el dedo por el borde. Por donde la verga entraba. Marcando el círculo, estirándolo más. Y Federico gimió y se abrió solo, buscando más.
La puta
Rubén empezó a moverse. Fuerte. Sin piedad. Agarrándolo de las caderas, embistiendo largo, profundo. Y Don Héctor, adelante, le metió la verga en la boca otra vez. Y Federico quedó así. Cogido por los dos. Por los dos lados. Con el culo abierto como una flor y la boca llena de verga.
Los dos viejos lo tuvieron así casi una hora. Cambiando. Uno en el culo, otro en la boca. Después al revés. Después los dos en el culo, uno atrás del otro, sin sacarla, turnándose. Y Federico, en el medio, gemía y tomaba y se abría y se entregaba.
—Sos una puta —le dijo Rubén, al oído, mientras se la metía—. Una puta nalgona. Con un culo de mujer.
—Sí —dijo Federico, con la voz rota.
—¿Te gusta?
—Sí.
—¿Querés más?
—Sí.
Y los dos viejos le dieron más.
El final
Rubén acabó primero. Adentro. Con un gruñido largo, apretándole las caderas, dejándole todo.
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