Femman

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Capítulo 1: Rodrigo
El domingo por la noche Hernán llegó a su casa como todos los domingos, después de una
semana de trabajo y de una oficina igual de gris que su jefe.Hernán era un hombre de
treinta años, soltero, sin hijos, de rostro juvenil pero marcado por la alopecia que le había
llegado temprano, obligándolo a usar siempre gorra para disimular la calvicie que tanto
odiaba.
Tenía una complexión delgada, de esas que parecían más un descuido de la genética que
el resultado de alguna dieta.Sus ojos eran de un azul profundo, como pozos de agua quieta
que rara vez dejaban escapar emoción alguna.Su ropa, como su vida, era simple: poleras
anchas, pantalones rectos, zapatillas cómodas; un estilo sencillo, casi invisible, como si el
objetivo fuera no sobresalir ni provocar nada en nadie.
Mientras caminaba hacia su baño, pensando en lo rutinaria que era su existencia, se decía
a sí mismo —como quien repite un mantra que ya no consuela— que a los veinte años
soñaba con estar casado a esta edad, con una pareja estable y una vida de película de
domingo por la tarde.
Pero sabía, como saben muchos hombres homosexuales, que lo más probable era terminar
los treinta solo, acompañándose a sí mismo en departamentos rentados y con cenas de
microondas.
(Claro, porque los finales felices estaban sobrevalorados… o reservados para otros.)
Al pasar frente al espejo del baño, se desvistió y observó su reflejo.La piel pálida, los
hombros angulosos, las cicatrices invisibles de una adolescencia pasada a golpes de
indiferencia.Sabía que su cuerpo nunca sería ese ideal de gimnasio y músculos tallados que
las apps de citas vendían como único pasaporte a la felicidad.
¿Gimnasio? ¿Dietas? ¿Entrenadores?Por favor.A duras penas lograba estirarse para
alcanzar el jabón en la ducha.
Se preguntó, mientras el agua empezaba a calentar, si seguir enviando y recibiendo fotos
en esas aplicaciones realmente servía de algo más que para coleccionar rechazos
educados o silencios incómodos.Recordó, con una nostalgia agria, los tiempos en que los
chats eran solo eso: lugares donde uno podía escribir sin tener que mandar una selfie a los
cinco minutos.
Antes de ducharse, mientras su celular vibraba con notificaciones que no tenía ganas de
abrir, decidió que tal vez —solo tal vez— esa noche buscaría algo diferente.
O al menos, algo que no le recordara lo mucho que sobraba en el mundo que otros
construyen para sí.
Después de ducharse, cenó una de esas comidas precalentadas que sabían igual que su
vida: a obligación, a trámite cumplido.Comió sin hambre real, mirando de reojo el televisor
apagado, como si la mera presencia de la pantalla bastará para acompañarlo.

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