Mi primera experiencia con un E-Boy pt.2
Transcurrieron algunos meses en los que, debido a los compromisos de nuestras respectivas familias, nos resultó imposible vernos para revivir lo vivido. No obstante, manteníamos una comunicación constante por WhatsApp; a través de esta vía intercambiábamos fotografías, videos y cualquier ocurrencia, incluida la ilusión de planificar nuestro próximo reencuentro.
Él me decía que compraría preservativos para que pudiéramos mantener relaciones con total seguridad, sugiriendo que yo únicamente adquiriera el lubricante para dividir los gastos. Acepté su propuesta y, anticipándome a las vacaciones de julio durante una pausa en mis actividades universitarias, compré el lubricante y algunos preservativos adicionales, por si los suyos llegaban a romperse o resultaban de baja calidad.
Lo único que rondaba por mi cabeza era la postura y la forma en que me miraba, una imagen que no lograba apartar de mi mente. Cada vez que pensaba en él, la excitación era tal que terminaba masturbándome dos o tres veces al día mientras visualizaba las fotos y los videos que me había enviado.
En ese punto me pregunté adónde había quedado el pesar por la ruptura con mi exnovia, con quien había compartido un año y tres meses de relación. Mi mente respondió de inmediato: «Tienes a alguien que está plenamente para ti, mira las fotografías». En realidad, me era imposible contemplar las imágenes de aquel chico sin experimentar una erección instantánea. Con el paso de las semanas previas a las vacaciones de verano, opté por dejar de ver sus fotos, consciente de que me resultaría imposible contener el impulso de masturbarme.
El primero de julio me envió un mensaje anunciándome que esa misma noche viajaría a la zona donde residía su familia —el mismo lugar donde yo vivía— y me propuso vernos el 3 de julio. Acepté sin vacilar y le aseguré que todo estaba listo.
Tras transcurrir esos dos días, al despertar me duché, me perfumé y me dispuse a aguardar su llegada, prevista para las diez de la mañana. Con el corazón latiendo con fuerza, lo vi aproximarse, cruzar el portón abierto de mi casa y llamar a la puerta. Vestía una playera negra, una gorra con pequeños cuernos, pantalones holgados y una bandolera de hombro, de la cual extrajo los preservativos.
Nos dirigimos directamente a la habitación y nos despojamos de la ropa con desesperación entre besos urgentes, avivados por el intenso deseo acumulado. Una vez desnudos, le pedí que se pusiera en cuatro; él accedió de inmediato, exponiendo unos glúteos sumamente atractivos. Comencé a besarlos y acariciarlos para, acto seguido, frotar mi miembro entre sus nalgas.
Me coloqué el preservativo y, con suma precaución, comencé la penetración, sintiendo la firme presión de su cuerpo mientras él exhalaba suaves gemidos. Impuse un ritmo pausado, observando el movimiento de sus caderas contra las mías, emitiendo sonidos de placer que intensificaban mi excitación, mientras le besaba la espalda, le daba palmadas en los glúteos y le hacía sentir plenamente deseado.
Duramos cerca de dos horas entre besos, caricias, posturas que jamás había probado y tiernos apodos, hasta que terminé dentro de él, con el preservativo puesto, por supuesto. Al final, concluimos tal como empezamos: él recostado sobre mi pecho, ambos exhaustos, pero rebosantes de felicidad y satisfacción. Y de nuevo, me recordó: «La foto, aún no nos la hemos tomado». A lo que respondí: «No te muevas». Tomé mi teléfono de la mesa de noche, nos acomodamos y capturé una primera imagen desde nuestro torso hasta los pies, seguida de otra en la que ambos aparecíamos dándonos un beso.
Guardé el teléfono y continuamos besándonos. A la fecha, jamás envié ninguna de las imágenes; aunque la fotografía sigue guardada en mi teléfono, la conservo como el entrañable recuerdo de lo que fue mi primera experiencia
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