Javier y Gabriel v/s Lucas y el Sapo de su padre

Javier y Gabriel v/s Lucas y el Sapo de su padre

Javier y Gabriel v/s Lucas y el Sapo de su padre

Javier y Gabriel v/s Lucas y el Sapo de su padre

Muchos de ustedes me preguntaban qué había pasado finalmente con Lucas y su padre, Claudio Canibilo (El Sapo). Para entender el cierre de esa historia, hay que mirar más allá de lo que pasó en Rancagua y volver a las raíces del problema en en el Colegio de Graneros.

Los seis meses que siguieron no fueron fáciles. La denuncia y los trámites que llevaba la tía Marta avanzaban a paso firme, pero en la justicia de los adultos el tiempo corre lento, y en el día a día del colegio la tensión se respiraba en el aire.

Aquel año las dinámicas cambiaron de manera radical. Después de todo el escándalo y de lo que había ocurrido en la piscina de Lucas, Javier y yo nos volvimos bastante conocidos, casi populares. Nos llegaban invitaciones seguidas a fiestas y reuniones de compañeros y compañeras que antes ni nos miraban. Había una vibra distinta alrededor de nosotros. Recordando cómo el año anterior el equipo de fútbol le había ganado con todo al colegio de curas, Javier se motivó y entró a la selección de fútbol del colegio. Tenía garra, y la cancha se convirtió en su espacio para descargar la rabia y sanar.

A mí me tocó asumir la capitanía del equipo de vóley. Me apasionaba el deporte, pero ser capitán implicaba dar la cara, y los entrenamientos y partidos me obligaban a cruzarme todos los miércoles con Lucas. Éramos la cara de la moneda opuesta: mientras yo intentaba liderar a mi equipo con respeto, Lucas caminaba por los pasillos con una mezcla de rencor, vergüenza y ganas de vengarse de la humillación que había pasado.

Por si fuera poco, su papá, el «Señor Sapo» —apodo que le puse y que se le pegó para siempre—, buscaba cualquier excusa para perjudicarme. Por arreglos internos o sospechosos cambios de cargo, esa vez no estaba como inspector ni en un puesto directivo de esos con los que le gustaba intimidar en Graneros; ahora le tocaba hacer clases como profesor de Castellano. No desaprovechaba oportunidad para bajarme las notas, mandarme notas de mérito o buscar dejarme mal con los demás profesores. Se notaba a leguas que me la tenía jurada.

Pero la vida tiene una ironía muy particular. Cada vez que el Señor Sapo anotaba a un alumno, los mandaba a la dirección o humillaba a alguien en su clase de Castellano, la rabia acumulada de los estudiantes recaía de inmediato sobre su hijo. En los recreos, Lucas pasaba a ser de forma automática el «saco de carne» de los pasillos.

Más de una vez nos tocó ver a compañeros acorralándolo o a punto de irse a las manos con él. En todas esas ocasiones, Javier y yo nos metimos a interceder y lo defendimos. Hubiese sido facilísimo mirar para otro lado y dejar que le dieran de su propia medicina, pero una cosa era no dejarnos pisotear y otra muy distinta era avalar que le pegaran en patota solo por ser el hijo del viejo de Castellano.

Cada vez que lo sacábamos del problema, Lucas se me acercaba a agradecer a regañadientes, con la cabeza gacha y el orgullo destruido. Yo lo miraba directo a los ojos y le decía:

—Así es como actúa una buena persona, no uniéndose a la golpiza. Aprende.

Lucas quedaba mudo, intimidado por la presencia de los demás compañeros que nos respaldaban, pero sobre todo con una lección de vida que le daba vueltas en la cabeza y que jamás se le iba a olvidar.

Mientras tanto, en la sombra, la tía Marta seguía armando el expediente por el encubrimiento en Graneros. Aquellos seis meses fueron un estira y afloja constante, una prueba de resistencia en la que ni Javier ni yo pensábamos dar un paso atrás.

Un día estábamos terminando de entrenar con el equipo de vóley. En las galerías del gimnasio me estaba esperando Javier junto a un par de compañeras que pololeaban con otros compañeros del equipo. Como siempre, me fui a dar una ducha rápida para cambiarme e irnos juntos.

Por cosas del destino, quedamos solo dos personas en el sector de duchas: Lucas y yo. Sabía que era él porque en la puerta de su casillero colgaba la camiseta del colegio con su apellido estampado. Me apuré todo lo que pude para secarme y vestirme; a ese hueón no le daba ni la más mínima oportunidad de entablar una conversación ni que me viera sin ropa.

Cuando tomé mis cosas y procedía a salir hacia la cancha, Lucas apareció en el sector de las bancas. Sin darme tiempo a reaccionar, me agarró fuerte de la muñeca.

—Gabo, no te vayas. Necesito que hablemos —me dijo.

Intenté zafarme de inmediato, pero el hueón tenía fuerza. En el forcejeo me pegó un tirón que me hizo doler la muñeca.

—¡Suéltame, Lucas! No tengo nada que conversar contigo —le respondí, mirándolo con rabia—. Y mi nombre es Gabriel. Creo que fui claro desde el principio: «Gabo» es para mis amigos, y tú no eres amigo mío.

Lucas me miró con una mezcla de frustración y desesperación su cara cambio lo note muy enojado porque mi muñeca comenzó a doler mas. que sentía hinchada la mano, suéltame me estas haciendo doler weon.

— No te voy a soltar me escuchaste y me vay a responder ahora ¿Se puede saber qué fue tan grave que te pude haber hecho? —soltó de golpe—. Desde que fuiste a la fiesta en mi piscina has sido un hueón hostil y sumamente desagradable conmigo quizás que wea te han dicho de mi. Han pasado situaciones en las que me has defendido, y te leo de una manera… pero después vuelves a ser un hijo de puta conmigo. Lo único que te quiero pedir es que pares de tratarme así. Si cometí un error te pido disculpas, pero hablamos tan poco que de verdad no entiendo qué te pude hacer tan grave.

En ese instante sentí que todo el peso de los últimos meses se me agolpaba en la garganta. Tenía la rabia hirviéndome por dentro, las ganas de gritarle en la cara que su viejo era un encubridor, que sabíamos lo del ataque a Javier en el colegio de Graneros y que el. Pero no podía. No podía ponerlo en alerta ni arruinar el trabajo que la tía de Javier que llevaba meses armando en la sombra. Tuve que tragarme el veneno.

Lucas aprovechó mi silencio. Todavía me tenía sujeto de la muñeca cuando, sin previo aviso, se abalanzó y me plantó un beso y empezó a refregarse contra mi.

El asco y la furia me nublaron la vista. Obviamente no le correspondí: le metí un empujón violento con el cuerpo mientras le gritaba con todas mis fuerzas:

—¡Suéltame, conchetumadre! ¡No me vuelvas a tocar!

Aprovechando la mano que me había quedado libre, le descargué un combo seco en pleno ojo. Lucas se fue hacia atrás, tambaleándose por el impacto.

El eco de los gritos y el golpe retumbó en las baldosas. En medio del forcejeo la puerta del camarín se abrió de golpe e irrumpió Javier corriendo, seguido por varios compañeros del equipo de vóley que alcanzaron a escuchar el escándalo desde el gimnasio.

—¡Nunca más te atrevas a tocarme, hueón! —le grité a Lucas, que se afirmaba la cara—. ¡Y si me acusas con tu papá, te voy a volver a pegar!

—¡Gabriel! —me gritó Javier, desorbitado por la escena—. ¿Qué pasó?

No pude responder. Estaba tan ciego de rabia, de asco y de impotencia que lo único que me salió fue agarrar mi bolso contra el pecho y salir corriendo del camarín como si estuviera corriendo una maratón. Dejé atrás el murmullo de mis compañeros y a Javier gritándome a lo lejos: «¡Gabriel, espérame! ¡Para!». Pero no me detuve. Necesitaba aire, salir de ahí y procesar la mierda que acababa de pasar.

Corrí como nunca en mi vida. Jamás me habían forzado a hacer nada. Muchos podrán pensar que exageraba, que era solo un beso y que estaba haciendo un atado de la nada, pero no. Para mí no era un juego: me sentía profundamente violentado, sucio y confundido.

Mientras corría desesperado buscando una salida del colegio —cualquier rincón que me hiciera desaparecer de ese momento—, las preguntas me taladraban la cabeza a mil por hora: ¿Qué mierda había sido todo eso? ¿Por qué me había hecho eso? ¿Qué estará inventando ahora en el camarín? ¿Dirá que yo lo provoqué o que lo obligué? Miré mi muñeca: la tenía roja, marcada por los dedos de Lucas hinchada y mi otra mano me dolia y no sabia porque seguramente con el combo que le di golpee la pared porque mis nudillos estaban sangrantes, y me dolía a rabiar. Pensé en Javier, en la delicadeza con la que siempre me trataba… él jamás me había hecho algo así. ¿Por qué no grité antes? ¿Por qué me quedé helado? recordar como se refregaba en mi sentir su cuerpo me provocaba asco. no podía para de llorar y lo hacia en silencio porque nunca me ha gustado que me oigan llorar y me vean llorar.

La salida principal del colegio parecía alejarse más y más a medida que avanzaba. El aire me empezó a faltar de golpe; la respiración acelerada me sobreoxigenó el cuerpo y un dolor punzante me apretó el pecho. Estaba teniendo un ataque de pánico. Sabía que si salía a la calle así, o si me encontraba con algún compañero en el patio central, me iba a desarmar por completo y no me quería permitir mostrarme derrotado.

Cambié de rumbo torpemente y me desvié hacia el patio chico, ese rincón escondido detrás de los talleres donde casi nadie iba a esa hora. Me metí al espacio estrecho entre la bodega de educación física y la pirca del fondo, me dejé caer al suelo y me acurruqué contra el muro, abrazando mi bolso contra las piernas. Me sentía exactamente como un animalito herido: asustado, acorralado y con el único instinto de esconderme en una cueva para que nadie jamás me volviera a tocar ni a encontrar.

Pasaron los minutos y a lo lejos se escuchaban los ecos de mis compañeros buscándome, los gritos de la gente del equipo de vóley preguntando hacia dónde había corrido. Me pegué más a la pared, cerrando los ojos con fuerza y conteniendo la respiración para no hacer ningún ruido.

Pero había alguien que conocía cada rincón de mi mente y de mis pasos.

De pronto, el crujido de la hojarasca del patio chico anunció unos pasos rápidos pero dudosos. No eran los pasos torpes del resto; eran los de él.

—¿Gabo? —murmuró la voz de Javier, apenas en un susurro cargado de angustia.

Se detuvo justo frente al rincón. Cuando vio mis pies asomados entre las sombras, se dejó caer de rodillas de inmediato. No intentó tocarme ni abalanzarse sobre mí; simplemente se acomodó a mi altura, respirando agitado por haber corrido buscándome.

—Tranquilo, mi amor… soy yo. Estoy solo. Nadie más viene para acá —me dijo con una voz tan suave que pareció frenar de golpe el torbellino que tenía en la cabeza.

Levanté la vista despacio, con los ojos llenos de lágrimas y el pecho todavía agitado. Javier vio mi rostro desencajado, la respiración entrecortada y la marca roja en mi muñeca. Se le apretó la mandíbula de rabia por lo que dedujo que había pasado, pero al mirarme a los ojos toda su expresión se transformó en pura ternura.

Estiró las manos muy despacio, pidiéndome permiso en silencio.

—Ya pasó, Gabo. Ven acá… —susurró.

En cuanto se acercó, me solté del bolso y me arrojé a sus brazos llore,le pedi perdón, de que no se pero en ese momento solo atine ha hacer eso. Me aferré a su polerón con todas las fuerzas que me quedaban y rompí a llorar desconsoladamente en su cuello. Javier me rodeó con los brazos con una firmeza que me devolvió el alma al cuerpo, protegiéndome del mundo entero, mientras me acariciaba el pelo y me repetía una y otra vez:

—Aquí estoy osito. Estás a salvo. No te va a volver a tocar nadie nunca mas. Respiremos juntos, dale… estoy contigo.

Poco a poco, acurrucado contra su pecho y sintiendo el latido constante de su corazón, el dolor de mi pecho empezó a ceder y el aire volvió a entrar a mis pulmones.
le conte lo que había pasado, y le mostre la muñeca, Javier saco una cámara y le tomo una foto, me dijo que era para asegurar una prueba en caso que sirva.

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8 Comentarios

  • Anónimo octubre 8, 2026 a las 1:22 am

    que sigaaaaa,
    Me encanta

    • Godrik octubre 8, 2026 a las 7:59 am

      Gracias, obvio que seguirá. Está vez sin despedidas antes de tiempo.

  • Anónimo octubre 8, 2026 a las 1:19 pm

    Me gustó mucho habrá otro capítulo

    • Godrik octubre 8, 2026 a las 2:40 pm

      💗Si, ustedes solo esperen, abrazos

  • Anónimo octubre 8, 2026 a las 4:15 pm

    Esperaré la siguiente parte, ya me quedé pegado otra vez, mientras tanto podríamos buscarle un tema central a esta telenovela porque para eso pinta, debe ser un tema como de esos años, no puede ser actual

    • Godrik octubre 9, 2026 a las 12:00 pm

      Puede ser Losing My religión de R.E.M, creep de Radiohead, Bolero Falaz de Aterciopelados.

  • Marshall octubre 8, 2026 a las 11:36 pm

    Uff he leído desde el inicio de la saga hasta este capítulo y al ver los comentarios me da tristeza saber que las cosas terminaron. Creer en un reencuentro después de casi 30 años no se ve probable….historia de amor, no de («soy tu puta y perra»)que a la mayoría le gusta que los traten así. Con 48 años y demisexual

    • Godrik octubre 9, 2026 a las 1:00 pm

      Amo lo que dices, solo puedo decirte que cada vez que nos juntamos en mi departamento o en su casa hacemos el amor con la canción CODA TE CONOZCO de SIlvio Rodríguez 🫰🏼

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