Javier y Gabriel V/s Lucas y el Sapo de su Padre parte 4

Javier y Gabriel V/s Lucas y el Sapo de su Padre parte 4

Javier y Gabriel V/s Lucas y el Sapo de su Padre parte 4

A las 9:30 en punto de la mañana, el timbre de mi casa en sonó con el repique metálico de siempre.

El sol de la mañana ya empezaba a entibiar la entrada. Mi mamá, estaba en el sillón del living descansando con los pies en alto por orden del médico para cuidar su embarazo de riesgo, mientras mi papá, terminaba de lavar la loza de la noche anterior. Yo ya tenía la mesa del comedor despejada y un par de teteras listas en la cocina.

Fui corriendo a abrir la puerta. Al otro lado estaba Javier, firme con su polerón azul, cargando una bolsa con pan amasado calentito que su mamá, nos había mandado. Detrás de él venían llegando en grupo los cabros del equipo de vóley: el Nico, el Mati, el Seba y el resto de los chiquillos, todos con cara de tuto pero puntuales, cargando bebidas, mantequilla, mermelada y un par de paquetes de galletas.

—Permiso, Gabo —dijo el Nico saludándome con un apreton de manos—. Cumplimos con la orden, trajimos de todo para la mesa.

—Pasen, cabros, quédense piola que mi mamá está descansando adentro —les advertí en un murmullo sonriendo, dejando pasar a la tropa.

Javier fue el último en entrar. Rozó su hombro con el mío al pasar y me guiñó un ojo con esa complicidad silenciosa que me llenaba el pecho. Mi papá salió de la cocina a saludarlos a todos con un apretón de manos cordial, mientras la camaradería del equipo empezaba a llenar el aire del living.

Nos acomodamos como pudimos alrededor de la mesa del comedor, reuniendo sillas del patio y de la cocina. Mientras los cabros hablaban de la sanción de los vidrios del sábado y se reían cortando el pan amasado, Javier me miraba desde el extremo de la mesa, esperando el momento exacto para que yo tomara la palabra y soltara finalmente el plan.

Mientras Javier sacaba las tazas, los cubiertos y los platos con total desenvoltura de la cocina, el Mati lo miró y le dijo:

—Pero qué tu vives aqui que sabes donde esta todo en la casa, Javo…

El resto de los cabros del equipo —que no eran todos de Cuarto Medio, pero que cachaban de sobra que Javier y yo éramos pareja— le hicieron una foca colectiva al Mati. Él se los quedó mirando con cara de extrañado.

—¡Pero si es verdad! —se defendió el Mati.

—¡Aweonao! —le gritó el Luis Felipe entre risas—. ¡Porque son pololos pues, hueón!

—¡Ah! —dijo el Mati, abriendo los ojos de par en par—. ¿Era verdad la hueá? Yo siempre creí que era huebeo y que andaban juntos porque eran como primos… —y se largó a reír de sí mismo—. De verdad soy bien hueón.

—El primer paso es reconocerlo —remató el Nico.

Hasta mi mamá, que estaba escuchando todo desde el living, se largó a reír con la salida de los chiquillos.

Nos sentamos todos a la mesa. Con Javier echamos el agua caliente en los termos y los pusimos al centro. Era un desayuno muy especial; primera vez que tenía a todo el equipo de vóley reunido en mi casa. Me senté en la cabecera de la mesa y pedí la palabra para hablarles.

—ya Chiquillos —empecé a decir, mientras el murmullo de la mesa se apagaba por completo—. Sucede lo siguiente: con Lucas tuve un problema en el camarín dos días atrás, como muchos saben y varios fueron testigos de que le pegué un combo.

(A todo esto, mis papás ya sabían perfectamente todo lo que realmente había pasado, pero manteníamos la versión oficial frente al equipo).

—La pelea fue por una diferencia de opinión acerca de la capitanía y de unas jugadas, lo que llevó a que nos calentáramos los dos y terminé por darle un combo —continué, midiendo bien las palabras—. Sé que está mal, sé que merezco una sanción por no tener en ese momento espíritu deportivo ni de autocrítica. El director del colegio me sancionó a mí y a Lucas por lo ocurrido. Los cité aquí porque quiero pedirles encarecidamente que no juzguen el actuar de Lucas. Yo hablé con él; el loco es parte del equipo y, como el equipo que somos, debemos ser buenos entre nosotros. No les estoy pidiendo que sean sus grandes amigos, pero quiero que exista la mejor camaradería entre nosotros. ¿Puedo contar con eso, equipo? ¿Amigos presentes?
El silencio reinó en la mesa durante unos segundos. Los chiquillos se miraron entre ellos, procesando las palabras de Gabriel. Sabían perfectamente el carácter que tenía como capitán y el liderazgo natural con el que siempre mantenía al grupo unido, pero escucharlo pedir comprensión por Lucas —incluso después del encontrón en los camarines— los tomó por sorpresa.

El Nico fue el primero en romper el hielo. Dejó la taza de té sobre la mesa y miró a Gabriel fijamente con tono serio, respetuoso.

—Gabo, tú eres el capitán —dijo, apoyando los antebrazos en la mesa—. Si tú nos estás pidiendo esto y dices que la hueá ya se conversó y quedó resuelta entre ustedes, nosotros te respaldamos a ojos cerrados. Nadie va a ir a hacerle la vida imposible a Lucas ni a armar huebeo en el colegio.

—Así es —sumó el Luis Felipe, asintiendo con la cabeza mientras le untaba mantequilla al pan amasado—. Al final del día, todos queremos jugar tranquilos y ganar el campeonato. Si el tipo no busca mocha, por nuestra parte no va a haber mala onda ni hostigamiento.

El Mati, que todavía se estaba recuperando del la subida al columpio de hace unos minutos, levantó la mano como pidiendo la palabra de forma solemne, haciendo sonreír a los demás.

—Yo me sumo, capitán. De verdad, si tú dices que hay que mantener la camaradería y la paz en el equipo, se respeta. Además, bastante tenemos con las exigencias de los entrenamientos como para andar perdiendo el tiempo en disputas absurdas.

Javier, desde su puesto al lado de Gabriel, recorrió con la mirada a cada uno de los integrantes del equipo. Sintió un orgullo tremendo al ver la respuesta de los cabros y cómo la madurez de Gabriel lograba permear en todo el grupo. Puso suavemente una mano sobre la pierna de Gabriel por debajo de la mesa, dándole un apretón lleno de afecto y respaldo silencioso.

El ambiente en la mesa volvió a llenarse de risas, bromas sobre el vóley y la calidez habitual de los amigos reunidos en casa, dejando sellado el compromiso de proteger la paz del grupo sin dejar margen para los abusos.

El sábado en la mañana, el Rancagua Academy parecía un cementerio de ladrillos y cemento. Sin el ruido de los recreos, los pelotazos ni la masa de alumnos corriendo por los pabellones, el eco de nuestras pisadas en el patio central sonaba extrañamente fuerte, casi fantasmal.

Llegué a las ocho y media, con un polerón viejo y la mochila al hombro. Don Guillermo, el auxiliar, ya nos tenía preparados un par de baldes con agua, varios rociadores con limpiavidrios azul y un pilón enorme de diario El Rancagüino doblado en cuatros.

A los pocos minutos apareció Lucas. Venía caminando despacio, con las manos metidas en los bolsillos del polerón del uniforme y la mirada clavada en el piso. Tenía el ojo morado tirando a un amarillo verdoso bastante feo, pero lo que de verdad marcaba su postura era ese encogimiento de hombros, esa necesidad permanente de hacerse invisible para que nadie lo notara.

Don Guillermo nos miró a los dos, se ajustó la cotona azul y se cruzó de brazos.

—Ya, chiquillos. Tienen desde el primer piso hasta el pabellón de los Cuartos Medios. Los vidrios por dentro y por fuera. Me arrugan bien el diario para que no queden vetas. Si terminan antes del mediodía, se pueden ir a sus casas. Voy a estar en la bodega por si necesitan más material.

Cuando Don Guillermo se alejó arrastrando los pasos, el silencio entre Lucas y yo se volvió denso, casi pesado. El sol de la mañana pegaba helado sobre el ventanal de la inspectoría.

Tomé un balde y un montón de diario. Le pasé un rociador a Lucas. Él me miró apenas de reojo y estiró la mano temblorosa para tomarlo.

—Gracias —murmuró con un hilo de voz, casi inaudible.

—Empecemos por el pabellón A, para avanzar rápido con la sombra —le dije, intentando mantener un tono neutro, sin rabia pero con la distancia clara de lo que había entre nosotros.

Nos pusimos a trabajar lado a lado. El sonido del limpiavidrios chirriando contra los cristales del colegio y el roce del papel periódico seco era lo único que rompía la quietud del pasillo. Durante la primera hora no nos dijimos una sola palabra. Yo frotaba el vidrio con rabia contenida, pensando en todo el desastre que este loco había provocado, pero cada vez que mi mirada se cruzaba con la suya en el reflejo del ventanal, la molestia se me ablandaba un poco contra mi voluntad.

Lucas limpiaba con una lentitud torpe, cuidando mucho no doblar demasiado las muñecas. Tenía los movimientos rígidos, como si cada estirón de brazos le provocara un tirón de dolor en la espalda o en los hombros.

De repente, al intentar alcanzar la parte superior de un ventanal grande, la manga del polerón se le volvió a subir. Ahí estaban las marcas, todavía oscuras, rodeando la piel delicada de sus brazos. Se dio cuenta de que lo estaba mirando por el reflejo del vidrio y, de un tirón desesperado, se bajó la tela, dando un paso atrás.

Se le cayó el bollo de diario al suelo húmedo.

—Perdón… —dijo rápido, agachándose a recogerlo con un sobresalto violento, como si esperara que yo le fuera a dar un grito o un golpe por torpe.

Me quedé parado con el limpiavidrios en la mano, viéndolo temblar en el piso. Ese miedo visceral no era normal. Un loco de Cuarto Medio no se asusta así por botar un pedazo de papel, a menos que esté acostumbrado a que cualquier error mínimo se pague con un castigo brutal.

—Déjalo ahí, Lucas. Yo saco otro del balde —dije bajando la voz, manteniendo una postura calmada para no alterarlo más—. No te apures. Si no alcanzamos a llegar a la parte alta, le pedimos la escalera a Don Guillermo.

Lucas se quedó acuclillado un segundo, respirando agitado, antes de ponerse de pie muy despacio. Me miró directo a los ojos por primera vez en toda la mañana. Tenía los ojos rojos, quemados por el llanto retenido y el agotamiento mental.

—Gracias por… por lo que dijiste en la dirección el otro día —susurró, abrazándose a sí mismo—. Y por pedirle a los del equipo que no me… que no me molesten. El Nico me saludó ayer en la entrada. Pensé que me iban a agarrar a garabatos.

Me tragué la amargura que todavía me producía el recuerdo del camarín.

—Se los pedí porque en este equipo no le hacemos la cama a nadie, Lucas. Yo no me he olvidado de lo que pasó, y no me pareció bien la mierda que hiciste. Pero no voy a dejar que te destruyan en el colegio ni que te dejen en evidencia frente a todo el mundo. Yo sé lo que es esa hueá y no se lo deseo a nadie.

Lucas apretó los labios y asintió, tragándose las lágrimas.

—Te juro que yo no quería… yo no soy así, Gabo. A veces siento que me estoy volviendo loco.

—No hablemos de eso ahora —lo corté suavemente, señalando el vidrio que faltaba—. Terminemos esta hueá rápido para irnos a la casa. El Javo me está esperando afuera al mediodía.

A la mención de Javier, Lucas bajó la mirada con una mezcla de vergüenza y culpa, pero no dijo nada más. Asintió, tomó un trozo limpio de papel de diario y volvió a frotar el cristal.

Trabajamos el resto de la mañana en un silencio distinto, ya no de enemistad violenta, sino de una tregua frágil pero firme. A las once y media, los ventanales del pabellón A y de la inspectoría brillaban bajo el sol. Cuando atravesamos el portón principal del Rancagua Academy para irnos, vi a Javier parado al otro lado de la calle, esperándome apoyado en un poste con las manos en los bolsillos.

Al verme salir, Javier me sonrió. Lucas apretó el paso, agachó la cabeza para cruzarse hacia la otra cuadra y se alejó en silencio hacia su casa, dejando la sombra de su historia flotando en la calle mientras yo caminaba directo a los brazos de Javier.

—¡Lucas, espera! —le grité.

Él se detuvo y se dio vuelta, sorprendido.

—Te invito a comer algo al mercado… si es que no te molesta que vaya con Javier.

Lucas me miró descolocado, e igual Javier; los dos estaban asombrados.

—Ya, no pongan esa cara. Tengo más hambre que la cresta y si no como me pongo irritable, me comería mil churrascos o completos y papas fritas.

Lucas se largó a reír y Javier me miró como diciendo «Osito bonito, glotoncito»; lo leí clarito en sus ojos. Y partimos.

Sacamos un cigarro. Hacía tiempo que no fumaba y Javier tampoco, pero esta vez me sentía como raro, con la cabeza dando vueltas por todo lo que estaba pasando. Llegamos al mercado, directo al puesto de la Glory, que es prima de mi papá. Pedí dos churrascos italianos con Coca-Cola; Javier pidió un Barros Luco también con Coca-Cola, y Lucas estaba indeciso, no sabía si pedir papas fritas o un sándwich.

—Pide las dos hueás —le dije.

Así que pidió un Barros Luco con una porción de papas fritas.

Ese almuerzo fue genial porque fue como si por un rato olvidáramos que estábamos metidos en un tremendo conflicto; hablamos como si fuéramos grandes amigos. De repente, en un momento de la conversación, Lucas miró a Javier y le dijo:

—Perdóname, Javier… ¿Te acuerdas de lo que te dije ayer?

Javier me miró a mí, incómodo, porque no me lo había contado todavía, y luego miró a Lucas y le dijo que sí.

—Bien. No preguntes nada más, solo anota esto que te voy a decir.

—Qué misterioso, Lucas. No se te quita —le dijo Javier.

En ese segundo se me activaron todos los radares. Se me había olvidado por completo que Lucas y Javier habían tenido su onda en el pasado.

Javier sacó su cuaderno y un lápiz de la mochila y se apuró en escribir: Benavides, Gálvez, Díaz, Osorio, Cornejo.

—Esos fueron los que te golpearon —dijo Lucas con la voz baja—. Y el que te dejó inconsciente fue Díaz. Yo no los mandé, ellos recibieron órdenes. No te puedo decir más… solo pedirte mil veces perdón. ¿Te puedo dar un abrazo? —le preguntó a Javier.

Javier aceptó. Lucas se puso de pie y Javier igual, y los dos se abrazaron ahí mismo. No pude contener los celos que me carcomían por dentro y solté:

—Hola… estoy aquí igual.

Sentí que fulminé con la mirada a Javier, que solo me quedó mirando y se puso a reír. Pensé: «Tendré cara de payaso yo… tanto sobajeo y tanta risita».

Lucas me miró y me dijo:

—Tranquilo, Gabriel. Todo bien, no te molestes.

—No, si no me molesta… —mentí, mirando para otro lado.

Bebimos los tres un sorbo de nuestras bebidas y pagué la cuenta. Nos pusimos de pie y salimos del mercado. Ya eran las 13:30 y yo tenía que estudiar —bueno, en realidad los tres teníamos que estudiar—, así que empezamos a encaminarnos hacia la casa.

Cuando llegamos a la esquina del paradero cerca de mi casa, Lucas nos dijo que su papá no nos podía ver a los tres juntos por ningún motivo, así que por favor dejáramos que él llegara primero a su casa y después llegáramos nosotros.

—Muy bien —dijimos los dos con Javier.

Ese marzo ya estaba llegando finalmente a su fin. Lucas se despidió con un apretón de manos y se fue caminando apurado.

Yo me miré con Javier, me senté en la banca del paradero y le dije, en un tono de burla pero masticando la rabia de los celos:

—»Ay, sigues tan misterioso, Javier… ¡Uy, sí, ven que te doy un abrazo!»

Javier me miró con cara de coqueto y me dijo:

—Gabriel Andrés… ¿estás celoso?

—¿Qué? ¿Celoso yo? No… ¿cómo se te ocurre? Nunca he estado celoso ni sé lo que son los celos… ¡Ja!, celoso yo, nunca!

—El Osito bonito está celosito —me dijo Javier molestándome, muerto de la risa.

De repente se empezó a llenar de gente el paradero esperando la micro, y varios se quedaron pendientes de lo que estábamos hablando. Yo, cada vez más picado, me paré de golpe, me acerqué y le chanté un beso en los labios a Javier frente a todos.

Javier se puso rojo como un tomate de pura vergüenza. Yo me di la vuelta con el pecho inflado y me empecé a ir a mi casa, dejándolo ahí parado.

Cuando vi que Javier se puso de pie, salí arrancando. Venía un lobo a comerse al osito. Corrí muerto de la risa por la calle, mientras Javier me gritaba desde atrás:

—¡Gabriel!

—¡Uy, qué susto! —le respondía yo entre carcajadas.

Abrí la reja del jardín, la cerré rápido y ya estaba abriendo la puerta de la casa cuando veo a mi mamá con un abrigo puesto y a mi papá acomodándose una chaqueta.

—Ay, Gabrielito… —alcanzó a decir mi mamá.

No la dejé ni terminar y les grité apurado:

—¡Mamá, papá, escóndanme de Javier! ¡Viene entrando!

Mi mamá me tapó con su abrigo y mi papá con su chaqueta, sin entender absolutamente nada todavía. En ese segundo, Javier abrió la puerta de un golpe, vio a mis dos papás parados ahí y se frenó en seco, poniéndose serio.

—Hola, tíos… ¿Han visto a Gabriel?

—No —dijo mi mamá, siguiéndome el juego al instante.

—Salió temprano —agregó mi papá, sumándose a la chacota.

—Pero… ¡si lo vi entrar recién! —protestó Javier, confundido.

—No sabemos —dijeron los dos al unísono.

Ahí ya no pude aguantar más la risa. Solté la carcajada debajo de los abrigos, Javier me vio y se abalanzó sobre mí.

—¡Te pillé!

—¡Auxilio! —gritaba yo a puras carcajadas mientras nos abrazábamos.

Mis papás nos miraron sonriendo y me avisaron que se iban a la casa de mi abuela. Me preguntaron si quería ir, pero les dije que no porque tenía que estudiar.

—Bueno, pórtense bien. Nosotros tal vez no lleguemos a dormir porque nos juntaremos con Lucía y Rubén allá mismo —dijo mi mamá.

—¡Genial! —respondí.

Mientras tanto, Javier ya estaba preparado para preguntar si se podía quedar a dormir. Mi papá, antes de que dijera nada, le ganó la mano:

—Javier, ¿te quedas hoy? No quiero dejar a Gabriel solo.

—No se preocupe, tío —respondió Javier de inmediato—. Yo lo cuido.

Mis papás se despidieron y salieron. Apenas cerraron la puerta, Javier se lanzó a hacerme cosquillas en el sillón. Nos habíamos vuelto locos, pero de puro amor.

Apenas se escuchó el portón de la entrada cerrarse y el motor del auto alejarse por la cuadra, el ambiente en la casa cambió por completo. Las risas de las cosquillas en el sillón bajaron de tono, volviéndose más lentas, más pesadas, cargadas de una electricidad que llevaba días acumulándose en el pecho de los dos.

Javier se quedó suspendido sobre mí, mirándome a los ojos con la respiración agitada. Ya no había rastro de broma en su cara: era la de un lobo acechante, solo esa mirada intensa y pura que me desarmaba entero. Quería poseerlo, quería penetrarlo y que luego él me penetrara a mí. Su mano, que antes me hacía cosquillas, ahora masajeaba su propio pene y de paso masajeaba el mío, que poco a poco se iba lubricando; subió despacio por mi estómago, estimuló mis tetillas y mi cuello hasta enredar sus dedos en mi pelo.

—Por fin solos —murmuró con la voz enronquecida, bajando la boca hasta la mía.

El beso ya no fue piola como el del paradero o el de la escalera. Fue un beso hambriento, baboso, profundo, donde chocaron todas las ganas, los celos del almuerzo, la tensión del colegio y el alivio de saber que nos teníamos el uno al otro. Le pasé los brazos por la espalda, pegándolo a mi cuerpo; su pene con mi pene luchaban entre sí con fuerza mientras sentía el calor de su piel atravesando la ropa.

Sin decir una sola palabra, nos pusimos de pie a tropezones, besándonos en el pasillo hasta llegar a mi pieza. La puerta se cerró tras nosotros con un golpe seco. El cuarto quedó a oscuras, iluminado solo por la luz anaranjada de la tarde que se filtraba por la cortina.

En la cama, el tiempo se detuvo. Javier se sacó el polerón de un tirón, dejándome ver ese cuerpo que amo, y me ayudó a sacarme la polera, recorriendo con sus manos calientes mi pecho, mi espalda, bajando lentamente por mi cintura, abriéndome las nalgas y tocando mi agujero, como si estuviera memorizando cada centímetro de mi anatomía. Yo me perdía en el tacto, me sentía caliente, besaba sus hombros y aspiraba el olor a Denim Black mezclado con el olor de su cuerpo. Cada caricia, cada roce de sus labios en mi cuello y en mi pecho me hacía contener la respiración, sintiendo una ola de calor que me recorría entero.

—Quiero entrar —me dijo.

—Pensé que no lo pedirías nunca —le respondí.

Me estiré sobre la cama y levanté mis nalgas. Sentí cómo echaba saliva en mi agujero y comenzó a entrar, lento. Yo me quejaba de puro placer; sentía cada fibra de su piel, cada vena abrirse paso adentro de mí. Comenzó con sus movimientos de cadera, adentro y afuera, muy lento. Yo gemía de placer.

—Más adentro… —le pedía.

Y entraba más y más. Estábamos sudados, extasiados. El mete y saca comenzó cada vez más rápido. Yo me pajeaba y me calentaba oír chocar su piel en mis nalgas, cada vez más rápido. Javier me comenzó a morder la espalda, a empujar más lento pero fuerte, cuando en ese ardor que sentía en mi culo, comienzo a sentir cómo salían los chorros de semen y me llenaba; eso me hizo acabar con un grito de placer que fue maravilloso.

Fue un encuentro desesperado y dulce a la vez. Olvidamos las sanciones, los nombres en el cuaderno, a Lucas, al Sapo Canibilo y todo el peso del mundo afuera. Éramos solo Javier y yo, entregándonos por completo a la pasión, amándonos sin frenos, sin miedo a que nadie nos interrumpiera, dejando que el deseo y el amor nos desbordaran en la intimidad de mi pieza.

Cuando todo se calmo, nos quedamos tendidos abrazados sobre las sábanas desordenadas, sintiendo el subir y bajar de nuestros pechos al mismo ritmo. Javier tenía la cabeza apoyada en mi hombro, trazando círculos suaves sobre mi pecho con la yema de sus dedos.

—Te amo, Gabo —susurró acomodándose más cerca.

—Yo también te amo, Javo —le respondí, besándole el pelo, sintiendo una paz gigante envolviéndonos a los dos.
Nos quedamos tendidos en la cama, abrazados entre las sábanas desordenadas, sintiendo el subir y bajar pesado de nuestros pechos intentando recuperar el aliento. El olor a sudor y a piel tibia llenaba la habitación, que a esa hora ya se teñía con los tonos violetas del atardecer.

Javier tenía la cabeza apoyada en mi hombro, con un brazo cruzado sobre mi pecho y la respiración poco a poco volviéndose más pausada. Estábamos exhaustos, pero con una sensación de alivio y paz gigante, como si el mundo exterior y todos sus problemas hubieran quedado congelados al otro lado de la puerta.

Le pasé los dedos por el pelo despeinado, dándole un beso suave en la frente.

—¿Estás bien, osito? —murmuró Javier con la voz rasposa, mirándome de reojo con una sonrisa tranquila.

—Mejor que nunca, —le respondí, acomodándome para mirarlo de frente—. De verdad lo necesitaba. Necesitaba esto contigo.

Javier sonrió, apoyó el mentón en mi pecho y se quedó un momento en silencio, disfrutando de la calma. Pero a medida que la luz de la tarde terminaba de caer, la realidad volvió a colarse despacio en la pieza. Javier suspiró, se estiró hacia el velador y tomó el cuaderno que había dejado arriba de su mochila al entrar.

Lo abrió en la página donde había anotado a la rápida los nombres en el mercado: Benavides, Gálvez, Díaz, Osorio, Cornejo.

—Gabo… —dijo cambiando el tono, volviendo a esa seriedad madura que solía tener cuando había que resolver problemas—. Tenemos que hablar de esto. Lucas nos dio estos nombres por algo.

Me senté en la cama, apoyando la espalda contra el respaldo de madera, y miré la lista en el cuaderno, pensando ¿que será lo que esta pasando con Lucas?

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11 Comentarios

  • Godrik octubre 18, 2026 a las 10:46 pm

    Me gustó!!! Mucho me hice fans la semana pasada, ahora espero hasta el otro domingo… Que rica la descripcion del sexo. 🫦🫦🫦🫦🫦

    • Anónimo octubre 18, 2026 a las 11:38 pm

      El autor se hizo fans la semana pasada? jajaj el relata y se comenta solo XD

      • Anónimo octubre 18, 2026 a las 11:56 pm

        Wajajaj🤣😂..
        En too caso dice arriba quien es el que relata.. y pinche el comentario y me llevo al mismo perfil… pta compare más fe a la wea ps

    • Anónimo octubre 19, 2026 a las 12:24 am

      PERO AMIGAAAAAAAA JAJAJAJAJ

    • PP octubre 19, 2026 a las 1:35 pm

      #CARRIE BORRADSHAW.

  • Godrik octubre 19, 2026 a las 2:36 am

    ¡ATRAPADAAAA!

    JAJAJAJA ¡Quedé expuesto totalmente!

    Es que miren, la verdad es que como andaban diciendo por ahí que la inteligencia artificial no aceptaba textos de contenido sexual o explícito y que yo solo le tiraba prompts raros con palabras clave tipo Graneros, Rancagua y Huevón… ¡me agarró la curiosidad! Me volví fan de ponerme experimental con el contenido explícito y, para sorpresa de todos, ¡la IA sí censura contenido explícito! Entonces, ¿cómo explican que en el texto aparezcan esos detalles?

    Llegó a tal punto el nivel de odio que hasta me escribieron por Telegram a acusarme de que ni yo mismo me creía lo que estaba publicando, jurando que todo lo había redactado un robot.

    ¡Pero no, señores! Tuve que salir a dar la cara y dejar en evidencia que el que escribe soy YO. ¡De carne, hueso y pura experiencia! Yo soy el que conoce perfectamente lo bueno, lo malo y el chisme completo de la realidad de toda esta historia, básicamente porque ¡yo estuve ahí y lo viví en carne propia! Y tuve que vivir esta historia un poco más cruda de lo que leen, pero como a todos les gusta el morbo y les da vida, se vienen capítulos de alto impacto y aberrantes.

    • Anónimo octubre 19, 2026 a las 7:02 am

      Tiempo de soltar la historia. Y darle un cierre la estas uniendo con tanta IA. Empezó piola ahora es más random que ser tu propio fans.

      • Francisco octubre 19, 2026 a las 8:02 am

        Intenta resumir ya es agotadora, está súper como Guión de serie, pero ya es mucho como dice el otro comentario no está pegando bien. No está mala pero con lo de la IA de la semana pasada te caíste, tal vez no es aquí donde debas publicar. Insisto la historia es re buena y si paso en realidad genial, pero ya suelta el final haz un resumen o reescribelo porque tiene mucha challa, Saludos.

  • Mario Palma octubre 19, 2026 a las 9:58 am

    Otra vez atrapada niña !! No qie brutal !!.
    Apoyo el cierre de la trama si no oes capitulo de serie ps hija. No y más encima el sapo del papá murió en el capitulo uno. Piénsalo bebé..

  • Anónimo octubre 19, 2026 a las 5:22 pm

    La mejor parte mejor los comentarios 😂… creo que se suma cocardo a la novela en el capítulo de alto impacto

  • Bastian octubre 20, 2026 a las 3:33 pm

    UTA madre sea IA o no lo cual tengo claro que no lo es, basta con leer un libro y darse cuenta que redactas bien, cuentas bien la historia, hay incluso una falta de ortografía por ahí que paso colada, estoy seguro que hay algo de investigación tambié por qué en un capitulo anterior hubo un detalle muy actual que en aquel tiempo no existía, si a algunos lo agotó la historia no la siga leyendo, y sino haga sus propios relatos, pero con contenido, con historia, más allá de lo sexual, intente hacer sus aportes escribiendo bien incluso los garabatos, usando signos de puntuación correspondientes, darle un sentido a su historia, pero no le hinche las bolas a nadie, en lo personal la historia me gusta siento que está incluso para una serie o teleserie, me motiva a seguir leyendo cada episodio y esperar el siguiente, ni siquiera me he manoseado leyendo el relato sino espero que llegue el próximo, señor autor aquí esperaré el próximo capítulo

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