Javier y Gabriel V/s Lucas y el Sapo de su Padre parte 5 FINAL
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- 13Javier y Gabriel V/s Lucas y el Sapo de su Padre parte 5 FINAL (este capítulo)

El Campeonato Olímpico Interescolar venía avanzando a pasos agigantados. Yo ya estaba un poco estresado sabiendo que tenía que entrenar con el equipo de vóley. Javier, por su parte, estaba en las mismas al ser capitán del equipo de fútbol; los días de lluvia entrenaban en el gimnasio del colegio, donde nosotros también entrenábamos, y para rematarla teníamos las prácticas a la misma hora. Para mí era incómodo estar entrenando y que los balones de vóley llegaran cerca de los del equipo de fútbol, porque los pateaban, lo que deformaba los balones o literalmente los reventaba a puntapiés. En varias ocasiones, como capitán, tuve que discutir con el capitán de fútbol y los ánimos se caldeaban.
Por otro lado, Lucas estuvo todo ese mes en rehabilitación porque sus muñecas comenzaron a inflamarse mucho cuando recibía, y al terminar los entrenamientos le dolía demasiado; no era para menos, si casi le zafaron las muñecas aquella vez. De a poco nos empezamos a hacer amigos, aunque Lucas siempre se mantenia más retraído que los demás.
Durante ese mes conocí a su mamá, ya que los apoderados hicieron unos beneficios entre el equipo de fútbol y el de vóley para comprarnos los uniformes para el torneo. Este año todas las disciplinas de las academias curriculares deportivas se enfrentaban: Gimnasia Rítmica, Vóleibol, Fútbol, Básquetbol, Hándbol, Ajedrez y la gran novedad, Barras Mixto. Todos los colegios de Rancagua y de la región se enfrentarían durante tres semanas. A todo este jaleo había que sumarle que se venía la P.A.A. y nuestra Licenciatura de 4.º medio.
La mamá de Lucas era una mujer diminuta, de muy bajo perfil, totalmente distinta a Canibilo, su esposo. Era delgada y su cara reflejaba pena; Lucas tenía el mismo semblante cuando se aislaba. De a poco, en mi curso empezó a hacerse de amigos, pero cada vez que llegaba la clase de Castellano con el Sapo Canibilo, Lucas cambiaba: se retraía por completo, le tenía terror.
Mi mamá ya estaba cumpliendo tres meses de embarazo y sufría de placenta previa, así que Diego Alejandro, la guagua, la obligaba a estar mucho tiempo sentada o acostada. Por ende, a mi papá le tocaba ir al colegio a las reuniones de apoderados. Ahí conoció a la mamá de Lucas. Con lo entrador que es mi viejo, varias veces les sacó carcajadas a las otras mamás, siendo casi el único papá metido entre todas las apoderadas, así que era la novedad. Lucía, la mamá de Javier, nos dijo que la señora se llamaba Soledad y nos contó que salía poco porque no tenía amistades, y que a su marido no le gustaba que conversara con nadie. Lucas era su único hijo, y el Sapo Canibilo había sido su profesor. Cuando supe eso, me dio aún más repugnancia el Sapo Canibilo. Lucas no tenía la culpa de ser hijo de ese hombre tan miserable.
Pasaron los días. Una tarde iba camino a los camarines a darme una ducha después del entrenamiento. Estaba casi solo porque siempre me quedaba recogiendo balones, limpiando y hablando con el profesor de Educación Física. En eso, veo salir rápidamente al Sapo Canibilo de los camarines; no le presté mucha atención en el momento, salió como si nada. De hecho, mi profesor ya ni siquiera estaba en el gimnasio cuando él se fue.
Entré al camarín y oí que alguien lloraba en uno de los cubículos. No sabía quién era; solo se veían un par de pies y el agua correr, la cual se iba tiñendo de rojo. Solo atiné a preguntar:
—¿Quién está en la ducha? —Silencio—. Hola… —pregunté otra vez—. ¿Quién se está bañando?
Esta vez el desconocido se aclaró la garganta y me respondió:
—Yo…
—¿Quién «yo»? —pregunté.
—Lucas —me dijo con un hilo de voz.
—¿Estás bien?
—Es que me caí y estoy todo mojado…
Abrió la puerta: sangraba por la nariz, tenía los ojos hinchados de llorar y, nuevamente, marcas rojas en las muñecas.
—Hueón, ¿qué te pasó?
—Es que me estaba mojando el pelo, me resbalé, me caí y me golpeé la nariz.
No le creí.
—Ya, ¿y las muñecas se te pusieron así de rojas por nada? Mira, hueón, necesito saber qué está pasando y no me voy a mover de aquí hasta que me digas. —Lucas estaba aterrado—. Fue tu papá, ¿cierto? Él te golpeó.
—No, si de verdad fue lo que me pasó…
—Lucas, hueón, yo no soy tonto. Vi que tu papá acaba de salir de aquí. ¿Qué pasó? Si no me dices qué pasó, te voy a tener que sacar del equipo.
Sé que ese chantaje era una bajeza, pero sabía que si sacaba a Lucas del equipo, el Sapo Canibilo quizás qué le haría.
—¡No, por favor, Gabriel! Te lo pido, no me saques del equipo. No me hagas meterte en problemas a ti, por favor, no me hagas hablar nada… —comenzó a llorar.
La sangre no se le detenía, así que lo ayudé a salir y lo senté en las bancas. Le puse papel higiénico en la nariz, lo sequé con la toalla y le pasé mi muda de ropa; si lo dejaba irse mojado a la casa se resfriaría y sería peor. Estaba estilando. En un momento me tomó de la mano y me dijo:
—¿Puedes ir a ver si hay alguien afuera?
—Sí, claro, voy. Cámbiate mientras tanto.
Salí, me asomé, miré hacia todos lados y efectivamente estábamos solos.
—Ya estamos solos —le dije al volver.
Se había cambiado rápido. Se estaba poniendo el buzo cuando vi su espalda y su pecho: estaban llenos de manchones morados, como chupones.
—¿Por qué tienes chupones en el pecho y en la espalda, Lucas…?
Lucas respiró profundo. Ya no podía ocultar más lo que yo intuía. Me miró y me pidió que le jurara que no diría nada. Le prometí que así sería.
—Mi papá… —balbuceó—. Mi papá me golpea cada vez que está frustrado o molesto… Y estos chupones me los hace cuando se mete a mi pieza en las noches. Él le da pastillas para dormir a mi mamá y… bueno… lo viene haciendo desde hace tiempo. Yo quiero que esto pare, Gabriel… me quiero morir.
El impacto de escuchar semejante atrocidad de la boca de Lucas me dejó congelado en medio de los camarines, mientras el agua de las duchas seguía corriendo y perdiéndose por el desagüe. El aire se volvió pesado, irrespirable.
Sentí una náusea violenta subirme por la garganta. La repugnancia, la rabia y el horror se me mezclaron en el pecho. Todo este tiempo, la rigidez de Lucas, su mirada triste de perro apaleado, el pánico paralizante en la clase de Castellano, los ataques en los camarines… no eran solo los golpes de un padre abusivo. Era una pesadilla macabra, un secreto siniestro que el Sapo Canibilo ocultaba tras su fachada de profesor estricto y pilar de la comunidad, drogando a su propia esposa, la señora Soledad, para cometer la aberración más miserable en su propia casa.
Se me apretaron los puños con tanta fuerza que las uñas se me clavaron en las palmas. Miré a Lucas, aterrado, temblando con mi ropa puesta, cubriéndose el pecho como si quisiera esconder una vergüenza que no era suya, sino de ese monstruo.
—Ese conchesumadre… —susurré con la voz temblándome de pura rabia—. Ese hijo de perra miserable…
Lucas se me abalanzó, tomándome del polerón con las muñecas aún inflamadas, suplicándome con los ojos desorbitados por el llanto.
—¡Me lo juraste, Gabriel! ¡Me juraste por tu vida que no ibas a decir nada! —chilló en un susurro desesperado—. Si hablas, se va a dar cuenta… ¡nos va a matar a mi mamá y a mí! Mi mamá no aguanta esto, Gabriel, se muere si se entera… ¡Por favor, te lo suplico!
Lo tomé firme por los hombros, tratando de que no se me desarmara ahí mismo. Mi mente iba a mil por hora: la P.A.A. encima, el Campeonato Olímpico Interescolar a la vuelta de la esquina, Javier entrenando a metros de distancia en el gimnasio sin saber nada, la lista de los cinco cabros (Benavides, Gálvez, Díaz, Osorio, Cornejo) que recibieron órdenes… Y ahora esto. Las piezas del rompecabezas revelaban un cuadro espantoso. El Sapo Canibilo no solo era el autor intelectual del ataque a Javier para mantener el control; tenía a Lucas completamente sometido bajo el infierno más oscuro imaginable.
—Tranquilo, Lucas… tranquilo —le dije intentando mantener la cordura, aunque por dentro quería salir corriendo a buscar un palo y reventarle la cabeza a Canibilo—. No voy a dejar que te toque nunca más. Te lo juro por mi familia.
Le acomodé el cuello del buzo para que no se le vieran las marcas, le pasé una bolsa para su ropa mojada y lo acompañé en silencio hacia la salida trasera para que no se cruzara con nadie.
Salí de los camarines con las piernas temblando y el estómago hecho un nudo amargo. La cabeza me retumbaba. No podía contarle nada a Javier sobre lo que le estaba pasando a Lucas a puertas cerradas en su casa; le había dado mi palabra a Lucas, un juramento desesperado para evitar que el Sapo Canibilo se desquitara con él o con la señora Soledad. Pero el peso de la culpa me aplastaba los hombros.
Caminé por el pasillo del gimnasio tratando de disimular la conmoción. A lo lejos escuché los botes del balón de básquetbol y las pifias del equipo de fútbol. Javier venía caminando hacia mí, secándose la transpiración del cuello con la polera, con esa sonrisa limpia y cansada que siempre ponía al terminar el entrenamiento.
—¡Oye, Gabo! —me gritó desde el fondo, acercándose con paso rápido—. Te estaba buscando. ¿Nos vamos juntos?
Cuando me tuvo de frente, su sonrisa se borró de golpe. Javier me conocía mejor que nadie; le bastó mirarme a los ojos para saber que algo andaba mal.
—¿Qué te pasó? Estás pálido como un papel, hueón. ¿Pasó algo con la sanción o con el Sapo?
Se me cerró la garganta. Quería abrazarlo, romper a llorar ahí mismo y soltarle todo el horror que acababa de descubrir. Pero la cara de pánico de Lucas me vino a la mente como un hachazo.
—Nada, Javo… nada —mentí, bajando la mirada para no delatarme—. Me mareé un poco en la ducha, debe ser el cansancio del entrenamiento y el estrés de la P.A.A.
Javier me miró con desconfianza, dando un paso más cerca y poniendo una mano firme en mi hombro.
—A mí no me hables con rodeos, Gabriel. Te conozco. Traes la misma cara que cuando pasó lo del camarín. ¿Fue Canibilo? ¿Te dijo algo ese miserable?
—Que no, Javier, de verdad —insistí, tratando de sonar firme aunque por dentro me estaba desarmando—. Solo necesito aire. Vamos caminando a la casa, por favor.
Nos fuimos en silencio bajo la lluvia fina que empezaba a caer sobre Rancagua. Mientras caminaba al lado de Javier, mirando el asfalto mojado, mi mente no paraba de girar. Era más que obvio que me pasaba algo; me era imposible formular palabras o llevar una conversación fluida. Me sentía en modo automático. Tenía que encontrar la forma de desarmar al Sapo Canibilo usando la lista de los cinco cabros (Benavides, Gálvez, Díaz, Osorio y Cornejo), exponer sus trapos sucios en el colegio y proteger a Lucas, pero sin romper la promesa.
Cuando llegamos a la casa, saludé apenas a todos y subí corriendo a mi pieza con Javier. Apenas cerramos la puerta, no atiné a nada más que soltar de golpe lo que sí podía revelarle:
—Cuando a ti te pegaron en el camarín del Tomás Reggio… cuando te dejaron inconsciente… fue justo la tarde en que te pillaron besándote con Lucas, ¿verdad?
Javier se quedó petrificado. La mandíbula se le tensó y la respiración se le volvió pesada.
—Sí… —dijo Javier, mirándome con desconcierto—. ¿Por qué?
—¿Qué pasaría si te dijera que hoy até cabos y me di cuenta de que el Sapo los mandó? —Javier abrió los ojos con rabia—. Canibilo sabía que esos cinco exalumnos del Tomás Reggio andaban cerca. Les pagó para que vigilaran a Lucas. Cuando los vieron a ustedes en los camarines, mandó a Díaz y a los otros a reventarte a golpes… para asustar a Lucas y mantenerlo completamente aterrorizado. Usó esa golpiza como un aviso: le demostró a Lucas que si intentaba buscar refugio en alguien más, esa persona terminaría en el hospital.
Javier apretó los dientes, conteniendo las lágrimas de pura impotencia y rabia.
—Ese infeliz tenía todo fríamente calculado… Usó a los matones del colegio para que nadie sospechara de él. Pero cometió un error, Gabo.
—¿Cuál? —le pregunté.
—Que dejó los nombres de esos cinco cabros al descubierto —respondió Javier con una mirada filosa y oscura—. Si esos hueones del Tomás Reggio me atacaron bajo sus órdenes, tienen que tener algún registro, alguna amenaza con la que Canibilo los tenía agarrados. Seguramente como director les arregló notas o vaya a saber uno qué hizo… Pero Gabriel, ¿de dónde sacaste todo esto que me estás contando?
—El Sapo es un enfermo mental, Javo… —le dije, pasando las manos por mi cara con desesperación, sintiendo la impotencia quemándome por dentro—. Nos engañó a todos. Por eso lo echaron del Tomás Reggio, por eso se tuvieron que ir arrancando a Iquique por un tiempo… Y ahora que volvió, sigue haciendo lo mismo, destruyendo vidas desde las sombras.
Javier se detuvo de golpe frente a mí. Me miró a los ojos y, aunque su propia mirada estaba llena de dolor por las viejas heridas que volvían a abrirse, extendió los brazos y me tomó firmemente por los hombros para anclarme a la realidad.
Esa noche Javier se fue a su casa. Yo me metí a la cama y mi papá me trajo un té con limón porque me sentía raro, con escalofríos, seguramente por la mojada que me pegué al venirme a pie, ya que llegamos muy mojados y no me cambié de ropa a tiempo. Me dormí, tuve pesadillas toda la noche y estuve afiebrado.
Lo que ninguno de los dos sabía en ese momento era que, mientras nosotros cargábamos con toda esta tortura en el colegio, la tía de Javier —que era abogada— venía armando un caso silencioso por debajo. Ella no había descansado hasta dar con el paradero de los exalumnos involucrados en la golpiza a Javier. A esa investigación paralela se le había sumado la Sra. Soledad, quien en un acto de valentía desesperada rompió un silencio de años: confesó que ella misma había sido abusada por Canibilo durante su adolescencia, un abuso del cual nació Lucas, y que el infierno dentro de esa casa no había parado jamás. Con la PDI y la tía de Javier acorralando a los cinco conscriptos, la conciencia de los cabros terminó por colapsar, desatando la orden de detención esa misma madrugada.
Al otro día, nos fuimos caminando al colegio bajo el cielo plomizo de Rancagua. El ambiente estaba helado, pero por dentro me quemaba el estómago. Javier iba a mi lado en silencio, repasando mentalmente la lista de los exalumnos y buscando una forma de indagar en el Servicio Militar sin levantar sospechas.
Sin embargo, al doblar la esquina y enfrentar el frontis del colegio, nos detuvimos en seco.
Había un revuelo gigantesco. Alumnos de todos los cursos apelotonados en las rejas, apoderados hablando a los gritos y profesores con la cara desencajada. Pero lo que me congeló el pecho fueron las balizas rojas y azules que parpadeaban contra el pavimento mojado: dos patrullas de Carabineros y un auto negro de la PDI bloqueaban la entrada principal.
—¿Qué mierda pasó…? —murmuró Javier, tomándome del brazo.
El murmullo de la gente era ensordecedor. Nadie entendía bien, hasta que las puertas del colegio se abrieron de par en par. Escoltado por dos detectives de la PDI y un carabinero, apareció el Sapo Canibilo.
Llevaba las manos esposadas a la espalda, la cabeza gacha y el rostro pálido, completamente despojado de esa arrogancia con la que dictaba la clase de Castellano. No miraba a nadie. Detrás de ellos, caminando a paso lento pero firme, venía la Sra. Soledad abrazando a Lucas. Y detrás de Lucas venían Díaz, Cornejo, Benavides, Gálvez y Osorio.
Cuando vieron a Javier, los cinco se acercaron y le dijeron:
—Fuimos nosotros. La abogada de tu familia nos buscó en el regimiento y no podíamos seguir aguantando más con la conciencia… Hicimos lo que teníamos que hacer.
Javier los miró. Se le llenaron los ojos de lágrimas y solo atinó a decir:
—Yo no merecía nada de lo que ustedes me hicieron. No los perdono, pero les agradezco que hayan tenido el valor de hablar.
Fin
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9 Comentarios
A la memoria de mi querido «Lucas Canibilo», que tu sombra te llevo a tomar una mala decisión, abrazos al Cielo.
me estás hueveando 🙁 pobrecito
Mentira,después de haber sufrido tanto ese niño por el viejo culiao ,se quitó la vida,que pena más grande,la historia no puede quedar hasta aquí,por favor
Hola Lector, el Hate hacia mi se hizo muy grande, comenti errores de principiante y por la ansiedad y varios factores que no vale mencionar, todos empezaron a exigir que parara, que terminara, que era fome, que era IA, que no calentaba a nadie etc etc, es mi primera vez que me atrevo a escribir un relato, quice que fuera perfecto que se pudiera entender y así por buscar la perfección mantener el hilo, llevar una escaleta argumentativa me hacía escribir y escribir Pero ya no había gente interesada en la historia sino que solo había interesados en bajarla, cometí el error de dar mi telegram y nunca ni en el colegio recibí tanto odio gratuito, y claro cuando escribes bajo el pseudónimo ANONIMO todos son generales después de la batalla. Tal vez más adelante vuelva o me vaya a otra plataforma a escribir y dónde el Hate pueda ser eliminado porque no aporta en nada. Un abrazo lector.
Estimado, me encanta tu historia me gustaría si pudieras escribir, completa la historia pero de ambos puntos de vista desde la perspectiva de Javier y tuya una historia completa hasta la muerte de Lukas perdón por sonar frío con respecto a su muerte pero es necesario dar un buen final y escribir la historia de lucas.
Noooo, no puede quedar así, todo el daño que recibió Javier, Resumido a una disculpa así de simple y el Calvario de Lucas, que pasó con el Sapo, porque dicen que Lucas murió, no entiendo nadaaaa😭😭😭😭😭😭😭😭 Debes seguir por fa, quede en shock, es como el final de escalera al cielo.
A mí me gustó la historia, quiero y exijo saber más
Te excusas mucho compa. Ese es tu problema. La ia, los auto comentarios, los hate, etc. te victimizas. No es pa tanto,
Es una página pa pajeros esta wea. Como lector de la historia desde el principio puedo decir que se noto mucho tu hambre de popularidad en la plataforma. El relato partió morbo con wea de pendejo que todos vivimos con algún amigo. Pero le diste mucho color metiendo más tramas irrelevantes qué aburrían y sorry pero matar al wn mala elección. Yo soy de Graneros también y puedo opinar de la veracidad de la historia. E preguntado de echo algunas cosa que son como pistas pero nunca han pasado. Yo solo te felicito por la imaginación super bien ahí pero puedes ganar más seguidores y comentarios lindos que al parecer son los que te mantienen vivo haciendo historias más a doc a la página como dije aquí habemos puros pajeros auque lo nieguen. Continua escribiendo pero otra historia esta ya mato. Literal jajaj…
Comento con mi nombre para no ir de general
Jajaj la IA se robo la historia x eso