Mi Adicción al Toro

Mi Adicción al Toro

Mi Adicción al Toro

Me llamo Matías, tengo 23 años, mido 1.87 y hasta hace poco era un weón normalito: fútbol, minas, chela con los cabros. Empecé a hacer calistenia y todo se fue a la mierda el día que conocí a Martín.

Ese gigante de 33 años, 1.98, cuerpo de toro puro. Brazos como troncos gruesos, pecho enorme que parecía que iba a reventar la polera, abdominales con calugas marcadas de hombre grande que me ponía la verga dura sin entender por qué. Y sus pezones… grandes, oscuros, gordos, coronando esos pectorales masivos. Cuando hacía dominadas se le marcaban duros y yo no podía dejar de mirarlos como imbécil.
La primera vez que me corrigió la postura en el parque de Ñuñoa, me tocó la espalda con esas manos enormes y sentí un calor raro en las pelotas.
—Baja más los hombros, weón —me gruñó con esa voz gruesa.
Empezamos a entrenar juntos. Yo lo miraba de reojo mientras él levantaba peso. Sudado, respirando fuerte, esos pectorales subiendo y bajando. Una noche, después de una sesión heavy, lloviznaba y nos metimos al baño público vacío a cambiarnos.
Se sacó la polera mojada. Ahí estaban. Esos dos masivos músculos hinchados, brillantes de sudor, con los pezones parados por el frío. Se me secó la boca.
—¿Qué pasa bro? —me preguntó, pero vi que su short ya empezaba a marcar bulto.
No respondí. Me acerqué como zombi y le planté la mano en un pectoral. Estaba caliente, duro, vivo.
—Puta… se sienten increíbles weon—murmuré.
Martín respiró más pesado pero no me sacó la mano. Entonces perdí la cabeza. Me agaché y le chupé el pezón derecho con todo. Lo succioné fuerte, como si quisiera sacarle leche, lo lamí con la lengua plana, lo mordí suave.
—¡Puta la weá, Matías! —gruñó él, pero me agarró la nuca con su manota y me apretó más contra su pecho—. Sigue, weón… chúpamelos más fuerte.
Me volví loco. Le devoré los dos pezones, alternando, succionando, mordiendo, lamiendo. Le masajeaba los pectorales con las dos manos, sintiendo cómo se contraían. Bajé una mano y le agarré el paquete. Estaba durísimo. Le bajé el short y se me apareció esa monstruosidad: 23 centímetros de verga gruesa, 8 de diámetro, venosa, con una cabeza gorda y brillante, oliendo a hombre sudado.
—Sácamela toda, weon —me ordenó con voz ronca.
Me arrodillé en el piso sucio del baño y me la metí a la boca. No entraba fácil, era demasiado gruesa, me abría la mandíbula. Pero empujé. La sentí llegar al fondo de la garganta y me dieron arcadas, pero no la saqué. Empecé a subir y bajar la cabeza como un animal, babeando todo, mientras seguía apretandole los pezones con una mano.
Martín me agarró la cabeza con las dos manos y empezó a cogerme la boca.
—Así, puta… trágatela más profundo. Nunca nadie me la había chupado así. Eres un puto enfermo con mis tetas, ¿cachai?
Le gemí con la verga adentro. Sí, weón. Estaba obsesionado. Quería vivir entre sus pectorales. Le pellizqué un pezón más fuerte mientras le mamaba profundo esa verga enorme. Las lágrimas me corrían, la saliva me chorreaba por el mentón hasta las pelotas de él.
Se corrió como toro. Un chorro espeso, caliente, abundante que me llenó la garganta. Tragué lo que pude, el resto me salió por la boca. Nos quedamos jadeando, mirándonos con cara de miedo.
—Esto no puede repetirse… —dijo él, subiéndose el short.
Pero los dos sabíamos que era pura mierda.

Desde esa noche me volví un adicto de mierda. Pensaba en sus pezones todo el día. En el trabajo, en la micro, soñando con tenerlos en la boca. Quedábamos a escondidas: en el parque de noche, en su auto en estacionamientos oscuros de Providencia, en el gimnasio después de hora.
Una noche en su casa (su mina estaba de viaje) lo empujé contra el sofá apenas entró. Le arranqué la polera y me lancé como perro hambriento a ese pecho de toro.
—Estos pezones son míos, weón —le gruñí, y empecé a succionarlos con fuerza bruta. Los chupaba hasta que se ponían rojos, los mordía fuerte, los estiraba con los dientes, los lamía rápido y sucio. Le dejaba marcas y después se las curaba con la lengua.
Martín gemía como animal, arqueando la espalda.
—Más duro, cabro de mierda… muérdelos. Chúpamelos como el puto obseso que eres.
Le metía la cara entre los pectorales, los apretaba contra mis mejillas, los mordía, los babeaba enteros. Después bajaba a esa verga gruesa. Ya sabía manejarla. La escupía, la pajeaba fuerte con las dos manos y me la tragaba hasta que me dolía la garganta. Nariz contra su pubis, bolas golpeándome el mentón. Me follaba el hocico profundo, agarrándome el pelo.
—Trágatela toda, Matías. Eres mi puto chupapico. Mira cómo te pones duro solo con mis tetas.
Me venía pajéando mientras le succionaba los pezones y me tragaba su leche. Después él me pedía que le frotara mi verga de 18×6 entre sus pectorales enormes. Le hacía una rusa a ese pecho macizo, la cabeza de mi verga rozando sus pezones babeados, y me corría encima, pintándole los músculos con mi leche. Él se untaba y me obligaba a lamerlo todo.
Casi nos pillan varias veces. Una tarde en el vestuario del gym le tenía la cara enterrada entre los pectorales, chupándole un pezón mientras le pajeaba esa verga gruesa y venosa. Escuchamos pasos y nos quedamos congelados, mi boca todavía prendida de su pezón. El corazón nos latía a mil. Cuando pasó el peligro terminamos más brutos que nunca. Le mordí los pezones hasta que casi sangraban y él me folló la garganta con ganas, corriéndose tan profundo que casi me ahogo.
—Eres un enfermo, Matías —me decía después, riendo tosco—. Un weón hetero que ahora vive mamándome las tetas y la pichula.
—Y tú eres mi toro —le respondía yo, todavía con sabor a él en la boca—. No puedo parar, weón. Quiero tus pezones todo el día.
En el auto, en un cerro, fue de las más brutas. Él sentado, yo encima, devorándole el pecho. Le chupaba y mordía los pezones como loco mientras le frotaba la verga contra mi abdomen. Después me arrodillé entre los asientos y le di la mamada más sucia: mucha saliva, arcadas fuertes, garganta abierta, lamiéndole hasta el culo con la lengua mientras le apretaba los pectorales.
—Cómemela, puta… trágatela entera. Nadie me hace sentir como tú.
Me corría adentro dos, tres veces seguidas. Yo me venía solo con el olor de su pecho y el sabor de su verga.
Han pasado meses y sigo igual de obsesionado. Cada encuentro es furtivo, con miedo a que nos descubran, pero eso solo lo hace más rico. Dos weones que se suponían hetero, ahora adictos el uno al cuerpo del otro. Yo vivo por chuparle esos pezones gordos y tragarme esa verga de toro. Él vive por ver cómo me vuelvo loco adorándolo.
Y no quiero que esto termine nunca, weón.

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4 Comentarios

  • Nachito38 junio 20, 2026 a las 7:02 pm

    Puta que buen relato, me imaginé la situación y me calentó calentó, cuenta más, está muy bien redactado el relato.saludos

  • Anónimo junio 21, 2026 a las 10:48 am

    Muy buen retalato, todo en morbo que se siente y la tensión Uff quedo loco

  • Anónimo junio 21, 2026 a las 12:03 pm

    Buenísimo, cuando te lo mete?

  • Anónimo junio 21, 2026 a las 9:33 pm

    cuando se puede conocer al toro real, una fotito o como te ubico

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