🇨🇱 Chile🌈 Relatos gayIncesto✍️ JoseSanz📅 septiembre 8, 2026

Obligación Familiar

Obligación Familiar

T01-E01: La Cueva del Lobo

El pueblo de San Rafael siempre había sido un lugar donde el tiempo parecía detenerse. Sus calles empedradas, sus casas de adobe con techos de teja roja, y sus habitantes de costumbres arraigadas creaban un ambiente que olía a incienso, a café recién molido y a secretos mal guardados. En ese rincón perdido de la geografía, la familia Torin era la más respetada y temida. Su apellido pesaba más que el oro, y sus hombres eran conocidos por su hombría y su palabra.

El señor Alirio Torin, a sus cincuenta y ocho años, era la oveja negra que todos preferían ignorar. Delgado, de hombros caídos y barba canosa, llevaba décadas viviendo como un fantasma en la gran casa familiar. Nadie se atrevía a preguntarle por qué nunca se había casado, por qué prefería la soledad de su habitación oscura a la compañía de las muchachas que su padre le ofrecía. Los rumores decían que padecía de una enfermedad misteriosa, una dolencia que lo había vuelto «débil» y «diferente».

Pero Alirio no estaba enfermo. Al menos, no en la forma que el pueblo creía.

Su juventud había sido otra historia. Cuando San Rafael era apenas un puñado de casas perdidas entre montañas, Alirio era un hombre alto y fornido, de brazos fuertes y mirada penetrante. Era el leñador más rápido del bosque, el que siempre cortaba más madera y el que nunca se quejaba del peso de los troncos. Pero cuando el sol comenzaba a esconderse tras los picos, y los otros hombres se apresuraban a bajar antes de que oscureciera, Alirio siempre encontraba una excusa para quedarse.

—Yo recojo las herramientas, jefe —decía, con la voz suave y la cabeza gacha.

—Tú siempre te demoras, Torin. ¿Qué haces ahí arriba? —preguntaba el capataz.

—La madera pesa más de lo que parece, patrón. Necesito acomodarla bien.

Era una mentira. Una mentira que Alirio había ensayado tantas veces que ya le salía natural. En realidad, se quedaba para esperar. Para ser el último en bajar. Para ser el que todos se saltaban.

Se quedaba para ser la perra de la montaña.

La primera vez que sucedió, Alirio tenía apenas veintidós años. El leñador se llamaba Tomás, un hombre corpulento de manos ásperas y bigote espeso. Tomás era de los que no hablaban mucho, pero que se hacían entender con una mirada. Esa tarde, mientras los demás ya habían bajado, Alirio se quedó recogiendo ramas cuando sintió una mano en su hombro.

—¿Qué haces, muchacho? —preguntó Tomás, con la voz ronca.

—Acomodando la leña —murmuró Alirio, sintiendo el calor del cuerpo del otro hombre.

Tomás lo miró con una sonrisa que no era amable. —Ya todos se fueron. ¿Vas a bajar solo?

—Sí… quiero decir, no. Quiero decir, si usted quiere, puedo acompañarlo. O… puedo hacer algo más.

Hubo un silencio tenso. El viento silbaba entre los pinos. Tomás lo agarró del cuello de la camisa y lo empujó contra un tronco.

—¿Tú sabes lo que haces, chico? —preguntó, la respiración caliente y desigual.

—Sí —susurró Alirio, bajando la mirada con timidez.

Tomás le levantó la camisa y le mordió el hombro, dejando una marca roja y caliente. Alirio cerró los ojos y sintió cómo el hombre lo giraba, cómo le bajaba el pantalón y lo dejaba expuesto, vulnerable. El frío de la tarde noche le rozó la piel, pero en segundos sintió el calor de la mano de Tomás, áspera y dueña, recorriéndole la columna.

—Tienes un buen culo, muchacho —dijo Tomás, escupiendo en su mano para lubricarlo.

—Tómelo todo —respondió Alirio, con la voz quebrada por la excitación y el miedo.

Y Tomás lo tomó. Fue rápido, brutal, sin contemplaciones. La verga de Tomás entró en él como una estaca, rasgando lo que había dentro. Alirio mordió su propio brazo para no gritar, pero el dolor se mezcló con un placer que no entendía del todo. Sintió las caderas del otro hombre golpeando su trasero, sintió el sudor y la saliva mezclados, sintió cómo Tomás lo aferraba con furia, como si quisiera poseerlo por completo.

—Tragate esto, marica —gruñó Tomás, y Alirio sintió cómo el hombre se corría dentro de él, cómo el calor líquido llenaba su interior.

Cuando Tomás se retiró, Alirio cayó de rodillas. Su cuerpo estaba tembloroso, su trasero ardía y sangraba. Pero en sus ojos había una chispa de algo que nunca antes había sentido,el deseo.

Después de esa noche, se convirtió en una costumbre. Cada tarde, cuando los otros se iban, Alirio se quedaba. A veces era Tomás, otras veces era un leñador distinto. Ninguno de ellos le preguntaba su nombre, y él nunca lo ofrecía. Se arrodillaba, se ponía en cuatro, o se inclinaba contra los troncos, y los dejaba hacer lo que quisieran. Se convirtió en el secreto mejor guardado de la montaña, en el animal que todos usaban para satisfacer sus instintos.

—Muerde esto —le decían, metiéndole su miembro en la boca.

—Abre bien el culo —le ordenaban, y él lo hacía, tembloroso y sumiso.

Algunos eran crueles, otros eran rápidos, y unos pocos eran tiernos. Alirio aprendió a leer en sus miradas qué tipo de trato recibiría. Aprendió a mantener la boca cerrada y las piernas abiertas. Aprendió que su cuerpo era un alivio para esos hombres, un desahogo para la soledad de la montaña.

Pero todo tiene un final. Una tarde, el capataz, un hombre de apellido Rojas, decidió subir más tarde de lo habitual para revisar el inventario de madera. Desde la cima de la colina, vio a dos cuerpos moverse entre los árboles. Vio a su mejor leñador, a su muchacho más prometedor, arrodillado y succionando la verga de un vaquero que ni siquiera trabajaba en el aserradero.

—¡Mariconadas en mi terreno! —gritó Rojas, bajando la pendiente a toda velocidad.

Alirio apenas tuvo tiempo de subirse los pantalones antes de recibir el primer golpe. Fue una bofetada que lo tiró al suelo, seguida de una patada en el estómago. Los otros leñadores, que habían llegado con el patrón, lo rodearon y comenzaron a patearlo sin piedad.

—¡Este desgraciado! —gritó Rojas— ¡Maldito marica! ¡Y yo dándole de comer, dándole trabajo, y él aquí, haciendo estas cochinadas!

—Yo no… —intentó decir Alirio, pero un golpe en la boca le partió el labio.

—¡Cállate, perra! —le escupió un hombre.

Lo patearon hasta que perdió el conocimiento. Cuando despertó, estaba solo, tirado entre la maleza, con la ropa rota y el cuerpo lleno de moretones. Bajó de la montaña en silencio, sin mirar a nadie. Llegó a la casa, se encerró en su habitación y no volvió a salir.

Esa noche, mientras el pueblo dormía, Alirio se tocó y se masturbó recordando las vergas que había tenido en su boca. Recordó el calor, la aspereza, el sabor salado y amargo. Pero en sus ojos ya no había deseo, solo una profunda tristeza. Se prometió a sí mismo que nunca más volvería a sentir eso, que enterraría ese deseo en lo más profundo de su ser.

Y así lo hizo. Durante décadas. Hasta que la vida, cruel e irónica, le trajo a su sobrino Juan para recordarle que los deseos del pasado nunca mueren realmente.

Años más tarde…

La tarde era sofocante. El calor se filtraba por las rendijas de la madera, y el aire era espeso, pesado, como una manta que no dejaba respirar. La gran casa de los Torin, con sus paredes de adobe y sus techos de teja, parecía sudar junto con sus habitantes. En la habitación de Alirio, la oscuridad era la única aliada de los secretos.

Alirio yacía en su hamaca, meciéndose lentamente con los ojos cerrados. Su mano derecha descansaba sobre su pecho, y su respiración era tan pausada que cualquiera pensaría que dormía. Pero no dormía. Nunca dormía realmente. Su cuerpo viejo y cansado estaba acostumbrado a la vigilia, a escuchar los sonidos de la casa, a percibir los movimientos de los demás.

Hoy, sin embargo, escuchó algo distinto. Un susurro, apenas un roce de voces, y luego el crujido de la madera de la puerta.

—Pasa, pasa, aquí nunca hay nadie —decía la voz de su sobrino Juan, con una urgencia apenas contenida.

—Tengo miedo, mejor vamos al monte —respondió otra voz, más temblorosa, más insegura.

—No, no, aquí mejor. Nadie se atreve a entrar a esta habitación. Mi tío Alirio a esta hora se va a caminar y llega a la hora de la cena. Vamos a aprovechar.

Alirio abrió los ojos lentamente. Sus pupilas se ajustaron a la penumbra y vio dos siluetas juveniles recortadas contra la luz que entraba por la puerta entreabierta. Una era su sobrino, Juan. El otro era un chico de pelo oscuro y mirada asustada, Pedrito, como lo llamaba Juan.

Los jóvenes entraron y cerraron la puerta. La oscuridad se hizo más profunda. Alirio contuvo la respiración y quedó inmóvil, como una estatua. Podía olerlos, el olor a sudor, a adolescencia, a ropa lavada con jabón de lejía y a esa cosa indescriptible que era el deseo.

—Tranquilo, Pedrito —susurró Juan, tomando a su amigo por los hombros—. Ya hicimos esto antes. ¿Recuerdas?

—Sí, pero me da miedo que alguien nos vea —dijo Pedrito, su voz apenas un hilo.

—Nadie va a vernos. Confía en mí.

Alirio los observó cómo se acercaban, cómo sus manos se buscaban en la oscuridad. Fue como ver una película vieja, una que él mismo había protagonizado décadas atrás. Los jóvenes comenzaron a frotar sus cuerpos, primero con timidez, luego con más confianza. Pedrito se acurrucó contra Juan, y Juan lo rodeó con sus brazos. Sus respiraciones se volvieron más rápidas.

—¿Qué quieres hacer hoy? —preguntó Pedrito, con la voz entrecortada.

—Lo de siempre —respondió Juan—. Pero esta vez, quiero que me la mames.

Pedrito tragó saliva. —Está bien, pero no me ahogues otra vez.

Juan rió, un sonido bajo y oscuro. —No te prometo nada.

Alirio sintió cómo su propio cuerpo reaccionaba. Su miembro, ese que creía muerto, comenzó a moverse dentro de su ropa interior. La imagen de los dos chicos, con sus cuerpos jóvenes y sus manos temblorosas, despertó algo en él que hacía décadas no sentía. Se acomodó en la hamaca y comenzó a desabrocharse el pantalón lentamente, sin hacer ruido.

Juan se desabrochó el pantalón y su miembro, un macho impresionante de diecinueve años, brotó en la oscuridad. Alirio abrió los ojos de par en par. Era un miembro que cualquier hombre envidiaría, largo, grueso, velludo, con una cabeza roja y brillante que ya goteaba preseminal. Un auténtico monstruo.

—¿Qué esperas? —dijo Juan, empujando a Pedrito hacia abajo.

Pedrito se arrodilló, podía ver sus manos, temblorosas, buscando el miembro de su amigo. Lo tomó y Alirio escuchó el sonido de la boca húmeda al contacto con la punta. Fue un chasquido suave, seguido de un gemido ahogado.

—Así me gusta —susurró Juan, lanzando la cabeza hacia atrás—. Mueve la lengua, Pedrito. Rodea la cabeza… así, suave… más despacio.

Alirio sintió cómo sus dedos se movían automáticamente, acariciando su propio miembro, que ahora estaba completamente erecto. Era pequeña en comparación con la de su sobrino, pero la excitación era la misma. Su mano se movía arriba y abajo, lubricada por el preseminal que comenzaba a brotar.

—Más profundo —ordenó Juan—. Toda, quiero que te la metas toda.

Los sonidos que llegaban de la boca de Pedrito eran de ahogo, de lucha. Su respiración se cortaba. Arcadas. El sonido asqueroso y delicioso de alguien que se atraganta.

—Puedes hacerlo mejor —dijo Juan, con una paciencia que no era verdadera.

—No puedo… es demasiado grande —jadeó Pedrito, apartándose.

Juan lo agarró por el cabello con rudeza y lo reincorporó.

—Te la quiero meter —dijo, con una voz que no aceptaba réplica.

—Juan, no lo sé. La última vez que me metiste la puntita me dolió mucho —dijo Pedrito, con la voz temblorosa.

—Solo la puntita, ya no te va a doler —mintió Juan, aunque en su tono había una seguridad que sonaba a verdad.

Pedrito dudó, pero al final se bajó los pantalones. Alirio vio su trasero juvenil, redondo y pálido, y sintió cómo su mano se aceleraba. El espectáculo era mejor que cualquier cosa que había visto en sus años mozos.

Juan escupió en su mano y comenzó a lubricar el agujero de Pedrito. Primero con un dedo, luego con dos. Los gemidos de Pedrito eran entrecortados, a veces de dolor, otras de placer.

—Soy un buen novio, ¿no? —dijo Juan, con una sonrisa maliciosa.

Alirio se masturbaba con furia, sintiendo cómo se acercaba al clímax. Pero algo en su interior lo detuvo. Quería ver más. Quería ver cómo el monstruo de su sobrino entraba en la carne de su amigo.

Juan colocó la cabeza de su miembro contra el anillo de Pedrito. La diferencia era evidente, esa cabeza rosada y brillante no cabría en ese agujero pequeño y tembloroso. Pero Juan hizo presión, y Pedrito se estremeció.

—No… duele —gimió.

—Déjame hacerlo —respondió Juan—. Te va a gustar.

Metió la cabeza, y Pedrito lanzó un grito ahogado. Pero fue solo un segundo. El dolor fue demasiado, y el muchacho se levantó de un salto, apartándose de Juan como si lo hubieran quemado.

—¡No puedo! —exclamó.

—¿Qué pasa? —preguntó Juan, con una mezcla de frustración y preocupación.

—No, Juan, ya me dolió mucho. Mejor ya no.

—No seas así, ven. Vamos a seguir dándole.

—No, mejor para después. —Pedrito se subió los pantalones y salió corriendo.

Juan se quedó solo, con el miembro erecto y un deseo ardiente que no podía apagar. Alirio, desde la oscuridad, acababa de correrse en su mano. Un chorro caliente y espeso que manchó sus dedos. Pero en su mente, no había remordimiento. Solo una certeza, su sobrino era como él. Un lobo que necesitaba un bosque, una cueva donde echarse.

© 2026, José Sanz. Todos los derechos reservados.

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