Mi Colega y Yo (PARTE IV)

La relación con Jorge no tenía nombre. Después de profanar mi escritorio, me gusta la palabra profanar, nos seguimos viendo. En el trabajo, poco. A veces iba a buscar café a mi oficina, saludaba a su ex, me contaba alguna estupidez, alguna serie nueva de Netflix que estaba viendo, nos reíamos y caminábamos en dirección opuesta. Unos días me llevaba a mi departamento y se quedaba conmigo, otras veces yo me dejaba caer y pasábamos el día juntos. Íbamos al gim juntos, sí, el Smart (era tan obvio), aunque yo lo ignoraba más de lo que debía cuando iba a entrenar, porque soy cagao, devoto de la Virgen del Puño, así que si estoy pagando la tontera, la uso y abuso. Él no se separaba de mi lado, me conversaba en sus descansos que eran más habituales de lo que cualquier coach hubiera sugerido.
En la pega, mi Director seguía obsesionado con que mi jefe era gay oculto y que lo quería echar por infiel. Siempre me opuse a esa idea. En esos días, la misma cuenta anónima de Instagram, luislucho48 repitió parte de un post anterior, diciendo que el Director era amigo de los maricones en el sitio de una conocida Radio de la Región. Pero esta vez, no le importó a nadie. Y es que al poco rato, otras cinco cuentas similares (lucholuis48, lucholucho48, nolucho48, lucho_48 y lucho4_8) aparecieron posteando un nivel de incoherencias que nadie creyó.
Y llegó la fiesta anual de mi Servicio. Yo estaba en el comité de organización. Como ya seguro adivinaste, yo me encargué del alcohol. Pisco, ron y chelas, nada sofisticado. Por supuesto, como el cuico insufrible que soy, llevé de mi bolsillo una botella de gin, vermouth y campari. Traté que Jorge fuera, pero fue imposible. Esa gente me odia y tu quieres que vaya a festejar con ellos, me dijo. Toda la razón. Yo serví tragos, esquivé al “peligroso Matías” que bailaba con cualquiera y bailé, paradójicamente con la ex de Jorge. Así que cerca de la medianoche vuestro humilde narrador figuraba bailando con la ex mujer del hombre que no sabía como llamar. ¿Mi error? Tal vez mi jefe tenía razón y siempre fui el tercero en discordia entre los dos. Yo estaba perreando, si, intentándolo, cuando Jorge apareció. Se acercó a nosotros, puso una mano sobre mi hombro y la otra sobre el hombro de ella. Nos miró a ambos y sólo dijo:
– Necesito que pares. Quiero bailar contigo… aunque sea una vez.
– No me vas a decir lo que tengo que hacer- dijo ella.
– No estoy hablando contigo- Jorge ni siquiera la miró.
Las manos de Jorge se aferraron a mi cinturón. Me atrajo hacia él y me abrazó. Sus manos se acomodaron después tras mi cuello y empezó a bailar, a tratar de bailar conmigo por primera vez. Yo puse mis manos en su cintura y sólo me dediqué a mirarlo, como estúpido. En ese momento no importó nada. Yo sabía que no duraría, yo sabía que no sería para siempre. Y por eso ignoré las posibilidades, las sospechas de mi jefe, todo. Nos abrazamos mientras los otros bailaban, al mismo tiempo en que ella se alejaba.
– No sabes cuanto te quiero… – me dijo, acariciando mi cara.
– Jorge… todos nos están viendo.
– OK. No te voy a dar el beso que quiero darte.
– Acércate a mí, como si me fueras a besar. Nos reímos y bailamos como si esto fuera una broma. ¿Te parece?
Jorge puso los ojos en blanco. Se aferró a mi polera con sus manos y me atrajo hacia él. Sus labios estuvieron a punto de tocar los míos. Y, tal como yo le había dicho, se rió. Nos abrazamos, muertos de risa. Éramos un par de borrachos no ebrios disfrutando de la música. O al menos eso fue lo que todos creyeron. Cuando la “canción” terminó, porque estoy seguro que era algo de Bad Bunny, nos separamos riendo. Jorge me tomó la mano derecha, haciéndome el gesto de salir. No dije nada. Empecé a arreglar todo, para que no creyeran que me iba a ir dejando todo así no más. Ordené la basura, limpié el bar improvisado, guardé mis botellas, restos de gin, vermouth y campari, y me despedí de todos. Les dije que mi uber estaba afuera, que no me sentía bien. Y todos me creyeron.
Si, yo estaba curao, no tengo que decirlo. Jorge empezó a manejar directo a su departamento y me preguntó cuantos negronis había tomado. Cuatro, dije. OK, sólo cuatro, repitió. Antes que llegáramos, ya había confesado que habían sido cinco. Subimos en el ascensor hasta su departamento. Tomó mi mano y se apegó a mí. Me abrazó por la cintura y me dio un beso en la frente en un gesto que sentí hasta paternal. Abrió la puerta y me dijo:
– Te vas directo al baño, te lavas la cara. Te voy a hacer una sopa y vas a hidratarte.
– Si, papá- bromeé, dándole un beso en la mejilla- Si sólo me tomé 5 negronis.
– Y ahora son cinco.
Obedecí y salí en boxers ajustados color vino, con mi ropa en la mano echa un ovillo. Esperaba encontrármelo listo para follar hasta morir, lo que probablemente para mí serian tres minutos y me equivoqué. Se estaba poniendo pijama de abuelo y sobre la cama había una bandeja con un bowl con sopa y una botella de isotónica. Sé que me tomé la sopa y un sorbo de una bebida azul. Me dormí abrazándolo como tantas veces.
Me desperté con la cabeza en su pecho, mi mano izquierda en su hombro derecho. No tenía caña, después me explicó la razón. Empecé a acariciarle el pecho para despertarlo y él pronto apretó los ojos y los colocó como una línea, tal como hace cuando se ríe. Y mis caricias continuaron por su pecho lampiño. Me detuve en su tetilla, presionándola con mi índice, rodeando su circunferencia con la yema de mi dedo. Se fue poniendo más y más dura y yo me acomodé más hacia él para besarle los labios. Su mano izquierda se instaló en mi culo después de bajar por mi espalda, acarició mis nalgas con fuerza, las apretó, metió mi boxer en mi raja. Nos besamos en los labios y me dijo:
– Genial, no tienes caña. Dejé la ventana abierta para que el aire fresco te recuperara.
– Secreto de campo, asumo…
– Sí. Ahora, paremos y nos levantamos por favor…
– Es que no quiero parar- le dije yo.
Me incorporé, quedando sobre él y volví a besarlo en la boca. Tenía sus manos jugando en mi culo: yo sabía que Jorge no quería que parara.
– Joako, para.
Me apegué más a él, mi pija dura se restregaba contra la de él bajo su pijama de diseño de cuadros. Mis manos jugaban con sus tetillas y recorrían su pecho mientras yo alternaba uno que otro beso. Le lamí la oreja derecha y le dije otra vez que no quería parar.
– Jokito, tenemos que parar…
Pero no hacía nada para que parara. Yo le abrí el pantalón del pijama y tomé su pico, metiéndolo apenas en mi boxer, por el lado, para sentirlo duro junto al mío.
– Joko… basta. No me seas desobediente.
La verdad, su tono se sentía tan distinto, tan paternal, que más me calentaba. Yo me movía sintiendo su pene ahora algo mojado pegado al mío. Podría haber hecho eso hasta que acabáramos los dos, pero todo se salió de control. Mucho más de lo que yo esperaba. No sé de dónde sacó la fuerza para tomarme de la cintura y me dejó caer boca abajo sobre la cama. Iba a incorporarme para volver sobre él pero lo sentí acariciando mi espalda, él sobre mí. En nada me bajó los boxers y se lanzó a mamarme el culo. Yo gemí, apretando con mi mano la almohada. Separó mis nalgas con sus manos y su lengua se deslizaba sin perderse directo a mi ano. Me sentía tan mojado y caliente. Jorge se dejó caer sobre mí, sentí su peso sobre mi cuerpo. Sujetó mis manos con las suyas y me susurró al oído:
– Por eso te gusta chuparme el culo… el tuyo sabe tan rico.
– Déjame chupar el tuyo…
– No, te dije que pararas.
Me sujetó con fuerza una de mis manos y con la otra adiviné que había llenado su pene con saliva. Lo sé porque al rato sentí la cabeza de su pija presionando contra mi ano. No hubo mucho que pudiera hacer. Si pudiera recibir 10 lucas por cada día desde la última vez que había sido pasivo… tendría más de cinco millones, hagan sus cálculos. Iba a hacerla difícil, negarme un poco, decir que no quería… pero quería. Así que me relajé y lo sentí entrar despacio.
– Tranquilo, bebé Joko- me decía- Si yo sé que te gusta….
– Sí… pero ve despacio…
Tomó mi cintura con sus dos manos, cargándose sobre mí, y entre lo mojado y caliente que estaba, su pico entró de una vez. No sé porque, ahora lo agradezco, me tapé la boca con mi mano derecha, incluso casi me muerdo un dedo. Ahogué así un grito de placer que podría haber causado más problemas.
– Eso, chiquito Jota- murmuró- Disfrútalo…
– Es tan ricoooo…
Traté de moverme. Mi intención era moverme, hacerlo entrar y salir y volver a entrar, porque me cargan que se quedan varados en la cama esperando que el otro haga todo, pero Jorge me sujetó. Me abrazó, lo sentí empujando mas fuerte y me susurró:
– Shhhhh, tranquilo… déjame complacerte.
Y eso me relajó. Su pico duro se retiró varios centímetros y volvió otra vez. No me resistí, no hice nada. Estaba perdido tratando de contenerme, de no explotar tan fácil y mojar las sábanas blancas.
– Tienes un culo muy rico, bebé.
Nunca le había dicho lo mucho que me gustaba que me dijera bebé. Lo sentí empujar otra vez, más rápido, suave después y hasta que sabía que no podía entrar más porque sentía su vientre pegado a mi culo. Se dejó caer sobre mí otra vez:
– No puedo más… soy tan inútil, amor, perdón…
Lo sentí sobre mí: sus manos en mis caderas tratando de levantarme. Sus gemidos en mi oído, su embestida final, dejándome completamente ensartado. Dejó de moverse por uno o dos segundos y después sentí unos tres chorritos de semen tratando de llenar mi culo. Volvió a gemir, sujetando mis manos. Mi idea era quedarnos así abrazados pero a Jorge se le ocurrió apretarme los dedos, eso más su cuerpo sobre mí, su respiración en mi cuello, sus besos cansados y el sudor de los dos fueron suficientes para que el roce de sus sábanas limpias me hiciera acabar. No dije nada, pero estaba contento, esto es lo que yo había deseado alguna vez. Me acarició el cabello y me besó.
Y yo necesitaba quebrar ese lindo momento:
– ¿Cómo que “amor”? – le pregunté.
– Ay Joko- se rio, besándome el cuello- Te quería pedir perdón por decirte indirectamente que te amo.
– ¿Me amas?
Nadie me respondió. Sonó fuerte el timbre de mi teléfono, pero eso no fue suficiente. Golpes en la puerta de la habitación nos interrumpieron de verdad. Jorge se levantó como pudo, tomó su pene todavía duro y lo sacó de mí. Me colocó el boxer otra vez y me cubrió con las sábanas.
– ¡¿Qué?! – preguntó al aire.
Desde el otro lado de la puerta, una voz infantil contestó:
– ¡Papá! Me tienes que llevar al partido de las 11 y no has hecho ni el desayuno… ¡LEVANTATE! ¡Irresponsable!
Después del silencio, Jorge me dice:
– ¿Mencioné que Simón se estaba quedando conmigo este fin de semana?
Me senté en la cama con mi celular entre los dedos: anda, tienes que preparar el desayuno, le dije. Jorge me dio un beso y se vistió lo más rápido que pudo. Yo estaba más preocupado de mi pantalla: el Director me había escrito con una nueva teoría y esta si era más entretenida que las anteriores. Ya sabía que mi Jefe era gay y sabía quien era el otro: era Jorge. Por eso había terminado con Bea, por eso estaba tratando de acercarse a mí, buscando carne fresca. Y terminaba sus mensajes con un “que bueno que te fuiste en uber y no terminaste en su cama”. Un poco tarde para esas preocupaciones. Le escribí, dije que no creía nada de lo que me estaba diciendo. Me respondió que ya no le importaban las opiniones en el Insta de la RADIO porque había como tres cuentas iguales publicando estupideces. Por supuesto que lo sé, Director, pensé, porque esas cuentas son mías. Me cubrí con las sábanas y me dormí con el celular bloqueado en mi mano. Jorge estaba demasiado ocupado haciendo el desayuno de Simón como para preocuparse de su propia carrera. Yo tendría que hacerlo de ahí en adelante.
Gracias a todos por sus buenos comentarios y sus opiniones. Sólo decir que hay dos muy acertadas. Y la más acertada de ellas dice que soy escritor. Volveré… siempre lo hago.
2 Comentarios
Carlos 45
mayo 29, 2026 a las 3:52 amTu de pasivo OMG
Jlr
mayo 29, 2026 a las 10:12 amBuen Relato me logro exitar la firma como escribes mijito rico